9
EVA DE PIE AHÍ. NO SABÍA SI ENTRAR. La última vez que había estado ahí llegó casi corriendo y huyendo del hombre que la tenía bajo sus espinas. Inferno lucía igual que hace un año. Parecía un hotel antiguo por fuera, pero por dentro había algo más.
Algo que ella quería y que lo conseguiría.
La música sensual y erótica en el fondo le gustaba. El lugar era espectacular. Se fue a la barra y pidió cualquier trago que pudiera darle el valor que necesitaba.
Aunque para ello salía sobrando. Estaba dispuesta a todo esa noche. Recordar lo que había pasado hace un año había tenido el efecto contrario.
Se sentía más valiente que nunca y ahora todo tenía sentido. Aquella atracción por Miller y la pasión por el arte se debían a eso.
Un hombre se acercó a ella. Era bastante mayor pero atractivo, en otra vida no le hubiese importado compartir algo más con él que una copa. Pero no estaba interesada.
—¿Cómo te llamas?
—Eva. —Respondió sonriéndole. El hombre le tendió la mano y se la llevó a la boca para besarle suavemente.
—Yo soy Jason. Y dime Eva ¿Dónde quieres ir?
—A ninguna parte contigo—Respondió Miller detrás de ellos. La había visto por las cámaras de seguridad desde que la miró entrar. —Deberías irte—Le dijo a Jason.
Jason sin más se levantó del taburete pero Eva lo detuvo del brazo.
—Si él no puede estar aquí, entonces yo tampoco. Podemos llevar la fiesta afuera donde no podrás hacer nada. ¿Qué dices, Miller?
Se atrevía a desafiarlo de nuevo. Tenía los puños de las manos apretados y estaba listo para matar a golpes al hombre que estaba con ella. Eva lucía espectacular.
Llevaba un vestido negro ceñido, bastante corto sin tirantes. El cabello largo y bien arreglado y además se había maquillado. Llevaba los labios de un color rojo intenso y los ojos ahumados. Olía de maravilla y sus zapatos de tacón de aguja eran de infarto.
—Dos segundos y te quiero en mi despacho, Eva.
—Tú no tienes que darme órdenes. ¿Es así como atiendes a tus clientes?
Flame se puso detrás de él llamando la atención de Eva y Jason.
—Si no quieres que tu nuevo amigo tenga una bala en la cabeza, más te vale que hagas lo que te digo.
Antes de poder protestar Miller se dio la vuelta y desapareció junto con Flame.
—Vaya, tu novio es bastante celoso.
—No es mi novio.
—Pues lo parece—Jason pidió un trago y se despidió de ella—El deber llama, Eva. Fue un placer conocerte.
Lo miró caminar hasta el otro lado de la barra donde una chica lo estaba esperando. Comenzó presentándose como lo había hecho unos segundos antes con ella y Eva recordó la orden de Miller.
Se dirigió hasta su despacho. Pasando por los pasillos que hace un año había recorrido. Cuando reconoció a Flame afuera de la puerta lo exterminó con la mirada.
—Espere aquí, señorita—Intentó detenerla pero Eva ya había abierto la puerta. Lo que miró a continuación no le gustó nada.
—¿Por qué no podemos? —Le rogaba Sophía Winter a Miller. Éste estaba sentado viendo un punto fijo con un trago en la mano. Sophia al darse cuenta que no estaban solos se calló y más cuando miró quien estaba en la puerta.
—¿Qué hace ella aquí? —Preguntó.
—No se preocupen—Dijo Eva retrocediendo—Habitación equivocada.
Se echó a correr antes de que Miller pudiera detenerla.
—¡Eva!
Corrió por el camino equivocado y se detuvo por un segundo para recordar y retroceder. Pero cuando lo hizo, Miller le llevaba ventaja. La tomó de la cintura y abrió una de las habitaciones vacías.
—¡Suéltame!—Le gritó Eva pero él continuó llevándola más hacia el interior hasta que la lanzó a la cama. Estaba oscuro y Eva se quedó tumbada ahí. Escuchó que la puerta se cerraba con pestillo y se asustó.
—¿Miller?
Escuchó una respiración cansada que era de él.
—Estoy aquí, Eva.
—Enciende las luces, por favor.
Con temor a asustarla de nuevo hizo lo que ella le pidió. Las luces se encendieron y ahí estaba él de pie frente a la puerta. Observándola con mucha hambre me viéndola así ahí en la cama tuvo deseos prohibidos. Esta vez no sabía si iba a poder dejarla ir.
Eva se levantó de la cama. Caminó hacia él con maestría mientras a él se le pasaban millones de cosas por la cabeza.
Antes de que pudiera procesarlo Eva lo tomó del cuello y lo trajo hacia ella.
Ella comenzó el beso y Miller hizo el resto.
Le apretó el culo por encima del diminuto vestido y gruñó en su boca.
Eva sintió su erección de inmediato y se humedeció.
La entrepierna le comenzó a doler y caminó hacia atrás.
Miller la dirigió hasta que ambos cayeron a la cama.
Miller le comía la boca como si no existiera un mañana y Eva se abría más para él.
—¿Qué estás haciendo, Eva?—Jadeó en su boca.—¿Por qué has venido aquí?
Ella dejó de besarlo por un segundo para responder:
—Vine a pagar mi deuda, Miller.
Sus ojos se oscurecieron con sorpresa. Su tono era provocativo y sensual. Había fantaseado alguna vez con ella de ese modo. Pero sabía que se quedaría ahí en una simple fantasía.
—¿Es aquí donde querías cogerme? Entonces hazlo. Al menos aquí seré tuya y me lo darás todo, Miller. Soy fuerte aquí y tú también lo eres. Hazme tuya, Miller. Hazme olvidar.
Entendiendo cada palabra le dio rienda suelta a su hambre y le levantó el vestido.
Eva movió las manos hasta su erección y le ayudo a desabrocharse el pantalón.
Miller se sacó la camisa y los calzoncillos y continuó besándole los pechos a ella por encima del encaje que llevaba puesto.
Se los rompió de un tirón y bajó hasta su ombligo.
Eva estaba excitada como nunca antes lo había estado y a Miller le goteaba ya el pene de fluido.
Estaba listo para ella y ella para él al darse cuenta de lo empapada que estaba.
Le besó el monte de Venus y bajó más hacia su sexo.
Abriéndole las piernas y comiéndole con muchas ganas.
A Eva le gustó. Nunca antes le habían hecho sexo oral de esa manera. Los hombres la lastimaban y humedecían con su propia saliva. Era la primera vez que lo estaba disfrutando. Miller gruñó, lamía y mordía su clítoris hasta el punto en que ella se corrió tan fuerte que le empapó la cara.
—¡Miller!
Aun retorciéndose se colocó sobre ella. Y empujó la cabeza poco a poco por su abertura para que tomara el tamaño necesario de él. La tenía grande y ella lo podía sentir mientras sentía que la piel se le estiraba y se acomodaba alrededor de su pene.
—Te sientes tan bien, Eva. Joder. Dime cuando quieras que pare, por favor.
Lo abrazó fuerte y busco sus labios. Sintió enseguida el sabor de su sexo combinada con su saliva y le gustó.
—Por favor, no pares.
Miller la miró. Nunca estaba en esa posición con una mujer. Y ninguna mujer le decía que no se detuviera. Al contrario siempre era él quien quería más. Y ahora tenía a Eva. Era como si ella estuviese hecha a la medida de su deseo y toda para él.
Cuando se enterró de raíz comenzó a moverse.
De adentro hacia afuera y Eva movía las caderas para recibirlo todavía más.
Aruñaba su espalda y mordía sus labios con más ganas de él.
Miller comenzó a penetrarla con más fuerza y eso parecía gustarle.
Cuando lo miraba a los ojos era como estar en el cielo. Si es que podía existir uno ahí.
—¡Joder, Eva! Eres exquisita. Estoy amando cogerte.
Eva gemía más fuerte.
—Por favor, no pares ¡Más duro!
—¡Joder!
Se levantó y le puso las piernas en los hombros.
Bombeó más fuerte. Más duro. Haciendo sonidos de sus caderas chocar al son de su sexo.
Era una ola de placer, de eso no cabía duda.
Entonces sucedió lo inimaginable. Miller estaba a punto de correrse.
Él nunca se corría primero ni tan rápido.
Pero Eva era un motor de placer y eso le gustaba. Ahora no la dejaría ir nunca más.
—¡Miller! ¡Dios!
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Miller. Le agarró las piernas y aceleró más las penetraciones si era posible. Iba a ser que se corriera Eva. Lo podía sentir cómo se apretaba por dentro.
—Voy a correrme, Miller.
—Dame tu placer, Eva. Me pertenece también.
Y Eva estaba de acuerdo. Arqueó la espalda y se corrió de nuevo. Gritando su nombre mientras Miller seguía entrando y saliendo de ella. Cuando no pudo más empujó un par de veces y la llenó por completo.
Se dejó caer sobre ella y busco sus labios, sus pechos y su calor.
Eso también era nuevo.
La habitación estaba en silencio. Habían recuperado las fuerzas y vuelto a hacer el amor. Esta vez en la bañera. Sin decirse una sola palabra más que sus nombres cuando ambos alcanzaron el clímax total.
—¿Te he lastimado?—Preguntó preocupado. Imaginar que había sido brusco con ella no se lo perdonaría. Aunque para Eva no había sido nada grave. Se dio cuenta que le gustaba el sexo rudo y muy duro hasta en ese momento. Como que estuviesen hecho el uno para el otro.
—Estoy bien.
Se volvió a vestir en silencio y Miller también hizo lo mismo. Cuando hubo momento de irse, Miller la tomó de la mano.
—Espera. Dime algo, por favor.
Eva miró sus manos. Su mano pequeña encajaba con la de él a la perfección. Le gustó imaginarse por un segundo ir tomados de la mano a todos lados pero de él había salido que nada de eso ocurría. Ni en sus mejores sueños.
—Ya no te debo nada, Miller.
La forma en que lo dijo, tan seria y fría hizo que a Miller le ardieran las entrañas.
Ella estaba actuando como él lo haría con cualquiera otra mujer. Esperaba que se acurrucara en su pecho, que le besara más los labios.
Pero se había comportado como un hombre más bien. Eso le enfermó.
—¿Con qué de eso se trataba? Una deuda.
—Por supuesto, Miller. Te lo debía. De hace un año.
—¿Tienes idea de lo retorcido que suena eso, Eva?
—Estoy consciente de eso. Pero es lo que es.
Cuando quiso abrir la puerta Miller la detuvo.
Ahora que por fin la había tenido y no solamente una vez sino dos veces no iba a dejarla ir.
Pensaba que una vez lo hiciera podía olvidarse del asunto.
No era el mejor sexo de su vida, era único, ni tampoco la mujer más hermosa del mundo, era perfecta.
Pero al hacerse esas dos preguntas en su cabeza llegó a la única conclusión.
—Te quiero mía.
La tomó del cuello y besó sus labios. Eva no retrocedió y lo besó en respuesta. Pero cuando hubo momento de separarse lo hizo sin remordimiento y abrió la puerta.
—Adiós, Miller.
La noche era joven y Miller lo sabía. Después de tomar un par de tragos estaba en el despacho de Inferno pensando en Eva. Sintiendo todavía su sabor en sus labios y sus gemidos en su cabeza.
Su teléfono móvil sonó y respondió.
—Miller—habló.
—Suenas como la mierda—Su mejor amigo y mano derecha lo había llamado.
—Grave, ¿Está todo bien?
Su mejor amigo por otro lado, comenzaba a preocuparse. Durante mucho tiempo Miller solamente hablaba sobre aquella mujer. La mujer más hermosa del catálogo de su peor enemigo y lo que nunca supo de ella.
—Todo marcha de maravilla, aunque no está nada mal que te pases con más frecuencia. ¿O has encontrado un buen coño que te tiene ocupado hasta de tu mejor amigo?
—Cuida tu lenguaje, Grave. Veré qué puedo hacer en estos días.
Su amigo bufó del otro lado.
—¿La pintura te tiene acojonado?
—Aquí el único que me toca los cojones eres tú, Grave. ¿Dime para qué has llamado?
—Bien. Cuando se te pase la regla hablamos.
—Grave no estoy de humor para tus idioteces. —Le advirtió.
—De acuerdo. Te llamaba para decirte que el otro día me encontré con Berlín y te mandó saludos. Viniendo de él me sonó como una puta amenaza ¿Tienes idea de qué se trate?
Escuchar ese nombre hizo que se quedara mudo.
Mantuvo la calma aunque su corazón estaba latiendo a mil por hora.
Sabía que volvería a escuchar ese nombre, pero no sabía que sería tan pronto.
Necesitaba poner a salvo a Eva. Que estuviese con él para protegerla.
Se había jurado a sí mismo que la protegería esta vez.
De verdad. Y cuando Miller prometía algo lo cumplía.
—Yo me encargo, Grave.
—¿Quieres que le dé el mensaje?
Aunque era tentadora la propuesta no podía poner a su amigo en peligro.
—No hará falta. Te veré en unos días.
—De acuerdo.