Arte para no artesanos 21. Escenografía #2
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21. Escenografía #2

—¿Cuatro? ¿Cinco?

Mezclo el licor en la lata de refresco de piña de Jack. Nos hemos acabado su stock personal. A escondidas para que el resto de personas no nos juzgue.

No es tan terrible como suena, ponemos muy poca cantidad. No estamos borrachos, diría, de hecho, que no me causa ningún efecto más que una falsa sensación de coraje.

—¿No te preocupa que hablen mal de nosotros? Porque nos está costando esto —balbuceo.

—Normalmente, es muy difícil que salga algo bien a la primera en grabaciones así. No es acción, el director tiene una idea en la cabeza, el equipo creativo otra, los guionistas y coordinadoras una distinta. Además, al final depende de nosotros.

—¿Te había pasado que te costara así un papel?

—No… La verdad es que no.

—¿Por qué escogiste audicionar para esta película, Malek?

—Es un clásico. Siempre quise hacer uno, se me presentó la oportunidad, quería retarme. Estoy bastante feliz de estarlo interpretando, de hecho.

Asiento mientras me acabo la lata, la arrugo entre mis manos mientras regresamos dentro de la mansión.

—¿Y tú? ¿Por qué audicionaste para Baile Inolvidable?

—Es la peli favorita de mi ex —le resto importancia al tirar mi basura al bote—. Quería joderle la vida un poco. —Río—. Supongo que el karma existe y por eso es que me tocó contigo. Por obrar de mala fe.

La maquillista regresa a retocarme el labial, yo sé que les jode que no paramos quietos y tienen que trabajar más por ello.

A ratos siento que me comporto algo desubicada, pero Malek es tan despreciado aquí que me hace un buen escudo.

Incluso ahora, cuando me pone contra la pared y se inclina hacia mí.

—Malek, ponte más cerca de ella —pide una de las coordinadoras—. Avanza.

—Estoy literalmente donde me indicaron —le discute.

—Sí, tu torso. No están teniendo una conversación, estás invadiendo su espacio. Tienes tu cadera como a medio metro de donde tienes tus hombros, es como si no quisieras tocar a Soledad.

—No es el caso. Solo no se explicaron bien antes.

—Malek… —murmuro entre dientes—. Cállate.

—Estoy segura de que estaba en el guion —contesta con calma la chica—. Pero si quieres podemos hacer lo que tú quieras, ¿no? Ya que eres el productor, ¿no? Se me olvidaba, también eres el director y el coordinador, ¿de paso quieres ser todos los personajes?

«Joder».

—Estamos bien, lo siento —interrumpo—. Él hará lo que le digan, disculpen.

Ella mantiene su semblante dulce, yo suelto un largo suspiro, lo tomo del brazo y empujo hacia un rincón sin camarógrafos.

Se ve gracioso en su traje elegante, con el cabello desarreglado y las heridas pintadas.

—¿Cuál es tu puto problema? —pregunto.

—Ninguno, estoy haciendo todo lo que puedo, me tratan como si debiera leerles la mente y se enfadan cuando no lo hago. Eso no estaba en el guion, yo lo sabría muy bien…

—Malek, por si no te das cuenta, te van a decir mierda aunque ahora mismo te poseyera el espíritu de la escritora del siglo pasado que hizo esta porquería.

Abre los ojos en grande, eleva ambas cejas y su ida para atrás es lo que me hace darme cuenta de que he dicho eso en voz alta.

—¿Porquería? —Su sonrisa se ensancha.

—Terrence tiene un gusto extraño, ¿vale? Es una buena peli, perdón… Solo… Estoy nerviosa y estresada porque yo también noto que tenemos todo en contra en esta grabación.

—Hasta los que cambian los refrescos sueltan chismes, ha llegado ya a las redes.

—Manéjalo mejor, Malek. Eso da igual. Quiero terminar la película y nunca volverte a ver, hazme ese favor —digo en tono jocoso.

Otro intento, esta vez mejor. Repito mis líneas en mi cabeza mientras dice las suyas, si se ha equivocado no lo sabría, pero no nos han parado, es buena señal.

Siento su aliento en mi barbilla, lo empujo hacia atrás y golpeo su hombro cuando intenta apresarme, como lo practicamos. La puerta del cuarto se abre.

Le grito, me grita, el resto de personas cerca de los micrófonos ni siquiera respira por temor a arruinar la escena.

Trata de tomar mi rostro en sus manos, lo aparto de un manotazo y no nos damos cuenta, pero nos ubicamos un poco más lejos de la cama de lo que nos dijeron, por lo cual, cuando se gira y debe “arrojarme” allí para continuar la discusión, no puede.

Debería haber dicho su diálogo ya, uno donde “va a probar que opino distinto”. Pero estamos demasiado lejos de la cama como para que esto funcione. Ni siquiera sé cuándo acabamos a cuatro metros de la puerta, este sitio es gigante.

Maldigo internamente, es la que mejor se nos ha dado y estoy por salir de personaje, pero solo me paro frente a él, con la misma intensidad en mi mirada, con el mismo odio y frunzo los labios.

«Piensa, piensa, piensa. Improvisa».

—¿Qué? ¿En serio esperabas que cambiaría de opinión?  —lo reto, cruzándome de brazos—. ¿Sabes qué va a pasar, Malcon? Vas a irte de este cuarto y yo voy a irme a donde pertenezco ahora.

Hay un segundo, un pequeño segundo donde Malek se sale del personaje, confundido por lo que acabo de hacer, pero aquello pasa como “sorpresa” de Malcon.

Entiende lo que quiero hacer y empieza a caminar hacia mí, yo retrocedo y pienso que vamos a salvar este intento haciendo la pelea solo una pizca más dramática.

Pero cuando toma mi muñeca, en lugar de intentar llevarme a la izquierda, me atrae hacia él y luego pone mis dos brazos detrás de mi espalda.

Una de sus manos puede sostener ambas mías, la otra se posa en la parte superior de mi espalda hasta pegar mi mejilla a la pared.

Veo por el rabillo del ojo como las cámaras se acercan a nosotros.

—Puedo hacerte cambiar de opinión —me susurra al oído, remueve el cabello que me caía en la cara.

¿Sigo con los diálogos originales de la escena? ¿Esto colará de esta forma? ¿Tengo opción? La verdad es que no.

—Te odio.

—Te amo tanto que tendrás que matarme y arrastrar mi cuerpo hasta la salida si quieres que te deje sola aquí.

—Besa mi cuello, su agarre en mis muñecas se afloja, siento su cadera pegarse a la mía—.

Y me preocupa decirte que no he muerto antes, puede que te encuentres con la sorpresa de que reviva para buscarte.

Mi respiración se acelera, actuada y genuinamente. Siento la presión que hacen mis tetas sobre la textura del tapiz, giro el cuello, parte de mi labial ha quedado en la pared y sus dedos.

—Habría que averiguarlo.

Su nariz toca mi mejilla, me es algo molesta esta posición para besarlo y no sé si se percata o no, pero me da vuelta, haciendo que estemos frente a frente.

—Dilo otra vez —exige.

—Dije. —Tomo aire—. Que habría que averiguarlo —remarco cada palabra.

Mi mirada se mantiene en la puerta, obstinada, la suya baja a mis labios. Una de sus manos me toma de la cintura y me presiona en la pared mientras que la otra toma una de mis piernas para levantarme.

Se me escapa un ligero chillido cuando me levanta, me aferro a él clavando mis uñas en los hombros de su traje.

—Otra vez —pide con la respiración hecha un desastre—. Me fascina cuando me mientes. —Se remoja los labios—. Mucho más cuando lo haces intentando ocultar lo mucho que aún me amas —farfulla antes de besarme.

Le correspondo el beso, cierro los ojos y mi mente hace “click” cuando conecto que todo el show de tenerme en sus brazos era para llevarnos a la cama, donde deberíamos haber empezado en primera instancia.

No sé si tenga sentido la misma secuencia cuando ya hemos gastado varios de los diálogos, pero nadie nos está diciendo que cortemos.

Sé la coreografía, no me es difícil cumplirla ahora. También es que Alma nunca hace mucho cuando algo pasa entre ellos, es más complicado para Malek “deshacerse” del vestido, me tapa la ropa real con las mantas blancas mientras hay al menos cuatro hombres con máquinas diferentes alrededor nuestro.

Estiro su corbata para atraerlo hacia mí, deslizo el saco de su traje hacia abajo y él termina de quitárselo. Intento no pensar en que vestuario querrá morir al ver la camisa blanca con manchas, me elevo un poco a besarle y él me corresponde, parte de su cuerpo también entra bajo las sábanas.

Su mano “me toca” aunque yo no siento nada. Doblo las piernas. Está encima mío. Y contengo la respiración cuando sus caderas se mueven, apenas roza mi piel, apenas siento que está ahí. Apenas existe.

Pero existe en mi cabeza. Vaya que lo hace.

—Dime que no quieres volver a estar conmigo y entonces esta será nuestra última noche juntos.

Gimoteo, mis manos acarician su torso, suavizo la mirada.

—Malcon, son las tres de la tarde.

—Exacto.

«Vale, este diálogo ha sido bueno. Me reí cuando lo leí en el papel. Lo acepto» .

Continuamos con la secuencia, a partir de ahí hay solo cuatro diálogos más. La coreografía es más sencilla que en el auto porque se ve menos de nuestros cuerpos y más de nuestras reacciones.

Sería guay no tener que gemir tan alto en el oído de mi peor enemigo frente a treinta personas, mientras siento que la escena lo está sobrepasando, pero bueno, gajes del oficio.

Lo importante es cuando terminamos. Terminar la escena, claro.