Arruinada Capítulo 9 Kai
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Capítulo 9 Kai

Los Ángeles existe en dos dimensiones para mí ahora.

Antes de la banda. Y después de la banda.

Cuando me mudé aquí desde un Londres frío y gris, creí haber tocado el cielo con las manos.

Nada más bajar del avión, entendí por qué la llaman la Meca del Cine.

Era como si el lugar entero brillara, con el sol eterno espolvoreando purpurina en cada esquina.

No había nada apagado ni sombrío. Era donde mis sueños se harían realidad.

Pasé en la playa tantas noches que ya ni las cuento.

Haciendo surf y enrollándome con chicas.

Todo cambió cuando la banda despegó. Bastaba rascar un poco bajo esa superficie brillante para descubrir lo superficial que era.

Aunque íbamos en ascenso, vi a demasiada gente quedarse fuera, descartada por las discográficas.

Si no vendías, eras demasiado viejo, o la opinión pública se volvía en tu contra.

Estabas fuera. Exiliado como una enfermedad que nadie quiere pillar.

La imagen y la cuenta bancaria lo son todo.

La bondad y la humildad, solo para los débiles.

Un lugar donde no dudas en apuñalar a alguien por la espalda para abrirte camino hasta la cima.

Mientras avanzamos a paso de tortuga por el tráfico habitual de Los Ángeles, prefiero concentrarme en la ciudad de antes de la banda, la que olía a océano, a noches de verano con brisa y fogatas en la playa.

También fue donde conocí a Jada por primera vez.

Una noche perfecta y cálida de veranillo de San Miguel en la playa.

Igual que mis dos versiones de Los Ángeles, ella pasó de ser un paraíso idealizado a un cascarón vacío lleno de drogas, con un demonio al acecho en cada hombro.

No es difícil ver que Trent está sucumbiendo a un destino similar.

Hoy tiene una palidez enfermiza, con una capa de sudor cubriéndole la frente.

Fumar en cadena se ha convertido en un tic nervioso: inhala y exhala sin dejar que sus pulmones respiren aire puro ni un segundo.

Últimamente, juraría que algo pasa entre él y Jamie.

Debería enfrentarlo, pero estoy demasiado ocupado librando una batalla interna conmigo mismo.

Oscilo entre un impulso abrumador de proteger a Jamie e intentar averiguar por qué demonios me importa.

Lo irónico es que protegerla también implica mantenerla alejada de mí.

No soy idiota, veo las miradas ardientes que me lanza cuando cree que no me doy cuenta, pero también veo cómo intenta desesperadamente apagarlas.

Me desea, pero no me necesita, y por eso la respeto.

Por primera vez en mi vida, no estoy siendo un cabrón egoísta.

Quiero que sea feliz, y eso incluye estar lejos de mí.

Enseguida llegamos al Hollywood Bowl. Siempre me encantó tocar aquí.

Es uno de los pocos lugares donde puedes actuar bajo las estrellas y sentir el viento en la cara.

Siempre es una experiencia que te pone los pies en la tierra, que te recuerda que no eres nada en el gran esquema de este planeta loco.

Me dirijo directo al escenario, seguido de cerca por Shauna y Mickey, que también están deseando empezar los ensayos.

Siguiendo la tendencia, Trent desaparece.

Parece estar al borde del mono y sin duda necesita meterse algo.

Echo un vistazo rápido a mi alrededor, buscando a Jamie y a los demás. De los millones de cosas que tengo que hacer hoy, ¿cómo es que ella es uno de mis primeros pensamientos? Desde que entró en mi vida, es como si estuviera programado para buscarla, y solo encuentro paz cuando la tengo a la vista.

Un Trent mucho menos hastiado aparece por el lateral del escenario.

Ya no parece querer salirse de su propia piel.

Joder, me siento despiadado porque lo único que puedo pensar es en el alivio de que ahora tendremos su versión más tratable.

Se frota la punta de la nariz, coge el bajo y se pone a hacer el payaso, pavoneándose por el escenario y agitando la cabeza como en los mejores tiempos de Iron Maiden.

Suspiro como un padre agotado, me pongo de pie y pruebo el micrófono con un golpecito.

—Trent, deja de hacer el imbécil. Vamos a ensayar el número de apertura. —Mi voz se distorsiona en el micrófono y Shauna se tapa los oídos con una mueca. Los técnicos de sonido se lanzan a por el problema del acople y lo solucionan enseguida.

En cuanto nos dan luz verde, rasgueo los primeros acordes de nuestra primera canción y todos entran al instante.

Aunque he hecho esto cientos de veces, todavía me produce un subidón enorme cuando nuestra música retumba en el recinto.

A estas alturas, estamos tan compenetrados que no es exagerado decir que podríamos hacerlo dormidos.

Para cuidar la voz, canto suave y me centro más en la guitarra por ahora.

Cuando terminamos el número, veo a Jamie y Jason entrar en el recinto.

Ella tiene esa cara de asombro con los ojos como platos que todos ponen la primera vez.

Ese «joder, ¿de verdad esta es mi vida ahora?

». Sin querer, se me escapa una sonrisa boba.

No puedo evitarlo. Está jodidamente adorable.

Se me retuercen las tripas como un barco en plena tormenta cuando veo cómo Jason la mira como si fuera la octava maravilla.

No tengo nada en contra de Jason. Es buen tío.

Para ser justos, si de verdad me importara lo que le conviene a ella, estaría totalmente a favor de esa pareja.

Entonces, ¿por qué esa idea me da ganas de arrancarme los ojos y bañarlos en ácido?

Con el ceño fruncido de mal humor, me siento en el borde del escenario y bebo agua antes de pasar a la siguiente canción. Aquí hace un calor de muerte a mediodía, con el sol dándote de lleno en la cara.

Sigo observándola fascinado hasta que sus ojos por fin se encuentran con los míos. Siempre lo hacen, tarde o temprano.

Un amago de sonrisa me asoma a los labios mientras observo las emociones que parpadean en sus ojos, como si estuviera haciendo zapping en busca del canal perfecto. Su canal favorito es siempre la negación.

Nuestra conexión se rompe cuando Jason le pasa el brazo por el hombro y se la lleva. No puedo hacer nada salvo verlos alejarse mientras hiervo de furia contenida. Me levanto de un salto, agarro la guitarra y me pongo a ensayar nuestra segunda canción.

Para ser un simple ensayo, toco con más furor del necesario y descargo mi tensión en la música.

La cosa solo empeora cuando los veo volver correteando mientras se ríen como dos enamorados por un chiste privado.

Tiro de las cuerdas de la guitarra con tanta fuerza que doy una nota falsa y me maldigo tan alto que todos se paran un momento.

Saben que esto es algo que nunca hago. Normalmente, nada me distrae cuando estoy absorto en la música.

Jason se levanta y se acerca, preocupado por si mi guitarra tiene algún problema. Se nota que han ido a fumar: los ojos inyectados en sangre de Jason lo delatan al instante. No me sorprende. Sé que Jason es el mayor fumeta fuera de Ámsterdam, así que ¿por qué me irrita tanto hoy?

—Eh, tío, ¿todo bien? —pregunta con cautela.

—Sí, sin problema, solo he tirado de las cuerdas demasiado fuerte. No es nada técnico. Vuelve a sentarte. —Mi voz es más fría de lo necesario, y me observa con aprensión, sin saber a qué viene esto.

Le doy la espalda y le hago una señal a Mickey para que reinicie, esperando a que nos marque la entrada con sus baquetas. Visiblemente incómodo por mi rechazo, Jason vuelve junto a Jamie.

Ella lo mira con simpatía y le da un codazo en las costillas para hacerlo reír, lo que añade más leña al fuego que crece en mi interior. Logro superar el siguiente número sin contratiempos, escupiendo las palabras entre dientes apretados.

—Vaya, creo que me gusta más la versión cabreada de esa canción que la original. —Shauna toca unos acordes mientras habla. Es incapaz de no tocar cuando está junto a sus queridos teclados.

—¿Eso era enfado? No me había dado cuenta. —Intento hacerme el despreocupado, pero soy consciente de que estaba gritando las palabras como un poseso.

—Esperaba que empezaras a destrozar el escenario con la guitarra cuando terminara —bromea Trent, con cara de decepción por no haberlo visto.

—¿Qué queréis que haga? ¿Cantarla estilo ópera? —Me estoy poniendo a la defensiva, y Shauna está haciendo eso tan irritante de observarme con los ojos entrecerrados, intentando leerme. Es imposible ocultarle nada. Es como un maldito sabueso husmeando en mi psique.

—¿Todo bien, Kai? Pareces un poco tenso.

—De puta madre, ¿podemos pasar al siguiente número? Quiero llegar al hotel antes de que acabe el siglo. —Odio ver el dolor en los ojos de Shauna, pero no estoy para confesiones íntimas aquí mismo, en el escenario del Hollywood Bowl.

—Sí, estoy bastante seguro de que esa azafata tiene planes de verte en el hotel esta noche. —Trent lo suelta a todo volumen por el micrófono, encantado de anunciarlo a todo el estadio.

Echo un vistazo a Jamie y es evidente que por fin he conseguido apartar su atención de Jason.

Me siento fatal por disfrutar al ver cómo sus rasgos se retuercen de envidia.

No pasó nada con la azafata, no porque ella no lo intentara, a menos que cuentes que intentó meterme mano.

La desesperación me corta el rollo por completo.

No corrijo a Trent. Es mejor que Jamie me vea como el cabrón que soy. Con una sonrisa que lo confirma todo, trasteo con el amplificador y vuelvo a colocarme la guitarra, ansioso por seguir. Jamie vuelve a bromear con Jason, sin dedicarme ni una mirada, como si yo no existiera.

Me duele querer que me odie, pero su indiferencia hace que cada nervio de mi cuerpo se tense furiosamente.

Verla inclinarse para susurrarle algo al oído a Jason es la gota que colma el vaso.

Con una presión insoportable asfixiándome el pecho y la rabia retumbando en mis oídos, tiro la guitarra al suelo y grito:

—¿Queréis callaros de una puta vez? Estamos intentando ensayar. Jamie, ve a buscar algo útil que hacer en lugar de estar aquí tocándote las narices mientras todos los demás se dejan la piel.

Jason es el primero en moverse, saliendo disparado hacia el backstage, ansioso por escapar de la línea de fuego.

Jamie se queda clavada en el sitio, encogida sobre sí misma por la humillación.

No me cabe duda de que si tuviera un libro a mano, me estarían lloviendo capítulos.

El resto del mundo se ha desvanecido en la oscuridad mientras nos fulminamos con la mirada como dos gatos bufando, agazapados y listos para saltar.

Ella es la primera en romper el enfrentamiento, levantándose de un salto y largándose hecha una furia, mientras masculla «gilipollas» lo bastante alto para que lo oiga.

Incapaz de dejarlo estar, ignoro las miradas incrédulas de mis compañeros de banda y salgo tras ella; mis pies parecen tener vida propia, joder. Perdiendo completamente el juicio, la agarro del brazo y la arrastro a una de las cabinas de sonido vacías.

Abro la puerta de golpe, la meto dentro y me apoyo contra ella para que no pueda escapar. Sus ojos verdes arden de furia salvaje.

—Creía que querías que fuera a buscar trabajo. ¿Por qué me arrastras aquí como un cavernícola? —Tiene toda la razón; no sé qué coño estoy haciendo. Es como si me moviera una fuerza primitiva fuera de mi control. Al no ofrecerle ninguna explicación, casi gruñe de frustración:

—¿Qué demonios te pasa conmigo? Estoy haciendo todo lo posible por encajar, pero nada es suficiente para ti.

Dime qué tengo que hacer. —Me mira con sinceridad, y necesito cada gramo de fuerza de voluntad para no atraerla hacia mí y reclamar sus perfectos labios de cereza.

Un mechón de pelo le cae sobre la cara y, sin pensar, extiendo la mano y lo enredo entre mis dedos, sintiendo cómo su suavidad sedosa me marca la piel.

Doy un paso adelante para cerrar la distancia, con su pelo aún entrelazado en mis dedos.

Se lo coloco detrás de la oreja y trazo suavemente con los dedos hasta su nuca; su respiración se entrecorta cuando acaricio el hueco sensible en la base de su cráneo.

Con sus ojos fijos en los míos, me invade la paz interior que tanto anhelo, como si ella tuviera el poder de alcanzar mi oscuridad y arrancar su núcleo podrido.

Su conflicto interno es evidente mientras lucha con el tira y afloja de la atracción. Sus ojos devoran mi cuerpo como si quisiera follarme aquí mismo. Somos dos, nena. Sé que estoy jugando con fuego, pero no puedo resistirme.

Unos pasos acercándose son la primera dosis de realidad, seguidos enseguida por la voz de Shauna llamándome. Es el golpe que necesito para volver en mí. Mis sentimientos se reflejan en los suyos cuando ambos retrocedemos de golpe. Ansioso por zanjar esto, mis palabras salen bruscas y frías:

—No te cruces en mi camino y los dos seremos felices.

—Veo el dolor y la confusión nublándole los ojos.

Pero lo gestiono de la única manera que sé.

Alejándome. Con la esperanza de que ahora me odie un poco más.

Me doy la vuelta sin decir nada más y vuelvo a los ensayos, maldiciéndome por lo cerca que he estado de besarla.

No puedo con estas sensaciones extrañas, con esta falta de control. Lo peor es que cuanto más intento contener lo que sea esto, más crece. Lo único que sé con certeza es que tengo que destruirlo.

Ahora mismo.