35. La Obra #2
Sus manos, que antes estaban temblando a sus costados, se colocan bajo mi vestido, subiendo hasta el elástico de mi ropa interior para bajarlo.
—A la mierda —farfulla antes de volver a besarme.
Su tacto se siente frío, las yemas de sus dedos suaves acariciando la parte interior de mis muslos. Subiendo lento hasta mi entrepierna. Contengo la respiración.
Su boca baja a mi cuello, echo la cabeza para atrás con los ojos cerrados. Muevo mis caderas hacia delante cuando siento sus dedos cerca de mi clítoris, intentando guiarlo a lo que quiero. Su mano libre baja el torso de mi vestido y desprende mi sujetador.
Atrapa mi pecho en su mano, siento la humedad de sus labios encima y la punta de su lengua sobre mi pezón. Estiro mis brazos para desabrochar su pantalón, me sorprendo al sentir lo duro que está el bulto en sus pantalones.
—Dime que tienes protección.
—¿En serio crees que soy el tipo de hombre que viene a una presentación de teatro juvenil, solo, sin siquiera una billetera y traigo un cajón de condones conmigo, Soledad?
Asiento.
—Obvio. —Quita uno del bolsillo interior de su chaqueta—. Soy responsable.
—Qué tierno eres.
—Claro.
Deja el preservativo encima del lavamanos, vuelve a tomarme de la cintura para pegarme a él.
Sus besos son más agresivos y su agarre es más firme, hunde sus dedos en mi piel, arqueo mi espalda cuando pega mi cadera a la suya, abriendo mis piernas hasta que siento la textura fría de su cinturón encima de mi sexo.
—Abre los ojos —susurra al elevar mi mentón para que hagamos contacto visual mientras desliza dos dedos dentro de mí.
Intento tomar una larga respiración para calmarme y adaptarme a la sensación. Pero no lo logro, lo único que se oye de mí es un "Cooper..." que suena más a un gemido suplicando.
Él jadea al oírme, sus pupilas se dilatan, entrecierra los ojos. Lo noto tensarse antes de ponerse por completo rojo.
—Disculpa. —Alguien toca la puerta—. Gracie, te he dicho que dejes de dormir aquí en horario laboral.
—Vuelve a tocar, golpeando fuerte y en repetidas ocasiones, pareciera que quiere echarla abajo—.
Tienes cinco segundos para salir ahora mismo o voy a traer mis llaves y presentarme aquí con tu despido.
Mi corazón se acelera pensando ante la posibilidad de que, en cualquier momento, quien sea que esté al otro lado, podría darse cuenta de que no está asegurado con llave, entrar y encontrarnos así.
—Mierda, mierda, mierda —farfullo al empujarlo y bajarme del lavado—. Tenemos que irnos, ya. —Empiezo a acomodar mi vestido, apresurada y con las manos temblando de los nervios.
Cooper, quien probablemente tiene más experiencia en situaciones así, corre a ponerse contra la puerta. Reteniéndola justo en el momento en el que bajan el picaporte, tratando de ingresar. No se mueve ni un centímetro. La persona de fuera vuelve a gritar.
—¡Pues te ha salido mal, Gracie! —Arremete quien suena como una señora en sus cincuentas—. He mandado al pasante a traerme las llaves del baño. Estará aquí en cualquier momento.
—Demonios —maldice Cooper, mirando alrededor—. Sol, tengo una idea.
—¿Morir ahora mismo? Sí, suena bien.
—No. Mira. —Señala a una pequeña ventana cerca de donde se guardan los artículos de limpieza—. Creo que eso lleva a un espacio que tienen aquí para la basura, pero por allí también debería haber una salida para los que la recogen... Como el despacho de residuos, una salida trasera.
—¿Estás diciendo que me arroje a la basura?, ¿estás mal de la cabeza?
—¿Prefieres que nos atrapen aquí? ¿Así? —Me escudriña, mi vestido, que estaba expuesto a las gotas de agua, ahora parece que sea estampado, aún está el condón en el lavabo y yo tengo todo el labial arruinado.
—Lo sé. Es solo que no quiero llegar al departamento así o joder el día de un muy honrado taxista que no querrá oler eso.
—Vine en mi auto y tengo un sitio donde podremos cambiarnos, solo... —Se oye tumulto fuera del baño—. Solo hazlo, Sol. Yo te sigo.
—No vas a entrar tú por la ventana.
—Oye, ¿sabes qué? Esto no es tan malo, como no es algo de prensa pensarán que estamos juntos de verdad, al set le encantará...
Estoy a mitad de la ventana antes de que termine su frase.
Salgo de la ducha con una bata y me doy cuenta de que no había pensado en las consecuencias de mis actos lo suficiente hasta que estoy limpia, pero empapada, sin ropa interior, en uno de los departamentos secretos de Cooper.
Arrastro sus pantuflas, demasiado grandes para mis pies, con cuidado hasta su cuarto, donde miro qué prestar para vestirme e irme. Ahogo un grito cuando ya lo veo allí, envuelto en una toalla, escaneando el armario semivacío.
—Pensé que ibas a tardar más —balbuceo—. Como el segundo baño es más pequeño...
—Bueno, tu cabello es más largo. Yo pensé que tú tardarías más e intenté apurarme para dejarte el cuarto a solas.
—No tienes que hacer eso por mí. —Carraspeo—. Solo quería pedirte algo prestado, porque necesito lavar mi ropa.
—No tengo nada como para ti.
—Lo sé.
—Vale, déjame cambiarte y busco, ¿está bien?
Asiento y salgo a sentarme al sofá para esperarlo.
Observo alrededor, me pregunto por qué tiene tantas propiedades, de qué está huyendo de ciudad en ciudad o si solo los usa como sus moteles a medida.
Pero esto no parece un cuarto de citas, tiene un antiguo reproductor conectado a la televisión y un estante con discos que contienen las películas en ellos. No los veía hace años.
Ladeo la cabeza para leer los títulos, él sale del cuarto con un pijama gris. Me entrega una camiseta larguísima verde y una ropa interior de hombre que aún estaba en su bolsa de compra.
—Es lo mejor que pude conseguir.
—¿No te sueles quedar aquí?
—Solo en las fiestas.
—¿No vas con tu mamá en las fiestas?
—Sí, ella vive en el primer piso.
Escucho eso justo cuando acabo de acomodar los bóxers de su hijo en mi cintura y bajar la camiseta lo suficiente para que sea un vestido corto. Mi mente se queda en blanco.
—Hace mucho no sé de ella —comento vagamente.
—Ella sabe de ti.
—¿Cómo?
—Sabe que vas a estar en la película, y sigue la cuenta del rodaje, te ha visto. Te lo dije una vez, le caes bien.