11. Escena
ESCENA
DIECISIETE AÑOS
Dime con quién andas y también dime quién eres.
Cada vez que hablo con Cooper, llego a la conclusión de que él podría hacerme mucho daño.
Porque puede verme.
En su totalidad.
—Me gusta el calor —comenta Cooper.
Suelto un suspiro. Estamos en su cuarto, cada uno con su laptop abierta, escuchando música deprimente.
Hace calor, a veces hay días donde simplemente sale el sol y últimamente estamos juntos. Normal, no tenemos más amigos. Tampoco quiero hacer más, tengo a mi mejor amiga, pero no solemos hablar mucho desde que dejé de salir.
La verdad es que desde que murió mi hermano no he querido salir a ninguna fiesta, evento o siquiera salir de casa.
Solo voy a la universidad y regreso. Esta es la primera salida "normal" que tengo en meses, solo porque noté que Cooper necesitaba hablar de algo serio.
Su carga es pesada, es él quien cuida a su madre la mayoría del tiempo. Tiene sus revisiones con el médico anotadas en el calendario en su pared. No digo nada.
Yo tengo el diario de mi hermano en mi mochila. Todos los días. Lo habrá visto alguna vez cuando acomodaba mis cosas en la biblioteca. Tampoco ha dicho nada.
La verdad es que Cooper y yo somos actores de puta madre, somos innatos y perfectos. Nadie que no nos conociera diría que estamos...
—Me he sentido mejor últimamente, el sol, algo tiene el sol que me devuelve a la vida —agrega Cooper.
Que estamos nublados. Casi todo, todo, todo el tiempo.
Ya no era tan enérgica como cuando lo conocí, supongo que se me cayó la máscara. Él no era ya tan suelto como cuando me conoció, supongo que porque uno no puede mantenerse en personaje por siempre.
Por muy bueno que sea un papel, en algún punto, dejas ver quién eres a través de la actuación, así sea solo un segundo.
Nos estaba yendo bien en las clases de teatro. Y las materias. Somos unos nerds .
—Yo prefiero el frío y la lluvia, al menos ahora —admito.
Él observa el clima hermoso a través de la ventana, sentado en el escritorio. Yo tengo mi laptop en mis piernas, acomodada de forma rara en la punta de su cama.
—Ya se te pasará.
—Eso no tiene sentido.
—Eres una persona de verano en el fondo de tu corazón, yo lo sé. —Ríe—. Te gustan las flores amarillas, la playa y los alfajores congelados. Por favor.
—¿Cómo sabes tanto de mí? Somos amigos hace como, un par de meses.
—Estoy mal de la cabeza.
Eso me hace reír en alto.
—¿Puedo decir algo... Incómodo que arruine por completo la vibra calmada que traemos e interrumpa nuestro estudio de ya tres horas?
—Por supuesto, Sol.
—Tú le hubieras caído bien a mi hermano. Y hay momentos donde solo pienso... Que ojalá se hubieran conocido.
Él se quita las gafas, deja por completo lo que estaba haciendo, cerrando su laptop al levantarse de la silla. Un pequeño pánico se instala en mi pecho pensando que no debí decir eso, pero él se sienta a mi lado.
No me abraza, no me gustan los abrazos sin preparación. Solo posa su mano con calma en la parte superior de mi espalda.
—¿Quieres hablar de eso, Sol?
—No.
—Lo entiendo.
—¿Tú quieres hablar de tu madre?
—Bueno, ella está mejorando —dice con calma—. La verdad es que este año está siendo excelente para ella, y bueno, se ha calmado al ver que me he puesto a estudiar números y no actuación —bromea, haciéndome reír—. Tan dulce, cree que tú eres buena influencia, si supiera...
—Es normal, es una señora mayor y tú un rarito. Pero, ¿qué? ¿Los raritos no pueden tener éxito? Se le pasará cuando llegue tu primer cheque.
—Si tú lo dices, Soledad.
—¡No me digas así! Tonto.
—Lo he dicho a posta para molestarte. —Sonríe—. Mi madre me ha dicho que no te pega nada el nombre, y luego se ha meado cuando le dije que el segundo era Clemencia.
—¡Dijiste que guardarías el secreto!
—Se me escapó.
—No debería confiar en ti.
—Lo intento, pero a veces la cago, Sol. No soy perfecto.
—Aún. Cuando seas el mejor actor de nuestra generación, ya ahí tendrás dominado todo esto.
—Me temo que no lo vaya a tener dominado nunca, yo soy muy... Lento e idiota con algunas cosas a veces.
Mueve su mano suavemente en mi espalda. Me pregunto si nota que sigo estando tensa.
—¿Siempre tienes el diario contigo? —cuestiona.
—Siempre. Me asusta salir sin él, no tenerlo conmigo —digo, no refiriéndome al diario, tristemente—. Supongo que por eso ya no salgo demasiado. Sería raro ir de viaje y tener esto en la maleta constantemente.
—No creo que sea raro.
—Es solo que, es como tener sus consejos y sus pensamientos todo el tiempo. —No me doy cuenta de que mis ojos empiezan a humedecerse—. El muy idiota habló tanto sobre los diecisiete años solo para... Para... Para...
—Está bien, no tienes que forzarte a decirme.
—Gracias. —Respiro hondo—. Es solo que, sin Isaac, me siento sola.
Es decir, tengo a mi madre, pero nunca nos llevamos bien, y bueno, ella está lidiando con el duelo también, son momentos tensos en casa, aunque creo lo superaremos.
Además de ella, solo hablo contigo y con Terrence.
Tengo un par de amigas más, pero no es lo mismo.
—Entiendo.
—¿Por qué has puesto ese tono? Es el que pones cuando algo te preocupa.
—Terrence es nuestro profesor, Sol. Y tú eres menor.
—Solo por un par de semanas más.
—No quiero que te hagas más daño, creo que ya ha pasado por suficiente dolor.
—Estaré bien, mi mamá dice que el tiempo lo arregla todo. —Fuerzo una sonrisa—. Hablando de eso, debería irme. Le prometí estar allí para la cena.
—Adelante.
—Dile a la señora Cooper que gracias por recibirme y por los postres.
—Se lo diré. ¿Te acompaño a tu casa? Es algo tarde.
—No, no. Estoy bien. Necesito pensar a solas, me hará bien la caminata.
—Si te soy sincero, me da miedo lo que puedas pensar cuando no estás del todo clara. Siento que este es un momento donde no deberías estar sola.
—Se me da bien la soledad. —Guiño.
—Eso no significa que deba ser así. —Toma mi mochila—. Anda, vamos a tu casa. Te dejo a una cuadra o dos si quieres pensar, pero es de noche, no es seguro.
Estamos en la clase de teatro, Terrence nos ha puesto a hacer una escena del libro clásico Baile Inolvidable. Dos compañeros más, Cooper, y yo.
Cuando Terrence no está, Cooper le hace un chiste idiota a la chica con la que está participando. Se supone que él es el interés amoroso, ella una tal Alma. Pero Cooper no consigue concentrarse y yo sé que esa compañera le cae mal.
—Me sorprende que, con lo introvertido que eres, le hubieras dicho que a esa chica ese chiste doble sentido —susurro, casi en un tono de regaño.
—Disculpa, estaba nervioso. A veces cuando lo estoy, digo cosas sexuales o chistes intensos de mal gusto. Me ayuda a sentirme en control.
—Decir que la clase no es la única dura no es gracioso, eh.
—Te reíste, Sol.
—Es que me tomaste desprevenida. —Me río cruzando los brazos sobre mi pecho—. Como sea, no lo hagas.
—Te prometería que ya no lo haré, pero se me dan mal las promesas.
—Como sea, anímate. Estás haciendo mal la escena, espabila. Sé que puedes hacerlo mejor.
—No quiero besarla. Además, odio besar cuando gente me mira, siento que no lo hago bien.
—Eso sonó supervirgen —me burlo.
—De sonar, creo que siempre sonaré así sin importar el paso del tiempo. Soy una persona distinta en público y en la cama.
Se da cuenta de lo que ha dicho de forma tan casual solo cuando mi reacción lo devuelve a tierra, Cooper se pone rojo, pero extremadamente rojo en un segundo.
—No, espera, era un decir...
Me carcajeo tan alto que casi me asusto a mí misma.
—¡No, no, en serio no quise decir eso!
—¿Tú inventaste el sexo? —bromeo, Cooper se pone más rojo, no creí eso fuera posible. Parece que va a morir.
—Te odio.
—Hmm, odiarme a mí es como odiarte a ti. Piénsalo.
—Eso no tiene sentido.
—Tú no tienes sentido. —Le saco la lengua.
—¿Sabes qué? Sí, yo inventé el sexo. Como digas.
—Como digas, Christian Grey .
—Bueno, continuamos —exclama Terrence al entrar al salón—. Soledad, pasa al centro, por favor.
Hago la escena. Se me da bien, puedo fingir y no me genera nervios estar cerca de desconocidos, canalizar a través de ellos el amor que le tengo a alguien.
Luego vuelve a ser el turno de Cooper, Terrence le reclama que no sabe cómo corresponder de forma física la escena. No sabe seguir la coreografía que supone estar en un encuentro romántico. Y la verdad es que Terrence tiene razón, Cooper necesita tenerse más confianza.
Hay un gran artista dentro de Cooper, lo veo. Cada día mejora, tiene todo para ser una superestrella y, cuando digo todo, es todo. Solo falta que él lo descubra, es como si tuviera encerrada a su versión más exitosa en su caparazón de limitaciones mentales.
Lo que él no sabe, es que es un artesano puro, puede crear arte de cualquier elemento que le des.
Lo he visto escribir guiones y poemas. Lo he visto dibujar.
Cantar. Bailar. Componer. Actuar. Puede hacer lo que sea con lo que sea.
Solo que no se ha dado cuenta todavía de que aquello también aplica para sí mismo.
—No, Malek, te ves muy poco expresivo. No sé qué es lo que intentas hacer con la mirada, pero pareciera que te están obligando —resalta Terrence, acercándose y remarcándole un párrafo del texto donde habla de lo que hace su personaje—.
A ver... —Mira alrededor de la clase, solo hay dos chicas por ahora—. Soledad, ven un segundo.
Me levanto de mi asiento, le sonrío a Cooper y él suelta el aire contenido en su pecho.
Terrence se aleja del centro del salón, dejándonos solos, frente a frente.
Yo repaso mentalmente los diálogos, este libro no me gusta mucho, pero es muy reconocido por su adaptación cinematográfica en el siglo pasado.
—«El señor Malcon Cipher entra a la iglesia y ve a Alma Gioia vestida de negro.
Sabe que está mal hablarle y siquiera mirarla —cita Terrence en voz alta—.
Pero no puede contenerse». —Chasquea la lengua—.
Esa es la clave. Todos ustedes actúan como si quisieran hacer una escena romántica, no es una escena romántica, es algo más siniestro.