Arte para no artesanos 28. Cine #3
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28. Cine #3

Tengo ganas de gritar, de pronto, porque la siguiente frase hace que me de un escalofrío.

Nunca me siento tan viva como cuando estoy con Cooper.

Una ráfaga de adrenalina me golpea, de pronto mi corazón late muy rápido.

Lo miro a los ojos. Me perturba ver la misma sensación en su mirada.

Me pregunto si piensa lo mismo, si ha llegado a esta conclusión antes o ahora.

Si también le aterra la idea de que yo sea la persona que más lo haga sentir vivo, de una forma poco convencional que haría vomitar a aquellos que ven las conexiones color de rosas.

No aparta el contacto visual.

¿No es un tanto romántico que alguien que sea tan parecido a ti sea tu "peor pesadilla"? ¿Qué dice eso de nosotros?

Si nuestro mayor infierno es vernos a nosotros mismos y perseguir nuestros sueños, ¿entonces qué hacemos aquí?

¿Hay alguna forma de explicar que no haya nadie en el mundo que pueda hacerme sentir así?

No sé qué es este sentimiento.

—Si te hubiera parecido atractiva en la uni, hubieras insinuado otra cosa como con todas las demás.

—Eras mi mejor amiga.

—Eso veo.

—Y estabas enamorada de Terrence, respeté eso.

—Lo que estás diciendo es que hubieras intentado algo conmigo en otras circunstancias.

—No. Nunca.

—¿Por qué?

—No lo sé. Era diferente contigo, al día de hoy soy... Diferente contigo. Todo es diferente.

Su respiración acaricia mi piel, acorto un poco más la distancia entre nosotros.

—A peor —murmuro.

Su sonrisa se ensancha, hace mucho no le veía sonreír así, se le arruga la piel alrededor de los ojos, pero lo contiene.

—No, no a peor.

—¿Entonces?

—Es hora de dejar de hacer preguntas e ir a dormir.

—Mmm, eres bastante temeroso de tus propias palabras.

—Lo soy, no soy el mejor con ellas. Digamos que me sé retirar a tiempo.

—Yo diría que nunca sabes cuándo hacerlo y por eso lo haces antes.

—¿Antes de qué?

—De salir lastimado.

—Joder, se me olvidaba que eres bruja. —Se tapa la cara con sus manos—. Es como si pudieras ver en el fondo de mi mente. Siempre me ha perturbado.

—¿Qué hay en tu mente que tienes terror de que lo vea?

—Esto parece un interrogatorio.

—¿Te molesta?

—¿Te ayuda a despejarte?

—Bastante.

—No, no me molesta.

—Entonces cuéntame qué hay en tu mente ahora mismo, ¿qué estás pensando?

—Si puedes leerme tan bien porque soy así de fácil para ti como un libro en blanco o si tienes poderes mágicos.

—Tengo poderes mágicos.

—Eso me alivia, gracias. ¿Y tú, qué estás pensando?

—Que esto es lamentable y debería tener un amigo real.

—Yo soy tu amigo.

—¿Lo eres, Cooper?

—Lo soy, y no empieces con tus pensamientos de balanza porque aquí sí los cumples.

Dejo mi cabeza reposar en su hombro, veo su mano en su pierna tensarse.

—Yo también soy tu amiga, aunque es obvio, pues estaba defendiéndote de las arpías, eso solo lo hace un amigo.

—Lo recuerdo.

—¿Crees que soy patética?

—Creo que eres brillante.

—Ni siquiera he leído la tarjeta de Luna o entendido por qué me estaba buscando.

—¿Qué tiene que ver eso con ser brillante? Sol, sabes que un error, o incluso mil errores, no hacen que dejes de ser quien eres, ¿cierto?

—Te quiero, Cooper. Incluso si me estás mintiendo ahora, lo estás haciendo de una forma muy dulce.

—No te estoy mintiendo.

—Siempre fuiste la persona que más me entendió en el mundo entero —digo, no consigo frenar mi lengua antes.

—Hay cosas que solo dos personas como nosotros van a comprender, somos como, ese dibujo de máscaras de teatro donde son idénticas pero una está feliz y la otra triste.

—¿Cuál soy yo?

—Me gustaría que la primera, me gustaría poder absorber toda tu tristeza.

—Esto está claro, pero puedes dejar de sentirte en deuda conmigo. Odio cada vez que dices cosas así, como si quisieras pagarme algo. Tienes lo que tienes porque eres el mejor de todos los tiempos —bromeo.

—Lo digo porque me apetece, no porque me sienta obligado. Es porque te aprecio, te quiero y no quiero a mucha gente en esta vida. —Ríe—. Algo bueno debo hacer, coño, que no soy un supervillano.

—¿Tú sabes eso?

—¿El qué?

—Que no eres un supervillano.

—Depende del día.

—No eres un mal chico.

Eso lo hace carcajearse.

—¡Lo digo en serio! Si yo no soy una perra, entonces tú no eres un hijo de puta. Puede que solo seamos dos tontos.

—Sí, me gusta esa conclusión.

—Está lloviendo superfuerte fuera —comento, llevando la atención a la ventana—, ¿tienes una sombrilla?

—Quédate esta noche.

—Prefiero evitarte la molestia.

—Quédate. No quiero que estés sola así y... Y no tienes que estar sola, en los momentos donde sientes que tu suelo se rompe, puedes estar conmigo. Yo... Yo quiero que estés conmigo cuando te sientas así, lo cual debí habértelo dicho varios años atrás.

—Solo hay una cama.

—Puedo dormir en el sofá.

—Vas a estar incómodo.

—Deja de darme excusas de por qué no puedo, porque solo voy a darte soluciones.

Respiro hondo, miro la copa de vino vacía en la mesada. Él se levanta a buscar su pijama colgado en el secarropa.

—¿Qué sacas tú con todo esto, Cooper? ¿Qué ganas?

—No lo sé, Sol. Hay algo en estar contigo que solo me hace sentir... Más vivo