29. Bambalinas
BAMBALINAS
El amor es ciego.
LUNA
Habían pasado seis meses desde que terminé con Terrence y creí que él estaba bien, él había desaparecido de redes y nosotros no volvimos a hablar.
Los meses eran raros, como lo es cualquier tipo de ruptura luego de una relación de años, no sabía qué hacer ni dónde estar ni entendía bien qué había pasado, solo sabía que era la decisión correcta.
Era muy extraño crearse una nueva vida luego de haber escrito sobre alguien que no existe por años en tus libros, pero avanzo hacia adelante, es la única forma.
Todo se derrumbó cuando un lunes cualquiera, pasé a recoger algunas cosas que me habían quedado en el armario. Sabía que él estaría y me quedaba de camino al gimnasio. Toqué la puerta tres veces.
No me abrió.
Volví a tocar, escuché sus pisadas. Antes venía corriendo a recibirme.
—¿Por qué tardas...? —se detuvo a sí mismo, y la expresión con la que abrió la puerta, enfadada, cambió a una sorprendida—. Luna, ¿qué haces aquí?
—Dejé algunas de mis joyas aquí, en la caja fuerte, y no había tenido tiempo de recogerlas, ¿puedo pasar?
—Te las traigo.
Arqueo una ceja.
—¿Tienes a alguien aquí?
—No, solo que es más rápido si yo voy a por ellas.
Esperé a verlo ingresar al cuarto y entré al lugar de todas maneras, había más cosas mías de las que recordaba. El lienzo de crochet con un dibujo de gato, mi jarrón de flores en la mesa, la colección de cubiertos de mi madre recién lavada en la mesada.
Terrence detesta lavar los utensilios o barrer la casa, esto está sorprendentemente más limpio de lo que pensaba.
Lo que me confirma que está con otra persona, es notar que ninguno de mis libros en físico está en la estantería. En su lugar, solo su triste copia de Baile inolvidables y libros aburridos, biografías de actores famosos de hace cincuenta años.
Como él tarda, me adentro un poco más. En el tendedero del balcón está su ropa, acompañada de un par de camisetas pequeñas que me resultan familiares. Frunzo el ceño, juraría que las he visto antes, solo no recuerdo dónde. Hay unas medias de dibujitos al lado de las suyas.
Encima del escritorio, materias de estudio y copias de primer año. Que yo recordara solo estaba dando clases para el club de teatro, cometo el terrible error de leer la primera línea para ver qué está enseñando, pero en lugar de encontrar su nombre, está el de la hermanita de Isaac.
Dudo que le pueda servir de tutor, este hombre tiene su vida patas para arriba. Todo lo que le interesa es su tonta pretensión artística sobre clásicos machistas y follar quizá una vez a la semana.
Ese pensamiento se conecta con otro, luego otro.
La expresión serena en mi rostro se va apagando, vuelvo a girarme hacia el balcón.
Empiezo a respirar un poco más rápido de lo normal notando su pijama, el mismo que tenía desde los quince años cuando íbamos a su casa a visitar al lado del saco de trabajo de Terrence.
Cuando él regresa, siento que quiero gritar al verlo a los ojos.
—Aquí están, hay tres collares, no sé si algún arete se habrá caído, pero si es el caso, te lo enviaré apenas lo encuentre.
—Terrence.
—Lo juro, ¿para qué querría tus baratijas? Por favor, ya retírate.
—Oh, entonces sí estás esperando a alguien.
—No es tu asunto, Luna.
—¿A quién estás esperando, Terrence?
Lo noto ponerse más serio en cada paso que doy hacia él, tomo su hombro y lo arrastro al balcón.
—¿Qué demonios estás haciendo con la hermana de Isaac? —mi pregunta sale como un grito—. ¿Qué carajos te pasa?
—Y-yo soy un hombre soltero, Luna, no puedes ya controlar mi vida.
—Es la hermana de tu mejor amigo, la conoces desde que era una niña, fuiste a su fiesta de quince años, la viste crecer —reclamo—. La viste pasar la peor pérdida de su vida, Dios mío. —Un escalofrío me recorre el cuerpo—. ¿Desde cuándo?
—Vete de mi departamento.
—¿Desde cuándo?
—No te fui infiel, si eso es lo que quieres saber.
Mi mente intenta hacer los cálculos rápido, no recuerdo cuándo era su cumpleaños, pero recuerdo que aún no cumplía diecisiete cuando Isaac murió y no ha pasado demasiado de eso. Intento tragar saliva, me sabe agrio.
Miro a mi exnovio, me repugna que tenga ese título. Miro sus ojos, donde me vi reflejada por tantos años y no tengo idea de quién está frente a mí.
La idea de que todos estos años, mientras estuvimos juntos, estuviera pendiente de ella. Recuerdo sus manos en su espalda en el funeral. Cuando ofrecía llevarla a lugares en la noche. Cómo quería jugar con ella cuando era preadolescente.
Sigo haciendo cálculos. Sí, Soledad es "mayor de edad" pero un número y unos meses no cambian lo que es una persona ni tu historia con ella. Me duele la cabeza, siento que voy a vomitar.
—¿Desde cuándo? —insisto, el hilo de mi voz se quiebra.
—Medio año.
—Medio año —repito anonadada—. ¿Por qué demonios está viviendo contigo?
—Es lo que hacen las parejas.
Se me revuelve el estómago, me pesa la cabeza. Siento que veo todo rojo. No puedo quitarme de la mente el recuerdo de él jugando con ella y sus colecciones sumado al de él en el funeral consolándola.
Isaac lo hubiera matado con sus propias manos.
No lo miro, cuando elevo mi mirada a él, no logra sostenerme el contacto visual. La rabia me consume. El asco. La culpa de haberlo metido al grupo siquiera. De haber estado con él.
Nadie te prepara para ver a alguien que quieres convertirse en un monstruo.
—La señora Gómez la echó de la casa, no tenía otra opción —aclara.
—Te estás aprovechando de ella. —Me aprieta el pecho.
—No. La estoy ayudando.
—Te estás aprovechando de que está sola y está herida porque… —Me llevo las manos a la cabeza—. Porque no sabes funcionar sin una mujer, ¿la estás ayudando? ¿A cambio de que limpie tu casa y lave tu ropa?
—Luna, por favor, vete.
—¿Te has acostado con ella?
No me responde, solo forma una línea con sus labios y trata de retroceder. Antes de que pueda darme cuenta, mi palma impacta contra su mejilla.
—Eres una persona horrible. —Lo tomo del cuello de su camisa y vuelvo a pegarle—. Eres el peor amigo del mundo y me repugnas, no puedo creer... No estás bien, Terrence. Esto es lo más horrible que pudiera imaginar.
Él no se mueve, no intenta pelear y veo que en el fondo sabe lo que hace, lo cual me genera más odio.
Lágrimas caen por mi mejilla, no lo entiendo. De todas las personas del mundo. ¿Por qué ella?
—Suéltame. Voy a llamar a la policía —advierte.
—Entonces hay que darles una razón para arrestarme. —Tomo un cuchillo de la mesada—. Evidencia.
Terrence retrocede, se le cae el teléfono del pánico. Yo clavo el cuchillo afilado en el crochet colgado de la pared, rompiendo los hilos y la obra a la mitad.
—No imaginé que fueras así.
—Ni siquiera quiero imaginar qué pensabas de mí. —Agarro el jarrón—. No tengo idea de quién eres, me das miedo.
—No, Luna, tú me das miedo ahora.
—¡Pues deberías! —Arrojo el jarrón en su dirección, este se rompe contra la pared—. Escúchame una cosa, no quiero volver a saber de ti en mi vida y no importa cuánto te mientas para tener la consciencia limpia, esto que estás haciendo, está mal. Y lo sabes. Eso es lo peor de todo.
—Cálmate, Luna, solo harás que sufra más cuando vuelva y te vea aquí.
—Vas a... —Camino hacia él, pisando su teléfono en el trayecto—. Vas a limpiar esto antes de que llegue y no le vas a decir que estuve aquí.
—Ella te odia.
—Me importa una mierda.
—Y tiene razón, porque con esto compruebas que no tuve que estar contigo.
—Te quiero ver desaparecer —admito y cada vez que lo insulto, solo pienso en Isaac cuidando a Sol—. Joder, quisiera que te mueras. Quisiera que hubieses sido tú y no Isaac.
Él palidece, yo siento el sabor de mis propias palabras en mi boca. Me sorprendo. Jamás creí decir algo así y puede que no lo piense del todo, el calor del momento, el impacto de la noticia, me volvieron otro ser humano. Antes nunca le había alzado la voz siquiera.
—No digas eso —murmura.
—Te odio, te odio. —Me froto los ojos—. Te deseo todo lo peor, yo... Voy a quitar mi nombre de garante. Voy a quitar todo lo que hice para ayudarte a ser alguien.
—Si yo no tengo dónde quedarme, ella tampoco, así que yo lo pensaría si fuera tú.
—Eres... —No se me ocurre un adjetivo lo suficientemente malo, empiezo a caminar a la salida—. No quiero volver a saber de ti en mi vida. Pero espero que ella me llame cuando termine contigo.
—No va a terminar conmigo. Me necesita.
Me giro por última vez a verlo, hay un monstruo donde antes estaba alguien que conocía.
—Algún día dejará de hacerlo y cuando así sea, te dejará.
Tras salir, y llorar todo el camino a mi casa con mis joyas, escribí un correo para organizar mi mudanza. Él había arruinado esta ciudad para siempre.
Junto con mis primeros libros, y mis primeros recuerdos del amor, y del arte.
No había nada que pudiera hacer para cambiar las cosas, más que quizá hablar a la madre de Isaac. Sabía que si intentaba contactar a Sol él haría que me bloqueara.
Solo me quedaba rezar, que quizá, algún día, ella estuviera lo suficientemente lejos de él. Que hiciera lo que él nunca va a ser. Me consolaba la idea de que un día ya no estarían juntos, probablemente a partir de ese día ella pudiera recién florecer.
Me gustaría verla y hablar con ella, al menos una última vez, cuando esté libre de sus garras y consiga todo lo que merece. Como suelen hacer todas las mujeres que dejan de vivir por un hombre.