6. Club De Teatro #2
Cooper hoy está vestido de rosa, se ve tierno y pequeño pese a que sea más alto que yo. Tengo un ligero momento de lucidez donde me gustaría ser menos irritable y desafilar mi lengua.
—Es un musical de Broadway, llegué a la segunda vuelta de selección —me lo cuenta bastante orgulloso.
—No sabía que te gustaban.
—Soy fan. No tanto para mí, yo preferiría ir hacia otro tipo de actuación, pero una oportunidad es una oportunidad. E incluso si no funciona, es experiencia.
—¿Cantas? ¿Bailas?
—Puedo aprender. Rápido.
Su tono despierta la maldad en mí, es como si uno de sus ángeles conociera de primera mano a uno de mis demonios.
—Pfff, suerte con eso.
La felicidad se desploma de su rostro.
—¿Por qué estás tan insoportable últimamente? ¿Qué te he hecho? ¿O esta es la verdadera tú?
—Siempre he sido así.
—No, antes eras menos una bully aburrida y más alguien con quien se podía hablar.
—Aún se puede hablar. Estás hablando conmigo.
—Porque espero que entres en razón.
—¿En razón de qué?
—De que estás asesinando tu alma.
—¿Sabes qué? Esta conversación no tiene sentido.
—Tú no tienes sentido, Soledad. Y ser así te va a dejar más sola de lo que ya estás ahora rodeada de todo tu mundo falso.
—Deja de intentar ser una especie de guía espiritual para mí. No eres nadie y nunca te pedí un solo consejo. Estoy cansada de que cada vez que hablamos trates de meter tus opiniones sobre qué debería hacer conmigo misma.
—Intenté ser tu amigo. Ayer, por ejemplo, lo único que quería era estar solo para leer mi guion. Lo cual no me dejaste hacer. No sé qué problema tienes conmigo, pero te está carcomiendo desde dentro.
—Haz un favor a todos y vete. Del club, de la biblioteca, de mi vista. No me gusta lo que representas.
—¿Una persona con valores? ¿Con pensamientos claros? ¿Qué tan mal debes estar para querer que todos seamos igual de miserables que tú?
Trago saliva, busca hacer contacto visual, pero le desvío la mirada.
—Suerte en tu audición, Cooper. La necesitarás.
Él me observa con cierta tristeza.
—Espero que algún día recapacites, Soledad.
Y no sea demasiado tarde, yo... yo... quizá soy un idiota que cree en la luz de las personas y juraba que conocí a alguien que vale la pena el primer día, pero veo que ya no queda nada.
Peor aún, quise creer por mucho tiempo que no eras tú, que eras influenciable.
Me temo que no. Que simplemente eres artista de tu propia oscuridad.
—Qué poético.
—Me quedé en el club solo para protegerte porque tenía miedo por ti, entiendo que eres igual que todos aquí, detestas ver a las personas intentar seguir sus sueños porque no tienes los ovarios de hacerlo.
—Aww, me harás llorar.
—No sé si siento lástima por ti, porque estés tan llena de mierda, o por mí, por haber creído que eras inocente y haber estado dispuesto a darte la mano.
—Si estabas enamorado de mí solo dilo, eh. Es más fácil aceptar un rechazo de esa forma.
Eleva la cabeza por primera vez en quizá todo el tiempo desde que llegó. Sus ojos se encuentran con los míos, sin el cuadro de sus lentes alrededor, son mucho más intensos.
Frunce los labios, luego una sonrisa ilumina su rostro. Su mirada es como la de quien mira a alguien en su lecho de muerte.
—Nunca me enamoraría de alguien como tú, pero, ¿sabes qué? Cuando nos conocimos, pensé que íbamos a ser amigos. Realmente lo pensé. Ese es todo el misterio detrás, Soledad. Estaba dispuesto a ayudarte porque iba a ofrecerte algo que se ve que no tienes y no valorarías: Una amistad sincera.
—Una amistad —repito con sarcasmo.
—Si nadie en tu vida te está diciendo que estás haciendo todo mal, es que no tienes amigos de verdad. Pienso que eres alguien talentosa, pienso que eres más que esto.
—Tengo bastantes amigos.
—Estás rodeada de gente a la que no le importas y, siendo honesto, lamento eso. Me enseñaron que todos merecen una segunda oportunidad, así que...
Tener a Malek iba en contra de lo que apoyaba en ese momento.
No podían coexistir él y mi autodestrucción.
Es el tipo de persona que siempre intenta salvarte.
—Me da igual ser tu amiga, ¿crees que no me doy cuenta de lo que dices entre líneas? Te crees superior a mí, en todo, y últimamente en lo moral. Me hartas.
—Yo nunca he dicho ni insinuado nada de eso.
—Te conozco, Malek Cooper.
—No me conoces un carajo y, si lo hicieras, jamás dirías algo así de mí, ¿qué soy en tu cabeza? ¿Esta clase de supervillano horroroso que te mira por debajo del hombro y solo repite que eres insignificante al lado?
—No. Pero eres el niño prodigio, lo sabemos. El inteligente, el creativo, el reservado, el cuidadoso hombre de oro que nunca comete errores y nunca hace nada mal. No te has manchado ni una sola vez de un poco de vida, eres totalmente plano.
—No sé con quién estoy hablando ahora y eso me preocupa.
—Evita pensar que somos lo suficientemente cercanos como para ello, que sea la última vez que te preocupas por mí. Nosotros nunca fuimos amigos.
Tarda un rato en contestar.
—Lo prometo.
—Para que sepas, nunca me caíste bien, incluso al inicio.
Solo te hablé porque me diste pena, tuve un cargo de consciencia —miento, sin saber por qué, porque puedo y ya.
Porque quiero decir algo, porque él ha dicho cosas muy acertadas sobre mí que no sé cómo rectificar—.
No tienes carisma, alguien tenía que darte un empujón. Si no cambias, nunca llegarás a nada.
—Te agradezco por ello de igual forma, fueran cuales fueran tus motivos. Valoro lo que hiciste por mí.
—¡Deja de ser tan falso, por Dios! Ni siquiera ahora te quitas la máscara de chico bueno.
—¿Se te ha ocurrido, quizá, que simplemente soy un chico bueno?
—Seas quien seas. No vuelvas a meterte en mi vida, en mi carrera y mucho menos opinar sobre mi relación.
—Como quieras, Soledad. Solo pienso en que te vas a arrepentir por el resto de tu vida de escoger a Terrence sobre...
—¿Sobre un tonto club? ¿Sobre la magia de la amistad? —Río.
—No. Sobre ti.
—Eres un iluso, Cooper.
Mira al suelo, tiene las manos en sus bolsillos y parece que lucha consigo mismo para no hablar, pero lo hace.
—Si en algún momento necesitas ayuda, tienes mi número.
—Madre mía, el superhéroe.
—Lo digo en serio. Si en algún punto realmente llegas a caer tan bajo que no puedes levantarte, trágate tu orgullo por una vez en la vida y llámame.
—Piérdete. Y borra mi número.
Deja escapar un suspiro.
—Ojalá te cures.
Da media vuelta hacia la biblioteca de nuevo. No lo sigo, no le hablo ni lo analizo.
Pienso: Un problema menos.
Al día siguiente, el decano citó a Terrence a su oficina. No fue el fin, solo el detonante de la explosión. Recuerdo esa semana entera a detalle.
La semana en la que Malek renunció al club.