Arte para no artesanos 35. La Obra
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35. La Obra

LA ObrA

Había una vez...

SOL

Desde pequeña, tengo esta fantasía en donde tengo poderes mágicos.

No soy una princesa, soy más como un místico dragón. Y tengo poderes, entre ellos el completo control de mi vida, una absoluta mentira que solo existe en los cuentos de hadas. Tengo virtudes mágicas en las que puedo escoger qué pasará, cómo y cuándo y si dolerá o no.

En mis fantasías, yo decido cuándo y cómo enamorarme. Decido quién sí y quién no. Pero el control, el control es lo más importante, porque entonces puedo controlar a quién decidir.

Hoy, me levanto de la cama y lo hago. Y me detesto por a quién tengo en mente, porque en un realidad maravillosa yo jamás escojo a la persona con la que más conecto, yo nunca estoy con quien más entiendo ni con quien más me entiende a mí, yo en la vida me fijo en aquel que toca mi corazón por el simple hecho de que puede hacerme mucho daño.

Porque en una realidad paralela, yo estoy con alguien que nunca me hará sentir triste, o angustiada, o perdida.

Estoy con alguien que nunca ha tocado mi corazón o visto mi alma.

Allí más bien estoy con un hombre un tanto frío, aburrido y convencional.

Él tiene un trabajo de oficina y viste camisas casi cada día.

Él no ha ido a ver una obra de teatro en su vida y solo conoce el cine por las actrices lindas que ve en televisión.

Él toma jugo de naranja y me cuenta sobre sus grandes grupos de amigos del instituto, cómo sigue en contacto con ellos aún.

Luego de unos años, ese mismo hombre me lleva de vacaciones.

Dentro del país, claro, no muy lejos. Pues lo han promovido en el mismo empleo en el que está desde que terminó la universidad.

Él se pone en una rodilla frente al atardecer y me pide estar con él para siempre.

Eso es romántico. Él es genial. Es un buen partido.

Tendríamos una vida feliz donde cada día sería predecible, dulce y cómodo.

Sin embargo, me levanto y esa idea parece una pesadilla, porque no es lo que quiero.

Creo que no sé lo que quiero. No sé qué tipo de hombre es con el que de verdad quiero estar para siempre.

«O puede que lo sepa demasiado bien».

Las fiestas de esta gente son exactamente lo mismo que eran al inicio, una gran reunión a bajas luces donde todos se ven bien y hablan sobre las cosas más banales. Adornada con un vestido verde corto me paro en una esquina pensando en que no debí gastar el dinero del Uber hasta aquí.

Jack está comiéndole la oreja metafórica y literalmente a una chica a mi izquierda. Robina aceptando tragos gratis de chicos demasiado jóvenes para ella a mi derecha. Saco mi teléfono de mi bolso para pretender que estoy haciendo algo.

Ojalá Malek estuviera aquí, al menos a él le pudiera hablar si... No estuviera también con alguna de las chicas de aquí enredadas alrededor suyo. De pronto esa idea en lugar de parecerme patética por su parte, me parece un poco incómoda.

Voy a la barra a pedir algo para beber esta soledad con algo, pero no tienen ninguna bebida que me guste y mi bebida favorita está agotada.

—¡Soledad! —grita Jack apartándose de la chica—. ¿Ya te vas?

—No, no, solo... —Me remojo los labios—. Voy a comprar algo para tomar.

Él frunce las cejas, se nota que no me ha oído, pero finge hacerlo y vuelve a lo suyo. Eso me hace reír, bueno, al menos se preocupó por unos sólidos veinte segundos. Hay un buen chico detrás de ese rompecorazones.

Camino en mis tacones a la tienda más cercana al club, la cual está a unas cinco cuadras. Es tarde, pero no demasiado, y hay suficiente gente caminando para que me cueste cruzar entre ellos.

No lo entiendo hasta que, ya saliendo de la tienda con mi botella de medio litro, veo que hay un teatro a una media cuadra más. Romeo y Julieta, un clásico.

Me debato un par de segundos entre si regresar o no antes de dirigirme al teatro, la fila no es larga, esta es la última función de la noche y el resto de multitud eran los que salían de la anterior. Me compro un ticket para el último asiento que queda.

Entro cuando ya están empezando, las luces son bajas y tomo el asiento más cercano a la salida. Me duelen los pies. Además, tuve que ocultar mi botella en mi bolso, aquí eso se verá como una falta de respeto.

—Oye, ¿sabes que no se puede meter alimentos a la función?

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Yo...

—Shhs. —Ríe y allí distingo la voz de Cooper—. No voy a delatarte, princesa. Pero lamento decirte que sí voy a extorsionarte, ¿me invitas?

—¿Qué demonios haces aquí? —pregunto en voz baja—. Deberías estar en la fiesta.

—Podría decirte lo mismo, ¿qué haces aquí, Sol?

—Me aburrí en la fiesta.

—Adivino, ninguno bailando, solo liándose o ligando y el resto en silencio bebiendo.

—Eres buen adivinador.

—Y fuiste a la barra para intentar distraerte emborrachándote, pero comienzas con un refresco y no tenían sin azúcar.

—Deberías trabajar de adivinador de fortuna.

—Debería —dice antes de inclinarse y beber un sorbo de mi bebida—. Apoyo lo de meter comida a estos lugares, por cierto. Sería más popular si se pudiera comer mientras vemos pelis u obras.

—Pero no les prestarían mucha atención.

—Tampoco lo hacen ahora con los teléfonos celulares. Bueno, de todos modos, los cines no son para ver pelis. Las pelis se ven en un sitio pirata uno sentado en su casa, los cines son para liarse con la chica que te gusta en la secundaria.

Eso me hace reír.

—Pues nunca lo he hecho, yo era una niña buena.

—Yo igual. Nunca lo hice.

—¿No?

—No, yo iba a sus casas como un buen niño responsable.

Entorno los ojos, él ríe tan alto que llama la atención de un par de señoras. Escondo mi botella entre mis piernas.

—¡Idiota! —murmuro—. Compórtate.

—Tú preguntaste.

—Pues me arrepiento, y me alegro de que nunca se te haya cumplido tu fantasía.

—Pff, eres malvada.

—Sí, lo soy. Si te hace sentir mejor, seguro que ahora tienes todo el dinero del mundo para alquilar la sala entera y ponerte a follar allí si se te da la gana.

—¿Te gusta pensar en mí follando, Soledad? Me lo mencionas mucho.

—Voy a derramarte mi Coca cola.

—Ambos sabemos que jamás harías eso.

—Pruébame, Malek Cooper. Te advierto.

Él se encoge de brazos, yo levanto la botella y la inclino hacia donde él está. Cuando el líquido está cerca del borde, él pone su boca justo abajo y bebe directo de la botella.

Le quito la bebida, pero él solo me mira, las comisuras de sus labios se curvan. Puedo notar que no ha tragado. En lugar de eso, pone una mano en mi cuello y me acerca a su rostro para besarme.

Siento el sabor apenas sus labios tocan los míos, un par de gotas se deslizan por mi mentón. Dejo de respirar, su mano me acaricia con suavidad.

Casi se me cae la botella.

—Ahora la he cumplido —se burla aún a centímetros de mis labios.

—Qué gracioso eres.

—¿Por eso me correspondiste el beso?

—No, es que me tomaste de sorpresa. Y me estabas dando Coca cola, claro.

—Pudiste haberme apartado en cualquier momento. Pero no lo hiciste.

—Sí, ¿y qué pasa si quiero besarte? Pesado.

—No, nada.

—Pues no hagas un escándalo, Cooper. La gente puede besarme si quiere.

Él contiene una sonrisa.

—Supongo que sí.

—Somos adultos.

—Lo somos.

—Y estamos solteros.

—Correcto.

—Si quisiera volver a besarte, entonces, podría.

—Podrías. —Asiente, sus ojos tienen un brillo verde especial en ellos.

Tomo una larga respiración.

—¿Sabes, Sol? —Él se ve nervioso—. Cuando decidiste ignorarme luego de que abriera mi corazón esa noche, no esperaba que volvieras tan cómoda a coquetear conmigo y ya. Pensé que me habías rechazado.

—Te he rechazado.

Él lucha contra borrar su sonrisa, traga saliva y asiente. Sé cuándo solo está actuando.

—Vale. No pasa nada con eso.

—Y no estoy coqueteando contigo.

—Tranquila, gracias por aclararlo.

—Pero te besé —admito—. Felicidades, ¿soy la única del set que te faltaba?

—Que impliques que he besado a Robina me revuelve el refresco en el estómago.

—Lo... —Me carcajeo y tapo la boca, asustada de seguir molestando al público—. Lo siento, me he pasado, me he pasado.

—A ver, de las que me parecen bonitas, eras la que... —dice en tono jocoso—. No, nunca había pensado en ti así, no eras una posibilidad.

—¿He bajado de valor y ahora lo soy?

—No. Es simplemente que, por alguna razón, crees que somos pares y no que eres mil veces mejor que yo.

—¿En qué puesto estaba?

—¿Puesto?

—De tu lista. Las chicas que has querido besar, ¿en qué puesto estaba mi nombre?

Él suspira y baja su mirada a mis labios.

—Nunca he tenido una lista. Si la hubiera tenido, todas las líneas tendrían tu nombre.

—¿Puedes dejar este show ?

—¿Cuál show ?

—Agh, solo... —Niego con la cabeza, frustrada, esto no debería salir así. Esto debería salir mal. Él debería estar siendo un idiota mujeriego que la caga al hablar—. Ven al baño conmigo.

—Está en el pasillo de fuera a la derecha. Aunque te recomiendo usar el del personal del teatro, es más limpio.

—No. No te estoy pidiendo que me acompañes.

Él frunce las cejas.

—Ven... Conmigo... Al baño. —Le guiño. Él abre la boca, impactado, pero pronto recobra persona y sonríe en grande.

—Solo por si acaso, ¿podrías aclarar que ahora sí me estás coqueteando?

—Sígueme antes de que cambie de opinión —farfullo y tomo mi bolso.

Su mano se desliza por mi muslo, subiendo mi vestido mientras estoy sentada en el espacio del amplio lavamanos. Muerdo su labio inferior y Cooper gime cuando meto mi mano por debajo de su pantalón, tocando por encima

—¿Segura que quieres hacer esto? —pregunta, apenas recuperando el aliento. Se aparta unos pasos atrás.

—Sí. Tengo ganas. —Estiro su corbata y lo vuelvo a acercar.

—Hay cien mil hombres en esta ciudad.

—¿Y? Te quiero a ti, bésame, Cooper.

—Siento que esto es una mala idea.

—No, no lo es. Además, será solo una vez.

—Ya fue solo una vez.

—¿Es por eso que no quieres hacerlo ahora? —Abro mis piernas, ubicándolo en medio y hago un puchero, limitando la distancia entre su rostro y el mío a centímetros—. ¿Fui tan mal polvo? —pregunto irónicamente.