30. Monólogo
MONÓLOGO
Ojos que ven, corazón que siente.
COOPER
¿Por qué demonios ella me diría eso?
Sus palabras hacen un solo escénico en mi mente, toda la noche. La verdad es que el sofá es incómodo de cojones, pero tampoco tengo sueño o ganas de descansar.
¿Por qué carajos me diría eso de la nada? ¿Qué se supone que está intentando hacer conmigo?
Dejo mi cabeza caer hacia atrás, tocando la pared fría. No puedo permitirme pensar en estas cosas ahora, hay mejores temas, como qué tan horrible debe haber sido ese hombre para que ella sea la que se sienta culpable con Luna.
Haría lo que fuera por el derecho a la imaginación, por el derecho de poder fantasear con una realidad, una mañana y un instante que no sea este.
Sol siempre ha sido como el alcohol para mí, no tomo mucho o al menos lo intento.
He intentado mantenerme sobrio, juraría que lo he hecho mejor que nunca.
Sé cuál es el límite exacto en el que debo parar para no emborracharme y por eso me sé manejar tan bien.
Diría que nunca me he emborrachado, solo he actuado como uno para que dejen de ofrecérmelo en las fiestas.
¿Está permitido para mí fantasear con una realidad donde pueda responderle a lo que dijo?
—Buenos días, Cooper.
La respuesta es no.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor —murmura—. ¿Puedo tomar algo aquí antes de irme? Me he acabado lo que había en mi departamento y no he querido decir nada.
—¿Por qué no? Este edificio está a tu disposición. —Carraspeo—. A la de todos.
—No quiero molestar.
—Puedo rellenarte una de mis medialunas, ¿quieres café, chocolate, té?
—Lo que sea que fueras a consumir tú.
Mientras pongo la leche en las tazas y las medialunas en los platos de porcelana, mi mente viaja entre preguntas sin mucho sentido.
«¿Alguna vez piensas en mí cuando piensas en extrañar a alguien? ¿Tengo la opción de que me extrañes a mí?».
Mi cuchara revuelve el café, no me gusta mucho el de aquí. Elevo la vista a Sol, quien se mira en el espejo colgado entre los cuadros. Sus manos se posan con delicadeza en uno de los muebles donde presta atención a una copia de colección de "El cuervo".
«Yo siempre te he extrañado. Siempre te extraño, no sé muy bien el qué, el por qué o el cuándo del recuerdo tuyo que quiero. Solo lo quiero».
Saca el libro para mirar la portada y este se le cae al suelo.
—¿Estás bien? —pregunto en voz baja.
—Sí, perdona, me pasa por curiosa. —Ríe—. Ya no toco nada, lo siento.
—Le estaba hablando al libro —bromeo, ella entorna los ojos—. Era broma, Sol, claramente te estoy hablando a ti y no a mi invaluable libro de treinta dólares.
—Es lindo saber que valgo más de treinta dólares a tus ojos.
—Por supuesto con tu... —Bajo mi mirada por todo su cuerpo, siendo una de las primeras veces que lo hago fuera de cámara. Lo que empieza como un chiste pronto me hace obligarme a pensar en otra cosa—. Con tu cabello así vales unos solidos cuarenta dólares en bruto. Con potencial de subida.
—Qué chistoso eres.
—¿A qué sí? Me lo dicen seguido.
—Las chicas que se quieren liar contigo te van a decir lo que sea. No les creas. Yo he oído comediantes mejores.
—Me odias.
—Bastante.
—Lo sabía.
—De toda la vida.
Eso me hace reír, bajo la cabeza y sigo haciendo el desayuno. Cuando estoy dejando todo en la mesa, recuerdo que mi madre me regaló un cuchillo especial para untar las mermeladas. Es menos filoso, más ovalado y grande que los que tengo aquí.
Se lo comento a Sol y le pido si puede buscarlo en el cajón del mueble que tiene a su derecha, debe estar en alguno de los cajones de madera, quizá envuelto en un trapo o junto con mis recuerdos de eventos.
Escucho cómo hurga entre mis cosas y me acerco a ver, otra cosa se le cae, eso me hace reír hasta que veo qué es. En ese momento la sonrisa se me borra. La suya también.
Es uno de mis accesorios de Halloween, una máscara verde oscura, de un baile de máscaras. Iba disfrazado de un personaje de libro, por lo cual traía lentes de contacto de otro color, el cabello con spray de color y en ese momento aún tenía un poco de barba.
Estaba irreconocible, lo sé porque nadie en el evento supo que era Malek Cooper y pude pasar la velada "normal" sin los contras de ser una figura pública.
En ese baile... Conocí a una chica disfrazada de princesa.
—La máscara... —menciona atónita—. Es... la misma que mencioné la otra vez. De la persona en la fiesta.
Siento mi rostro arder.
Realmente no quería confirmar esto, ahora siento que voy a morirme aquí mismo.
—Lo sé. No quería traerlo a tema.
—¿Disculpa?
—Porque es incómodo, para ambos, asumo.
No tiene siquiera un instante de duda sobre si ese hombre era yo o si es esto una especie de broma. No lo es.
—Lo sabías.
—No. Te lo juro por mi madre.
—¿No te diste cuenta de quién era?
—Si crees que te hubiera siquiera besado si supiera que eras tú, es que no me conoces un carajo.
—¿Por qué no me dijiste?
—Me enteré literalmente en el bar cuando lo dijiste y uní los cabos, de hecho, no estaba seguro, entonces no entré en pánico... Hasta ahora. Que estoy pensando en mi fallecimiento.
—Allí parecía que ni me oíste.
—Soy un buen actor.
—Has estado todos estos días como si nada.
—Oh, claro, déjame explayarme: soy un muy buen actor.
—Lo siento, me es difícil creer que puedas callarte algo así con lo patán que eres.
—Primero que nada, no lo soy. Segundo, Sol, yo jamás diría nada tuyo, malo o bueno o lo que sea, no lo haría. Tercero... Tú me dijiste que no era tan bueno entrando en personaje, bueno, ¿qué tal ahora? He mejorado como actor, admítelo, no dejo ni las sospechas.
—Tu intento de alivianar la situación con humor no está funcionando.
—Lo lamento, tenía que intentarlo.
—Dios. —Se lleva las manos al rostro—. Dios, Dios, Dios.
—Tú pudiste haberme reconocido —reclamo—. ¿Habías tomado?
—Nada.
Yo tampoco.
—Joder. —Dejo escapar una bocanada de aire, el recuerdo no tiene una sola oportunidad de venir a mí, cierro todas las puertas—. Disculpa por no decirte en el momento, creí que era una coincidencia y lo había alucinado.
—Cállate.
—Sí, será lo mejor.
—¿Recuerdas... Lo que ocurrió en el baile de máscaras? A ver, no, claro, es una de tus mil quinientas aventuras.
«Sí... Sobre eso».
—No voy a sacártelo en cara o siquiera mencionarlo, si es lo que te preocupa. No cambia nada en cómo te veo —prometo con sinceridad.
—Gracias. —Las yemas de sus dedos se deslizan por la máscara—. Voy... Voy a mi departamento, no tengo hambre de todos modos.
—Entiendo, yo tampoco.
—Disculpa por gastar tu tiempo.
—¿Quieres hablarlo en la noche o...? Sobre lo que sea que quieras hablar, lo que ocurrió con Luna, o con nosotros, o lo que quieras. No tengo nada que hacer.
—Yo sí. Jack y yo vamos a cocinar lasaña en mi departamento.
Trago grueso y me mantengo en papel.
—Vale, espero que la pases bien. Si necesitas algo, llámame.
Deja la máscara en el mismo lugar del cajón y sale apresurada, frunzo los labios, lo comprendo. No estoy molesto con que dejara el café caliente en la mesa. Si este no fuera el sitio donde me estoy quedando, yo también hubiera salido corriendo.
Voy a la tienda, son las doce de la noche y hace mucho frío como para que los adultos estén fuera, así que solo lo hacen los adolescentes.
Inmunes al sentido común y a la consciencia.
Veo a dos en la fila de la caja, una chica de cabello castaño y un chico de ojos verdes con dos paquetes de Coca zero en los brazos.
Se giran y me quedan viendo raro, probablemente preguntándose: "¿de dónde me conocen?". Pero no estoy lo suficientemente arreglado, vestido o parecido a como suelen verme en cámara como para estar seguros.
Yo abro mi lata fuera de la tienda, en el costado que usan para estacionar. Los adolescentes también, pero están muy concentrados como para notar que también me encuentro allí entre las sombras.
El vapor sale de mi boca al suspirar, estoy intentando distraer mi mente de que Soledad fuera la persona del baile o que esté en "una cita" con Jack en su departamento esta noche.
Pero me miento, no intento distraerme de ninguno de esos dos temas, quiero pretender que sí, que me importa acostarme o no hacerlo con ella o que quiero ser un tonto héroe que la salva de un idiota. Sí, es cierto. Pero no es lo que más ronda mi mente...
«Es muy probable que me hubiera enamorado de ti».
«Tú eras perfecto ante mis ojos».
«Realmente te amaba así como eras, Cooper».
No sabía que esa era una posibilidad.
Su figura siempre ha estado embrujando mi departamento, el mío, no el que escogí para ella. Un dragón acechando el techo en las noches en las que no puedo dormir. Las cuales son… la mayoría.
Sus palabras me traspasan como dagas, pero ya han pasado demasiados años desde ese pensamiento suyo.
Es algo que le ha parecido tan banal que lo ha dicho como un comentario suelto.
No lo ha sido para mí. Siento que mis huesos se derriten sobre el pavimento hasta que me cuesta sostener mi cuerpo de pie.
Tomo una larga respiración. Estaban equivocados, todos aquellos que llevan años diciéndome que no tengo corazón, estaban equivocados.
«Yo también me preguntaba si te hubieras enamorado de mí si no estuviera él».
Bebo un largo trago del refresco, ese pensamiento, fugaz y nunca antes pensado, hace que me duela la cabeza.
Si lo que quería hacer anoche era romperme el corazón, lo único que tenía que decir era que siempre se preguntó cómo sería si fuera diferente. Si todo fuera diferente. No hacía falta decir que me amaba, eso es echar agua al mar en plena tormenta. Era innecesario.
Cierro los ojos. Si lo que quería era destrozar mi vida al perfecto detalle, entonces estuvo divina. Como siempre lo ha estado.
«Siempre me he preguntado cómo hubiera sido nuestro encuentro si tú no hubieras estado de luto y yo muerto en vida».