Arte y placer 2
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EVA SE HIZO UN MOÑO DESARREGLADO EN EL CABELLO.

Abrió las ventanas de su apartamento y se sentó sobre el banquillo.

Frente a ella estaba un lienzo blanco, perfecto.

Estaba en una larga camiseta blanca, la que era de Miller.

Y usaba solamente sus bragas. Sin más dejó que su imaginación la guiara y los colores también.

​ Al final de varias horas, tenía otra de sus pinturas y ésta no era confusa, era perfecta en óleo. Lo había imaginado así, con el torso desnudo y sus ojos cerrados. Solo él en silencio.

​ Le tomaba todo un día, sin descanso lograr terminar. Algunas las dejaba adrede sin terminar. Solo un artista sabía si su trabajo estaba hecho, era un secreto y Eva sabía guardarlos bien.

Al día siguiente disfrutaba de su almuerzo con Megan. Se le veía alegre cuando se la encontró.

​ —¿Iremos de compras?

​ —¿Debemos? —Eva levantó una ceja.

​ —Sí ¿O qué te pondrás para la noche de Gala de Salis?

​ —¿La qué?

​ —De acuerdo, parece que no leíste todo el paquete de matrícula.

Cada año hay una noche de gala. Ya sabes, fiesta vestido elegante.

Es la oportunidad de conocer artistas famosos invitados.

Hacerte de tu propia cartera de relaciones públicas, coquetear y destacar.

Hay bebidas, comida y lo mejor es que está abierto para todo público que ame el arte.

Es como la fiesta de bienvenida de la secundaria, pero mejor porque no tienes que tener una pareja, esa la consigues esa misma noche.

​ Aquello sonaba interesante. Pero lo que menos quería Eva era usar un elegante vestido y tener una vida social. La tenía, la poca que tenía le sobraba y bastaba pero Megan estaba tan entusiasmada que no pudo decirle lo contrario.

​ —Suena genial, ya veo por qué estás tan emocionada.

Tras un par de horas se dispusieron a visitar las mejores tiendas de la ciudad.

Fue momento en que Eva decidió tocar un poco de sus ahorros, pues se lo merecía.

Luego de probarse más de diez vestidos Eva se estaba dando por vencida, ninguno era tan elegante, otros eran demasiados sensuales para la ocasión.

​ —Me estoy dando por vencida—Dijo Eva—Es por esta razón que no salgo de compras.

​ Megan quien se probaba el siguiente vestido. Al momento de colgarlo en la fila de vestidos que faltaba, encontró el perfecto para Eva.

​ —¿Qué tal éste? —Lo tendió frente a ella.

Era un vestido al estilo Dolce, largo color rojo que traía incrustada algunas lentejuelas y cristales, acompañados de encaje.

Era de manga larga, pero el escote en V de la espalda era lo mejor.

La parte delantera se juaga bien con el encaje para ocultar suficiente piel de quien lo vestía. En este caso, Eva.

​ No perdió ni dos minutos en probárselo y cuando las cortinas se abrieron, no podía creer lo que miraba.

A través del espejo podía ver lo elegante, lo hermosa que acostumbraba a vestir hacía ya algunos años.

Se sintió por primera vez bien consigo misma, y no era el vestido solamente, sino la libertad de hacer algo tan sencillo y disfrutar de ello.

​ Al momento de levantar la mirada, por el espejo a lo lejos de la calle, miró a un hombre de traje muy conocido, cabello canoso que apuntaba en dirección hacia ella. Solamente podía ser un hombre, solo alguien en todo el mundo podía verla con esos ojos llenos de odio.

​ —Berlín…

—¿Estás bien?

​ Eva abrió los ojos.

​ —¿Qué ha sucedido? —Preguntó con dificultad.

​ —Te has desmayado. Me has dado un susto enorme. ¿Se puede saber a quién viste para que te desmayaras de esa forma?

​ No había sido un sueño. Había visto a Berlín. Daba su vida por ello. Estaba segura que él la había estado mirando del otro lado de la calle. Pero no iba a decírselo a Megan. Ella ya sabía suficiente y por su seguridad era mejor de esa manera.

​ —No lo sé. Creo que estoy cansada.

​ Megan sabía que algo andaba mal.

​ —Dijiste algo como Berlín. ¿Quién es Berlín?

​ Se incorporó sobre el sofá. Aun llevaba puesto el elegante vestido y la dueña de la tienda estaba tan preocupada como Megan.

​ —Nadie, no es nada. Escuchaste mal.

​ —Bebe esto, cariño—Le dio un trago de whisky—Te ayudará.

​ Eva con pena tomó un sorbo y aclaró su mente. Debía recomponerse. Pero nadie lo podía hacer después de haber vivido lo que ella vivió. Aún estaba en trance pero debía salir de ahí en cuanto antes y regresar a su apartamento donde apenas y se sentía segura.

​ Se fueron a casa, Eva decidió comprarse el vestido y también compró el de Megan. Quien se había decidido por un vestido negro un poco ajustado y largo con flores rojas en un costado. Era elegante y conservador como su propio estilo.

​ —Gracias por mi vestido—Agradeció Megan, iban caminando por la calle y Eva no dejaba de ver hacia todos lados.

​ Berlín había regresado o estaba volviéndose loca.

​ —No hay de qué.

​ —¿Estás segura que estás bien? Puedes quedarte en mi habitación y podemos arreglarnos juntas. No quiero que estés sola, te has desmayado, eso quiere decir que algo te perturba o estás débil.

​ No era mala idea. Si podía estar segura en algún lugar quizá sería en el campus.

​ Además la buena parte era que Megan no compartía habitación con nadie. Y algo le decía que era gracias a su tío quien no confiaba en nadie y respetaba la privacidad de Megan, claro. Ella también se lo había pedido.

​ —De acuerdo. —Aceptó Eva.

​ Luego de pasar por algo de ropa y cosas personales salieron del edificio donde vivía Eva. En cuanto llegaron a las habitaciones del campus todo estaba despejado. Eva tenía miedo de encontrarse con Miller. Pero gracias a la hora que era, no lo encontró.

​ —Tu habitación es increíble. Tiene el tamaño de mi apartamento—Eva se dejó caer en la cama de Megan.

​ —Deberías de vivir conmigo. Creo que estarías mejor. Además a mi tío no le importará incorporarte, estamos a pocas semanas de terminar.

​ —Sí, suena bien. Pero recuerda que no quiero deberle nada a tu tío y además no puedo pagarlo.

​ —Sandeces. Yo que tú aprovecharía cada momento y ocasión.

Deberías de demostrarle de lo que se pierde.

Continuar con tu vida y dejarlo que se quede en su mundo de colores de la amargura.

Mi tío debe aprender que la vida no se detiene, que continúa y él no puede controlar eso de ti. A menos de que…

​ —¿De qué? —Eva tragó y esperó a que su amiga pronunciara las palabras prohibidas que ella se rehusaba a decir en voz alta.

​ —De que estés muy enamorada de él para que no puedas.

​ Eva bufó y miró hacia el techo de la habitación. Sabía que estaba enamorada de él desde hace mucho tiempo. Solo era cuestión de tiempo para armar las piezas. Pero no podía permitir que eso sucediera. Debía olvidarse del asunto. El maldito Miller Preston era ese asunto.

​ —No lo estoy. —Declinó.

​ —Entonces múdate conmigo. Piénsalo. Creo que sería divertido. Trabajas y estudias aquí, no le veo el problema. Hay espacio de sobra y por el dinero no te preocupes. Mi madre paga por esta habitación así que está pagada, vivas tú o no.

​ —Pensé que Miller…

​ —Oh no, mi madre tiene un orgullo enorme. No deja que mi tío page por nuestras cosas o necesidades.

​ —Pues tu madre tiene más dignidad que yo.

​ —Tonterías, Eva—Tomó su billetera—Iré por algo de comer, tú ponte cómoda no me tardo.

​ —De acuerdo y gracias, Megan.

​ Encogió sus hombros y salió de su habitación.

En cuanto la puerta se cerró sintió un miedo inminente. Sabía que si se había desmayado al ver a Berlín era porque no lo estaba imaginando. Comenzó a atar cabos sueltos. El viaje de Miller.

​ Miller comportándose como un idiota.

​ Miller y sus evasivas.

​ Y ahora Berlín. Todo encajaba en una sola cosa.

Estaba buscando la perfecta excusa para protegerla y más después de lo que le había dicho.

No debía desmayarse como una damisela. Debía ser fuerte, cruzar la calle y matar ahí mismo a Berlín.

Se juró que si lo volvía a ver no lo pensaría dos veces y lo mataría a golpes si fuese posible con cualquier cosa que encontrara a mano.

​ Ahora estaba demasiado débil para mantenerse despierta.

El corazón comenzó a dolerle y a extrañar el tacto de aquellas manos grandes y fuertes.

Aquellos besos de los labios más suaves que haya sentido nunca y que la besaban con pasión.

Sus lágrimas salieron a hacerle compañía y con el recuerdo de aquel rostro duro y hermoso, cerró sus ojos.

Megan entraba en la cafetería del campus que aún estaba abierta cuando notó quien estaba sentado en una de las mesas del fondo, tomando un café y leyendo un libro aburrido.

​ —Hola—Le dijo y él la miró con ojos suaves. Siempre tenía una forma de verle cuando estaban solos y es que la quería como a su propia hija, aunque a veces fuese cara dura para cuidar las apariencias.

​ —Hola—Le dijo y tomó un sorbo de lo que sea que estaba bebiendo.

​ —Mamá manda saludes.

​ —Ya veo.

​ Megan puso los ojos en blanco por el papel que jugaba siempre él. Aunque ya estaba acostumbrada a que ésa también era su personalidad de culo.

​ —Y Eva también—Cuando dijo eso, Miller se tensó—Estoy al tanto de todo. Bueno casi todo en lo que me respecta creo que es lo más importante.

​ Miller le dedicó una mirada que no mostraba sorpresa. Colocó sus manos en el mentón de su rostro y continuaba escuchando a su sobrina.

​ —¿Y eso es? —Le instó a que continuara.

​ —Que eres un idiota y ella también.

​ —¿Y se puede saber por qué soy un idiota, mi pequeña sabelotodo?

​ Megan se sentó frente a él y continuó:

​ —Porque claramente ella también te gusta. No conozco a Eva desde hace muchos años, pero sé que no ha habido otro chico en sus pensamientos. Habla de ti como si fueses un dios.

​ —Lo soy—La interrumpió—Ella lo sabe.

​ Megan puso cara de asombro y asco. Era su tío y su mejor amiga. Aunque no aprobaba del todo aquello. No estaba molesta. Ambos se merecían ser felices.

​ —Ella está en mi habitación—Miller notó la cara de preocupación y se alarmó.

​ —¿Está bien? ¿Ha sucedido algo?

​ La forma en cómo le preguntó lo entendió todo. Se preocupaba por ella. No solamente era atracción física. Él realmente le importaba tanto o más como ella y su madre.  Megan sonrió para sus adentros.

​ —Se ha desmayado mientras estábamos en la boutique.

​ —¿Qué? —Su cara era de vivo fuego, así como el que miró en los ojos de Eva antes de desmayarse. —Iré ahora mismo.

​ Megan lo detuvo.

​ —Espera. No sé lo que pase. No sé si ella te haya hablado de su pasado. No lo sé bien con certeza y no sé si estoy cometiendo un error al decírtelo. Pero Eva pensó que miró a alguien. Pronunció algo, un nombre o apodo antes de perder el conocimiento, algo como…

​ —Berlín—Susurró Miller por lo bajo, pero Megan lo escuchó todo.

​ —¿Qué? ¿Cómo lo sabes? ¿Quién es Berlín?

​ —Megan—Tomó su mano y la apretó—¿Confías en mí?

​ No entendía la pregunta pero contestó de todas maneras.

​ —Por supuesto, tío.

​ —Entonces no hagas más preguntas. Ni a mí, ni a Eva. Y si algo así vuelve a ocurrir solamente búscame o llámame ¿Has entendido?

​ —Pero tío…

​ —Megan, ¿Has entendido?

​ Al ver su rostro y notar lo desesperado que estaba no le quedó de otra que decirle que sí.

​ —Sí, señor.

​ —Bien, ahora quiero que se concentren en la gala y disfruten de la noche.

​ Le revolvió los rizos y se levantó de la silla para irse. Ella odiaba que hiciera eso.