36. Teatro #3
Suelo pensar que puedo leer a Sol y saber qué piensa de mí. Casi siempre me equivoco.
La cosa es que nunca sabemos qué hay en la mente del otro. De las personas que más admiramos y vemos por encima, la realidad es que, todos los días, malinterpretamos grandemente la vida de quienes más amamos.
A veces, no hay nada que podamos hacer sobre ello.
Y otras veces, se empieza por el paso más simple. Raro y con un mal timing , como todo lo que he hecho en mi vida.
—Lo siento por arrastrarte aquí.
—Tranquilo, sabía que fuiste tú quien cortó la luz. —Se ríe.
—Hice todo este ridículo porque te quiero, Sol. No voy a poder superarte jamás.
Ella se queda en silencio; lo poco que veía de su sonrisa se borra. Su cabeza gira en mi dirección.
—Soy patético, doy pena y vergüenza. Soy el hombre más celoso que vas a conocer en tu vida y probablemente no el más gracioso ni el que tenga la mejor historia que pudieras contar.
Me gustaría serlo. Me gustaría poder ser menos idiota antes, y menos idiota ahora, pero soy solo un idiota enamorado de ti de toda la vida.
—Cooper.
—Y no sé si algún día pueda superar el complejo de inferioridad que dice que no te merezco, la voz del impostor que dice que no merezco nada de lo que tengo.
No creo. Porque tú eres demasiado para mí y el resto del mundo mortal, quizá por eso me enfada tanto que ellos intenten estar contigo pensando que eres solo una más y no la mejor de todos los tiempos.
—Oh, Cooper...
—La realidad es que la mayor parte del tiempo detesto lo que soy.
Toda mi vida tuve que vivir por alguien más, de una manera u otra, y no me quejo, lo elegí, lo acepto.
Es algo que me gusta hacer, pero no sé quién soy fuera de ello, más que un capullo al que solo le importa su propio gozo.
La única vez que sentí que era una persona real fueron los meses que compartí contigo en la universidad y los únicos momentos donde no me siento un fiasco falso y fracasado encubierto con la máscara de oro que te da la fama son cuando hablo contigo.
Eres tan brillante que reflejas a los demás con tu luz; me veo más claro cuando estoy contigo.
—¿Y te gusta lo que ves cuando estás conmigo?
—A veces sí, a veces no. No soy el hombre que esperaba ser para estas alturas. Esperaba haber hecho más cosas por el mundo.
—No tienes que salvar el mundo, Cooper. No eres un superhéroe.
—Pues me gustaría serlo. Detesto ser el villano en las historias.
—No eres el villano en ninguna historia. —Pone su mano en mi hombro—. Y no eres ninguna de las cosas malas que acabas de decir.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy la persona que te conoce más en el mundo, ¿no recuerdas?
Eso me hace sonreír. Sol baja la mirada y suspira.
—Considero que quieres tomar tanto bien entre las manos que no logras cargar con todo y te culpas cuando se te cae.
Cooper, sacrificaste toda tu adolescencia por ser un adulto temprano, y luego toda tu carrera en armarte un nombre solo para hacer tus propios proyectos, contratar a nuevos rostros, darles oportunidades a las personas.
Me ayudaste a mí, en su momento, aunque no haya salido como quisieras y yo no lo hubiera sabido apreciar.
Lo haces hasta el día de hoy. Cada persona que se cruza contigo y de verdad te conoce tiene algo que agradecerte.
Yo creo que eso no lo hace un supervillano.
—Supongo que no.
—A mí me gustaría que, en algún momento, nos diéramos una oportunidad.
—¿En algún momento entre hoy y los próximos ochenta años?
—Malek Dylan Cooper, detente.
—¿O en las próximas ochenta reencarnaciones?
—En esta vida —asegura—. Y en nuestro tiempo. La verdad es que eres un buen chico, Cooper. Es una pena que me de miedo.
—¿Yo?
—El amor.
—Lo entiendo, Sol.
—Pero eres bueno, Cooper; serás un gran actor algún día —ironiza.
—Por un momento, sonaste exactamente igual que a los diecisiete.
—Nunca he dejado de ser esa chica.
—Más bien, nunca has dejado de tener esa magia.
—Creí que la había perdido para siempre, y luego te volví a encontrar.
—Hay cierta magia que a veces creemos que existe solo cuando somos jóvenes. Pero la verdad es que solo existe cuando somos nosotros mismos, lo cual sí que se suele perder con el tiempo. Se han perdido muchas cosas entre nosotros con el tiempo. —Me encojo de hombros.
—¿Crees que ya no las podemos encontrar? ¿Por qué siempre eres tan fatalista contigo mismo? Dime una sola razón por la cual sea muy tarde.
Dejo de respirar. No sé qué quiere insinuar con eso, pero me acelera el pulso.
«¿No sabe acaso que tiene mi corazón en sus manos?».
Justo en ese instante. La energía eléctrica vuelve.
—Supongo que no tengo ninguna válida.
—Parte de mí realmente quiere que seas tú, Cooper. Parte de mí quiere, desesperadamente, que la persona con la que me quede para siempre seas tú.
—¿Y la otra parte?
—Estoy empezando a creer que no hay otra parte. Estoy muy cansada de que esto sea una historia de dos tristes tigres.
Eso me hace reír hasta que me duele el estómago.
—Creo que deberíamos darnos una oportunidad, Cooper. Tú... ¿Quisieras tener una cita?