Capítulo 7 Jamie #3
—De vez en cuando me sorprende, sobre todo cuando tiene la amabilidad de notar que existo.
Le quito importancia, convencida de que lo que pasó en el ascensor es intrascendente para alguien acostumbrado a que las chicas caigan de rodillas ante él.
Jason exhala una gran bocanada de humo; el aroma penetrante delata su potencia.
Me observa unos segundos como si intentara leerme la mente.
—Entonces, ¿aún no te has enamorado de él?
Intento no parecer culpable, pero me apresuro demasiado a exclamar: —¡No, claro que no! ¿Por qué dices eso?
—Oh, solo porque la mayoría de las mujeres lo están.
Algunos hombres también, imagino. He perdido la cuenta de las asistentes que han desarrollado obsesiones enfermizas con él.
La última fue Natalia. Me devuelve el porro y lo acepto encantada, agradecida por la distracción.
No soy ciega. Es evidente que Kai está increíblemente bueno.
Su mera presencia me provoca un calor abrasador imposible de apagar.
Pero eso es lo que hace. Lo entiendo. Tengo que aceptarlo y pasar página.
Cuando nos acercamos al hotel, estoy colocada hasta las nubes y nuestra conversación se ha desviado por derroteros extraños. Hemos abandonado cualquier apariencia de cordura mientras debatimos si es mejor freír u hornear Oreos.
Estamos casi en el hotel cuando me llega un delicioso olor a pizza. —¡Mierda, sabía que me olvidaba de algo! La pizza para Trent.
Me apresuro a pedir la pizza de carne más grande que tienen; se me hace la boca agua del hambre. Agarro la caja con fuerza y disfruto del calor que irradia hacia mi cuerpo en este día tan frío.
Al doblar la esquina veo la entrada del hotel y tropiezo con un bordillo por las prisas.
Grito cuando la maldita caja de pizza sale volando de mi mano como un frisbee y aterriza justo en medio de la calle.
Impotentes, vemos cómo la aplastan las ruedas de un taxi amarillo; algo de salsa de tomate sale disparada y decora la calle.
Nos quedamos paralizados de horror y nos giramos a mirarnos con la boca abierta.
Jason es el primero en desternillarse mientras se agarra la barriga de la risa.
No me quedo atrás. Nos partimos de risa, con lágrimas cayéndonos por las mejillas.
Incapaz de controlarme, apoyo la cabeza en el pecho de Jason y trago aire como una ballena varada.
Después de los últimos meses, pasar el rato con un nuevo amigo sienta de maravilla. Echaba esto de menos.
Es obvio que algo pasa cuando Jason deja de reír de golpe y su cuerpo se pone rígido.
Debemos de tener compañía, porque oigo a alguien aclarándose la garganta.
Me giro y me encuentro con la mirada desaprobadora de Kai.
Tiene la mandíbula tan tensa que podrías cortar cristal con ella.
Basta una mirada a esos ojos azul acero para que el corazón me dé un vuelco.
—Alguien ha tenido un día muy ajetreado —dice con sequedad.
¿Por qué suena como si me estuviera acusando de algo?
Este maldito hombre podría estar contándome literalmente cómo planea matarme poco a poco, y lo único que siento es una euforia vertiginosa, salvaje y desenfrenada corriéndome por las venas.
Parece que me he quedado sin palabras, y agradezco que Jason tome la palabra.
—Hola, Kai, iba a verte para hablar de qué guitarras te llevas de gira.
Otro coche aplasta la caja de pizza, y estoy al límite, intentando contener las risitas que pugnan por escapar.
Si los ojos de Kai pudieran fulminarme, mis entrañas no serían más que cenizas. Después de lo que parece una eternidad, se vuelve hacia Jason con un tono sorprendentemente menos gélido.
—Sí, tengo tiempo ahora. Sube a mi habitación. —Como una tonta, me quedo ahí plantada viendo a Jason seguirlo de vuelta al hotel. Podría besar a Jason cuando se gira, sin dejarme tirada como un mueble. —Oye, ¿quedamos después para un café si te apetece?
Antes de que pueda responder, Kai interrumpe: —No creo que tenga tiempo. Tengo un montón de tareas que necesito que haga. —Jason me dice «lo siento» moviendo los labios, con gesto compasivo.
Kai no se molesta en girarse, aunque vacila antes de desaparecer en el vestíbulo del hotel. —Y tienes que reponer una pizza. Mejor que sean dos. Me apetece picar algo. Serás capaz, ¿no?
Asiento en silencio. Si quería hacerme sentir insignificante, lo ha bordado.
Vuelvo arrastrando los pies a la pizzería, hirviendo por dentro mientras una extraña mezcla de humillación y deseo libran una batalla interna aderezada con una buena dosis de odio.
Tiene todos los ingredientes de una relación jodidamente tóxica.
He tenido demasiadas de esas para llevar la cuenta. No pienso volver a caer en eso.
Hago el pedido, fantaseando con una pizza de carne aderezada con una buena dosis de saliva. Para ser sincera, me alegro de que esté siendo un capullo conmigo. Ya me cuesta bastante reprimir todos estos sentimientos irracionales.
El hombre del ascensor del otro día. Tengo que olvidarlo.