Arte para no artesanos 5. Estrella #3
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5. Estrella #3

El restaurante es bastante elegante y él encaja perfecto. Es cálido, cómodo en especial, teniendo en cuenta que afuera la brisa es fresca e intensa. Hay grandes nubes oscuras en el cielo, pero adentro es todo dorado.

Nos llevan cerca de un ventanal, tres copas vacías sobre la mesa. Me arrepiento de aceptar esta invitación.

—¿Saben qué van a escoger? —pregunta Malek—. No se preocupe, profe, yo pagaré su consumición.

—Oh, no quise quitarles el menú a ninguno... —Gira la cabeza—. Denme un segundo, traeré otro.

—Le doy el mío.

—No, no, despreocúpense.

Estiro el brazo para servir la botella de vino, él la agarra primero.

—¿Viniste solo a molestarme? Se nota que ibas a decir que no.

—Sí, Soledad, vine solo a asegurarme de que no seas feliz. —Sirve su copa—. ¿Eso es lo que quieres oír?

—Quiero que dejes de ser falso.

—Soy la persona más real que has conocido en tu vida. —Los mozos nos traen dos platillos de entrada, interrumpiendo nuestra conversación—. Lo que pasa es que no aceptas que estás equivocada.

—Oh, yo, claro.

—Sí, tú.

—Eres un hipócrita.

—No. Yo siempre tengo razón, lo que pasa es que a veces no tengo razón todavía.

—¿Y qué intentas hacer ahora? ¿Que llore? Ridículo.

—Eso no estaría mal. —Se lleva la copa a los labios.

—¡Chicos! —La profesora regresa corriendo—. Tengo una emergencia social, debo irme ahora mismo. Lo lamento tanto... —Toma su bolso—. ¡Será otro día!

—¡Espere! —exclamo, pero ella ya ha cruzado la puerta, me giro hacia Malek, alterada—. ¿No deberíamos seguirla? Es una emergencia.

—Emergencia social —aclara él.

—¿Eso qué significa?

—Hmm, tal vez alguna amiga volviendo con su ex. —Se encoge de hombros—. En fin, parece que nos han dejado a solas. Si quieres puedes acabarte el platillo e irte.

Está lloviznando fuera, el cielo está gris y hay algo de viento. Saco mi teléfono para pedir un Uber, pero gracias al clima no tengo señal.

—Esperaré a que escampe.

—¿No checaste el pronóstico? Habrá tormentas hasta el finde. Empieza… —Observa las gotas grandes caer sobre la acera—. Justo ahora. Pídete un coche.

—No funciona. La tormenta arruina la señal.

—Oh, qué pena. —Hace un puchero—. Bueno, yo vine en mi auto, así que ya me voy.

Tomo una larga respiración. Malek se aleja hacia la puerta, pero regresa sobre sus pasos.

—Sol...

—¿Qué quieres?

—Hacer una pregunta.

—Dime.

—¿En serio no tienes como volver al hotel?

—Teniendo en cuenta que los taxis tampoco están trabajando y no hay alguno cercano, no. La verdad no.

—Vale, pues yo solo volví a decirte que pagué el vino y demás, ya sabes, mi acto de caridad del día. —Se acomoda el saco—. Bueno, suerte de regreso, no te mueras; pero, si te vas a morir, te conviene hacerlo ahora, así te buscamos un reemplazo rápido en la peli. Arrivederci .

Seguí intentando encontrar cómo regresar, no tenía muchas opciones y, siendo sincera, tampoco mucho dinero conmigo.

Esperé a que pareciera que la lluvia no iba a destruirme y salí, no tenía datos, pero sí el mapa guardado. Caminar quince cuadras inundada no puede ser tan catastrófico.

Aprovecho no haber traído sombrilla, gorro o ropa apta para la ocasión y utilizo este instante horrendo en desahogarme. Mi máscara de pestañas no es a prueba de agua ni de lágrimas.

Me siento muy sola. Muy pequeña. Muy patética.

Nunca creí merecer una oportunidad y estos días solo me recuerdan cada vez más que quizá no lo hago. Que puede que las voces en mi cabeza tengan razón.

«¿Qué estoy haciendo, además del ridículo?».

Yo no nací para ser una estrella. No recuerdo la última vez en la que me sentí segura y mucho menos querida, mucho menos por mí.

Lloro todo el camino al hotel, por esto, por el día, porque me duele el cuerpo, la cabeza. Siento que me cayó mal la comida tanto como me cayó mal crecer toda la adolescencia esperando que alguien me salvara del monstruo que era.

El único arte que me sale bien es el de hacerme daño.

La vista se me despeja al llegar, decir que estoy empapada es quedarse corta, el agua cae incluso de mis orejas. Tengo los brazos cruzados sobre mi pecho, los dedos temblando del frío.

Siento que mi pecho está vacío, no me queda corazón o esperanzas.

Y justo cuando creo que el infierno no puede volverse peor, satanás está sentado campantemente en el lobby .

Tengo el presentimiento de que estaba esperando a que llegara y no sé si eso me parece una pizca de humano o me provoca escalofríos.

Dejo un charco en la alfombra apenas entrar, bajo la mirada a mis pisadas sucias en el suelo. Malek hace lo mismo.

Se levanta del sofá, estira sus brazos y cuello como si quisiera despertarse a sí mismo. Se le escapa un bostezo antes de caminar lento en mi dirección.

No hace contacto visual hasta estar a menos de un metro, me escudriña de pies a cabeza. Su sonrisa se ensancha, su lengua remoja sus labios.

—Te ves realmente mal, no hay luz en tu mirada. —Finge contener un gemido, se muerde el labio y arruga las cejas—. Esto es mejor que en mis sueños —me susurra al oído.

—¿En tus sueños follamos? Eso es triste.

—No. En mis sueños siempre te ves así de miserable, eso me pone.

Tras esa declaración, se aparta como si nada, guiña y da vuelta hacia el elevador como si nada hubiera pasado.