24. Guion
GUION
DIECIOCHO AÑOS
No hay peor ciego que el que cree ver.
MALEK
Hay veces en las que pienso que el arte no es para mí, y yo estoy aquí por una cuestión mística, por una mezcla de amor y azar.
Puede que sea porque hace unos cuantos años, me hubiera adaptado a la idea de que era imposible.
—¿Qué haces? —cuestionó mi padre al verme leer en la sala.
Aún no nos había dejado por su familia "mejor"; de hecho, no sabíamos que tenía otra familia u otra vida. Yo tenía trece años, era febrero, el día estaba gris y frío. Lo recuerdo. Lo recuerdo todo. Diría que soy la persona con mejor memoria que conozco y no lo digo como algo que presumir.
Elevé la cabeza, su rostro... Recuerdo su rostro porque me parezco a él en ciertos aspectos, entonces, ahora cuando lo veo en mi cabeza, tengo su rostro. Es un tanto incómodo. Por eso no suelo usar barba si no lo requiere mi personaje.
—Estoy leyendo.
—Lo veo, pero estás anotando también. —Señaló mi cuaderno y mi mano en el bolígrafo—. Pensé que te había dicho que no uses esta mesa para hacer tareas, se te pueden manchar con comida. Te compré un escritorio por una razón.
—No es tarea, solo estoy... Anotando.
—¿Qué cosa? —Elevó "Baile inolvidable" de la mesa, arrebatándolo de mis manos—. ¿Este no es el libro de tu madre? Son cosas de niñas.
—Es lo que había en el librero —me excusé—. Estaba jugando a hacerle un guion.
No me dijo nada explícitamente, solo cerró el libro y lo devolvió a la estantería, arriba de todo, donde yo aún no alcanzaba a agarrarlo. Se veía en su rostro una especie de confusión y decepción.
—Los vecinos están jugando fútbol fuera, ¿no quieres hacer eso?
—No, quiero seguir haciendo esto —dije con las hojas entre mis manos.
Él arqueó una ceja.
—Oh, ¿quieres ser escritor de grande?, ¿sabes que eso es un mercado bastante difícil?
—N-no, quiero ser actor —respondí con sencillez.
Y lo oí carcajearse.
Dejó su taza de café sobre la mesa, la cual salpicó mi guion, porque reírse no era suficiente. Tenía que dejarme claro que era patético que siquiera soñara con eso.
Mi familia no era fan del arte, no importaba qué tan bien me fuera en plásticas, en literatura, en pintura, en danza. Simplemente no lo era. Si mi madre no tenía tiempo de ir a mis presentaciones escolares antes de que se separaran, cuando lo hicieron y tuvo que tomar dos trabajos, menos.
Fue progresivo, me presentaba a las pequeñas obras en la escuela y a las actividades que requirieran hablar en público.
Es incómodo subir a un escenario sin nadie a quien mirar abajo, te hace ser mucho más consciente de ti.
Me hacía sentir expuesto ser el único que no tenía quien lo llevara o recogiera de los ensayos, no bajar a hablar con nadie luego de un evento recreativo, no tener una sola foto mía en tres años porque nadie me la tomaría.
Era introvertido fuera del show , no fue algo que hiciera apropósito, era solo que los veía y nadie... Nadie se parecía a mí. Ellos tenían historias que contar, vídeos perfectos de vacaciones soñadas, fotos con sus disfraces costosos y un montón de confianza en que no importaba si lo hacían mal.
Nunca fue sencillo para mí como lo parecía para el resto, participar significaba ahorrar cada moneda que me daba mi madre o que conseguía haciendo tareas para mis compañeros para comprar telas.
Ella era modista antes, así que aún teníamos su viejo equipo en casa y yo no tenía nada más que hacer con mi vida.
Nunca he sido un prodigio en nada, mis trajes no eran perfectos y quizá se notaba que estaban hechos a mano por alguien sin mucha experiencia, pero trataba de que eso no me detuviera y no lo hizo.
Conseguía el papel protagónico cada vez hasta que ellos me empezaron a ofrecer la indumentaria.
Cuando no estaba estudiando, estaba buscando formas de ayudar a mi madre como sea, ya sea cuidando la casa, haciendo las labores domésticas, dejándole todo como ella deseara y luego tomando trabajos de medio tiempo.
Nunca salí del país o fui muy lejos, nunca pedí ningún regalo, nunca soñé con algo más que quizá un aplauso de alguien y un cumplido que sonara sincero, pero la realidad es que uno no puede soñar para siempre.
Cuando pasas tanto tiempo persiguiendo deseos que en el fondo no ves cómo vas a alcanzar, se te empieza a desgastar la luz.
Para los dieciséis, lo había dejado. Borré todos los documentos que leía para aprender sobre teatro y actuación, empecé a reemplazarlos por posibles cuestionarios para los exámenes de la universidad.
Era casi seguro que me dieran una beca, pero no podía arriesgarme mucho; además, la carrera a la que aspiraba —números, matemáticas— tenía un puntaje de corte bastante alto.
Escogí la universidad porque quedaba cerca de casa, no podía dejar a mi madre sola, no con los problemas que ella tenía en ese momento.
Los cuales solo empeoraron para los diecisiete.
Si no hubiera tenido su seguro, la pequeña herencia de su familia y lo que el señor que hacía llamarse mi padre estaba obligado por ley a pagarle, hubiera sido huérfano en esos momentos.
Tampoco la resiento, no fue problema usar la mitad de mi día en cuidarla y la otra mitad en estudiar porque ya había renunciado a tratar de hacer algo por mí hacía mucho rato.
No tenía sentido. Todos tienen sueños, cada persona que ves por la calle tiene un anhelo gigante y, simplemente...
No se cumple. No sería el primero ni el último.
Iba a las casas de las chicas interesadas en mí, me reía de sus bromas y escuchaba sus aspiraciones.
No es que fueran peores o mejores, es que eran tan distintas a mí que era notorio que les interesaba por lo que pudiera hacer por ellas y no por quién era; no les culpo, ¿quién es una persona que simplemente no es sí misma a favor de la conveniencia?
La respuesta es simple: cualquiera. Podía ser cualquier persona que quisieran que fuera, quien sea que encajara con el rol que buscaban.
De manera irónica, no dejé de actuar. Creo que nunca en mi vida he dejado de actuar.
—¿No te aburres aquí, hijo? —preguntó mi madre al salir de su sala.
—No, estoy bien.
—¿Estabas estudiando? Tienes ojeras, ¿dormiste algo esta noche?
—Me quedé viendo la película que estaban pasando en el televisor del pasillo.
—Ay, Malek, eres tan buen niño. —Sacudió mi cabello—. La próxima vez duerme; no tienes que perder tu descanso o perder el tiempo en entretenimiento, el examen para la universidad será pronto.
—Me irá bien.
—Cuando te vaya bien podrás ver más películas.
—Lo sé.
—No me malinterpretes... Sé que hubieras querido participar en esos rodajes extravagantes que tú ves.
—Me sonrió, se notaba que apenas tenía fuerzas para hacerlo, para caminar se sostenía con fuerza de mi brazo—.
Es solo que eso no le pasa a personas como nosotros, y ya estás grandecito. Es algo tarde, cariño.
—Lo sé, mami, no te preocupes. Eso era solo algo de cuando... —Suspiré—. De cuando era niño.
—Estoy segura de que en otra vida te divertirás mucho siendo una estrella —dijo a modo de consolación.
«Otra vida».
—El look lo tienes —se burló—, por eso eres tan popular con las niñas, incluso ahora sigues creciendo.
—Tengo que tener más fuerza por si alguna vez necesito cargarte —continué el chiste.
Pero no era gracioso, sabía lo que era tener que tomarla en brazos y subirla al coche para manejar hasta aquí. Sabía su peso de memoria, cómo soportar más carga, conocía las carreteras de esa ciudad como las palmas de mis manos, ya algo lastimadas de tanto peso.
—El examen es en unos días, ¿estarás feliz cuando sea el puntaje número uno?
—Me tranquilizaría que tienes un futuro asegurado, quiero verte así antes de...
—Lo harás —interrumpí porque sabía lo que iba a completar—. ¿Vamos al otro pabellón?
No fue sorpresa cuando aquello se hizo realidad, diría que aquello fue el verdadero entierro de todo ápice de mí mismo, de esperanza, de rayos de luz.
Pero estaba cómodo con aquello, dibujé un mapa de vida nuevo donde me graduaría, trabajaría en una de las empresas contables de la capital, quizá iría de vez en cuando a ver mis presentaciones favoritas y podría comprar mis libros una vez por mes.
No estaba triste con esa posibilidad; me pareció hermosa. Una vida tranquila no es una mala vida.
La estabilidad que te da tener un techo, un trabajo y una consciencia limpia es suficiente.
Sí, había otras cosas que quería, así como les pasa a miles de personas que viajan en la carretera todos los días conmigo.
Nadie se muere por soltar un poco sus expectativas, nada pasa cuando una persona deja de creer.
Me sentía en paz.
Estaba contento con haber conseguido ese puntaje, esa beca, todos esos beneficios.
Si bien la familia de mi madre nos dejó de lado, nos teníamos a nosotros, o ella me tenía a mí. Y estaba apreciando mis momentos con ella, trataba de ser positivo.
Dejé de mirar al televisor en mis ratos libres, miraba los números en la pantalla de mi vieja laptop.
Dejé de oír música, me centré en escuchar las clases grabadas.
Dejé de intentar hacer amigos, solo posibles conexiones laborales.
Estaba ensimismado, apagado y encuadrado en una vida que no era la del inicio, pero al inicio era un niño, ¿qué sabe un niño sobre el futuro o lo que quiere?
La realidad es que no había por qué estar deprimido incluso aunque el cielo siempre estuviera gris, tomé al toro por las astas y eso es lo que pude conseguir. Estaba conforme. Tenía los próximos cincuenta años planeados. Mi vida bien definida.
Y estaba todo perfecto hasta que...
—Malek Cooper. Pero en realidad Malek no me gusta demasiado.
Porque es el nombre que escogió mi padre.
—Porque suena a nombre de villano —completó ella por mí—. Pero yo te gano, me llamo Soledad. Soledad Clemencia. Sí, mis padres me odian. Larga historia.
De toda la vida he visto a las personas disimular su desgracia, o acoplarla a ellos mismos, pero alguien a quien le hiciera gracia... Era distinto. Incluso yo me reí y me sentí culpable por ello segundos después, pero no le importó.
—¿Te digo Sol entonces? —pregunté.
Sol se veía como esperabas que se viera cualquier chica dulce de ciudad, brillante y floreciente, como si nada nunca le hubiese pasado. Como si ese fuese su primer día en esta tierra y solo quisiese conocer todo un poco más.
—¿Yo te digo Cooper ?
—Nadie me ha dicho Cooper antes.
Mi vida estaba bien justo antes de que ella la pusiera de cabeza.