Arte para no artesanos 10. Eclipse
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10. Eclipse

ECLIPSE

Ojos que no ven, bruja que lo presiente.

LUNA

Nunca esperas nada malo de las personas a las que amas.

Teníamos veintidós años y estábamos en el último año de la universidad. Luego solo faltaría la tesis, nos reuníamos en la casa de la familia Gómez a hablar de cómo íbamos con esos temas. Terrence, mi novio de hace años, ya tenía su tema listo mientras que su mejor amigo y yo aún no nos decidíamos.

Isaac siempre fue muy listo, pero no estaba muy metido en el arte. A veces sospechaba que solo se juntaba con nosotros por costumbre, y bueno, porque así podía acercar a su hermanita un poco al mundo del teatro.

Pasábamos las tardes en su casa, era cerca de la universidad y tenía mejor internet. Terrence revisando su marco teórico, Isaac escribiendo en su diario y yo preparando café mientras intentaba mantener al grupo con ánimos. Aunque, la verdad, éramos más bien como un club de eternos aburridos.

Saqué mi pilón de hojas impresas de mi mochila, tenía un libro que editar. Cada uno estaba inmerso en papeles a su manera, todos excepto...

—¿Qué es eso? —preguntó la hermanita de Isaac—. ¿Puedo leerlo?

—No es apto para niñas de quince —la regañó su hermano.

—Oh, lo siento —respondió cohibida.

—En realidad, no puedes leerlo porque ahora está hecho un desastre. —Sonreí con amabilidad—. ¡Soledad! Has crecido bastante estos meses, te ves más alta.

—Son solo los zapatos.

—Te ves más bonita también.

—He aprendido a maquillarme.

—Tu ropa está preciosa. Estás deslumbrante.

Me regaló una sonrisa de labios sellados, la realidad es que se veía aún como una niña. Pero nos llevamos siete años, casi ocho, siempre la vería como una niña. Eso sí, se estaba convirtiendo en una jovencita brillante.

Terrence, por primera vez en horas, levantó la mirada de la pantalla para fijarse en Soledad. La escudriñó y asintió ante mi comentario.

En su momento, no me pareció raro.

—¿Puedo ayudarles en algo? —preguntó con timidez.

—Solcito, son trabajos de tesis y correcciones editoriales —explicó Isaac en un tono dulce—. Aún no puedes ayudarnos en estas cosas.

—No seas así con ella, anda, ven aquí —la llamó Terrence, palmeando la silla a su derecha—. ¿Quieres leer en lo que estoy trabajando?

A ella se le llenaron los ojos de estrellas. Isaac miró a Terrence con cierta extrañeza y yo me aclaré la garganta.

—No, a esta edad deberías estar jugando fuera y perdiendo el tiempo, ya tendrás momento para lo aburrido —contesté—.

Ve a ver una película o... —Abrí mi bolso—.

Tengo una entrada para una obra teatral hoy, es de una amiga y me la regaló para ir, pero no creo poder llegar a tiempo por el trabajo.

—Hurgué entre mis cosas—. ¡Mira, justo aquí!

La obra «Eclipse» no era más que una pequeña presentación escolar creada por mi mejor amiga que es profesora. Pero sería algo más apropiado que Soledad pasando su tarde encerrada con nosotros.

Me preguntaba por qué siempre estaba tan aislada y oculta, tenía un mundo aún colorido allá afuera.

Éramos unidos, al menos Isaac y Terrence lo eran. Tenían una foto juntos sacada del quinceaños de Soledad puesta en la repisa del comedor. Se la veía a ella con su vestido blanco de fondo.

—Puedo llevarte en el coche un rato si quieres ir —informó Isaac—. Déjame busco mi saco.

—¡Sí! —Saltó Soledad de la emoción—. Voy por mi gorro.

Ambos hermanos subieron al piso de arriba, yo suspiré contenta y observé a Terrence. Él no me miró.

Bajé la atención a mi manuscrito, todas esas frases románticas inspiradas en él y ya ninguna que sonara coherente. Me cuestionaba si era algo común, si con el pasar de los años el fluorescente romance de la adolescencia se tornaba un poco más opaco.

O si simplemente el sol en nuestra relación había sido eclipsado por completo. No lo dije. Eran épocas de estrés universitario y sabía mejor que nadie cómo se ponía Terrence cuando estaba estresado.

Resalté una frase de amor en mi manuscrito. Sintiéndome una mentirosa. Hay una sensación extraña cuando lees algo que tú misma creaste sobre alguien y te das cuenta de que de ese príncipe azul no queda nada, si es que alguna vez existió. Es como si me hubiera imaginado su existencia.

¿Necesitaba tanto estar inspirada que tomé de musa al primer idiota que posó junto a mi lienzo?

No. No. Terrence es un novio excelente, era solo una mala racha. Debía serlo.

—¿Quieres ir a por un postre cuando ellos se vayan? Le traemos un regalo a Isaac —ofrecí.

—Me gusta la idea. —Asintió.

Me senté a su lado, él puso su mano en mi pierna y me acarició con suavidad, en definitiva estaba sobrepensando demasiado. Le di un beso corto en la mejilla.

Ambos íbamos a volver a nuestras actividades cuando los Gómez bajaron del segundo piso. Soledad traía un abrigo de lana y una falda rosa corta. Isaac la guiaba con una mano en el hombro como si se le fuera a perder si caminaban muy lejos. La trataba cual si estuviera hecha de cristal quebradizo.

Salieron por la puerta principal. Pillé a mi novio siguiéndolos con la mirada, enfocándose en Soledad, en su cabello, en su... ¿Media fina? ¿Calentadores?

Ella también lo miró fijamente al despedirse con la mano. Se permitió ese instante, tanto que el frío externo llegó hasta nuestros rostros.

Eso... ¿ Fue raro ?

—¿Pasa algo? —cuestioné.

—¿De qué hablas?

—Terrence, de cómo los estabas mirando.

—Ah, nada, estaba fijándome en Isaac, me gustó su abrigo —balbuceó.

Se sintió raro.

—¿Isaac?

—Sí, ¿Por? He oído los compra en línea, ¿tú lo has probado ya? —sabía que me estaba cambiando de tema.

—No, aún no.

Pero evité hacerme ideas. Estaba enloqueciendo y mi drama emocional me hacía imaginar cosas donde no existían o bloquearme en la corrección de mis propios trabajos. Bebí un largo sorbo de mi café.

Ni con eso pude quitarme ese sabor extraño de la boca.