Arte para no artesanos 30. Monólogo #2
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30. Monólogo #2

Era una gran duda en mi cajón de recuerdos reprimidos, arrepentimientos y miedos con fundamento cómo me veía ella en ese tiempo.

¿Como un chico apagado, aburrido de sus propios sueños y un amigo inconveniente a ratos?

¿Como alguien que necesitaba ayuda? ¿Como un falso profeta?

¿Como un tonto demasiado joven como para saber qué hacer cuando se encuentra con oro como ella?

Me pregunto si actualmente, ahora, esta noche, te importaría en lo más mínimo lo que sea que cruce mi mente y atraviese mi antes inexistente, frío y triste corazón.

A veces cuando te pienso, en mi cabeza dejo de llamarte de tú a tú, a veces pienso que puedes leer lo que habita en mí y hablo como si me oyeras.

Me gustaría que te preguntaras si aún siento algo por ti. O que pensarás en mí en lo absoluto. Fantaseo con la idea de no ser solo una pesadilla para ti.

¿Te preguntas por mí? ¿Alguna madrugada te ha surgido curiosidad por saber...?

...Si ese chico confundido, moribundo y desconectado sigue encendiendo esa chispa de vida dentro de su pecho cuando estás cerca, si sus ojos siguen disfrutando el brillo que le provoca mirar directamente al sol, si sigue creyendo en sus sueños si tú estás a su lado.

La respuesta es sí.

Aún dejaría que cambies mi nombre, mis creencias y mi camino. Aún puedes construir y destruir mi vida con tus palabras. Aún puedes romperme el corazón.

Solo tienes que decir que me amabas y que hemos tenido un terrible tiempo. Solo tienes que decir que, en otra vida, quizá, hay una pizca de oportunidad para nosotros dos.

Detesto esa frase.

«¿Qué nos ha faltado para que sea en esta?».

Elevo la cabeza, el chico le estaba haciendo beber con una mano y, de pronto, ha alejado la lata y ha puesto sus labios en los de ella. Quien tarda en reaccionar, como si se le hubiera detenido el mundo, pero le pone la mano en la mejilla y corresponde.

Me golpea el darme cuenta de que nunca he tenido eso, creí que nunca lo tendría, en mi mente, antes y hasta el día de hoy, no tenía persona que pudiera hacerme pensar en el amor. Estar enamorado. Eso parecía un privilegio solo destinado a humanos con vidas normales.

Nunca he tenido una vida normal, ya sea por mis problemas, mis responsabilidades, mis cargas o mi fama. Nunca podría estar enamorado.

Pero siempre he estado equivocado, como siempre. Hay una sola persona en toda mi vida que ha logrado detener mi mundo. Cada vez que abre su boca, el fuego quema todo mi reino; y cada vez que abre sus alas, es lo único que quiero ver.

No debería estar haciendo esto.

No debería estar yendo a su departamento.

Soy la última persona que ella quiere que le diga que le parece que su vida y su existencia son una obra de arte.

Esto está mal...

No me importa.

Es posible que siquiera el intento de pronunciar su nombre más alguna palabra afectiva me mate. No saldrá de mi boca antes de que me muera.

Pero esta mierda me hace sentir vivo, joder que lo hace.

Y creo que no recordaba cómo se sentía hasta ahora.

Me apresuro en la recepción, la recepcionista me mira raro mientras espero el elevador, pero como tarda, escojo ir por las escaleras. Son unos cuantos pisos de subida incómodos.

Miro mis manos, quizá debería haber traído algo. Me miro el reflejo en el vidrio de las puertas, pude haberme arreglado mejor. Me paro un segundo en el pasillo, justo frente al elevador antes de ir a su puerta, solo para concentrarme.

«¿Qué se supone que haré? ¿Entrar y hacer una escena frente a Jack? ¿Arruinarles la noche y, consecuentemente, mi vida?».

Las puertas se abren, no enfoco la vista al echar un vistazo y, por un segundo, por el cabello rubio y el porte, pienso que es mi amigo. Me aclaro la garganta para intentar explicarle que no estoy intentando sabotearlo, sino que estoy perdiendo la cabeza.

Pero no es él.

Es un hombre, unos años mayor que yo, pero se ve como si me llevara veinte. De cabello claro, fino, con entradas en la frente. Vestido con un traje café, su camisa de cuello cerrado, un collar dorado colgando.

En el collar, un dije de oro, mal cuidado, con la forma de dos caras. Las dos máscaras de teatro. Todas las veces que creí haberlo visto parecen simples paranoias, porque ahora que lo tengo en frente, no dudo ni un segundo de que es el mismo collar.

Entonces mi corazón se acelera, contengo mi respiración al hacer contacto visual con sus ojos azules. Alrededor, tiene los párpados caídos y las ojeras pronunciadas. La superioridad fría con la que solía mirar al resto sigue ahí.

—Malek Cooper —dice, fingiendo una sonrisa. Y yo pienso "me ha reconocido"—. Cuánto tiempo.

Mi mente se corrige: Por supuesto que me ha reconocido, soy un actor famoso, una estrella, probablemente de las personas más interesantes que se han cruzado en su vida y él es... Nadie.

Me gustaría decir que no lo he reconocido, diría que, en otras circunstancias, no lo haría. Pero con el pasado convirtiéndose en el presente y mi confusión convirtiéndose en ira al ver mi collar en su cuello, me es difícil no saber con quién hablo.

Su mirada se vuelve siniestra mientras me observa de pies a cabeza. No puedo quitar la atención del collar. Aprieto los puños a los lados y recuerdo a Sol avergonzada diciendo que "lo perdió".

Cuando se piensa en el diablo, suele pensarse en un monstruo. No en un señor rubio de aspecto calmado, sonrisa cínica y malas intenciones.

—Hola, Terrence.

—¿Qué haces aquí? —cuestiona, su tono relajado y con un toque de desinterés.

Realmente no me importa mucho mi carrera, mi libertad o no ser considerado un asesino.

—Podría hacerte la misma pregunta.

—Bueno, estaba pasando por la ciudad y un colega actor me dijo que Soledad estaba quedándose por aquí. Entonces, he pasado a saludar.

Mi estómago se revuelve. Ese escenario me pone los pelos de punta.

—Oh.

—He traído flores y todo. —Las sacude en mi cara, su movimiento es lento, es más grande físicamente de cuando era profesor, pero se ve más débil—. Ustedes están, ¿trabajando juntos, si bien me informaron?

Como si no lo supiera a la perfección.

—Terrence.

—Me alegra saber que planté bien la semilla de enseñarles este clásico, aunque es un poco decepcionante que no consiguiera un trabajo hasta que se lo dieras tú. Aun así, estoy orgulloso de ella.

—Terrence —repito, avanzando un paso al frente, impidiendo que salga por completo del elevador—. Le invito cordialmente a irse del edificio, por favor.

—Malek Cooper, tan volátil como lo recordaba. —Ríe bajito—. ¿No has superado ya lo que pasó hace años? Que sí, que le querías. Hay un millón de mujeres en el mundo, muchacho; además, mira cómo te trató. —Eleva su mano—. Me regaló tu preciado juguete a mí.

El collar se ve en mal estado, pero no lo suficiente. Más bien guardado. Eso quiere decir que lo ha tenido consigo todo este tiempo y se lo ha puesto solo para volver a verla. Sabe que eso la lastimaría.

Tomo una larga respiración que Terrence confunde con irritación.

—No hay mal rollo entre nosotros, Malek, incluso me he visto tus películas. No son terribles.

Evito responderle, demasiadas cosas pasan volando en mi mente como para formular una oración. Miro los botones del elevador, ubicando dónde está el que cierra las puertas.

—Dame el collar —exijo.

Él se ve divertido, la expresión en su rostro es inconfundible, es la misma que tenía cuando lo confronté en su oficina años atrás. Me habla, no lo escucho, veo la grabación en mi cabeza.

Sus manos quitándole el collar del cuello, escondiéndolo cuando vivían juntos, guardándolo cuando ella lo dejó. Su dedicación a conservarlo para poder usarlo en su contra en el futuro. Porque él no esperaba encontrarme aquí, claro está.

—No puedo, fue un regalo de mi exnovia —bromea.

Acorto la distancia entre nosotros, dos pasos más. Mantengo un semblante serio, estiro el brazo e intenta impedírmelo, arrojo sus flores al suelo con elegancia.

—Una pena.

Una de mis manos empuja su hombro contra el elevador y la otra estira el collar hasta que se rompe. La cadena deja una marca roja en su piel.

El dije queda entre mis manos, busco guardarlo en mi bolsillo mientras me lo intenta quitar, así que vuelvo a empujarlo y oigo un estruendo cuando su cabeza golpea la pared. Bajo la vista, intentando ver dónde quedó la cadena rota en el suelo.

—Voy a sacar esto a la luz —amenaza—. Eres un niño, ¿no puedes ver cómo meterte en un escándalo no ayudaría en tu película?

—Sí, qué desgracia —murmuro al agacharme a buscar la cadena, no ayuda que el piso también sea dorado.

—Te importa más una joya que tu carrera.

“Soledad siempre fue lo que más me importó en cada situación, solo que eres muy tonto para notarlo”.

Lo ignoro, la adrenalina invade mi cuerpo, todo lo que sé es que tengo que recuperar las piezas. Siento su mano en mi nuca tratando de atacarme, así que me levanto rápido a volver a apartarlo de mí, esta vez sale del elevador.

—Eres tan patético como te recordaba —espeta.

En ese instante, la puerta de uno de los departamentos se abre. Me veo cara a cara con Sol y por un par de segundos eso es lo único que nota.

Hasta que él se voltea en su dirección.