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ESA MAÑANA EVA DESPERTÓ SOLA, desnuda y en la cama de Miller.
Escuchó la tonadilla de su móvil y sintió el pulso acelerársele. Como si lo pudiera sentir, como si se tratara de una mala broma del destino. Tomó el móvil con una mano temblorosa y abrió la bandeja de mensajes.
Mi pequeña putita está en problemas.
¿Creíste que nunca te encontraría?
El pecho le dolió como si una bala lo atravesara, corrió hasta el cuarto de baño y vomitó hasta que el estómago le comenzó a doler. Se vistió y salió de la habitación sin levantar sospecha.
En cuanto puso un pie fuera, Flame esperaba por ella.
—Señorita—La saludó, notándola nerviosa—¿Se encuentra bien?
—¿Dónde está Miller?
—Salió pero no tardará en regresar ¿Quiere que lo llame y le diga que despertó?
—No hace falta. Me tengo que ir.
Flame le cortó el paso.
—No puedo dejar que se vaya, Miller me dijo que no…
—A ver, Flame—Lo cortó—Vamos a entendernos.
Lo que pasó anoche me tiene muy mal, necesito salir a tomar un poco de aire, además tengo un trabajo que cumplir que aunque Miller sea prácticamente mi jefe, no da razón para hacer lo que quiera.
Vas a dejar que me vaya y no le dirás a Miller, seguramente me lo encuentre en el campus. ¿Entendiste?
—Sí, señorita. Pero entonces la llevaré yo.
No tenía tregua. Era eso o nada.
—Bien.
Tenía miedo de ir a su apartamento y cambiarse de ropa. La camisa que llevaba, era más grande que ella y era de Miller, era cómoda, pero al mismo tiempo la llenaba de tristeza y vacío porque en cualquier momento todo se descontrolaría.
No podía decirle a Miller que Berlín ya la había encontrado. Todo era cuestión de tiempo para que se pusiera frente a ella y la matara ahí mismo. Pero no lo sabía.
En cuanto se duchó y se fue al campus custodiada por Flame, no dijo nada en todo el camino.
No dejaba de pensar en aquel mensaje que había recibido de él.
Pero lo que no sabía era que Miller había pinchado su móvil, y todas las llamadas como mensajes las recibiría él también y su gente de seguridad. En cuanto lo miró no dudó en llamarla.
—Hola—Respondió fingiendo estar bien.
—¿Has dormido bien? —Le preguntó Miller—Espero aún sigas en la cama.
Él sabía que no estaba ahí, que se movía en su camioneta y aunque eso lo enfadaba no podía tenerla prisionera tampoco.
—Sí, y no, no estoy en tu casa. Tuve que cambiarme de ropa y ahora mismo voy al trabajo.
Miller no dijo nada. Ella esperaba una represalia pero aunque se la merecía no se la daría. No ahí mismo.
—No quiero que te apartes de mí.
—¿Qué significa eso, Miller? —Se removió incómoda.
—Lo que has oído, Eva. ¿Quieres que me explique? —Propuso.
Miller estaba en su despacho. Planeando el plan perfecto para atrapar a Berlín junto a sus hombres.
Y aunque estaba calmado no dejaba de pensar en lo que Eva lo había visto hacer la noche anterior.
Por eso se había escapado esa mañana, lejos de ella.
No podía verla a la cara. No quería ser ese hombre para ella, no quería que ella viese el hombre que realmente era.
Pero lo haría de nuevo una y otra vez si alguien tuviese la idea siquiera de alejarla de él.
—Eva—Pronunció su nombre con voz ronca—Te he hecho una pregunta.
Ella tragó.
—Miller, no hace falta. Yo tampoco quiero apartarme de ti—sintió su voz quebrarse y eso rompió a Miller.
—¿Qué está mal, Eva?
—Nada.
—No te atrevas a mentirme. —Inquirió—¿Es sobre lo que pasó anoche? ¿Quieres que hablemos sobre ello?
—No, prefiero no hacerlo.
—De acuerdo. ¿Entonces qué es?
Eva pensó en decirle sobre el mensaje, pero eso haría que se volviera loco y la encerrara hasta dar con Berlín. Aunque moría de miedo, Eva ya no le temía a Berlín ni lo que pudiera hacer con ella. Sino con él.
—Nada, no me puedes culpar por estar un poco sorprendida. Es por eso que quiero distraerme en el trabajo. Además, quedé con Megan.
—Está bien. Flame estará contigo, sin discusión.
Y así fue. Flame se quedó con ella a una distancia favorable para no asustar a la gente que la rodeaba. Se distrajo lo poco que pudo en la biblioteca. Tomó un café con Megan y Travis, algo que ni a Flame le gustó pero no tenía de otra.
—¿Quién es ese hombre? —Preguntó Travis—Da miedo.
—Es uno de los que cuida el campus—Dijo Megan. —¿No te habías dado cuenta?
Enseguida cambiaron al tema a otra cosa. Parece que nadie notó lo que había pasado la noche anterior en el Gala, estaba ahí frente a sus amigos y no sabían que el hombre al que quería había matado a dos tipos frente a ella a sangre fría luego de que intentaran secuestrarla.
En cuanto terminó la hora del receso los tres tomaron caminos diferentes. Ahora Eva no dejaba de ver hacia todos lados y Flame lo notó.
—¿Está todo bien? —Se puso frente a ella y estudió su rostro. Ella no dejaba de ver hacia todos lados. Estaban aún en el jardín del campus, cerca de los estudios.
Cuando Eva giró la mirada a lo lejos fue cuando lo miró.
Sus ojos se encontraron como dos choques violentos. Berlín le sonrió y ella dejó de respirar por un momento hasta que su cuerpo se lo pidió. Flame captó lo que ella miraba, pero cuando se volteó, Berlín había desaparecido entre los arbustos.
—Él está ahí, Flame—siseó sin quitar la mirada del árbol a lo lejos—Está ahí, ha venido por mí.
Flame sacó su arma y miró hacia atrás, no había nadie. ¿Acaso se estaba volviendo loca?
En vez de ello, sacó su móvil y le habló a Miller.
—Está sucediendo—Le dijo y Miller ya sabía a lo que se refería.
—Tráela a casa.
Al pisar la mansión se sintió cohibida ante toda la situación. Sentía que se estaba volviendo loca. La habían atacado y ahora miraba al hombre que más daño le había hecho por doquier.
—Eva—Miller se acercó a ella y le besó la frente—¿Qué tal tu día?
—Bien—Le correspondió abrazándolo—¿El tuyo?
—Lo mismo de siempre. Ven.
Caminaron hasta su oficina. El aroma que desprendía Miller le hacía olvidar todo. Llevaba un traje perfecto y caro de tres piezas. Para haber sido un día aburrido, se la pasaba bien vestido todo el tiempo y eso le gustaba.
Llegaron al despacho de Miller. Nunca había estado ahí antes y era un despacho dos veces más grande que el que tenía en el Salis.
Después de echarle un vistazo a todo el lugar y admirar desde los muebles, libros, pinturas y colores Miller le habló. Sentándose ambos uno frente al otro como la primera vez que estuvieron solos en una sola habitación.
—No puedo desearte como lo hago, Eva.
Ella frunció el cejo.
—¿Disculpa?
—Me has visto hacer lo que ni en mil años quería que vieras. —No estaba avergonzado, pero estaba cerca—No quiero exponerte al peligro…
—¿Estás terminando conmigo? —Casi susurró la pregunta, porque no sabía ni lo que eran. No era su novia oficial, no solamente se escondían de Berlín, también del mundo entero.
—Eva.
—Estás terminando conmigo—Esta vez no fue una pregunta. Quiso levantarse de la silla pero Miller no se lo permitió. Se colocó de rodillas frente a ella y se aferró a sus piernas. Llevaba vaqueros, pero era como si no llevase nada, se sintió desnuda, excitada y confundida todo al mismo tiempo.
Mirar a Miller de rodillas frente a ella impidiéndole que no se fuera era una escena que jamás esperó ver.
—No estoy terminando nada contigo, Eva—se puso de pie. Le acarició la mejilla y ella cerró sus ojos—¿Por qué tengo la impresión de que no te encuentras bien?
Quería que confiara en él.
Quería que le dijese lo que miró y el mensaje que recibió.
—Yo…me pareció ver a Berlín entre los árboles del campus—Al menos le decía una de dos.
Miller sabía que Berlín estaba a miles de kilómetros. Lo sabía porque lo tenía vigilado. Así que quien haya visto Eva era producto de su imaginación, consecuencia de su ataque.
—No pronunciamos ese nombre en esta casa—Le ordenó.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora. ¿He quedado claro? —Ella asintió—Necesito que lo digas.
—Sí, Miller. He entendido.
—Bien. Ahora voy a besarte—Le dio un beso casto, un poco largo de lo que dura uno. Y sin despegarse de su rostro le dijo—: Lo que viste no fue real, mi ángel.
Ella esperó que se explicara. Pues no entendía nada. No era la primera vez que lo miraba.
—Pero si vuelve a ocurrir, quiero que cierres los ojos, cuentes hasta cinco y pienses en mí—Ella cerró los ojos escuchándolo—Quiero que recuerdes mis besos, la forma en cómo te toco y te hago mía. Quiero que recuerdes el olor a pintura, el mundo donde ambos pertenecemos, el placer.
Ella abrió los ojos y admiró el color y forma de sus ojos. Estaba tranquilo, lleno de deseo a través de ellos, y todo era para y por ella.
—¿Qué hay de ti? —Le dijo tocando su rostro—¿Qué hay de tus pensamientos?
En vez de responder. La tomó de sus manos y la hizo que se levantara de su silla. La llevó a una habitación dentro de su despacho, su estudio de pintura. Había un gigante sofá antiguo color rojo, muchos lienzos, papel protector en el suelo y una mesa llena de colores y brochas.
—Desnúdate—Le ordenó sin más.
Más que una orden, era un placer obedecer ese tipo de cosas viniendo de él. Así que se quitó la ropa. Mientras observaba a Miller hacer lo mismo.
Él siempre pintaba en clase sin camisa. Era una de esas, pero privada. Pero cuando miró que también se quitaba su pantalón y calzoncillos se le hizo agua la boca. Tenía una gran erección y estudiar cada parte y tatuaje de su cuerpo era el más grande de los placeres.
—Acuéstate—Prosiguió—Toma la pose que quieras, pero por nada del mundo dejes de verme a los ojos.
—Sí, señor Preston—Jugó ella y eso lo puso a mil. Jugar de esa forma como su alumna y profesor en una sesión ambos desnudos quién sabe cómo acabaría.
Tragó la saliva que se había formado en su boca. Miller se puso manos a la obra tomando una paleta con diferentes pinturas y un pincel. Pero antes se fue al reproductor de música y las paredes tomaron vida al escucharse las baladas de Chopin, sus favoritas.
En cuanto a Eva. Se acostó sobre el sofá en línea recta, de lado con ambos brazos frente a ella cubriendo un poco su rostro y rozando sus labios. La curva montañesa que formaban sus caderas fue donde comenzó Miller a dibujar.
Hizo lo que le dijo. No dejó de verlo en ningún momento.
Cuando hubo terminado la pintura, la admiró por última vez antes de llegar a ella. Ya el pene le goteaba, necesitaba sentirla, tocarla, saborearla.
Quería complacerle. Quería saber que era capaz de descubrir el interior de Eva Kerr sin hacer una sola pregunta, quería perderse en ella.
—Te necesito, Eva —Le dijo tomando su pene con una mano. Le había dicho que no podía desearla como lo hacía. —Te voy a necesitar siempre.
Le cogió la cara con las manos, presionando con fuerza sus labios contra los de ella. Llevó la mano a su sexo y buscó el punto exacto.
—Necesito esto —susurró contra sus labios—. Dámelo.
Bajó hasta donde estaba su mano y le lamió el clítoris, perdiéndose en su sexo una vez más mientras Eva se erguía para recibirlo.
—Sabes tan bien —murmuró junto a su boca—. Quiero tenerte abierta y lamerte hasta que me exijas que te folle.
—Quiero que me folles ya.
Él se rio en su sexo por su deseo. Pero quería jugar un poco más. Después de volverla loca, notó cuando Eva tomó su pene y se levantó, haciendo que se sentara en el sofá.
Se tensó cuando rodeó el pene con los dedos y colocó su prominente glande entre los lubricados pliegues de su hendidura. Ni cuenta se había dado cuando ella había tomado el mando, sentándose ahorcajadas sobre él.
—Dios santo, Eva —exclamó, jadeante, cuando por fin se dejó caer sobre él.
Ambos cerraros los ojos por un segundo para disfrutarlo, pero eran tan celosos que no podían dejar de verse en ningún momento. Miller estaba lleno de pintura y ahora ella también. Deseaba poder pintar ese momento. Detenerlo, pero lo guardaba en su memoria y lo dibujaría luego.
Miller, con la respiración jadeante, soltó una palabrota y la tomó por la cadera con la mano libre, y luego de la cintura para acostarla sobre su espalda sobre el sofá. Ahora él tenía el mando.
Se abrió para él, para recibirlo. Estaban sudorosos y el olor a sexo se mezclaba con el olor a pintura fresca. Era sensacional.
Marcó un nuevo ritmo, tomándola de las piernas en sus hombros y comenzó a entrar y salir de ella, esta vez duro. Como a ambos les gustaba y nunca dejaron de verse a los ojos.
—¡Eva, joder! —gruñó al estallar dentro de ella y Eva lo siguió al mismo tiempo—¡Miller!
Amaba que gritara su nombre.