Capítulo 8 Jamie #2
—¿Qué te ha pasado? Me he despertado y habías desaparecido. —Me sonríe adormilado mientras estira los brazos con un enorme bostezo.
—Trent quería verme. Quería hablarme de algo que necesita que haga cuando lleguemos a Los Ángeles. —Me mantengo deliberadamente vaga, aunque me planteo contarle las exigencias de Trent, pero decido que es mejor no remover las aguas.
—Joder, ¿no podía haber esperado a que terminara el viaje?
—Bueno, probablemente no tendrá ocasión de verme cuando aterricemos. Se los llevarán volando a la prueba de sonido y al ensayo en el recinto. —Ni yo sé por qué estoy defendiendo a Trent a estas alturas.
—Sí, mejor te aviso ya de que hay una fiesta después de cada concierto, así que tienes que aprovechar para dormir cuando puedas. —Las arruguitas alrededor de sus ojos y las ojeras son prueba del ritmo de vida fiestera.
—Oye, viejo —bromeo—. Hablas como si ir de fiesta fuera un trabajo. Es un estilo de vida, cariño.
Se pellizca el puente de la nariz mientras sus labios se curvan en una sonrisa apenas contenida.
—Créeme, después de un mes, entenderás a qué me refiero. La mitad del tiempo, estas fiestas van de que la banda se codee con peces gordos de la industria y de autopromoción. Es tan parte del trabajo como la música.
—Bueno, solo voy a estar en esto seis meses, y mi vida ha sido bastante aburrida últimamente. Así que me apunto a ir de fiesta los siete días de la semana. No te preocupes, soy mayorcita; puedo aguantarlo.
—Vale, pero luego no vengas a llorarme cuando estés quemada. —Aunque me está tomando el pelo, no me cabe duda de que lo dice totalmente en serio. Solo puedo imaginar los altibajos que voy a vivir. Pero de eso va la vida. No quiero desperdiciar una oportunidad tan increíble.
Me desconecto el resto del vuelo escuchando música. Jason usa mi hombro de almohada durante lo que queda de viaje. A este paso, voy a acabar con el hombro dolorido. Este tío se queda frito en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras el avión desciende hacia Los Ángeles, es un placer contemplar el bendito cielo soleado de California, tan distinto del frío amargo de Nueva York que dejamos atrás.
Pero también es un recordatorio doloroso de cómo lo tiré todo por la borda por el hombre que amaba.
Ahora ya no estoy tan segura de que fuera amor.
Más bien la idea de querer estar enamorada, de querer creer en algo que he anhelado toda mi vida.
Todas las relaciones de mi madre con hombres fueron sórdidas y superficiales, y yo estaba embriagada con el sueño de un final feliz.
Jason por fin abre los ojos y los entorna ante la luz brillante que se filtra por la ventanilla mientras las ruedas tocan el asfalto.
—Tío, debo de haberme dormido todo el vuelo.
—Sí, la mayor parte sobre mi hombro, amigo. —Roto los hombros, entumecidos, y me froto el brazo para recuperar la circulación.
—Ups, perdona. —Sonríe con gesto de disculpa y le doy un golpecito en el brazo para que sepa que estoy de broma.
El avión por fin se detiene y esperamos sentados con paciencia a que nos toque desembarcar.
Desde mi asiento junto a la ventanilla, tengo una vista privilegiada de la banda.
Como auténticos VIPs, la seguridad del aeropuerto los escolta personalmente en su propio vehículo.
Observo a Kai a escondidas, segura de que no puede verme.
Hoy está guapísimo, para morirse, con la gorra de béisbol del revés y las gafas de sol de aviador.
Mis ojos devoran cada centímetro de músculo mientras me muerdo el labio, recordando la sensación de tener su imponente cuerpo apretado contra el mío en el ascensor.
Ojalá pudiera borrar esa imagen de mi mente.
Reproducirla mentalmente una y otra vez es una tortura.
Con el equipaje de mano en la mano, esperamos lo que parecen horas en inmigración. Menos mal que tengo a Jason para hacerme compañía. Conocerlo ha sido lo mejor hasta ahora. Es mi alter ego, sin duda. Mi compañero de fechorías.
Al salir del aeropuerto, los cálidos rayos me levantan el ánimo como un tónico.
Cierro los ojos un segundo y dejo que el aire cálido me envuelva mientras mi piel, agradecida, absorbe toda esa vitamina D que llevaba pidiendo a gritos.
Las vistas y los sonidos de Cali, nena...
No podría estar más feliz de estar en casa.
Estoy emocionadísima con el primer concierto de mañana por la noche en el Hollywood Bowl, seguido de la fiesta de lanzamiento de la gira. Gracias al cielo, tuve tiempo antes de irnos para renovar mi armario, generosamente financiado por Mark. Estoy deseando estrenar algunos de los conjuntos.
En cuanto enciendo el móvil, ya hay un mensaje de Mark: que comamos algo y vayamos al Hollywood Bowl para la primera prueba de sonido y ensayo.
Nos espera un minibús para llevarnos al recinto, no es precisamente la limusina de lujo en la que viaja la banda, pero ni de broma me quejo.
Estoy en el séptimo cielo de la emoción, rebosando energía por llegar al Hollywood Bowl.
Apoyo la cabeza en la ventana y observo con asombro cómo se transforma el horizonte.
Dejamos atrás el smog del aeropuerto y me maravillo ante las colinas de Hollywood.
El telón de fondo montañoso es una preciosidad, un tapiz verde que decora el cielo azul celeste, enmarcado por palmeras susurrantes que se mecen suavemente con la brisa del océano.
Contengo la respiración cuando nos detenemos frente al coloso que es el Hollywood Bowl. Los roadies ya están allí sudando la gota gorda, resoplando de agotamiento mientras descargan el equipo y se lanzan bromas entre ellos.
Bajo del autobús de un salto y me siento como Dorothy en El Mago de Oz, como si me hubieran transportado a una fantasía.
Con una sonrisa enorme que me estira las mejillas, me tomo mi tiempo para grabar este momento para siempre.
El lugar ya es un hervidero de actividad: los ingenieros técnicos se aseguran de que todo esté perfectamente afinado.
Lo que parece un ejército entero trabaja en las pruebas de sonido y ultima la iluminación.
La escala de la producción es alucinante.
Prácticamente voy dando botes mientras sigo a Jason al interior del recinto, y jadeo de asombro al contemplar la bestia de estadio, impresionante incluso sin las hordas de fans gritando.
No hay nada más espectacular que esto: el icónico letrero blanco de Hollywood se ve en la colina al norte.
La vista del enorme escenario, con el telón de fondo de las ondulantes colinas de California, resulta extrañamente fascinante.
Tiene algo sobrenatural. Una curiosa combinación de la era digital en contraste con la permanencia de la Madre Tierra.
Casi como si estuvieras de pie en la entrada del inframundo, presidido por el mismísimo rey del rock.
Hablando del rey de Roma, siento su mirada penetrante antes de verlo, como si habitara su propio campo de fuerza cuyo único propósito es atraerme.
Está encaramado en el borde del escenario como el amo de su reino, completamente imperturbable ante la gigantesca producción que es Razor Shade, que se transforma pieza a pieza a su alrededor.
Hay algo ligeramente triste en la imagen: el retrato perfecto de la soledad en una habitación llena de gente.
Mientras mantenemos contacto visual un momento, la comisura de sus labios se eleva en un amago de sonrisa.
Es desconcertante no saber nunca si se está burlando de mí o si le alegra verme.
En cualquier caso, me llena el pecho de una ligereza etérea, de esas que te hacen sentir que flotas.
Atesoro de forma patética ese breve destello de vida en esos ojos apagados.
Me había olvidado de que Jason está a mi lado, así que doy un respingo cuando me echa un brazo sobre el hombro y me observa como un orgulloso hermano mayor.
—Mola, ¿eh? Yo también recuerdo mi primera vez.
—Sí, sigo esperando que alguien me despierte —le digo con una sonrisa boba.
—Pronto será como ir al Carrefour.
—Eso no pasará nunca —afirmo, convencida de que esto jamás podría dejar de impresionarme.
Con una sonrisa cómplice, me guía hacia fuera y me lleva a un rincón tranquilo, donde saca un porro ya liado como por arte de magia.
—Esto hará el día aún más agradable, ¿eh?
—Luce una sonrisa diabólica y nos pasamos los siguientes cinco minutos riéndonos como si nos hubiéramos escapado del colegio.
Voy dando patadas a las piedras distraídamente cuando, de repente, chillo al ver un lagarto que sale disparado de debajo de una roca, molesto porque le he perturbado el descanso.
Jason, sobresaltado, casi le da un infarto con mi grito.
—Joder, Jamie, nada de ruidos repentinos, por favor. No es bueno para mí. Cualquiera diría que no has visto un lagarto en tu vida. —Apaga el porro aplastándolo con el zapato y gira la cabeza hacia la música.
—Oye, será mejor que volvamos, por si los chicos necesitan ayuda con los instrumentos.
—Vale, el último en llegar es un perdedor.
Pica el anzuelo y me persigue de vuelta mientras nos reímos como críos. Qué bien sienta pasarlo bien. Esto es lo que me faltaba.
No. Jamás podría dar esto por sentado.