Arte para no artesanos 21. Escenografía
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21. Escenografía

ESCENOGRAFÍA

No por mucho madrugar amanece más temprano.

Son las cinco de la mañana, la alarma de Malek me despierta.

Me da miedo dar media vuelta en la cama y encontrarme con su rostro. Espero que él se levante, diga algo o se mueva de la cama, pero aquello no pasa. Siempre ha sido muy puntual con este tema.

Me pregunto por qué no es así esta vez.

Con cautela, doy media vuelta a ver si sigue durmiendo. Me encuentro con él, sus ojos bien abiertos, clavados en mí.

—¿Malek? ¿Estás despierto? Apaga la alarma.

—Estoy despierto desde hace unas dos horas.

—¿Insomnio? ¿Te suele pasar?

—Solo… Estaba pensando y a mi mente se le ocurrió que quería hacerlo por encima de descansar.

Veo las lagañas en sus lagrimales y las bolsas bajo sus ojos.

—¿Qué sueles hacer cuando te pasa?

—Beber.

—Bueno, yo escucho música —intento desviar el tema y tomo una larga respiración antes de obligar a mi cuerpo a sentarse en el colchón y afrontar que estoy despierta—, sube mi ánimo o me calma.

—La música no suele tener ese efecto en mí.

—¿Qué efecto suele tener? —indago al verlo salir del baño.

Malek está atado en su bata de baño como si fuera una oruga, el cabello cubierto con un gorro de plástico. Arrastra sus pantuflas hacia la cocina y yo lo veo desde la mitad del comedor, donde he puesto a cargar mi teléfono.

—¿Qué cosa?

—La música.

—Eh… La verdad no escucho mucho, no tengo mucho tiempo libre.

—¿Y los audífonos en el avión?

—Audiolibros.

—¿En el bus?

—Podcast.

—¿Al menos tienes una canción favorita?

Lo veo preparando café, nunca le pone azúcar o edulcorante. Eso me lleva a recordar la conversación que tuvimos sobre los bombones agrios y me río sola.

Me pregunto si lo recuerda, me pregunto qué recuerda de esos tiempos donde éramos solo dos tontos buscando alguien que los entendiera y creyendo que encontraron a su otra mitad.

Algo que me molesta mucho admitir es que seguimos siendo parecidos, en formas que la gente puede que no comprenda. Seguimos encajando. Es incómodo, es desagradable y es real.

Rememoro la terraza donde lo vi, tengo un escalofrío. Puede que no haya debido darle mi cuarto a Jack.

— Purple Rain , de Prince —responde.

—Es buena.

—Es buena. —Asiente—. ¿Tú…?

—Últimamente, Seventeen . ¿Esa es la única que oyes?

—Iba a preguntar si tú querías café —aclara, yo niego con la cabeza—. Respondiéndote, November Rain también me fascina. Soy… El típico idiota que dice que música era la de antes —bromea y debo respirar hondo para no reír—, la música murió hace, al menos, cuarenta años.

—Parece que más bien te gusta la lluvia.

—Me atormenta la lluvia —dice como si nada y al darse cuenta de lo que dijo, carraspea—. Eso… Era un chiste. Me gusta la lluvia, me gustan las tormentas.

Bebe su café y me doy cuenta de que realmente quiero, pero simplemente no quería pedírselo.

Me tomo el tiempo de arreglarme, el baño está ordenado cuando entro, a diferencia de la otra vez. Al salir, él sigue en la mesa del comedor, dándole una tercera pasada de mantequilla a una tostada que no parece querer comer.

La silla frente a él está algo retirada.

Eleva la mirada hacia mí y siento que ve a través de mi bata, de mi piel, de mi carne. Me incomoda. Se siente demasiado cercano a unos seis metros de mí.

«Ha sido mala idea venir a estar con él».

Todo con él es mala idea.

«¿Entonces por qué lo he obligado a quedarse conmigo en esta película?».

No lo obligué, yo solo…

—Los solos de guitarra en ambas canciones son desgarradores.

…Le di una oportunidad.

—Me encantan los momentos de solo instrumentos —añade Malek—. Siento que me da un pequeño espacio para pensar.

—¿En qué piensas en medio de las canciones desoladoras?

Sigue sin apartar su mirada de la mía, hay algo en sus ojos en esta mañana que me aterra y no tengo claro qué es. Puede que sea que, de puerta para dentro, aún no se ha puesto la máscara de Malek Cooper.

Y sigue sin ser Cooper.

Pero es alguien más y no tengo claro qué quiere de mí con tal anhelo.

—Pienso muchas cosas, Sol.

A la mitad del elenco se le ha olvidado que esto es una película erótica oculta bajo un clásico. A todos menos a Malek y a mí.

Diría que esto es peor que hacer una escena con alguien que conoces y tienes confianza, es más raro.

Pero no me es incómodo, tenemos tres coordinadoras de intimidad, él podrá ser muchas cosas, y una de ellas es un profesional, y cada una de estas escenas se discutió en privado antes de aceptar.

Incluso ahora, están siendo realmente responsables.

Sería un trabajo bastante sencillo.

Si no fuera él.

—Chicos, ¿están listos? —pregunta una de ellas—. No se preocupen por la escenografía, el equipo encargado de ello estará con nosotros todo el rato para arreglarlo cuantas veces haga falta.

La siguiente escena es cuando, luego de que Alma sea rescatada de las garras del mafioso interpretado por Jack, Malcon le lleva a su mansión en la gran ciudad.

Malcon y Alma tienen una relación complicada, ella siempre espera algo de él y él siempre espera que ella lo ame como al principio. Ahora mismo, se odian. Malentendidos en medio y micromachismos que ni un guion moderno ha podido erradicar del todo.

La secuencia es la siguiente: La salva del edificio abandonado, pero ella ya estaba convencida de no querer ser salvada. Pelean al llegar a la mansión, ella lo golpea y le dice que él es el villano, pero terminan arreglándose.

¿Me parece correcto? No, nadie debería romantizar esto.

¿Me parece interesante? Pfff, mi yo adolescente hubiera estado en primera fila del cine.

¿Me parece una buena historia? Creo que le tengo cierto resentimiento al ser la favorita de Terrence. Pero entiendo por qué gustó en su época. Es emocionante.

Es ardiente.

Es capturador.

Es…

—¡Acción!

Me gustaría decir que Malek tenía razón sobre no poder hacer el papel y que yo podré opacarlo en gran pantalla. En serio.

—¡Tú no sabes lo que dices! —exclama ofendido—.

Te ha lavado el cerebro, alma —suaviza su tono, su mano acaricia mi mejilla—.

¿Cómo no has podido darte cuenta? —Su mirada se intercala entre mis ojos y cada parte de mi cuerpo con rapidez, su caricia baja a mi cuello, su mano tiembla.

Acorta los centímetros entre nosotros—. ¿Qué… Qué te ha hecho? —susurra.

Pero como es costumbre, tenía razón y él no.

Trago saliva, una vez se mentaliza, es… bueno, un prodigio.

—No puedo creer que estés tan obsesionado conmigo que prefieras crearte un culebrón en la cabeza antes de aceptar que ya no te deseo.

—Si no puedes creer que sigo obsesionado contigo, entonces creo que en efecto te ha lavado el cerebro.

—No quiero que me quites de aquí, Malcon.

—Dime una razón para no llevarte conmigo.

—Que no quiero ir contigo. No quiero estar contigo. No quiero volver a verte, besarte o tocarte. Lo nuestro murió.

Él me escucha con calma, no se inmuta, espera a que diga con odio cada palabra y luego arquea una ceja, su sonrisa de labios sellados se va un poco hacia la derecha. Ladea la cabeza.

—Eres una pésima mentirosa —dice antes de taparme la boca con una mano y arrastrarme a la salida con la otra.

Cambio de escena, mismo traje, cambio de escenografía. Correr en tacones y vestidos pomposos es una actividad extrema.

El corte entre la tensión de una escena, el corte y la caminata tranquila al otro sitio es un tanto surrealista. Como si parte de mi cerebro olvidara a veces que es actuación. Malek se ahorra esto simplemente con no salir de personaje entre escenas, parece que nadie nota que no lo hace, excepto yo.

Nos acomodamos en donde nos indican, parados en las escaleras de la mansión, bajo el sol, esperando que el director nos autorice seguir. Ha habido un ligero cambio en ese sector del rodaje, permanecen la mayoría de directivos que me caen bien. Esto está mejorando para mí.

A Malek le han dejado la Coca zero que él mismo se compró fuera del refrigerador, pero ese es su problema.

—Quiero hacer una transición de la salida del edificio a este plano —explica, mostrándonos en una pantalla la última toma que nos hizo—. Primero, recreamos este movimiento. Cada vez que lleguen arriba de las escaleras, les haré una seña de si se logró o no.

Lo hacemos mal unas catorce veces antes de que nos permitan un descanso. Al menos tenemos uno.

Siento los ojos de los demás actores sobre mí, sentados en sus sillas plegables, bajo sus sombrillas y con sus bebidas refrescantes viendo cómo damos todo por esta película para que ellos salgan diez minutos cada uno.

Robina en especial me observa como si fuera una rata a la que la pusieron en el reflector.

Jack no está, está de reposo, ya que, si bien ha dado negativo, tiene que esperar unas cuarenta y ocho horas más antes de volver. Podría venir con mascarilla, pero ha decidido estar lejos de tanta mala vibra aquí. Lo entiendo.

—Me han tirado las latas —anuncia Malek al ir a la zona de refrigerios—. Voy a averiguar quién fue y pelearme. Ya me cansé.

—Déjalos.

—Deberían haberlo superado ya.

—¿O, nunca has odiado a alguien lo suficiente para querer joderlo aunque haya pasado mucho tiempo? —pregunto sarcásticamente—. Exacto, tonto, déjalos ser.

—Vale, soy un imbécil, lo sé y soy un hipócrita, pero, ¿qué culpa tiene el refresco?

—Metámonos en la parte de Jack y veamos si él tiene algo —propongo, echando un vistazo—. ¿Por qué solo hay alcohol?

—Dice que le ayuda a desenvolverse mejor.

—Ya, pero, ¿a las once de la mañana?

Malek se encoge de hombros.

—¿Es esto legal?

—En el contrato no se prohíbe beber en pequeñas porciones, somos todos adultos y sabemos lo que hacemos, supongo. Él es extraño.

—Es… Innovador.

Él entorna los ojos al oírme decir eso.

—¿Qué?

—No, nada. Deberíamos volver.

Yo cierro la puerta y tomo una botella de agua. No necesito beber.

Ese pensamiento cambiará próximamente, muy próximamente, cuando Soledad pase a la escena dentro de la mansión.

Al parecer todo lo que se necesita para hacernos cambiar de opinión a Malek y a mí sobre el alcohol es una discusión falsa sobre lo mucho que quiero follarlo.

—¿Cuántas tomas llevamos? —pregunto en un susurro al abrir una lata.