Y después mi infierno comenzó…
ERA EL CUMPLEAÑOS DEL PEQUEÑO SILAS
Seis para ser más exacto.
Nunca me había sentido tan completo y tan feliz.
Podía compartir todo lo que quisiera con mi mujer.
El club se había convertido ahora un pasatiempo y no necesitábamos aquello para disfrutar del sexo, de la intimidad y del dominio como la entrega.
Tampoco necesitaba del placer de otros. Jamás compartiría a mi mujer. Su placer era mío, todo mío.
— ¿Dónde vamos, papi? —Preguntó Silas desde el asiento de atrás.
Vianka tomaba mi mano y disfrutaba de la nieve. Había nevado demasiado esa mañana en Melbourne, Australia, donde vivíamos ahora gracias a la nueva cede de Industrias Preston. Y donde había nacido antes de que mis padres decidieran emigrar a los Estados Unidos.
Nada impediría que fuésemos a ver la película que Silas quería ver.
Le había insistido en verla en el cine que teníamos en casa.
Pero mi hijo prefería el olor a orines de un cine real, las palomitas recién hechas y su refresco favorito.
Además de los gritos de la gente. No le llevé la contraría, también quería eso.
De regreso a casa tuve una discusión con Vianka que jamás imaginé decirle lo que le dije. Pero después de ver feliz a mi hijo me di cuenta que no necesitaba ir al club para ser completamente feliz. Lo tenía todo. Los tenía a ellos.
—No entiendo por qué no quieres ir más. Estábamos tan bien con todo. ¿Acaso hice algo mal?
Discutíamos casi en voz baja. Silas iba prácticamente dormido en el asiento de atrás, todavía abrazaba su caja de palomitas.
—No quiero que cuando crezca Silas se pregunte dónde estamos dos veces por semana. No quiero que sepa de ese lugar y que nosotros somos parte de él.
—Él nunca lo sabrá, Miller. Exageras.
— ¿Cómo lo sabes? —Ella no respondió—No lo sabes, es mejor retirarnos. Si él en un futuro llega a ese lugar será por sí solo. No quiero ser parte de eso. A veces siento que estás fuera de control.
— ¿Fuera de control? —Masculló ofendida—Te recuerdo que fuiste tú quien encontró ese lugar primero. Donde te escondías, quien sabe qué habrías hecho si yo no me hubiese enterado.
—Jamás te hubiera engañado, Vianka. Ten cuidado con lo que dices.
Casi nunca discutíamos. Sabía que esto traería problemas tarde o temprano. Y escucharla resistirse, parte de mí sentía admiración por eso. Era más valiente que yo.
—Podemos al menos solo ir a ver jugar. No tenemos que tener sexo si no quieres. He pensado en preparar una habitación en casa para eso, ya sabes, nuestra pequeña cueva de sexo.
Eso me hizo reír.
—Creí que era un estudio el que estabas preparando.
Tomó mi mano de nuevo y me miró.
—No. Te dije que cuidaría de ti. Y ahora tu placer también es el mío.
Sé que al principio no lo entendía. Pero el club me hizo conectarme a ti de una manera que no puedo ni siquiera explicar.
No quiero que tenga el poder. Quiero tener el poder, y hacer algo como eso en nuestra casa a excepción de las orgias, tatuajes y castigos.
Podemos tener una habitación negra, nuestro pequeño infierno en el paraíso.
Tomé su mano y la llevé a mi boca.
—Te amo, Vianka. Mi Vianka.
—Y yo a ti, mi artista.
Una luz brillante nos abrigó con fuerza, con tanta fuerza que sentí mi mundo girar.
Literalmente estaba girando. El auto giraba y giraba sin parar por culpa de la nieve y lo que nos había impactado.
El chillido de las llantas y el olor a neumático llegó a mi nariz.
Un grito me abrazó con fuerza y la sacudida con mucho odio me arrojó fuera de nuestro auto.
Escuché a lo lejos derrapar. El auto giraba y giraba hasta que se detuvo y entonces corrí.
No sé cómo pero corrí, no me importó saber si estaba herido o si me era posible caminar.
Debía sacar a mi familia del auto. Debía salvarlos.
Salvarlos.
Fue entonces cuando algo más me abrazó. El fuego, el estallido, la explosión me mandó lejos de nuevo.
Como si acercarse no estaba permitido. Esta vez no me pude levantar y no escuchaba nada más que un silbido incómodo ceñía ahora mi sentido auditivo.
Abrí mis ojos, sentí la nieve que caía sobre mí.
Lo único que miraba eran llamas. Seguramente ya estaba en el infierno.
Pero con el tiempo comprendí que el infierno era cada lugar donde iba.
Las llamas eran parte de mí ahora. No las podía quitar, y tampoco lo quería.
La música de cuna, la sonrisa de mi mujer, el pequeño apartamento, el nacimiento de mi hijo.
Todo mi paraíso en una maldita película en blanco y negro se reproducía una y otra vez en mi cabeza.
Hasta que quedaron solo las llamas y mi infierno.
Había perdido a mi familia. Mi todo.
Y fallé. Ellos ahora eran cenizas… como yo. Como mi alma.
Hasta que la conocí a ella…