Arte para no artesanos 4. Ensayo
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4. Ensayo

ENSAYO

En boca cerrada no entran pollas.

Las primeras locaciones para grabar son en el sur, nos alojamos todos en el mismo hotel. Llegamos a la ciudad en la tarde, así que tenemos el resto del día para acomodarnos en nuestras habitaciones y descansar antes de esta pesadilla.

El inicio de la historia conserva el toque de los tiempos en los que se escribió, en una granja donde los protagonistas se hablan por primera vez. Obviamente, Alma Gioia, la pobre damisela en apuros, conoce al futuro magnate.

Me estoy memorizando el guion y mentalizándome para el ensayo.

Intento no ser malagradecida, realmente lo hago. Este papel es uno de mis sueños y, siendo sincera, es probablemente mi única oportunidad para crearme un nombre en la industria, el único problema es...

—Tu cabello se ve horrible en las mañanas.

Gracias a Dios soy una persona calmada y no caigo en sus provocaciones.

—Muérete, Malek. Ojalá te mueras lenta y dolorosamente.

«Vale, no soy el narrador más confiable de la historia. Adelante, crucifíquenme por ello».

—Solo decía. —Se encoge de hombros—. Para que sepas, ha sido desagradable compartir el avión contigo, roncas y tu perfume barato intoxica el ambiente.

—Créeme, nadie tenía tantas ganas de tirarse del avión como yo cuando noté que debía tenerte en el asiento de al lado.

—Deberías apreciar que no te hablé en todo el vuelo, no quería avergonzarte frente a nuestros compañeros tan pronto, tengo mejores ideas que hacer que te boten en la primera semana. La idea es humillarte, no salvarte.

—No querías que te tire por la ventana, entiendo, bien. —Sonrío—. ¿Qué tal si aplicamos la misma técnica y te callas la puta boca ahora?

—¡Chicos, llegamos al hotel! —anuncia una de las coordinadoras—. ¿Qué estaban secreteándose aquí? Siempre están hablando en voz baja, ¿algo que yo deba saber? Soy muy curiosa.

—Sí, debes saber que estoy muriendo por darme un baño —respondo, fingiendo reír—. Permiso.

Me compro una lata de refresco apenas bajar, uso el espejo de la tienda frente al hotel para arreglarme el cabello. Quizá él tiene razón y debí tener más cuidado con mi apariencia. O quizá tengo que mandarlo a ejecutar en una plaza pública. Dos cosas pueden ser ciertas a la vez.

Mi cuerpo no sabe distinguir entre ser perseguida por un león y tener un nuevo trabajo. Observo nuestro transporte a través de la puerta de vidrio, intentando ver cuándo baja Malek para ir a mi habitación sin encontrármelo de vuelta.

Oigo el sonido de otra lata abrirse detrás de mí, ladeo la cabeza para notar a Malek acabando de pagar en la caja registradora. Tiene la misma lata en su mano, misma marca y sabor, incluso con el detalle de que también tiene cero azúcares.

Arrojo la mía al bote de basura, la suya se ve pequeña en su mano derecha. Tiene sus audífonos puestos y la vista fija en su teléfono. Tengo la esperanza de que no me haya visto.

Pongo mi mano en el picaporte de la puerta.

—Espérame, rubia. Ya acabo.

—En realidad estaba esperando no tener que verte la cara.

—Pff, objetivo difícil —dice al señalar el póster de Harvel en la pared con él entre los personajes—. Pero te deseo suerte.

—Hicieron bien en ponerte de villano. —Arrugo los labios—. Y el verde te queda tan mal que me alegra verte así.

—Al menos tengo un póster donde salir mal, y un trabajo en el que ser un villano, fracasada. —Entorna los ojos—. Andando. Vamos al hotel.

—¿Por qué demonios debería hacer lo que dices?

—Con tu coeficiente intelectual, me da miedo que no sepas cruzar la calle y te atropellen. Hazme el favor de no atrasar la producción.

—¿No calculaste que ya lo hice para llegar a la tienda o tu cerebro solo funciona para dos pensamientos seguidos cuando yo estoy en él?

—En realidad, me sorprende que no te hayas perdido. —Le da un último sorbo a su lata antes de arrojarla al mismo bote de basura, se oye cómo la suya choca con la mía—. Andando.

—Eres odioso.

—Gracias.

—Desearía que nuestros caminos nunca se hubieran cruzado.

—Me importan una mierda tus deseos. Andando, princesa. —dice con desdén.

El hotel es grande, lujoso y con muchos pisos. Pero también muy concurrido. Nuestras maletas son las únicas que quedan en la recepción.

Me acerco a la fila, la chica detrás del mostrador parece estar muy enfocada en escuchar música de Kale Moon como para prestarnos atención. El proceso es lento. Cada persona tarda diez minutos en conseguir sus llaves electrónicas y son siete personas antes de nosotros.

Me duelen los pies, estoy cansada y de mal humor. Pero Malek está detrás de mí, así que trato de no demostrar debilidad.

—Nombre, por favor.

—Soledad Gómez, tengo entendido que sería la Suite dos.

—Malek Cooper —él se mete en la conversación, deslizando dos billetes de cien—. Suite uno. Me gustaría que me atienda antes que a ella, por favor. Puedo darle el doble.

—Eh... —La recepcionista palidece—. ¿Qué suite, disculpe?

—Dos —contesto.

—Uno —insiste él.

—Oh, ya, es que... —Suelta una risa nerviosa—. Disculpen, debe haber un error, solo nos queda una.

—¡¿Qué?!

—No, es que mire, esto no suele pasar. —Señala su pantalla—. Se han sobrevendido las habitaciones y quizá alguien fue asignado a un piso que no era, pero...

—No, no me importa. Resuélvalo —exijo.

—Yo... Yo solo soy la del turno de la tarde, no sé si haya mucho que pueda...

—Dios mío. —Me llevo las manos al rostro, dejando escapar un suspiro—. No me lo puedo creer —alzo un poco el tono sin darme cuenta.

—Lo lamento, señorita, no creo que pueda ya hacer demasiado. Estamos llenos.

—Espero que sea una cámara oculta, en serio. ¿Qué clase de sitio es este?

—¿Podrías comportarte? Que le grites a atención al cliente habla fatal de ti, ya estarías cancelada si alguien, además de tu mamá, supiera quién eres.

—No te metas, Malek —gruño—. Señorita, por favor, estoy cansada, ¿me da otra habitación? La que sea.

—Es que... La suite tres es la última que queda.

—Este "error" es un descuido demasiado grande, disculpe que se los diga. Y me parece fatal que su respuesta sea esta, estamos aquí por trabajo y es importante que...

—Puedo llamar a mi jefe y preguntar qué hacer.

—Me encantaría hablar con él, de hecho.

—Tomaremos la tres, disculpe a mi compañera —me interrumpe Malek hablando por encima de mí y coge las llaves—, yo sé que usted no tiene la culpa, son cosas que pasan.

—Oye, no. No quiero compartir un cuarto contigo.

Me cruzo de brazos, Malek me arroja una mirada que si tuviera efectos en la vida real me hubiera aniquilado. Entorna los ojos, con un semblante sombrío.

—Va, pues me lo dices y te quejas conmigo. Son las siete y cuarto, esta chica probablemente ya debe irse y tú le estás haciendo pasar un mal rato.

—¡Es su trabajo!

—Bueno, la gente no es perfecta para hacerlo todo bien siempre y menos en lugares con tantos empleados. Los hoteles se liberan cada día, estoy seguro de que mañana ya un cuarto disponible habrá, ¿cierto?

La recepcionista asiente nerviosa.

—Excelente. Gracias, en verdad disculpe las molestias. Que tenga buen día. —Se inclina a leer el nombre bordado en su uniforme—. Que tenga hermoso día, Consuelo.

Ella recupera su sonrisa y el brillo en sus ojos. Intenta deslizar el dinero de Malek de vuelta hacia él, pero él niega con la cabeza y se lo devuelve. Entregándole una sonrisa dulce.

—Vámonos antes de que alguien nos tome una foto juntos, no me gustaría que sepan que respiramos el mismo aire aún, aún no me han depositado el pago por soportarte. —Arrastra sus maletas hacia el ascensor—. Apúrate.

Tomo una larga respiración.

—Bien. Pero será solo esta noche —digo al entrar junto a él al ascensor.

Las puertas se cierran, ambos estiramos la mano para tocar el último piso. Termino haciéndolo yo primero.

—Tranquila. No quiero tener que oler tu perfume barato por mucho tiempo.

No me molesto en preguntarle por qué me odia. Lo sé. Es mutuo.

—¿No se te ocurre nada nuevo? Sí, tienes más dinero y eres más famoso, lo sabemos —contesto en voz baja—. ¿Tu mente es tan limitada que esos son tus mejores insultos? Te creía más listo.

—Créeme, si te dijera lo que de verdad pienso, estarías llorando ahora. —Sonríe en grande—. Ten paciencia, Soledad. Haré tu vida un infierno paso a paso. Día a día.

Me muerdo la lengua para no seguir con la discusión. El ascensor se detiene en el piso de la Suite tres.

Entra primero, casi pasándome las ruedas de sus maletas por los pies. Yo tomo una larga respiración. Me pregunto si lo que sea que le haya hecho en su mente es justificación suficiente para esto. Me pregunto cómo se ha vuelto tan atractivo y tan hijo de puta a la vez.

Me relajo al ver que, pese a que sea todo unificado, hay dos camas. Una grande de tamaño matrimonial, otra más pequeña, y ni siquiera me molesto en pedir alguna.

Es tarde. Debo memorizar mis líneas. Concentrarme en lo que importa y, por mucho que me arda en la sangre, él tiene razón en su tono de superioridad.

Malek es un actor de gran talla profesional, yo necesito practicar.

En especial cuando mirarle a los ojos hace que del enfado se me olviden todas mis líneas.

Estiro a duras penas mi equipaje cuando me detengo por completo al verlo a los pies de la cama pequeña. Por un pequeño segundo, creo que va a tener la decencia de dejarme la grande. Por un segundo, creo en el bien de la humanidad.

Al siguiente. El arroja sus maletas gigantes arriba y se oye un crujido.

—Oh, oh.

—¿Qué hiciste?

—La rompí. —Chasquea la lengua—. La parte del sostén del colchón, en fin, de todos modos solo iba a poner mis cosas aquí. No pasa nada —dice al ponerse las manos en los bolsillos y avanzar campante a la matrimonial.

Lo observo tomar asiento y quitarse los zapatos, se ve despreocupado. Bosteza al cruzar la mirada conmigo. Yo arrugo las cejas.

—¿Qué haces?

—Voy a acostarme a dormir. Soportarte me agota.

—Ya rompiste una cama, ¿dónde se supone que dormiré yo?

—En la mía no. Pero, de hecho, las dos son mías.

Evito responderle dejo mis cosas a un lado, en el suelo, y entro apresurada al baño. Mojo mi cara con agua fría, necesito calmarme. Cierro los ojos. Trato de meditar.