19. Set #4
—Pudiste haberme devuelto el collar, ¿sabes? Pudiste haberme devuelto la amistad. Nunca me explicaste lo que pasó con tu mamá o con Terrence, solo te engañaste y desapareció Sol de un día a otro. Pudiste haber hablado conmigo, no hacía falta tirarme a la basura.
—No eres quién para hablar de cómo tratar al otro y mucho menos para decirme cómo tengo que lidiar con tus cagadas. Hasta este momento, donde esperas que acepte alguna negociación que quieras hacer para que esté mejor el ambiente en tu cabeza y puedas jugar al actor.
—Creo que yo no me di cuenta de que te importaba y te estaba haciendo daño, pero tú nunca te diste cuenta de que lo eras todo para mí y no solo no me diste la oportunidad de saber la verdad o intentar arreglarlo, sino que desechaste todo lo que te ofrecí.
Sí, vale, tienes razón en todo lo que dices después, mi versión del presente es...
Un hijo de puta. Y supongo no tengo excusas para ello, pero quiero intentar arreglarlo, al menos una vez, y me has vuelto a rechazar la ayuda.
—¡Porque no quiero tu ayuda! Ya déjame en paz, joder. Me pareces desconfiable, despreciable y mala persona. Solo déjame en paz.
—No lo voy a hacer. —Se encoge de hombros.
Esa no es la respuesta que esperaba, ni el tono que esperaba. Eso me hace retroceder. Lo ha dicho con paciencia y su expresión es calmada. Esta persistencia es nueva en él.
—Voy a hacerte daño si sigues rondándome —advierto.
—Lo sé.
—Sé con qué lastimarte y tengo todas las herramientas en tu contra.
«Pero no las usaría».
—Bien.
—¿Qué sentido tiene siquiera querer apagar el fuego? La casa se ha quemado, ¿sabes? Los cimientos tienen cenizas. Este infierno es inapagable.
—Supongo que no lo tiene —responde con simpleza, de pronto camina hacia mí y el baño, que tiene un diseño amplio, se siente diminuto—.
Nada de esto tiene sentido, Sol. Pero la otra opción es aceptar que el final es uno donde sea solo un estúpido adolescente y un idiota famoso al que resientas el resto de tu vida.
Prefiero que no sea así, si hay una posibilidad.
—¿Qué tal si no hay una posibilidad? Malek, esto es estúpido. Estás siendo estúpido.
Ladea la cabeza, se mete las manos a los bolsillos.
—Soy estúpido.
—No vas a lograr que vuelva a confiar en ti nunca, tenlo claro. Hay posibilidades entre nosotros que ya no existen. Se murió.
—La idea de la existencia de una posibilidad contigo es mejor que cualquier realidad posible.
—Eres tan bueno diciendo palabras que no piensas.
Camino hacia la puerta, evitándolo y casi me salgo con la mía hasta que alcanza mi antebrazo. Me empuja contra la pared, manteniendo su mano en mi hombro para amortiguar el choque contra la esquina del baño.
Elevo un brazo para empujarlo, pero me arrepiento a mitad de camino. Lo miro a los ojos, odio no ver falsedad en ellos. Odio no ver lo mismo que veo cuando estamos actuando.
Lo odio.
Odio cómo me mira.
—No tengo derecho a que siquiera me sigas dirigiendo la palabra, pero la vida me ha enseñado que para conseguir lo que quieres debes ser un descarado.
—Lo empujo, no se mueve, ni un milímetro—.
Soy un sinvergüenza, un mentiroso y cada adjetivo feo que puedas imaginarte, haría lo que sea, Sol, lo que sea por arreglar esto.
Haría todo lo que me pidas, cuando me lo pidas, como lo desees, ante la posibilidad de que vuelvas a mirarme como antes.
Me arde el cuerpo, el rostro, en especial las mejillas. Malek está rojo, su respiración entrecortada. Nota que estaba presionando su agarre en mi hombro y me suelta, dejando solo la calidez de su palma sobre mi piel.
—¿Lo que sea? —inquiero—. No entiendo qué ganas tú en esto.
—No todo se trata de ganar.
—El gran Malek Cooper no está de acuerdo contigo, ¿cómo crees que construyó su carrera? Moviendo sus piezas y su valor como un ajedrez para ganar lo que tiene.
—Mi carrera no empezó cuando me aceptaron en esa película. Mi carrera empezó el día que te conocí.
—¿Y sientes que me debes un rol o algo así? ¿Para estar a mano?
—Para estar a mano, te debo un amigo.
—Malek.
—Te lo ruego.
Es muy difícil para mí oír esas palabras salir de su boca, o estar cerca suyo, o saber que existe. El demonio en su rostro empieza a verse como un espejo quebrado y la frialdad en sus palabras se convierten en brasas del inframundo.
—Malek.
—No voy a molestarte, no voy a interferir. No intentaré ayudarte ni pagarte. Si quieres, no voy a estar cerca tuyo antes de grabar. No tenemos que ser amigos, solo no... No lo sé. No sé cómo arreglarlo, si es que tiene arreglo, pero voy a tratar.
Tomo una larga respiración, mi mano que intentaba ayudarme a librarme queda en su pecho. Siento con fuerza sus latidos; él lo sabe, pero no aparta mi mano.
—No puedo prometerte que el demonio que ves cuando te miro deje de existir, eso vive en ti. Pero, la próxima vez que te hable, no será para discutir o seguirte una pelea. Mas debo ser yo quien te busque.
Dios, odio sus ojos verdes. Odio su forma, odio sus subtonos, odio su belleza.
—¿Puedo decir algo más antes de volver al hotel? Sé que no necesitas nada de mí, sin embargo, si surge la posibilidad, llámame. Otra vez. Por favor.