Un año atrás #3
Berlín miró a la docena de hombres que llevaban armas como si la segunda guerra mundial estuviese delante de ellos. Era algo suicida de su parte ya estar parado ahí frente al hombre que ya era su enemigo.
—Hoy no, Miller—Dio un paso atrás y observó alrededor—Pero si me entero de que…
—Ten cuidado con las amenazas, Berlín. No soy tolerante, soy un hijo de perra sádico que puede abrir fuego en cualquier momento y morir todos aquí solo con escucharte. Me irritas y creo que el sentimiento es mutuo.
Sin decir una palabra retrocedió. Les habló a sus perros en alemán y fueron los primeros en salir de ahí. Miró a Miller por última vez, sabía que la tenía o quizás no, pero le había amenazado.
—Nos veremos pronto…profesor—Le habló en alemán y Miller supo que era una clara advertencia.
Entendió cada palabra y su tono. Se había metido en territorio prohibido.
No era el hombre que le importaba los negocios sucios de sus enemigos siempre y cuando no se metieran con él.
Y quería pensar que al menos salvar a su ángel valiera la pena.
Miller regresó arriba para buscar a Eva.
—Soy yo, ángel—Tocó de nuevo—Abre la puerta.
No escuchó respuesta. Se sacó otra llave de repuesto y abrió la puerta de su despacho, lo que miró a continuación lo marcaría de por vida y sin conocer a la chica que estaba ahí, sintió que su corazón volvía a doler.
—¡ÁNGEL! —le gritó llegando lo más rápido hacia a ella—¿¡Pero qué has hecho!? ¡Joder!
—¡Señor, la ambulancia ya viene! —Dijo uno de sus hombres. Él lo daba por perdido. Eva estaba en un charco de sangre. Se había abierto las muñecas. Supo que, preferiría estar muerta a regresar con Berlín.
—Te dije que te mantendría a salvo, mi ángel—La tomó en su regazo y se aferró al cuerpo de la chica desconocida.
Sintió un dolor en su pecho, un dolor extraño al principio, pero bastante familiar y humano.
Si Eva moría no se lo perdonaría nunca. Ella no había confiado lo suficiente en él y Miller se maldecía por no habérselo dejado claro hasta que confiara lo suficiente para mantenerse a salvo.
La ambulancia llegó segundos después y sacaron a Eva con la discreción posible, no quería que Berlín se diera cuenta por si todavía algunos de sus hombres andaban por ahí. Aunque si Eva en realidad moría estaría a salvo por siempre. Con solo pensarlo el estómago se le revolvió.
Miller se quedó en su despacho y mientras observaba aún el charco de sangre en su piso, notó una nota sobre su escritorio.
La tomó con manchas de sangre aun en sus manos y supo lo que era.
Hombre desconocido,
En realidad no sé cómo llamarte, dado caso que Hades es un nombre terrible para ti porque no eres nada como él. Me mantuviste a salvo lo suficiente para darme cuenta que siempre estaría rota y no te culpes, yo ya lo estaba antes de entrar en tu club.
Sé que eres el dueño, solo alguien como tú tendría un despacho tan elegante como éste.
Me hiciste sentir por primera vez deseada y aunque no lo creas, respetada. Esta es mi decisión y no tiene nada que ver con que estés abajo enfrentándote al hombre que me lo ha quitado todo.
Pero no mi alma. Ojalá te hubiera conocido en otra vida, Miller. También me di cuenta de tu nombre, pero aún no encontré un sobrenombre como tú lo hiciste conmigo.
Me gusta.
No puedo arrastrarte conmigo y tampoco puedo obligarte a que protejas a una desconocida, solo yo sé de lo que es capaz Berlín y no quiero que te enfrentes a ello.
Tampoco tengo dónde ir y me voy con la ilusión de que al menos sé cómo luce el infierno.
Si habrá personas como tú en él, no tengo miedo de ir a parar allá.
Que tengas una buena vida.
Toda tuya en otra vida,
Eva.
Miller Preston no lloraba, de hecho no lloraba nunca y tampoco lloró la muerte de su esposa e hijo.
Pero al leer esa carta, algo dentro de él se rompió.
Tomó la botella de whisky que estaba sobre la mesa, dedujo que Eva había tomado un poco antes de cortarse las muñecas y se maldijo por haber estado en su despacho el arma punzante.
Eva.
Eva.
Eva.
Pronunciaba su nombre en voz alta, en sus pensamientos y juró que vengaría su muerte, pues no había tenido tiempo. Hubiese querido tiempo y si en otra vida se la volviese a encontrar, juraría hacerla suya al menos antes de partir.
Unas horas después recibió una llamada que Eva estaba con vida pero que, no recordaba lo que había pasado ni donde había estado. Estaba a punto de ir a verla, pero se arrepintió cuando la miró desde el cristal de su habitación del hospital.
Había un hombre ahí, un hombre mayor y sus rasgos eran iguales.
Dijo que no tenía donde ir, pero se había equivocado, había un hombre ahí y no era Berlín.
Dedujo que quizá era su padre y con el tiempo lo supo.
Se la había llevado a Los Ángeles y lo último que supo es que Berlín no la estaba buscando, al menos no por ahora.
Pero lo sabría, la vigilaría sin que ella se diese cuenta, se lo debía.
Solamente esperaba que su memoria no regresara y que al menos si pasaba, que solo recordara la promesa que le hizo.
Ser una artista.