Arte y placer 3
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LA NOCHE DE GALA EN SALIS.

Eva hacía su entrada en el salón de artes más grande de Cambridge junto a su mejor amiga. Mozart sonaba en el fondo y todas las personas vestían elegante mientras disfrutaban de las diferentes obras de arte por todo el lugar.

​ En cuanto a Miller, vestía de esmoquin hablaba con un par de personas cuando notó que toda la atención estaba en un lugar, más que lugar una persona. Eva acaba de hacer su entrada. Se miraba hermosa.

El color caramelo de su piel suave resaltaba en el vestido rojo Dolce que llevaba. Su largo cabello caía como cascada y sus labios grandes y gruesos jugaban un papel muy sensual. Miller se tuvo que recomponer por lo que estaba viendo.

​ No podía acercarse a ella de inmediato. Quería que ella lo buscara con la mirada primero. Y entre toda la multitud sus ojos se encontraron. Fuegos artificiales a su alrededor y también el vivo deseo por correr a los brazos del otro y jugar.

​ Eva le sonrió, y Miller le dedicó una mirada que solamente ella podía descifrar.  Le había dicho que le quería, le había entregado lo poco que le quedaba y él la había rechazado. Otra mujer en su lugar le hubiese dedicado una mirada de odio, pero no Eva. Y Miller se odió por eso.

​ La cena fue servida, el brindis fue espectacular y la banda que tocaba los mejores clásicos contemporáneos seguía dándole vibra a la noche.

Pero Eva estaba cansada. Había conocido a pocas personas.

Megan parecía que conocía más personas en el lugar.

Hasta que se levantó y decidió caminar por los jardines del gran castillo y salón.

​ —¿Bailas conmigo? —Esa voz. Esa sensación en la nuca. No se trataba de otro más que de él.

​ —Alguien podría vernos—Rechazó Eva.

​ —Es una noche de gala, por supuesto que tienen que vernos—Insistió rozando su mano. Eva se levantó y se paró frente a él. Encontrando algo, pero no miró nada más que sinceridad en sus palabras. Un baile.

​ Caminaron hasta la pista. Miller la tomó de la cintura y ella de los hombros. Miller le colocó ambas manos en su cuello y le hizo un guiño. Comenzaron a moverse al son de la música clásica.

​ —Estás hermosa, Eva.

​ Ella sonrío para sus adentros y le devolvió el elogio.

​ —Gracias, usted también señor Preston.

​ Él lo tomó como sarcasmo en cuanto su apellido.

​ —Gracias, señorita Kerr.

​ Continuaron bailando. Hasta que Eva notó que tenían compañía.

​ —Alguien nos observa y creo que no le gusta lo que ve.

​ Miller con disimulo miró hacia donde Eva miraba. Nada más y nada menos que Sophia Winter. Tenía la mirada fría viéndolos bailar.

​ —Ignórala—Le ordenó Miller—El curso acabará pronto y aunque su padre tenga mucho dinero, no la aceptaré de nuevo, ha creado muchos problemas este año.

​ —¿Lo dices por mí o por ti? —Le preguntó.

​ —Pensé que seguía siendo tu profesor.

​ Ella maldijo por lo bajo.

​ —¿Ha pasado algo entre ustedes dos?

​ —Eva…

​ —Responde Miller. Ella me ha acorralado en el tocador de mujeres. Me ha declarado la guerra, está obsesionado contigo.

​ Miller la miró a la cara. No estaba mintiendo en absoluto, y tampoco estaba asustada.

​ —Hablaré con ella, Eva.

​ —No quiero que hables con ella. Eso solo demostrará que le tengo miedo y que necesito que me defiendas. No necesito que me defiendas, sé lidiar con mujeres locas como ella.

​ Y no le cabía la menor duda. Escucharla hablar así lo único que hacía era excitarlo. Y ella lo sintió.

​ —No te pases, Miller—Levantó la ceja al sentir su erección en el vientre.

​ —Escucharte hablar así, mi ángel hace que mi cuerpo reaccione de cierta manera.

​ —¿Ah, sí? —Ronroneó ella—No deberías. Tú y yo no somos nada. Y no habrá nada más que una relación profesional aquí. Lo dejaste claro.

​ —No sé de lo que hablas, Eva. Será mejor que te calles la boca sino quieres que te bese aquí mismo.

​ —Oh, no lo harías Miller Preston.

​ —Oh, créeme, no sabes de lo que soy capaz.

​ Sintieron la presencia del profesor Aubrey quien los interrumpió.

​ —Lamento interrumpir, señor Preston—Miró a Eva pero no la reconoció como alumna—El alcalde quisiera hablar con usted.

​ Miller maldijo por su presencia. Pero conservar las apariencias en Cambridge como un simple director era fundamental para él. Cuidaba de su imperio, además de la misma Eva.

​ —Iré a tomar aire fresco—Le dijo Eva.

​ Miller tomó su mano y la besó.

​ —No me tardo.

​ Ese simple beso la hizo florecer. Como una flor en primavera. Podía ser alguien especial y al segundo un completo neandertal. De cualquier manera amaba a ambos, pero no aquel que se rechazaba a ser feliz.

​ La noche estaba fría, pero no importaba. Nunca se había sentido tan bien, como una princesa.

Aunque extrañaba no haber podido hablar ni una sola vez con Miller. Le había visto andar con muchas mujeres, les sonreía y mostraba algunas de sus piezas. En cambio ella, desde lejos lo observaba.

Tenía sus gafas puestas y también metía de vez en cuando las manos en sus bolsillos.

Siempre la buscaba con la mirada, pero ella hacía cuenta y caso que no lo notaba.

Le gustaba ese juego. Solo quería que la jodida gala terminara para ir hacia ella y quitarle ese ridículo vestido elegante que llevaba puesto.

​ Se sentó en un banquillo y disfrutó de la noche estrellada. Cuando sintió pasos, muchos de ellos que se acercaban. No se asustó, pues pensó que no era la única que saldría por un poco de aire fresco.

Mientras estaba ahí recordó las palabras de Miller. Su discurso había sido perfecto. Nunca se había sentido tan orgullosa de alguien. Miller tenía la manera perfecta y dolorosa de combinar la pérdida con el arte y sus espectadores sintieron lo que él.

​ Hasta ella.

​ Sintió que el corazón se le aceleraba y en cuanto quiso ponerse de pie, su cabeza fue cubierta por una tela negrea. Eva comenzó a gritar y patalear pero eran muchas manos, a lo cual no podía hacer demasiado para defenderse.

​ —¡Noooo! —Luchaba para zafarse, primero la capa de su cabeza para poder verle las caras.

—¡No se atrevan a ponerme una mano encima!

​ Sintió dos pares de manos que comenzaban a tocarla por todos lados.

Escuchó el crujido del vestido romperse y temió por su vida.

Se había jurado que nadie la tocaría de nuevo sin su consentimiento y eso fue lo único que necesitó para seguir luchando por su vida.

En cuanto comenzaron a arrastrarla por el césped ella se quitó la capucha que tenía en la cabeza.

Les miró la cara. Eran dos hombres que vestían de esmoquin.

Claramente infiltrados o bastante enfermos para hacer algo así, o ambos.

​ —¡Maldita hija de puta! —Uno de ellos la abofeteó y Eva gritó de dolor. En cuanto su mano llegó a sus zapatos se quitó uno y comenzó a golpearles la cara con la punta del tacón de aguja. Uno de ellos cayó al suelo y el otro se quejaba del dolor, pero había cometido el error de haberla soltado.

Era la oportunidad de echarse a correr. Así que lo hizo. Corrió lejos hasta llegar donde estaban los otros invitados hasta que chocó con un cuerpo.

—Eva...

Eva miró a Flame y lo abrazó en consuelo.

—¿Pero qué mierda...

—Unos hombres...

Flame sacó su pistola y corrió hacia el lugar donde venía Eva. A lo lejos Miller la miró y se dio cuenta de cómo lucía. Era como si hubiese pasado un tornado cerca de ella. Corrió hasta donde estaba y rápidamente se cercioró de que no estuviese lastimada.

​ —Miller—Lo abrazó.

Miller la miró de pies a cabeza pensando lo peor.

​ —Unos hombres... Flame fue tras ellos...

Entonces Miller con la sangre hirviendo corrió hacia donde Flame estaba. Sin levantar sospechas Eva los siguió. Cuando llegaron a la escena ya ambos hombres estaban de rodillas con las manos en la cabeza mientras Flame les apuntaba con un arma.

​ Eva se quedó a una distancia favorable. La escena que presenciaba era una pesadilla. Temía por la vida de Miller. Sabrá Dios quienes eran esos hombres. Pero Miller sabía de lo que se trataba.

​ —Flame—Le ordenó sin verlo—Asegúrate de que nadie venga a esta zona.

​ —Por supuesto—Flame habló por el auricular e hizo lo que Miller le pidió. Ordenando a los de seguridad que cuidaran el perímetro donde se encontraban.

​ Miller sacó su arma. Ni siquiera Eva sabía que llevaba una con él.

​ Se acercó a uno de ellos y lo pateó en la cara con una patada. Al otro lo golpeó en el estómago.

​ Mientras los hombres se quejaban del dolor Eva no quitaba la mirada del rostro de Miller. Era como si algo lo hubiese poseído. Tenía la mirada perdida y parecía que no respiraba. Prefirió guardar silencio y observar.

​ —¿Quién los mandó?—Preguntó. Pero ellos no dijeron nada.

​ Esta vez Flame los golpeó de nuevo y amarró sus brazos detrás de su espalda con cintas plásticas. Miller seguía con un solo pensamiento en su cabeza. Matarlos ahí mismo.

​ —Me hubiese gustado divertirme con ustedes—Dijo Miller y observó a Eva por un segundo—Pero la dama me espera. Así que, si no hablarán…

​ Les apuntó con el arma y uno de ellos le siseó algo en alemán a lo que Miller entendió a la perfección. Eva no pudo entender lo que le dijo, pero entendió que se trataba de una amenaza y mensaje para él.

​ —Miller—Lo llamó pero él tenía la mirada perdida en la punta de su arma.

​ —Ahora no, ángel.

No lo pensó dos veces para tirar del gatillo en la cabeza de ambos.

​ Guardó su arma detrás de su cintura y se dirigió a Eva quien estaba en trance todavía por lo que había visto.

​ —Los… mataste.

​ —Eva—Le habló pero ella seguía viendo los cuerpos tirados en el césped—¡EVA! —Le gritó esta vez y ella parpadeó.

​ Le tomó la mano y la sacó de ahí, en cuanto estaban en la camioneta le sirvió un trago de champán para que se relajara.

​ —No quiero.

​ —Bébelo, lo necesitas—Lo tomó a regañadientes y lo tomó poco a poco hasta que ya no quedaba nada en la copa. No conocía al hombre que tenía al lado suyo. Estaba segura que no era un asesino, pero después de lo que miró no sabía ni qué pensar.

​ —Miller—No sabía si echarse a correr o llorar. Ninguna estaba permitida y tampoco estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados. No era una idiota.