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No había dicho ninguna palabra.
Tampoco la había buscado. Después de que hicieron el amor en la
Biblioteca y que él se fuera sin decir una sola palabra. Eva entendió que no había marcha atrás.
Era el fin.
En cambio Miller no dejaba se pensar en lo que Berlín le había dicho. No iba a descansar hasta recuperarla. Y Eva nunca estaría a salvo si Berlín continuaba con vida.
No sabía si entrar al lugar. Pero de algo estaba segura. Nadie la follaba, le decía que la extrañaba y se iba sin decir nada más. Así que Eva lo buscó en inferno esa noche. Había pasado una semana en la que ni siquiera le podía ver a la cara.
Una semana donde no le miraba ir por los pasillos sin preguntarse si él estaba pensando en ella como ella en él. Los pensamientos tenían que acabar. Se lo preguntaría ahí mismo donde todo comenzó, si todo iba a terminar, sería bajo sus condiciones, el dónde y el cómo.
—¿Qué hace aquí, señorita? —Preguntó Flame, sacándole un buen susto.
Sabía que si Miller estaba ahí, estaba observándola por las cámaras.
—¿Acaso no soy bienvenida? —Masculló con orgullo—Es un lugar para todos.
—Me temo que no, Eva. Si Miller la ve la sacará.
Sabía que si Flame estaba ahí era porque Miller también. Además ¿En qué otro lugar estaría? Pensar que estaba con otra mujer la llenaba de celos y le dolía el alma.
—Sólo contéstame algo, Flame y me iré.
—No prometo nada.
Se mordió el labio inferior y miró una de las cámaras antes de ver a Flame.
—¿Miller ha estado con alguna mujer en estos días aquí?
Flame dudó por un segundo en responder. Pero sabía que si daba la respuesta incorrecta sería el fin de su trabajo y su vida. Además Eva le caía bien y le gustaba la forma en la que Miller hablaba de ella y se comportaba como un completo idiota obsesionado.
Algo que no se miraba en mucho tiempo.
—No.
Fue lo único que dijo y Eva se sintió aliviada. Al mismo tiempo en que corrió hacia el despacho de Miller y Flame ya no la pudo detener y más si ya se encontraba frente al despacho de Miller.
—Joder—Dijo Flame—Si entra ahí me matará. Me dijo que no la dejara pasar.
—Ha visto que he corrido hasta acá y has hecho bien en seguirme, sé que pudiste detenerme. Pero será nuestro secreto.
Flame levantó la comisura de su labio y desapareció por los pasillos para cuidar la entrada y alrededores.
Eva puso una mano en el pomo de la puerta y abrió la puerta sin saber lo que encontraría del otro lado. Ya podía sentir cómo la piel de la nuca se le erizaba y su sexo comenzaba a palpitar como señal de alerta de deseo y peligro.
En cuanto tomó el valor y abrió la puerta, se detuvo al instante.
Miller estaba de pie. Apoyado en su escritorio con las manos en los bolsillos, como si la esperara.
Llevaba un traje perfecto, oscuro de tres piezas y el cabello perfectamente peinado.
Lo tenía un poco corto y su barba era exquisita.
Su mirada estaba inyectada de recelo y eso también era mutuo.
La miró de pies a cabeza. Eva llevaba un vestido blanco ceñido y una chaqueta de cuero. Se había arreglado lo suficiente para él, arreglando su cabello largo y castaño y no llevaba maquillaje. Más sí los labios pintados de un color carne lo suficiente para ser tentados.
Miller la siguió recorriendo con la mirada hasta que regresó a su rostro. Y Eva cerró la puerta detrás de ella.
—No vengo por sexo—Le advirtió.
A Miller no le hizo gracia.
—Entonces no estarías usando ese vestido, Eva. Llevas la palabra fóllame en todo él.
«Idiota»
—Es un club—Se defendió—Además. Me gusta vestirme así, creo que de ahora
en adelante iré así al Salis ¿Tú qué crees?
Aquello ya no le hacía tanta gracia porque le creía.
—No tientes tu suerte, Eva Kerr. No me provoques.
—¿Celoso? —Caminó lentamente hacia él—Pensé que estabas decepcionado de
mí.
—¿De qué mierda hablas?
—Tú, en la biblioteca, me follaste y te fuiste. Pensé que te había decepcionado.
Él la aniquiló con la mirada. Pero entre más se acercaba a él más se iba apagando
el fuego de sus ojos.
—Alguien pudo habernos visto o escuchado—Le explicó admirándola mientras se acercaba lentamente—Tú nunca me decepcionas, te prohíbo que vuelvas a decir algo así. ¿Has entendido?
Eva asintió.
—¿Y qué explicación tienes para los siguientes siete días? También tenías miedo de que alguien nos mirara.
Se detuvo frente a él.
—Eva…
—Ahora estamos aquí, solos…¿También tienes miedo de que nos miren?
Miller gruñó y la tomó como suya, porque lo era. Y la pegó a él. Colocando sus manos en su cintura y tomándola del cuello para besarle la boca. Una semana. Una maldita semana sin sentirla. Sin que lo provocara. Era un record.
—Miller, dije que no venía a tener sexo contigo—Se apartó pero Miller la tenía prisionera entre sus brazos.
—Y te dije que no iba a funcionar—Le habló con voz ronca—Ahora te pondrás de rodillas y me la chuparás. Después haré que te corras acostada en mi escritorio.
Como buena obediente se colocó de rodillas y le dio rienda suelta a su placer y su entrega nuevamente por el dios del peligro.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —Eva seguía en su escritorio, tumbada y sin ropa.
—Es pasado, Eva. No tiene caso hablar de eso.
—¿Tú me salvaste ese día? —Recordó sus palabras y el momento en que nunca había estado tan asustada. Era el hombre más guapo que había visto nunca y el último que miró esa noche.
—Lo intenté, pero tú… te quisiste salvar de una manera diferente. Te llevé al hospital. Me aseguré de Berlín por un momento y después cuando regresé tú no recordabas nada.
Le dolía. Podía sentir en sus palabras que le dolía que ella lo hubiese olvidado.
—¿Me buscaste? —Le preguntó.
—Lo intenté—Dijo él.
—Intentar no significa nada, Miller.
Se bajó del escritorio y buscó su ropa para vestirse, en cuanto hubo ocultado su desnudez volvió a ser la misma Eva Kerr de siempre. Tímida con ropa provocativa.
—Tú no me recordabas, Eva. Yo decidí que era lo mejor para los dos.
—Querrás decir para ti. Si tú me hubieses ayudado a recordar, todo hubiese sido diferente. Quizá tú y yo estuvieras juntos de otra manera.
—Lo estamos ahora, Eva. Estamos juntos. Pero al mismo tiempo no podemos. Te protegeré de todas maneras pero será bajo mis términos.
Se sintió ofendida. De nuevo estaba actuando como un imbécil.
—Me follas, huyes, me follas, huyes, no somos nada, me vuelves a follar y de nuevo valgo una mierda para ti. ¿Es a eso que quieres jugar?
En grandes zancadas llegó hasta ella. La tomó del cuello fuertemente que Eva comenzó a llorar por la falta de aire. Cuando estaba a punto de desmayarse por la presión que hacía en su cuello. La soltó. Comenzó a toser y el alma volvió al cuerpo de Miller.
—¡Joder, Eva! —Le gritó—No me provoques, joder. No me provoques. ¿Eso es lo que quieres? ¿Qué te haga daño? ¿Qué sea un hijo de puta contigo?
Miller podía ser todo eso, pero no con ella.
Cuando quería ser un hijo de puta tirano perdía en el intento.
Y cuando quería someterla también. A ella le gustaba cuando era rudo.
Nunca la lastimaba y hacerla perder el conocimiento de esa forma era como una caricia para ella, comparada con las patadas y golpes que recibía de los clientes de Berlín, Miller no era nada de eso.
Y ella lo sabía. No era brusco con ella, aunque quisiera y cuando lo era, lo era mientras le hacía el amor y así como ella dejaba la marca de sus dientes en él, él dejaba una huella imborrable en su corazón que no se quitaba aunque quisiera.
—No me harías daño. —Le habló ahogada mientras tocaba su cuello—Tú nunca me harías daño aunque quisieras. No me lastimarías, no eres como esos hombres, no eres como él.
—¡Cállate! No sabes nada, no sabes una mierda, Eva. Puedo entrar a tu apartamento, violarte y golpearte hasta que pierdas el conocimiento y hacerte despertar otra vez mientras te sigo violando. No sabes el infierno que puedo desatar, no sabes el tipo de hombre que soy.
Le rompía el alma que hablara de él de esa manera. Miller no violaría a nadie aunque se lo pidieran con ese físico que tenía. Era incapaz de lastimarla y si lo que quería era asustarla, perdía su tiempo.
—Yo te quiero—Le dijo con lágrimas en los ojos—Te he querido desde esa noche. Desde que te acercaste a mí y pensabas que estaba perdida. Lo estaba. Pero conocerte me hizo feliz por un segundo. No tengo justificación para lo que hice… pero lo hice por ti.
Miller estaba descompuesto. Tenía los ojos inyectados de odio ante sus palabras. No se merecía ninguna de ellas. No se las bebería aunque su vida dependiera de ello. Si la dejaba entrar estaba perdido.
Pero ya lo estaba.
—¿Qué?
—Mi intento de suicidio no era para olvidar o huir—Las primeras lágrimas cayeron—Lo hice para salvarte. Porque si yo moría Berlín no te buscaría ni te culparía. Era para salvarte. Si vivía estarías perdido, no tenías intención de dejarme ir, ni yo a ti. Nunca quise dejarte, Miller.
—No sigas, Eva… por favor…
—Si él regresara lo mataría y si no puedo yo…
—Cállate.la.puta.boca—Tenía la mirada perdida. Escucharla que había querido dar su vida por él, sin que se lo mereciera le estaba rompiendo lo poco que le quedaba de alma.
Tomó su chaqueta que aún estaba en suelo y sin mirarlo se fue. No esperó a que él la siguiera. Sabía que no lo haría. Pero al menos le dijo la verdad.
Lo quería y ahora debía olvidarlo.