Arte y placer Un año atrás
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Un año atrás

Miller

ELLA DEBÍA SER UNA EXTRANJERA. Tan cierto como el infierno que no sabía lo que hacía ahí y es su momento perfecto.

Una presa pura. Justo lo que estaba esperando Miller.

Desde que había abierto las puertas a Inferno, un club exclusivo donde uno de los pecados capitales no era ningún problema si lo sacabas a la luz ahí.

Lujuria.

A plena luz del día era como un club cualquiera con un toque oscuro y contemporáneo. Un bar, una banda y un segundo piso que abría solamente en las noches y algunos fines de semana.

​ —Hola—Le dijo mientras se acercaba— ¿Estás sola?

​ —Más sola que Vang Gogh en un supermercado—Se mofó y le causó gracia. No todos podían nombrar a un famoso artista y reírse de él mismo. Era un chiste, lo que hizo que le atrajera aún más.

​ — ¿Sabes lo que haces aquí?

​ —No—Lo miró con curiosidad—Pero podrías enseñarme.

​ Su ropa era extraña, ella estaba huyendo de algo.

Las ropas que llevaba puesta eran el doble de su talla, se le miraba famélica y además tenía un ojo morado que intentaba ocultar con su cabello despeinado.

No llevaba maquillaje, aunque en otra ocasión no hubiese importado.

No olía mal, pero claramente no sabía cuándo había sido la última vez que se había duchado.

Si hubiese sido otra mujer, una más atractiva y más fina, la hubiese tratado de lo peor, la habría obligado de rodillas y que le diera una buena mamada, pero no era el caso.

Al verla a ella sintió compasión, sintió que se estaba viendo a sí mismo hace algunos años.

​ Perdido.

​ Sin más le tomó de las manos y la encaminó hasta el segundo piso.

Estaba negado el acceso a esa hora de la noche, pero era el dueño, faltaba más.

Iba a enseñarle a esa preciosa chica de piel como el color del caramelo que había entrado en las garras del infierno y que podía quedarse a vivir eternamente ahí…

con él. Si eso quería, estaba a su merced y su ignorancia era su único motor.

​ — ¿Qué es aquí arriba? ¿Un hotel?

​ Miller le sonrió apenas escuchó que su club era comparado con un hotel corriente.

​ —No si no vienes a dormir.

​ Caminaron por el largo pasillo. En sus pies había una gran alfombra de terciopelo rojo, las paredes con letras extrañas o garabatos.

A Eva le costaba enfocar su vista en cosas como esas en ese momento dado su nivel de embriaguez.

Miller la seguía guiando de la mano y Eva se detuvo al ver en un cuadro inmenso en una de las paredes.

​ —La laguna estigia—Susurró.

— ¿La conoces? —Le preguntó Miller, alucinado porque por primera vez alguien se deleitaba viendo su colección de obras de arte favorita.

—Pasa las almas de los muertos a través de las puertas del Hades—Su voz era suave y sintió un escalofrío por todo su cuerpo—Por supuesto que la conozco.

Sin soltarla de la mano, Miller se posó al lado de ella y ambos como dos almas perdidas como en la obra de arte, prosiguió como si se tratara de una de sus clases:

—El río Estigia es uno de los cinco ríos que rodean el reino del Hades. El que separa el mundo de los vivos de los muertos. Su nombre significa “odio”, pues por el pasan las almas coléricas y furiosas cuya condena es terminar ahogadas en sus pútridas aguas.

​ Almas como las de él.

Eva lo miraba con mucho deseo. Nunca había conocido a un hombre así.

Tan inteligente y que se le notaba que amaba la historia y el arte.

Ese tipo de historia, como la de ella. Oscura e infernal.

Se sorprendió de sentirse atraída por un hombre en esos momentos.

Dado su caso, estaba huyendo de eso, de los hombres, de los que querían su cuerpo y del hombre que quería su alma.

—Hablas como si…

​ — ¿Cómo un profesor? —La interrumpió Miller apretando más su mano y ella asintió. —Es porque lo soy… soy más que eso y te sorprenderías, pero aquí soy Miller, o Hades como me quieras llamar.

​ Ella no sabía qué decir. No le importaba no saber su nombre real.

Bastaba con saber que ese hombre era lo más espectacular que había conocido nunca.

Su barba como un motero le daba un aspecto oscuro y varonil.

Sus ojos claros avellanas con tono azul y gris era muy dulce, y su forma de vestir, con traje de tres piezas y cabello perfectamente peinado era la viva imagen de lo peligroso.

¿Era así como era el peligro? Ella lo había conocido unas semanas atrás y hace algunas horas, ahora había huido de todo aquello.

Eva no sabía que sería la alumna de alguien más y que quizá solo en ese lugar lo volvería a ver.

​ Continuaron el recorrido. Ahora el suelo le recordaba a la lava que seguramente había en el infierno.

Pero no la quemaba, entre más entraba al lugar más tenía ganas de saber más del hombre misterioso que la acompañaba.

Se mostraba tranquilo, todo un caballero.

Hombres de cuales ella nunca estuvo acostumbrada, eso la llevó a un recuerdo aún fresco y casi le dieron ganas de llorar.

​ Cuando entraron a una habitación sabía lo que hacían las personas ahí.

​ —Las personas vienen aquí a tener sexo—Dijo ella en voz alta. A Miller le pareció gracioso que lo viera de esa manera, era como si estuviese juzgando a todos los que habían estado ahí alguna vez.

​ —No. Las personas vienen aquí a divertirse. No es un hotel y mucho menos un motel. Las personas que vienen aquí ni siquiera se conocen, solo quieren pasarla bien. Como tú y yo. Y después siguen con sus vidas.

​ —Suena como a un picadero exclusivo.

​ —Eso suena mejor. Pero tampoco lo es, cada persona lo nombra de una forma diferente.

​ A ella se le revolvió el estómago. Al menos no violaban a nadie ahí, de eso estaba segura.

​ Miller entró con ella en la habitación.

Era preciosa digna de un hotel cinco estrellas.

Había una gran cama con un cabecero al estilo de la familia real.

Las paredes eran negras, no había ninguna ventana, pero el lugar era frío.

Había un baño grande con azulejos negros, un jacuzzi, una ducha y al otro extremo muchos estantes con diferentes juegos sexuales.

​ Ante sus ojos era extraño. Se sentía pequeña al lado de él y Miller gozaba con cada una de sus reacciones.

​ — ¿Cuántos años tienes? —Le preguntó él.

​ — ¿Para qué? —Inquirió ella.

​ —Quiero saber qué puedo hacerte y qué no—Aclaró su garganta sintiendo un poco de dolor.

​ —Tengo veintitrés ¿Y tú?

​ Él se rio de manera fría. Cuando le dijera su edad ella saldría corriendo o quizá no. Quizá se quedaría por el morbo que miraba en sus pequeños ojos azules.

​ —Treinta y dos.

— ¿De verdad?

—Sí, ¿por qué mentiría? Las mentiras roban el alma. ¿A qué te dedicas?

​ —Estudio.

​ — ¿Qué estudias?

​ —Arte ¿y tú qué enseñas?

​ —Arte y placer.

​ No pudo contenerse al abrir sus ojos con sorpresa.

Parecía más viejo dado a la forma en cómo se comportaba, aun así era nueve años más viejo que ella.

Nueve años de experiencia. Nueve años de diferencias en todo tipo de cosas.

Nueve años era suficiente para no querer acostarse con él.

No era que antes nunca había estado con alguien viejo, con solo recordarlo, le dio asco.

​ — ¿Te encuentras bien?

​ —Creo que es suficiente información. Me tengo que ir.

​ —No dejaré que te vayas—La tomó de la cintura y la condujo hasta la cama—Tampoco haré algo que tú no quieras, pero créeme, quieres estar aquí tanto como yo.

​ — ¿Ahora también sabes eso? Dime algo que no sepas.

​ Retarlo había sido un error. Ahora estaba debajo de él, y él sobre ella. El corazón le latía fuerte. No le tenía miedo, le había dicho que no le haría nada que ella no quisiera y le creía. Pudo sentir su aroma, oler su aliento y sentir su erección en el vientre.

​ —No sé qué sientas al hacer esto—Rozó con su nariz su oreja derecha y respiro en ella—Tampoco esto—Sacó su lengua y la pasó por su cuello—Y mucho menos esto—Posó sus labios sobre los de ella y le dio un beso casto.

Ella al inicio sintió cosquillas, pero la llevaron a algo más.

Se excitó. Con el solo roce de su barba en su cara y sintiendo su erección estaba ya empapada y quería que la tomara ahí mismo.

​ —¿Qué sientes, mi adorada Perséfone? Tienes suerte de que te lo esté preguntando, en otra ocasión te habría hecho callar solamente y te habría golpeado hasta desmayarte, para luego cogerte duro, muy duro.

​ Ella tragó en seco. No podía ser cierto. Ahí estaba él atento y siendo todo un caballero. Amenazándole con ser otro, sintiendo que algo no andaba bien cuando se excitó aún más bajo su amenaza.

​ Ella se le quedó mirando extrañada por haberla llamado así. ¿Era lo que creía que era? Desde luego.

​ —¿Por qué me llamas así?

​ —Perséfone era la reina del inframundo—Estaba empezando a adorar la forma en cómo le explicaba las cosas.

​ —Sé quién es o era. Pero mi pregunta es ¿Por qué?

​ —Porque así quiero llamarte. Porque así como Hades se enamoró de Perséfone y la raptó llevándosela al inframundo, así es como tú y yo estamos aquí. Aunque viéndolo bien, no te le pareces nada a ella, eres más inocente de lo que creí.

​ —Pero tú no me has raptado—Le dijo con una sonrisa.

​ —Desde luego que no.

​ —Y tampoco eres mi… tío. Es algo enfermo ¿No crees?

​ —No si lo miras desde el punto en que, eso antes no importaba. A los dioses no les importó. Jamás había tenido a alguien como tú y nunca había sentido este deseo por hacerte mía, mi ángel.

​ — ¿Piensas que regresaré a este lugar? Ni siquiera hemos hecho nada para que regrese. Como también, no sé si lo recordaré, estoy demasiado ebria en estos momentos.

​ Miller entendió lo que eso significaba. Un adiós para siempre. Pero aun sentía el sabor de su saliva en su boca y eso le bastaba. Al menos por ahora.

​ Ella se recompuso la ropa. No se dio cuenta en qué momento su vestido estaba hasta su cintura. Miller se le quedó mirando, analizando cada uno de sus movimientos y juró que aquella chica era una virgen en el lugar equivocado con la persona equivocada.