18. Tormenta
TORMENTA
DIECISIETE AÑOS
A palabras sabias, oídos sordos.
Espero a que el reloj marque las doce en punto y la fecha cambie, pero cuando cuento los segundos, una llamada aparece en mi pantalla. Eso me confirma que llegó la hora.
—Cooper —contesto—. ¿Cómo va todo con tu mamá?
—¿En serio me estás preguntando eso ahora mismo?
—Em, sí.
—¡Sol! —me regaña—. ¡Feliz cumpleaños!
Se ríe de mí, subo el volumen. Su risa es contagiosa.
—Gracias, Cooper.
—¿Esto de llamar a las doce es infantil y pasado de moda o crees que es cool e impone tendencia?
—Es un lindo gesto que te acordaras.
—Tenía una alarma.
—Eres perfecto.
—No, la verdad, para nada. Pero me gustaría serlo. —Bosteza—. Realmente me gustaría ser la persona que dices que soy.
—Eres un exagerado.
—Cuando nos volvamos a ver, te tengo un regalo.
—No hace falta.
—A ver, eres mi primer mejor amiga, por no decir que mi única amiga en la universidad o en... general.
—Terrence también podría ser tu amigo, no, espera, te podría presentar a nuestro grupo de amigos. —Río—. Dios, de preferencia la próxima vez que me presente será como su novia.
—¿Tú crees que él es bueno para ti, Sol?
—Es la persona más cercana que tengo actualmente además de, quizá mi mamá, y tú, y bueno, siempre he tenido un crush con él. No me molestes, prometiste no decirle a nadie mis secretos... O mis cagadas si sale mal. —Me carcajeo.
—Puedes confiar en mí para todo.
—Define todo, porque la hermana de Dolores me pidió tu número, pero dudé de dárselo porque, ya sabes, eres un poco no-material de novio.
—Haces bien, de hecho, solo estoy fuera de juego porque, bueno, estoy pasando la mitad de mis días en el hospital y la otra mitad en la universidad.
—¿Cuando tu mami se recupere, entonces? A ver, ella es agradable y tiene una camioneta gigante.
—Oh, claro y podría llevarnos a nuestros castings .
—Te ofrezco a la mejor postora.
—No estoy interesado en esos temas, la verdad. Y así las cosas son claras.
—Tan tierno y tímido que te ves, como si no mataras ni una mosca. —Me carcajeo—. Esos son los peores decía mi abuela.
—¡Oye!
—Pero, en serio, cuéntame.
—¿Qué quieres que te cuente?
—De ella.
—¿Quién?
—Vamos, Cooper. No me mientas, ¿de verdad nunca te has enamorado?
—No.
Suena genuino, de la forma en la que su tono cambia cuando dice algo realmente sincero. Lo he oído así poco. Me sorprende más que sea real.
—¿Qué crees que debería hacer una chica para enamorarte?
—Ni idea, no es algo en lo que piense.
—Haz el intento.
—A ver, es que no tengo la respuesta que quieres. El amor lo quiero verde, en lugar de rosa; y los bombones agrios, no de chocolate. Soy un tanto masoquista.
—Interesante, eh, Coopercito. Dime más —me burlo.
—No, suficiente.
—Anda, que es mi cumpleaños... —Hago un puchero aunque no me esté viendo.
Dejo el teléfono a mi derecha y me recuesto por completo en la cama. El aire me da directo en el pecho, mi toalla se arruga entre mis piernas.
Me pesa la cabeza, mi cabello empapado aún huele a flores por la crema. Las luces están apagadas y su foto de perfil verde como fondo de la llamada es lo único que ilumina mi alrededor.
—Quiero algo diferente, alguien diferente.
Leí muchos libros cuando era preadolescente y entre ellos de romance, diría que no termino de enamorarme del amor.
¡No te rías! —me regaña, pero ya estoy riendo—.
A mí es que lo casual e impersonal no me genera nada, y considero que eso son las citas y el romance moderno.
Supongo que por eso se me da tan bien tener líos de una noche.
No siento nada, diría que no me he besado con ninguna persona más de tres veces.
—Según tú, el romance es solo un género literario.
—Lo es. Al menos es lo que creo.
—Yo creo que no sabes nada, Cooper. Del amor, del romance y de la vida. Opino que eres un crío que no tiene idea de lo que hace o piensa. Pero vale, así te quiero.
—Joder, te estás aprovechando de tu privilegio de cumpleañera para insultarme.
—Te digo la verdad, siempre te digo tus errores a la cara para que los mejores. Eso hacen los amigos.
—Eres la mejor amiga que he tenido.
—Lo sé, soy toda una luz. —Río—. No me has contestado, por cierto, ¿qué es lo que haría que el indomable, insaciable, insoportable, Malek Dylan Cooper se enamore?
—Te lo he dicho: corazones verdes, bombones agrios.
Todo lo opuesto a los cuentos de hadas. Postres secos, canciones tristes.
Alguien que me recuerde quién soy. Pelear bajo la lluvia, flores marchitas.
Alguien que sea odiosa, cruel, agria, inconvencionalmente ella, que sea imposible de resistir, ignorar u olvidar.
—Poético.
—Yo soy muy poeta, no me conoces en totalidad.
—Aún.
—A ver, la realidad es que ya me conoces bastante. —Suspira—. Eres la primera persona a la que he contado mis sueños, ¿sabías? También eres la primera que dice que tengo talento o cree que podría lograr algo más que estar viendo pelis en mi oficina de aquí en cinco años.
—Te prohíbo volver a decir siquiera esa posibilidad.
—Sol.
—Me enojaré contigo si sigues con esa mentalidad.
—Déjame explicarte. Es lo que calculaba, me da...
Me daba miedo dejar entrar a las personas, probablemente aún me pase.
No me gusta que la gente me conozca, no estoy acostumbrado a recibir ayuda.
—Carraspea—. Cómo te dije, mi papá se fue con su otra familia, no tengo hermanos y mi madre trabajaba todo el día, de toda la vida me he acostumbrado a hacer cosas sin ayuda y solo.
Diría que, de hecho, no estoy acostumbrado a recibir cumplidos o a hablar seguido con alguien como lo hago contigo.
Es difícil si me pides de un día a otro que crea en que las cosas brillantes pueden pasarle a alguien tan común como yo, pero lo estoy intentando, porque si lo dices tú debe ser verdad.
—Te quiero, Cooper. Eres la única persona que no sabe que naciste para ser grande.
—O puede que tú seas la única persona que lo piense.
Pero significas mucho para mí, Sol. Tú en mi vida es como...
bueno, como el Sol. —Se ríe—. Si tú lo dices, me haces creer que puede ser realidad.
Voy a las entrevistas, busco castings , practico, todo porque de verdad odiaría que perdieras el tiempo conmigo.
—No lo estoy perdiendo. Solo, ya sabes, cómprame un departamento en Nueva York cuando te hagas rico y famoso.
—Oye. —Se carcajea—. Te abro mis sentimientos y me manipulas por dinero.
—Soy buena, pero no soy tonta, Cooper. Te diré la verdad, solo te hablo para aprovecharme de ti cuando tengas a Hollywood comiendo de tu palma.
—Te ayudaría en lo que quisieras si eso pasara.
—Cuando. Cuando pase —lo corrijo.
—Haría lo que sea por ti. Solo quiero que sigamos siendo amigos, y protegerte del mundo de depredadores alrededor que busca un ciervo como tú.
—No me digas así.
—¿Y cómo te gustaría que te diga?
—Duquesa —bromeo.
—Vale, princesa.
—Más que eso, soy como, un dragón o algo así. Tú me conoces, estoy un tanto dañada. Solo necesito reconstruirme.
—No estás rota, Sol.
—Necesito sanar.
—No estás enferma, Sol.
—No he sido esta chica salvaje y atarantada toda la vida, Cooper, yo sé que a nivel personal he sido desastrosa últimamente. Soy consciente.
—Una tormenta no pide permiso para ser una tormenta.
—Pues soy una horrible tormenta. —Río.
—¿Y qué? A mí me encanta la lluvia.
Respiro hondo. Tengo sueño. Dejo que el silencio llene mi cuarto. El aire fresco hace que me tape con una sábana.
Observo el teléfono, estoy tan relajada cuando hablo con él.
—Hay una razón, ¿sabes?
—¿Una razón?
—Por la cual las peores tormentas llevan nombres de personas.
—Debieron ser personas tormentosas —bromeo—. Además, te estás refiriendo a los huracanes.
—Hay personas que son como huracanes, Sol. Hay quienes entran a tu vida solo para sacudirte, mover de lugar cada centímetro de ti y cambiarte para siempre.
—Me dan miedo esas personas, entonces.
—Yo creo que a mí me caen bien.
—¿Quieres que alguien destruya tu ciudad?
—Quiero conocer a alguien tan única que haga temblar los cimientos de todo lo que creo conocer.
—En definitiva estás loco.
—Soy real. Eso me hace parecer loco en este mundo de falsos.
—Sí, llámalo como quieras, Cooper.
Ese momento, ese lapso de mi vida, la vida en los últimos días de los diecisiete, sigue siendo un misterio para mí.
A día de hoy, no entiendo en qué callejón de la soledad murió mi adolescencia.
No sé en qué cajón del olvido desapareció mi inocencia ni con qué ojos veía todo antes de dejar de ser consumida por la libertad de creer que la bondad está en todos lados.
Siendo sincera, no estaba prestando atención.
Estaba tan vacía y sola que buscaba refugio en la droga.
Aquella que hace a los hombres ir a la guerra y a las mujeres dejar sus hogares, la que deja a los jóvenes despiertos en la noche, la que hace arremeter de rabia a los ancianos.
Solo estaba buscando que alguien me dijera que me amaba, porque desde que murió Isaac, no lo volví a oír.
Sabía algo en ese entonces, no recuerdo qué. Sabía secretos y trucos que olvidé apenas el reloj marcó las doce. No los he vuelto a recuperar. Ni siquiera puedo imaginármelos.
Yo solía ser libre.
Algo había en tener diecisiete que era magia pura inyectada en las venas y la perdí.
Yo me perdí.