Y luego cuando al fin era mía…
VIANKA SUSANA PRESTON, ERA SU NOMbrE. Del egipcio medio que significa Flor de loto. Irónicamente a Vianka no le gustan las flores, más sí los lirios, cosa que es lo mismo pero ella insiste en que no. Qué alivio porque en Persia corresponde al nombre de Lirio en la antigua ciudad de Susa.
Y hablando de barbas, nuestro hijo nació a los ocho meses, sin tener cara de anciano, más o menos, todos los bebés me parecían y parecen feos todavía.
Pero el mío, cuando llega el propio, es lo más hermoso del mundo.
Ahora mi mundo estaba completo, también nuestro apartamento, no era una pequeña caja, había espacio de sobra a causa de la carencia de inmobiliario.
Teníamos una mesa, un par de sillas, una cama y una cuna pronto estaba por llegar.
Era de segunda, pero estaba en buenas condiciones.
Seguía sin permitir el dinero de sus padres.
Eso cambió con el tiempo y ya no solamente daba clases de artes sino que el padre de Vianka me incluyó en su empresa, Industrias Preston.
Me tomó algunos años prepararme para ser también empresario y dedicarme también a vender uranio, plutonio y torio.
Odiaba parte de esa vida, pero si quería darles todo a mi hijo y a mi esposa, debía tener un plan B.
Extrañaba a mi mujer por las noches y debía compartirla con nuestro hijo Silas. Eso no me gustaba en absoluto, pero supongo que era normal.
Aunque esa palabra carecía de significado mientras más pasaban los días, las semanas, los meses y años. Me convertí en un empresario y artista. Máster en artes universales y cuando regresé del infierno, recibí el doctorado para impartir el programa. Y también heredero.
Pero eso, es otra historia. Todavía seguimos en el paraíso donde mi hijo y mi esposa eran mi todo.
Aún lo siguen siendo.
Vianka dejó la carrera de teatro por algo más.
Ahora ya no quería ser la estrella principal, más bien quería ser la que estuviese detrás de todo.
Le gustaba enseñar a otros a actuar, la pose, el tono, la mirada.
Amaba verla en su estudio haciendo muecas todo el tiempo en el espejo.
Amaba todo de ella, pero odiaba la idea de perderla todo el tiempo.
Había pasado una semana en la que el nudo de mi estómago no se deshacía, nunca había tenido una especie de vidente o una mierda parecida.
Olía el miedo, el peligro, el caos a kilómetros de distancia y reconocer un enemigo.
Pero odiaba tener esa sensación en casa, mi casa.
Ya no vivíamos en un apartamento, ahora teníamos una casa grande, con muebles de sobra, con habitaciones de sobra para visitas familiares que casi nunca llegaban.
No tenía hermanos, ella tampoco tenía hermanos y sus padres murieron, casi al mismo tiempo que los míos.
Por lo que, Vianka ahora dueña legítima de Industrias Preston y yo su compañero en ese nuevo viaje.
La vida no podía cambiar tan rápido ¿O sí?
No estábamos solos, nos teníamos el uno al otro. Teníamos amigos y yo, tenía una que otra amante. No significaban nada. Nunca significaron nada. Pero supongo que había heredado alguna mierda de mi padre.
—No significan nada, por favor, perdóname—De rodillas frente a ella le rogué para que no me abandonara ella y mi hijo. Silas tenía cinco cuando pasó. No era una amante, eran muchas. Miraba el sexo como algo carnal y no algo sentimental que pudiera joder mi vida con ella. Pero era eso, una mierda.
—Ya sé que no significan nada, estoy segura que no les ruegas de rodillas para que abran sus piernas para ti. ¿Es esto por lo que has llegado tarde a casa? ¿Has estado aquí? ¿En este lugar? ¿¡Con estas putas!?
—Vianka…
—¡Cállate, Miller! —Sus lágrimas eran mi tormento.
El alcohol se había hecho peligroso. Tenía lo que quería, una vida, un hogar, una familia, una carrera.
Pero este lugar de mierda se había convertido en mi otro hogar.
Uno peligroso. Donde me sentía poderoso en cada una de las cosas que se hacían aquí.
—No me he acostado con ellas, no es lo que crees. No ha sido sexo, me gusta… verlas. Me gusta tocarlas, pero no me he acostado con ellas. ¡Mi pene ha estado siempre en mis pantalones!
—Oh, ahora lo lamento yo, Miller ¿Es en serio?, cariño por favor, ahora te perdono—Estaba seguro que era sarcasmo. Nunca había sido sarcástica de esa forma y que lo fuese ahora con lágrimas en sus ojos me dolía. —¡Vete a la mierda, Miller!
Pero mi agonía no terminaba ahí. Vianka no me abandonó. Hablamos lo que ese lugar era y abrió su mente tanto que cuando quiso ir a ese lugar me dejó helado.
—Cógeme—Me pidió. Llevaba un vestido ceñido color negro. Su cabello negro azabache le llegaba a la cintura. No parecía una madre de familia. Tenía el mejor cuerpo que había visto jamás y su tono de voz era diferente. Estaba castigándome.
—Mereces algo mejor que este lugar.
Indiscutiblemente merecía una cama de seda. Pétalos de rosa, música clásica de fondo y mucho vino tinto. Ella merecía lo mejor. No el aroma a sexo, a humo a peligro. A mí.
—Merezco que me tomes donde se me venga la puta gana, Miller. Eres mi marido y me he dado cuenta que mi marido tiene… gustos un tanto peculiares, estoy siendo una buena esposa. ¿No crees?
Malditamente sí.
—No haré nada que tú no quieras, Vianka. No puedo hacerlo.
—He sido tu tiro al blanco—continuó provocándome— te he azotado en castigo por no hablarme de este lugar, también he marcado mi cuerpo con un lirio en honor a ti. Ahora quiero que me tomes, que me folles. No como tu esposa, sino como una desconocida. ¿No quieres jugar?
Mi miembro ya estaba duro con solo verla acostarse sobre la cama negra. Estaba duro, muy duro. No creo que antes haya estado más duro como ahora. Ni siquiera cuando éramos unos adolescentes. Nunca deseé a ninguna mujer de este lugar, hasta ahora y era mi jodida esposa. Daba gracias por ello.
Comencé a quitarme la ropa como si no existiera un mañana.
Sus medias fueron rotas, junto con su ropa interior, ella se dejó hacer todo lo inimaginable, todo era nuevo, incluso para mí y era perfecto.
Estaba empapada cuando mis dedos llegaron a su sexo.
Le levanté el vestido por encima de su cabeza hasta que quedo completamente desnuda.
Sus grandes ojos me miraron con deseo y solo eso necesité para llevar mi miembro hasta su humedad y cogerla como me lo estaba pidiendo.
Sus manos estaban atadas en el cabecero de la cama, pero eso no me impidió que le diera la vuelta y la cogiera más duro por detrás, su espalda se erguía tan perfectamente que podía correrme ahí mismo, pero hice algo mejor.
La hice que se corriera más de una vez y luego saqué mi pene y la bañé con mi semen.
En otra ocasión se hubiese enfadado conmigo, pero esta vez vi algo en sus ojos.
Lo disfrutó tanto como yo. Nunca me había sentido tan conectado a alguien.
Amaba a Vianka, pero esto era diferente.
La traje a mi pequeño infierno. Un lugar que había venido a dar por casualidad.
Me gustaba caminar por las calles de California, y llegué a una calle desconocida en medio de la noche.
El edificio era bastante siniestro por fuera.
Pasaron los días y no abandonaba la idea de saber qué era lo que había dentro.
Las heridas que de niño tuve nunca habían sido sanadas, ni siquiera sabía que tenía unas hasta que entré en este lugar.
Me sentí conectado de alguna forma, al dolor en todas las formas posibles, al poder y el deseo.
Me deseaban, eso lo sabía, pero más que tomado, nadie era digno de mí. Solo mi mujer y viceversa.
Olvidé los golpes de mi padre, el abuso de mi madre y su adicción.
Olvidé las noches largas en oscuridad con el estómago vacío.
Olvidé estar aferrado en el cuerpo inerte de mi padre y su puta cuando llevaban dos días de muertos hasta que me encontraron.
También olvidé las palabras de mi madre ese día. Al menos ese día ella regresó.
—No lo quiero, llévenselo.
Y ahí estaba yo. Había sido adoptado por los padres de Vianka.
Es por eso que cuando ellos murieron, me referí como si también hubiesen sido los míos.
Ellos siempre supieron que nos amábamos.
Por eso, habían permitido que yo viviera en la casa de la alberca.
Era ya extraño estar enamorado de mi casi hermana.
Maldito incesto. Desde luego no lo era. La gente lo sabía.
Pero cuando crecimos, pensé que el enamoramiento se iría, pero no fue así.
Crecía cada día más, porque no era mi maldita hermana era mi jodida mujer.
El amor de mi miserable y patética vida.
Mi casa en la alberca no impidió para que la embarazara, a mi pequeña flor le gustaba escabullirse algunas noches ahí.
Y cuando se enteraron de su embarazo y que me casaría con ella tampoco les sorprendió esto último.
Después de una pequeña paliza de su padre a la cual no me rehusé por fin había obtenido su jodida bendición, no me iba a rendir tan fácil.
El club se había convertido en una rutina caliente para nosotros, practicábamos todo el sexo que queríamos, el cual no podíamos tener en casa por respeto a nuestro hijo Silas quien nunca se despegaba de nosotros.
Ella lo había entendido, y parte de mí sabía que también de alguna forma, había obtenido un poco de consuelo.
Ahora no podía controlarla. Vianka quería experimentar más cosas, cosas de las que yo ni muerto iba a aceptar bajo ninguna circunstancia, y eso era compartirla con otro hombre.
—Quiero su pene—Jadeó mientras la penetraba por detrás como a ella le gustaba.
— ¿Qué? —Desaceleré mi ritmo.
—Quiero su pene—Por encima de su hombro me di cuenta que me señalaba al hombre que estaba observándonos a un lado. Le estaban haciendo una mamada pero lo excitaba más ver a mi esposa con mi verga dentro que lo que las dos chicas le hacían a él.
— ¿Estás jodiéndome? —Mi pene se resintió y salí de ella con media erección. Su frustración se sintió por todo el cuarto. Vianka cayó de espaldas y me miró. Aún había deseo en su mirada, pero lo que me había dicho me había malditamente enfadado.
— ¿Estás enfadado?
—Acabas de decirme que quieres la polla de alguien, no es para aplaudirte, Vianka.
La sala estaba llena de gritos de placer. Si me concentraba mi pene podía volver a ponerse duro, pero con solo el hecho de pensar que ella deseaba a alguien más me ponía como un maldito lunático. Quería arrancarle la garganta al hombre que aún nos observaba.
— ¿Cuál es tu maldito problema? —Le encaré y él sonrió.
—Miller…
Las chicas se apartaron. Me puse de pie y el hombre también lo hizo. No se veía enfadado como yo, en cambio parecía más excitado que nunca. Sentí el brazo de mi esposa y me detuve. El hombre siguió su camino hasta que quedamos frente a frente.
—Te hice una maldita pregunta.
—Vine a disfrutar tanto como tú. He estado observándolos, no deberías de privarle a tu esposa un poco de placer.
Las demás personas no se inmutaban de la pequeña y extraña conversación que teníamos.
En cambio mi enfado se esfumó cuando comencé a sentirme caliente otra vez.
Sentí un par de labios cerrarse en mi pene ya erecto.
Vi hacia abajo y Vianka estaba chupándomela.
No era lo extraño, era mi mujer y le encantaba hacerme cosas como esas.
Lo inusual era que el hombre me hacía retroceder poco a poco con Vianka y mi verga dentro de su boca.
Mis piernas sintieron la cama y caí de espaldas.
Me subí un poco más para que ella se montara a la cama conmigo y entonces lo vi.
El hombre extraño estaba detrás de ella.
—No se te ocurra cogértela—Le advertí. Estaba excitado por lo que ella me hacía, pero no era ningún idiota.
—No haré nada que tú y ella no quieran. Solo cierra los ojos.
—Tú no me das órdenes.
Vianka lamía de arriba hacia abajo con maestría. Me estaba dando la mejor mamada de mi vida, había notado que al verme enfadado le excitaba. Siempre lo supe, pero no sabía lo que eso era capaz de hacer hasta ese momento ni lo que yo era capaz de permitir en ese lugar.
No me di cuenta cuando tenía mis ojos cerrados y deseaba también algo más.
Más placer para ambos. Fue cuando de pronto sentí que apretó con más fuerza mi pene y comenzó a jadear con mi miembro dentro.
Abrí mis ojos y el hombre ya no estaba de pie.
Ahora estaba de rodillas, detrás de ella, en su trasero.
Pensé que en ese momento me enfadaría y lo mataría, pero cuando vi los ojos de Vianka y el placer que ambos le estábamos dando sentí que explotaría.
—Qué mierda…
Dejé caer mi cabeza de nuevo, y sentí que trepaba por encima de mí.
Sin abrir mis ojos la dejé que me hiciera lo que quisiera.
Sentí que se deslizaba poco a poco por mi miembro pero salió de inmediato como si se arrepintiese.
Siguió trepando hasta llegar a mi pecho entonces abrí mis ojos y su sexo lo tenía en mi cara listo para devorarlo.
Alguien ya lo había hecho y como si leyera mi mente me dio una toalla húmeda e hizo que la limpiara antes de seguir con su placer.
Una vez hecho el trabajo le devoré su sexo y sentí la boca de alguien más en mi pene.
El hombre de antes se acostó a mi lado y una de sus chicas hizo lo mismo que Vianka.
Eso me puso caliente y al mismo tiempo lo odiaba.
Pero no quería que me diera alguna clase de sexo, sabía cómo complacer a mi mujer así que la coloqué de espaldas y tomé su cabello fuerte.
Como estaba tan empapada llevé su humedad hasta su culo y la penetré por ahí después de prepararla primero con los dedos.
Me aferré a su cabello y halaba de él con mucha fuerza.
La hacía gritar de placer. El hombre a nuestro lado estaba a punto de terminar pero se resistía.
¿Quién era el maestro ahora?
—Tócate el clítoris—Le ordené.
La pareja a nuestro lado imitaron lo que hacíamos.
Pero nada era mejor que el placer de mi esposa.
Me recibía con mucha hambre y yo no podía parar.
Las penetraciones se hicieron mejor cuando acariciaba su clítoris, sabía que estaba cerca de correrse, pero no la dejaría.
Aumentaba y disminuía para volverla loca.
Eso realmente le gustaba, cuando hubo momento de terminar el juego, azoté su culo hasta que estuviese rojo.
Fue cuando escuché su grito y se dejó caer en la cama.
Saqué mi pene de su culo y terminé sobre su espalda y nalgas.
— ¿Aún quieres su pene? —Le pregunté y ella miró al hombre, se había quedado dormido cuando la rubia lo hizo correrse.
Se rió y yo entendí.
—Es lo que pensé.