Arte y placer 3 #2
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​ —Los envió Berlín ¿Verdad? —Dejó la pregunta en el aire. Miller miraba por la ventana. Pero la tenía sujeta de una mano si se le ocurría correr fuera de él. No era permitido tampoco.

​ —¡Háblame Miller! Me voy a volver loca.

​ —Aquí el que se va a volver loco soy yo. Déjame respirar por un maldito segundo. Estuve a punto de perderte ahí, pero, me he encargado de ellos.

​ «Oh, Miller. Sigo aquí.»

Eva antes de echarse a llorar solo pudo hacer una cosa. Se lanzó hacia él y ahorcajadas en su regazo lo abrazó como si no existiera un mañana. A Miller lo tomó por sorpresa que ella reaccionara de esa manera tan cariñosa con él.

​ —Soy un monstruo ¿Cómo puedes quererme?

​ Apenas y sonrió con el dolor que sentía en el pecho ante sus palabras.

​ —Te quiero porque eres más que eso, Miller Preston.

Rápidamente sintió su erección debajo de ella y fue señal de que ambos se morían por devorarse el uno con el otro.

​ —No aquí—Le tomó la cara y la besó—Te haré mía donde te lo mereces.

​ —¿Dónde?

​ —En mi cama.

La depositó en su cama. Estaba un poco fría y era cuestión de minutos para que no fuese eso un problema en absoluto. Las ganas que tenía de volver a sentirlo dentro eran inimaginables. Y lo odiaba por ello.

​ —Las mentiras roban el alma, Eva. —Susurró en sus pechos desnudos. No le había costado desvestirla, y ahora él iba por el mismo camino—Pero tú, Eva no necesitas hacer demasiado para hacer que me pierda en ti.

​ Tenía la mirada apagada. Como aquella flama débil de un color azul intenso. No tenía la mirada oscura. Había estado a punto de perderla, y lo que aquel hombre le había dicho era lo único que necesitaba para darse cuenta que si la perdía su vida no sería la misma.

​ No otra vez.

​ «Ella no te pertenece» le masculló en alemán. Si pensaba que le pertenecía a Berlín estaban locos de la cabeza. Iba a acabar con cada uno de ellos, a sus perros y a él mismo.

​ —Te quiero, Miller.

​ Él no respondió en respuesta. Sentía su corazón que iba a saltarle del pecho.

Para Eva no fue importante que no lo dijera en voz alta.

Sabía que si estaba ahí y que si la miraba de esa forma era porque el sentimiento era mutuo, todo era cuestión de tiempo para que sus oídos pudieran escucharlo y su boca moverse ante el sonido de esas dos palabras.

​ El te quiero.

​ Saboreó sus pechos con delicadeza, como si se tratara de una chica virgen. Nunca había sido tan delicado con ella hasta ahora.

​ —No tienes que fingir, Miller. Está bien. Puedes tomarme como siempre.

​ Le colocó la mano en la boca para que dejara de hablar.

​ —No me conformaría con menos que con amarte suavemente, mi ángel.

​ Ella negó con la cabeza.

​ —No me dejes, Eva —dijo con firmeza—. Nunca malditamente me dejes.

Se paralizó ante sus palabras. Nunca antes se había imaginado que él le dijera esas palabras. ¿Era acerca de lo que le había dicho aquel hombre? ¿O en verdad la quería tanto como ella a él?

​ —No lo haré, Miller.

​ Sus ojos se desplazaron sobre cada centímetro de su rostro. Estando ahí envuelta en sus brazos, verlo mirarle con tal intensidad, no sabía si debería sentirse amada o aterrada. Es un poco de ambos.

​ Presionando su boca en la de ella la besó con mucha fuerza.

​ Metió la lengua profundamente en su garganta como si estuviera tratando de reclamar cada centímetro de ella.

​ Necesitaba escuchar aquellas palabras de nuevo saliendo de su exquisita boca. Entre más lo decía en voz alta. Más se le quedaba tatuada en su alma, el alma que pensaba que no tenía y que era ceniza.

​ —Dímelo otra vez —Le rogó viéndola a los ojos—. Dime que me amas, Eva. Que nunca me vas a dejar.

​ —Te amo. Nunca te dejaré.

​ Su pene estaba goteando en sus muslos. Se moría por tenerla dentro. Y estaba algo desesperada. Podía sentir cada uno de sus latidos. Cada uno de sus movimientos en falsos por reprimir las ganas de follarla fuertemente.

​ Hasta que su lengua entró al mismo tiempo que su pene dentro de ella. Deseaba haber sido el primero, el único y el último. Deseaba borrar cada marca de semen, cada falsa caricia por tener a cambio su cuerpo. Deseaba borrar cada sudor de cada hombre que la violó.

​ Deseaba poder limpiar su alma. La de él no era tan limpia, pero imaginarse que alguien la había tratado y usado como a una sucia puta lo enfurecía.

​ —Eres mía, Eva, —Susurró entrando y saliendo más rápido que ella.

​ —¡Miller! —Jadeaba sintiendo el placer que le daba. La estaba amando por primera vez. Adorándola como debió ser desde un inicio. Se odiaba por el hecho de que la había hecho suya en circunstancias que ahora ni por cerca se le pasaba por la cabeza.

​ —Joder, Eva lo quiero todo. Dámelo todo.

​ Eva salió de él, tomándolo por sorpresa.

Y debajo de su cuerpo se dio la vuelta. Le gustaba el sexo vainilla pero más le gustaba que la tomara fuerte como solo él lo sabía hacer y lo haría.

Observando aquella espalda curveada, aquel trasero en pompa para él.

Gruñó y la tomó de la cadera para volver a enterrarse dentro de ella. Eva gritó de placer.

​ —¡Oh, sí!

​ —¿Te gusta, así? —Le propinó una nalgada que hizo eco en toda su habitación y Eva brincó en respuesta.

​ —Sí, por favor—Le dijo como buena sumisa y amante—Lo quiero todo, Miller. Te quiero a ti.

​ —Me tienes, mi ángel—Dijo con voz suave y seguía empujando dentro de ella. Esta vez despacio. Besando su espalda. Acariciándola y dándole lo que le gustaba en una perfecta combinación.

​ Cuando sintió que Eva se apretaba por dentro se dio cuenta que estaba cerca de hacerla llegar. Entonces sacó su pene dentro de ella y llevó su humedad hacia su ano.

​ Eva se tensó.

​ —Quiero borrarlo todo, Eva. No me lo niegues por favor.

​ Un vuelco hizo su corazón cuando entendió lo que borrar significaba. Se relajó y esperó que él hiciera lo suyo. Estaba lista, empapada y deseosa por sentirlo ahí también. En lo prohibido.

​ Cuando Miller dejaba que su carne se acostumbrara a su tamaño, se dejó llevar hasta que se enterró toda de raíz y espero su propio placer.

​ —Tócate—Le ordenó y su mano viajó hasta su clítoris. En cuanto comenzó a sentir el más grande de los placeres Miller la tomó nuevamente de la cintura y de uno de sus brazos para entrar y salir de ella.

​ —¡Miller, oh! —Chilló en respuesta.

​ —¡Joder, Eva! —El sonido que provocaba su culo en su cadera era la mejor sinfonía de todas. Eva no lo soportó más y se corrió esta vez con más intensidad y Miller no se detuvo.

​ Continuó saliendo y entrando de ella hasta que no hubo ninguna huella por borrar y explotó dentro.