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ERA ELLA.
Perséfone, la señorita Kerr era la chica de sus sueños. La que le hablaba y tocaba, ahora Miller lo recordaba y sabía que, ella en verdad lo había olvidado. Para siempre.
Dejó caer su espalda sudorosa de nuevo en la cama. Era el mismo sueño una y otra vez y ahora todo tenía sentido. Odiaba a su alumna, Eva Kerr, y ya sabía ahora por qué.
Sabía que ella no lo recordaba, de ser así lo había dejado claro en cuanto se le presentara la oportunidad y además, cuando leyó aquel correo electrónico.
Ella no lo recordaba. Y maldecía para sus adentros del porqué él sí.
Estaba tan ebrio como ella, perdido y buscando sanación.
La había dejado ir aquella noche sin hacerle nada más que haber probado sus labios.
Se dio cuenta que era lo único que le bastaba para volverlo loco.
Y luego la terminó salvando para perderla para siempre.
Había dejado que su padre se la llevara, entonces ¿Por qué había dicho que no tenía dónde ir? Se había quedado con muchas preguntas durante todo un año y ahora la tenía en su clase de artes.
Ella malditamente había cumplido su promesa de ser una artista.
Ella no lo recordaba y así tenía que ser. Jamás se daría cuenta y él se encargaría de eso. Si ella recordaba entonces podía volver a intentar quitarse la vida por miedo a Berlín. Lo único que supo es que estaba en Asia.
Megan y Eva entraban a la galería de arte en Oxford st. Eva recordó la última vez que apreció el arte. Megan era una fanática de los museos, pero cuando le dijo que había apertura a una nueva galería de arte en historia contemporánea, no lo dudó y se aseguró de estar ahí con su amiga.
—Estás preciosa, no sabía que te vestías así de elegante para venir a estos lugares—Su amiga Megan llevaba un vestido largo casual hasta los tobillos, pero se había maquillado un poco y usaba una chaqueta jeans.
—Gracias, es que aquí me siento yo misma.
—No digas eso, todo aquí es polvo e historia. Tú lo que necesitas es un buen polvo con mucha historia.
Ambas rieron a carcajadas. Siempre reían sobre bromas y chistes de sexo, no eran mojigatas a pesar de que Megan aún era virgen. En cuanto a la vida sexual de Eva y su pasado, Megan estaba al tanto y no la juzgaba, de hecho intentaba entenderla. O mejor no hablar del tema.
—Tú no estás mal.
Eva había optado por unos pantalones negros ajustados, una camisa de cuadros y una chaqueta negra con botas de tacón de aguja. Su cabello negro azabache le daba la impresión de ser una chica mala, y no es que no podía serlo, ella ya no le interesaba ser así en absoluto.
—Estaré por allá—Ambas tomaron caminos diferentes. Sabían que una vez ahí sus gustos eran totalmente diferentes como para pasearse juntas por todo el lugar.
—Te veré en media hora, no me hagas buscarte por todo el lugar—Le advirtió Megan.
Eva se adentró a la galería. Observa aquellas paredes de piedra y los azulejos del piso que sabrá dios qué edad tenían.
Había un poco de frío en el lugar y la piel se le puso de gallina, era una de las sensaciones con las cuales se sentía a gusto para ser tan normales.
En la galería había pocas personas, todas parecían estar interesadas más en otra cosa que en el simple arte.
Se quedó mirando el primer cuadro que lo rodeaba unas cintas de seguridad y lo reconoció enseguida. Siguió su recorrido hasta dar en un rincón donde solamente se apreciaba una obra de arte.
La reconocía, pero también sintió una punzada en el pecho.
Había visto esa pintura en otro lugar pero no sabía dónde.
Escarbaba en su memoria sin éxito alguno y odiaba cuando eso le pasaba.