25. Camerino #2
Lo mío con ella era distinto, iba más allá, era como una figura celestial. Sus manos talentosas, sus palabras conmovedoras, su visión brillante. Era sobrenatural. Era aquellos milagros de la naturaleza que simplemente no tienen una explicación. Era mi credo, mi nueva manera de vivir. Mi religión.
Cuando ves a alguien así, no piensas "le quiero" o "le deseo", piensas: le adoro. Le venero. Le doy mi vida si hace falta; si alguien merece una oportunidad es ella.
Soledad no es el tipo de chica que veas y despierte tus tentaciones, sino que debilita tus defensas. No es el tipo de mujer que haga que la levantes en tus brazos, sino que caigas de rodillas. Y te pongas a rezar.
Salía en la mañana y te despertaba por completo, ella anunciaba el tiempo, los días, el clima, la energía.
Tan impactante como un shot de tequila apenas despertar, tan diferente al resto como un caramelo agrio.
Tan única e irrepetible como un tesoro invaluable escondido en una feria de antigüedades falsas.
Soledad era ver directo al sol, era imposible, encandilante, cálida, preciosa, con el poder de mover el mundo con su presencia y dejarlo en oscuridad en su ausencia.
—Desde que te encontré, el mundo es un poco menos frío —admito.
Realmente creí que perdí algo a los dieciséis cuando abandoné mis esperanzas, parte de mí; ese algo que hace a los artistas moverse estaba desaparecido.
Pero cuando hablé con ella esa noche, lo encontré.
La pasión que uno solo tiene una vez en la vida cuando nada lo ha lastimado antes. Ella poseía ese espíritu infantil, ese niño interior que muere para todos a esta edad. Incluso pese a su historia, su niña estaba justo allí para hablar con esa misma versión mía.
Estaba en todos lados. Pude respirar en paz. Reviví.
Afilé el cuchillo más cercano a mi corazón y se lo di a la única persona que sabría cómo volver a matarme.
Quise fingir que me olvidé de todo aquello; lo intenté por más de media década.
Diría que hice mi vida normal luego de que Sol y yo tomáramos otros caminos. Soy bueno controlando mi mente. Evito pensar en ella. Evito pensar en el pasado. Soy muy buen actor, puedo llegar a creerme mi papel.
Soledad Clemencia Gómez ya me da igual.
En una noche aburrida, parecida a las miles anteriores desde mi salto a la fama, me siento frente a una pelirroja que me ofrece otro sorbo de su trago fuerte mientras observa mi cinturón de cuero.
Estamos juntos en el set de la película de Gladiadores en la que estamos trabajando. Se ve bien bajo la luz cálida de la habitación, su cabello rizado largo, su vestido verde. Sus ojos celestes tratan de arrancarme el traje.
—¿Sueles traer a las chicas a tu departamento en la primera cita? —pregunta ella.
Sí.
—Tú eres especial.
Eso la hace reír; no lo dije en un tono serio, solo lo suficiente para que se sepa que, pese a que no sea real, quise darle un cumplido. Trae puesto un abrigo de pelo sintético blanco en la parte de arriba, hace menos de cero grados fuera, pese a que la nieve haya parado.
Eso no le ha impedido ponerse el vestido más corto en su closet, sus piernas largas son todo lo que veo sentado en la silla frente a la cama. Ella se quita los tacones sin dejar de hacer contacto visual conmigo y luego se me lanza encima.
Bajo su cierre mientras me besa, siento sus manos en mi pecho tratando de desabrochar mi camisa. Frota sus caderas contra mi entrepierna.
—No te he podido quitar de mi cabeza desde el evento de prensa —susurra contra mis labios—. Cuando fuimos al baño, tus manos... Nunca me habían hecho sentir así.
Me muevo un poco en automático, sé leer a la gente, por lo cual sé más o menos qué quieren que haga y diga. Ella se aferra a mí hundiendo sus uñas en mis brazos y se sienta por completo sobre mi erección. Yo le quito el abrigo de la parte de arriba y...
Al descubrir su cuello, en medio de sus clavículas cuelga un collar. Es dorado. Pequeño. Son dos máscaras de teatro y, por un segundo, el mundo se detiene pensando que podría ser el mismo, pero es solo una graciosa coincidencia.
Una coincidencia que hace que pierda totalmente la compostura.
—Perdón. —Tomo su cintura y la aparto con suavidad de mí—. Necesito... —Me aprieto el pecho, la impresión en mí es demasiada, siento que me hubieran dado un puñetazo en el estómago—. Necesito aire fresco.
Ella ladea la cabeza.
—¿Está todo bien?
—S-sí. —Tomo mi saco del suelo para ponérmelo encima y salgo al balcón, cerrando la puerta detrás de mí.
Está helado fuera, y no tengo siquiera mis calcetines. Pongo una mano sobre la baranda, siento que voy a vomitar.
Hiperventilo tanto que el vapor pareciera humo saliendo de mi boca, cierro los ojos y me froto el rostro intentando calmarme, pero no funciona. Mi corazón va a mil mientras que todo rastro de excitación desaparece.
Mi mente se queda enfocada en el primer vistazo al collar, el diseño es algo genérico y lo podría conseguir cualquiera en cualquier tienda de joyas en el país.
No debería afectarme tanto verlo. No me afecta por pensar en los recuerdos con mi familia, sino todo lo consiguiente a dárselo a Sol justo antes de que todo se jodiera.
Echo la cabeza para atrás, siento que me ahogo y no puedo dejar de jadear. Hay una mujer esperándome dentro del cuarto, es solo que... Ver algo tan parecido al antiguo collar me ha traído de bofetón un montón de recuerdos que había enterrado en mi mente.
Tiemblo por el frío, me tapo el rostro con las manos, tomando una respiración profunda. Cuento hasta diez para practicar meterme en personaje, el que sea, menos el de un tipo que ha tenido un ataque de pánico sin razón aparente al ver un tonto dije.
«Dios, siento que podría llegar a morir si la viera otra vez. Si volviéramos a hablar. Si la viera con el collar puesto, lo cual es un pensamiento imbécil, pues lo tiró a la basura hace años».
Ese último pensamiento es lo que me quita del trance, «no importa» pues ya a nadie le importa lo que ocurrió y no debería seguir pensando en Soledad. Carraspeo, suelto el aire y vuelvo a abrir la puerta del balcón hacia mi habitación.
El camerino está pensado para prepararse antes de dar un show y al ver a la pelirroja tirada en la cama, sonriendo con una copa en la mano, me encuentro a mí mismo calmado, sonriéndole de vuelta y apagando la luz tras quitarme el saco.
A veces pienso que nunca salgo de mi propio camerino mental, no lo he hecho en milenios.
Me prohíbo faltarle el respeto a la memoria de Soledad al traerla mentalmente conmigo a escenarios como este; bebo una copa de champagne, revoco la posibilidad de pensar en ella de mi sistema y entonces, solo entonces, me meto a la cama.