Arte para no artesanos 4. Ensayo #2
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4. Ensayo #2

La razón por la que Malek me altera tanto es porque estar cerca suyo me recuerda a la universidad y aquello me recuerda a Terrence.

Oír un estruendo hace que salga del baño apresurada, pero al salir, no parece que nada haya cambiado. Malek está en el mismo sitio que antes, ahora sin su abrigo.

—Oye, Soledad, ya lo pensé y me di cuenta de que fui muy duro contigo. —Carraspea—. Te daré una de mis almohadas.

—Qué amable. Pero, ¿dónde voy a dormir yo?

Escudriño la Suite . Juraría que había un mini sofá por aquí hace un par de minutos.

—En el piso.

—No voy a dormir en el piso, Malek.

—Vale, en el suelo, como le quieras decir. A ver, también podría ser en la cama rota pero ya sabes... podría uno de los hierros atravesarte las costillas.

—Sabes que puedo colarme en tu cama, ¿cierto?

—Si quieres acostarte conmigo, solo debes decirlo. Pero te advierto, la lista es larga. Y yo no estoy demasiado interesado.

—Ridículo.

—Oye, iba a hacerte el favor. Pero vale, ahora con menos razón voy a dejarte ocupar mi mismo colchón.

—Deja de ser infantil, Malek.

—Deja de creer que el mundo gira alrededor tuyo, Soledad. Nunca lo ha hecho. Tengo una pareja y no voy a faltarle el respeto así, aunque asumo que tú no sabes mucho de ello, nunca lo has experimentado.

¿Este es el mismo idiota que me dijo que nunca había tenido ex? Si lo pienso así, me dijo que no tenía ex. No que no tenía pareja. ¿Eso tiene sentido? No. Me está mintiendo, solo quiere jugar con mi mente.

—Pierde tu relación, me importa una mierda.

—¿Tan rápido me quieres solo para ti?

—Sí, quiero salvar a esa pobre mujer de seguir estando contigo.

—Hmm, suena a que estás celosa.

—Jódete.

—Digas lo que digas, no cambiaré de opinión, arréglatelas, Princesita. No todos tenemos que acomodar nuestras vidas a ti y yo sin duda no lo haré. —Arroja con suavidad una almohada que rueda hasta mis pies—. Que descanses, solo estás celosa porque alguien me quiere. No puedes decir lo mismo.

Malek me guiña, estira el brazo y baja el interruptor de la luz.

El ensayo es a primera hora de la mañana, aún no tenemos nuestro vestuario puesto, solo un grupo de personas alrededor nuestro mientras mis zapatos se hunden un poco en la paja del piso.

Ya hemos leído el guion, completo, en especial esta sección, pero es diferente cuando es en una mesa a cuando tienes a tu co-estrella en frente. No ayuda que mi personaje sea tan... tan...

—¿Te han dicho que tienes música en los ojos?

Tan romántica. Tan enamorada del protagonista. Y tan personaje femenino con la necesidad de ser rescatado por el malote millonario pueblerino.

Malek se ha quitado la barba por completo, incluso los pocos pelos que le quedaban a los costados. Se ve joven, se ha quitado como cinco años de encima y eso me recuerda que tenemos casi la misma edad.

Está parado frente a mí, imponente, dominante, irritantemente arrogante. No me mira a la cara la mayoría del tiempo, se la pasa actuando como un príncipe encantador con las coordinadoras y pegado a su teléfono cuando está apartado.

Es monstruoso, al menos yo lo veo así. Sin embargo...

—Solo me lo has dicho tú, Alma mía. —Su sonrisa tímida se tuerce, su mirada se entrecierra y su tono se suaviza—. Y, si soy sincero, tú eres la única de la que quiero oírlo.

—¿Cumplidos?

—Palabras. Si pudiera, solo hablaría contigo por el resto de mi vida.

—Grandes palabras. Cualquiera diría que estás enamorado de mí.

—Uf, entonces es que no lo he dejado lo suficientemente claro, Alma.

Es una máquina para actuar. Cambia quién es de un segundo a otro. Se pone y quita máscaras a su antojo, es aterrador.

—Llevamos... Seis años siendo amigos, tengo claro que me...

—Lo estás haciendo mal —susurra lo suficientemente bajo como para que los que están alrededor nuestro no lo oigan, no sé cómo logró hablar a través de su sonrisa.

Me desconcentra por completo, si no tuviera tan tatuado que quiere sabotearme, diría que aquello acabo de imaginármelo. Paro abruptamente el diálogo, afectada por su descaro, pero solo notan que yo me detuve, no que él me provocó.

Los demás actores me miran fijo, no sé si molestos o con compasión.

—Ejem... ¿Podríamos volver a intentarlo? Lo siento.

—Tranquila, adelante —insta el director—. Por cierto, al empezar el diálogo, Malek, ¿podrías acercarte más a ella? Recordemos que él ha pasado todo el verano sin verla, está sediento por su presencia.

En los segundos en donde el ensayo es interrumpido, Malek no me presta atención, como si no existiera. En el fondo, eso me tranquiliza.

Asiente, le sonríe al director y retrocede unos pasos para rehacer la escena.

Yo analizo cada detalle, lo admito y lo odio: intento aprender de él, porque considero inhumano que la persona que hace un día estaba prometiendo a los dioses exterminarme, ahora me diga "te amo" con la mirada y no pueda evitar sonreír al hablarme.

Exactamente como lo haría el personaje, exactamente contrario a todo lo que he visto de él. Es como si pudiera deshacer quién es sin siquiera intentarlo.

Un cambiaformas.

—Solo me lo has dicho tú, Alma mía —repite el diálogo, esta vez su mirada esta fija en mis labios y sus manos en mi cabello—. Y, si soy sincero, tú eres la única de la que quiero oírlo.

Un camaleón.

—¿Cumplidos?

—Palabras —susurra, hace contacto visual y la siguiente frase se oye como si hubiera perdido el aire—. Si pudiera, solo hablaría contigo por el resto de mi vida.

Es el porte, son los microgestos, hasta el ritmo de su respiración. Es más que excelente.

—Grandes palabras. —Sin previo aviso, cambia la estructura de la escena y es él quien rompe por completo el espacio personal de Alma, toma mi barbilla entre sus dedos, levantándola para que no pueda evitarlo, como se supone que haga en este instante.

Me centro, me limito a recitar mis diálogos—.

Cualquiera diría que estás enamorado de mí.

Se remoja los labios, siento su respiración semiagitada encima de mi piel.

—Entonces es que no lo he dejado lo suficientemente claro, Alma.

Sigo el movimiento de sus caderas, cómo eleva las cejas y su sonrisa juguetona. He perdido el hilo del personaje, no sé cómo actuaría ella en este instante, pero no puedo seguir entorpeciendo las prácticas.

—Llevamos seis años siendo amigos —farfullo nerviosa—. Tengo claro que me amas.

—Alma. —Entorna los ojos.

—Eso se esperaría de un amigo.

—Alma —alarga la primera sílaba.

—Solo digo.

—Alma Gioia.

—Dime.

—Te conozco de toda la vida, y a veces… —Frunce los labios, menea lento la cabeza. Sus manos antes en mis brazos, se mueven a mis hombros. Su rostro se acerca tanto que cierro los ojos, algo asustada—. A veces pienso que no tienes claro absolutamente nada. —Ríe—. Bueno, ¿vamos al establo?

Se aparta, vuelvo a respirar y lo veo perder todo ápice de aprecio por mí en el instante en el que la escena se acaba. Da media vuelta hacia el establo, donde ya nos esperan nuestros compañeros.

El director aplaude bajito.

—¡Eso! ¡Eso ha sido perfecto! —exclama—. Te veías hipnotizada por él, Soledad. Por fortuna, por un segundo me asustaste, pero se ve que tendrán todo bajo control.

—Ja, ja, sí.

—Adelante —me invita a pasar—. Tenemos peluches de gallina, pero si quieres intentar.

—No me da miedo sostener una gallina, mi abuela vivía en el campo.

—Oh, ¿en serio? Pensé que solo se te había olvidado pedir un doble de riesgo.

—Puedo con ello.

La siguiente escena siguen siendo los primeros minutos de la película, ella le está mostrando su gallina mascota al chico. Y él, por alguna razón, se encuentra demasiado interesado.

Nunca entenderé los libros de amor.

Asumo que es porque son escritos por gente que en su vida ha tenido una interacción romántica. O al menos una normal.

—¿Te ayudo? —ofrece Malek al verme mirar a las gallinas para escoger la más dócil.

—Qué considerado —fuerzo mi tono dulce, espero a que el director retroceda un poco para murmurar—. ¿Fingiendo ser un caballero?

—Siempre lo soy, Gómez. Solo que no con los dragones.

—Te deseo lo peor.

—No hace falta, ya te tengo al lado.

—Esta —alzo la voz, tomando con delicadeza a la gallina y elevándola en mis brazos—. Por cierto, ¿cómo las consiguieron?

—Llegaron solas, nadie las invitó —bromea Malek, todos ríen.

Él trata de quitarla de mis manos, pero, al yo resistirme, aprieto mal al pobre animal, provocando que salte de mis brazos hacia él.

Siendo más específica, hacia su boca. Puedo ver en tiempo real, desde una gran perspectiva, cómo la gallina le picotea el labio.

Estallo en una carcajada al oír su grito, el set se envuelve en escándalo. Una de las plumas de la gallina ha quedado en su cabeza y él corre al baño.

—Eh... —Miro a mi alrededor—. No se preocupen, lo traeré de vuelta.

Abro la puerta con rapidez, nadie me ha seguido. Lo encuentro con ambas manos sobre el lavabo, conteniendo una arcada mientras se lava la boca con agua.

—¿Te ha hecho daño?

Niega.

—Pues entonces vuelve, tenemos que ensayar. No seas una... Gallina. —Le guiño.

—Púdrete. —Contiene una arcada.

—No seas un llorón, te lo buscaste —me burlo—. Pero no te culpo, probablemente tendré la misma reacción cuando nos tengamos que besar.

Malek tiene las cejas fruncidas, me mira con odio al secarse la boca con el reverso de su palma. Casi choca conmigo al salir del baño tan apresurado como llegó.

—No parecías tener la misma opinión en la universidad —murmulla—.

Pero no te hagas, si te liaste con Terrence, podrías comer tierra y que no te diera asco.

Muévete, y hazme el favor de dejar de actuar tan mal.

Me está dando pena utilizar solo el cinco por ciento de mi potencial y que aun así no me llegues ni a los talones.

Entorno los ojos.

—Ojalá no hubieras nacido.

Esto se está saliendo de control. Nadie creería que hubo un tiempo donde él y yo podríamos habernos considerado... Amigos.