Arte y placer 7
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MILLER FUE EL ÚNICO QUE SE BAJÓ DE LA CAMIONETA, sus hombres desaparecieron de sus vistas y Eva se sentía igual de segura.

​ —¿Sus hombres se han ido?

​ —Sí. Pero no te preocupes, siempre están observando y cuidando.

​ —¿De verdad?

​ Miller asintió con la cabeza.

​ «¿Quién querría hacerle daño?»

Estaban fuera del apartamento de Eva. Era un edificio pequeño con no más de diez apartamentos. A Miller se le revolvió el estómago al imaginarse que ella pudiera vivir en ese lugar.

​ —¿Desea un café? —sabía que él tomaba café más o menos a esa hora. Por otro lado a Miller le había costado caro mentir sobre ello, ya que odiaba el café por las tardes.

​ —Claro—Le ayudó a entrar, tomando de nuevo su pequeña maleta.

​ —Yo puedo—La ignoró y también abrió la puerta para que ambos pudieran entrar.

Como lo sospechó. Todo el apartamento era del tamaño de una caja de fósforos.

Había una cama pequeña al fondo de él y un closet.

Una mesa con dos sillas y una pequeña cocina.

También muchos libros en el suelo y en un mueble que parecía ser un librero del siglo X y en el otro extremo lo que parecía ser su estudio improvisado.

Lo único hermoso de ahí eran las vistas.

Daban a los edificios de la ciudad y un pequeño lago con un parque.

​ —Póngase cómodo, señor Preston.

​ —He vuelto a ser el señor Preston—Dijo entre dientes—Puedes llamarme Miller mientras estemos solos, además no es un pecado.

​ Eva se lo pensó mejor.

​ —Cierto. Pero es el director de la escuela donde estudio, el tío de mi mejor amiga también.

​ Miller la observó mientras hablaba.

​ —Y te sientes atraída por mí. Creo que eso gana para que dejes de llamarme por señor.

​ Se le pusieron las mejillas calientes. Dejó su maletín en la cama y llenó dos tazas con agua del fregadero para calentarlas en un microondas.

​ —Espero no le importe. No tengo un buen calentador.

​ —No te preocupes, Eva. Por favor, recuérdame comprarte un par de cosas. O mejor, recuérdame pagarte más por trabajar en mi biblioteca. ¿Cómo es que vives en estas condiciones?

​ Ella no se sintió ofendida. Al contrario le hizo gracia.

​ —¿Qué te hace tanta gracia?

​ —No me ofende que hables así, Miller. Al contrario. Es como un orgullo para mí. Aunque no lo creas nunca crecí en un lugar así. Tenía muchos privilegios, mayordomos, manicurista y hasta alguien elegía la ropa para mí. Renuncié a todo eso por mi libertad, aunque…

​ Se detuvo cuando se dio cuenta hasta donde estaba llegando la conversación.

​ —¿Aunque qué, Eva?

​ —Nada. Aunque para muchos sea ofensivo, personas como mi padre y tú no saben que este pequeño apartamento me da la paz que necesito.

​ Se sintió mal. No quería que lo comparase con su padre. Para que ella hablara así de él se daba cuenta que no era un hombre digno de tener una hija como ella. También lo odiaba por ello.

​ Eva sirvió su café y lo colocó en la mesa donde Miller estaba ya sentado en una de las sillas. Sirvió el suyo y lo puso delante de él, también el azúcar y la crema. Aunque no hacía falta ya que sabía que él lo tomaba negro.

​ Sin más Miller decidió darle el primer sorbo a aquel café recalentado. Para su admiración sabía mejor de lo que en su casa lo preparaban y eso lo hizo sonreír.

​ —¿Está bien?

​ —Sí, más que bien.

​ Se hicieron unos minutos más de silencio.

Se dispusieron a disfrutar del café y de la tarde que comenzó a llover.

La lluvia caía a lo lejos y ambos miraban hacia la ventaba.

Miller decidió darle un vistazo más a aquella caja de fósforos y se admiró de que todo estuviese en orden y perfectamente limpio.

Habían algunas pinturas colocadas en el suelo una detrás de la otra contra la pared.

Eva las había dibujado, le gustaba dibujar cuando se sentía triste y sola.

Había encontrado la paz en el óleo y se preguntó que si ella también le gustaba dibujar desnuda.

Había olvidado las veces en las que injustamente le pedía ser su asistente, nunca se había tomado el momento de observarla hasta ahora.

Era una mujer hermosa que no podía envidarle nada a ninguna otra mujer.

​ Había sido rica y aun así tenía el alma todavía noble, rota, pero noble. No como él. Tenía mucha riqueza y poder. Y nada de eso lo había hecho feliz algún día. Eva parecía ser feliz con lo que tenía.

​ Odiaba la idea de que quizá Travis Harper ya había estado ahí con ella. Haciéndole el amor. Odiaba la simple idea de que ella pusiera los ojos en otro hombre. Era una locura, ella lo hacía pensar solamente en locuras.

​ «Admitió querer que la hiciera mía»

​ Descartó la idea de que deseara a otro hombre. Si de algo estaba seguro era que Eva era una chica solitario en el instituto. Nunca la miró con otro chico, solamente con su sobrina.

​ —¿Tienes planes para hoy? —Le preguntó—No irás a trabajar hasta mañana.

​ —La verdad no. Pensaba quedarme en casa, pintar o leer un poco. Me ha dolido la cabeza desde ayer en realidad.

​ Eso lo preocupó.

​ —¿Por qué no me habías dicho? Habría pasado por la farmacia comprando algo para ti.

​ —Estoy bien, me he tomado una aspirina cuando servía el café.

​ —¿Y qué comerás? —Inquirió—Sé que en eso que llamas refrigerador no hay nada decente para ti en esas condiciones.

​ Ella de nuevo solamente le sonrió, le estaba sonriendo demasiado y se me miraba muy tranquila.

​ —Tengo dinero, puedo comprar o preparar algo o simplemente comprar algo hecho, no tienes que preocuparte por mí.

​ Odiaba la forma en que lo tenía todo resuelto. Se sentía un inútil. Terminó su café y él mismo llevó la taza al lavabo de la cocina. La excusa para estar de pie y observar los libros y bosquejos que había en su estudio. Le gustaban los colores, los usaba mucho.