Arruinada Capítulo 7 Jamie
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Capítulo 7 Jamie

Miro fijamente el teléfono, suplicando que Trent conteste. Justo cuando está a punto de cortarse, lo coge y su voz somnolienta emite sonidos ininteligibles.

—¿Dónde estás, Trent? Acabo de coger un Uber hasta Washington Heights para recoger tu paquete. Pensaba que ibas a venir a buscarlo.

Me cuesta horrores mantener la compostura. No me sentí nada segura en el sitio al que me mandó, y ni siquiera quiero pensar qué hay dentro del paquete.

—Sí, ya lo sé, Trent, me has tenido todo el rato pidiéndote el servicio de habitaciones. Voy para allá.

Cuelgo y le hago muecas al teléfono. Es infantil, pero me está sacando de quicio.

Cinco minutos después, estoy frente a su habitación, aporreando la puerta porque los primeros golpes no obtienen respuesta.

Justo cuando estoy a punto de rendirme, la puerta se abre y sale sigilosamente una groupie medio vestida, con sus tacones de aguja en la mano.

Apesta a alcohol y sexo, e intento con todas mis fuerzas no arrugar la nariz de asco. Colocadísima, me dedica una sonrisa.

—Merece mucho la pena. Adelante, no me importa compartir.

—Ni por encima de mi cadáver —murmuro entre dientes mientras le dedico mi mejor sonrisa falsa.

La habitación sigue a oscuras cuando me aventuro a entrar; un olor penetrante a marihuana flota como una nube.

Chasqueo la lengua al tropezar con varias botellas vacías esparcidas por el suelo.

Hay un paquete de condones vacío en la mesita de noche.

Ni siquiera quiero pensar dónde estarán los usados.

Con un gemido, abro las puertas del balcón para que entre algo de aire fresco.

Como un proxeneta de alto standing, Trent está despatarrado en la cama, medio desnudo, con un porro en la mano.

—Jamie, mi ángel de la guarda, la que me trae los buenos ratos. ¿Por qué no vienes a sentarte conmigo? Podemos compartir este peazo de porro. Ya va siendo hora de que te tomes un descanso.

Le lanzo el paquete. Lo veo rebotar en él y caer de lleno sobre la mullida almohada que tiene al lado.

—Mira, Trent, estoy bastante segura de que recoger paquetes sospechosos no entra en mis funciones, pero por suerte para ti soy idiota, así que ahí lo tienes. Eso sí, no pienso volver allí.

—Gracias, Jamie, pero soy yo quien decide cuáles son tus funciones.

No tiene sentido discutir con él ahora, así que me doy la vuelta para irme. Se me pone la piel de gallina solo de pensar en salir de aquí.

—¿Adónde vas, Jamie?

Tiene la desfachatez de hacerse el ofendido porque me voy.

—Mark quiere que conozca al resto del equipo con el que trabajaré en la gira. Así que allá voy. Que disfrutes del día tirado a la bartola.

—Eso haré, Jamie. No te preocupes.

Con las prisas por salir de allí, cruzo la puerta y la cierro de un portazo con más fuerza de la cuenta.

Trent es lo que más me saca de quicio últimamente, y procuro evitarlo siempre que puedo.

Sin mirar por dónde voy, choco de lleno contra un muro sólido de músculo. Alzo la vista para disculparme y me sobresalto al ver a Kai, que sale de su habitación. Su aroma familiar y tentador me envuelve como un cálido abrazo.

—Lo siento, Kai, no estaba mirando por dónde iba. Llevo un poco de prisa.

Como no quiero irritar a Mark, hago ademán de irme, preocupada por llegar tarde a la reunión. Pero antes de que pueda escapar, me agarra del brazo y me bloquea el paso.

—Eh, para el carro, ¿qué hacías en la habitación de Trent?

Me mira con suspicacia y me encojo al imaginar qué conclusiones estará sacando.

—Ah, quería que le hiciera unos recados, así que le estaba trayendo unas cosas.

Mis ojos revolotean nerviosos, incapaces de sostenerle la mirada. Nunca se me ha dado bien mentir.

—¿Qué tipo de recados?

Se le tensa la mandíbula de rabia y entorna los ojos con escepticismo.

—Pues, ya sabes, la tintorería.

Su mirada penetrante me está poniendo nerviosa. ¿En qué estaba pensando? La tintorería. Fue lo primero que se me pasó por la cabeza.

Los labios de Kai se curvan en una sonrisa hastiada, de esas que esboza un asesino en serie antes de asestar el golpe final.

—Trent no ha llevado nada a la tintorería en su vida. Es tan probable que Trent pida la tintorería como que haga voto de celibato.

—Quiero decir la lavandería. Necesitaba que le lavaran la ropa.

Por fin suelto el aire que estaba conteniendo cuando me suelta el brazo, aparentemente satisfecho por el momento.

—Bueno, me ha encantado verte, pero será mejor que me vaya ya o Mark se enfadará.

Sonrío con incomodidad, deseando escapar de allí.

—Sí, bueno, siempre está enfadado, Jamie. Venga, vete.

Con la sensación de que me acaban de despachar, me alejo a paso ligero, aliviada de que no me haya interrogado más. Aun así, no puedo evitar pensar que me ha dejado escapar a propósito. Espero que no le pregunte a Trent, porque estoy bastante segura de que nuestras versiones no van a coincidir.

Mark me ha pedido que quede con el equipo en una cafetería del Upper East Side, no muy lejos de donde nos alojamos. Estoy deseando conocerlos a todos, porque son las personas con las que trabajaré codo con codo.

Al salir del hotel, me recibe un raro día soleado de invierno con cielo azul.

Una capa de escarcha cubre los árboles desnudos que bordean las calles.

El aire es fresco y frío, helado en la punta de la nariz.

En Los Ángeles no hay días así, de esos en los que el aliento sale de la boca como nubecillas blancas y esponjosas.

Siguiendo las indicaciones de Mark, enseguida llego a la cafetería.

Aunque es una zona exclusiva, el local tiene un ambiente hogareño: todo es caoba oscura y sofás de cuero gastado.

Las paredes están cubiertas de estanterías repletas de libros manoseados.

Me encanta. Parece un santuario celestial, sobre todo cuando respiro el delicioso aroma del café recién hecho.

Una chimenea abierta chisporrotea y crepita, añadiendo calidez al ambiente acogedor.

Como de costumbre, Mark está absorto en su teléfono, con el cerebro a cien por hora. Hay una silla vacía a su lado, así que me dejo caer junto a él y le doy un suave codazo para captar su atención.

—Ah, Jamie, llegaste —apenas hace una pausa antes de continuar—. Bueno, déjame presentarte a todos.

Señala a una chica de rasgos sudasiáticos, con una sonrisa amigable en el rostro.

—Esta es Sandra. Es nuestra directora de gira. Sandra, esta es Jamie.

—Hola, Jamie, he oído hablar mucho de ti.

Hago una mueca al pensar en cómo deben verme después del evento de la firma de libros, pero ella no muestra ningún signo de hostilidad.

Sonrío y saludo con la mano, sin tiempo de hablar antes de que Mark pase a la siguiente persona.

Un chico de mi edad con el pelo rubio cenizo hasta la barbilla; parece el típico skater.

—Este es Jason. Es nuestro técnico de guitarra y bajo. Tiene el placer de trabajar muy de cerca con Kai y Trent.

Instintivamente pongo los ojos en blanco, aliviada cuando él se ríe con complicidad, hace la señal de la cruz y añade:

—Señor, líbrame del mal.

Me guiña un ojo y enseguida sé que me llevaré bien con él. Es una de esas raras ocasiones en las que conectas con alguien como si os conocierais de toda la vida. Ansioso por terminar con las presentaciones, Mark señala a un tipo que parece algo mayor, calculo que de cuarenta y pocos.

—Seguimos: este es nuestro director de producción, Joe, y, por último, Natalia, nuestra directora de iluminación.

—Es un placer, chicos; estoy deseando trabajar con todos vosotros.

Todavía sin creerme que esté sentada en esta mesa, sonrío torpemente a todos, aliviada cuando el foco de atención vuelve a Mark.

—Como sabéis, nuestro primer concierto es dentro de dos noches en el Hollywood Bowl, en Los Ángeles. Tenemos un vuelo reservado mañana por la mañana desde JFK a LAX. Una vez que lleguemos a Los Ángeles, nos quedaremos dos noches en un hotel. Jamie, ¿preparaste el itinerario que te pedí?

Me mira y saco mis copias impresas, preparadas con esmero, y se las entrego a todos. Estoy ansiosa por causar una buena impresión.

—Aparte de Jamie, todos lo habéis hecho suficientes veces como para saber que a partir de mañana no vamos a tener ni un minuto para respirar.

No hace falta decir que confío en todos los presentes para hacer de esta gira un éxito.

No estaríais sentados aquí si no pensara que estáis a la altura.

Bueno, basta ya de doraros la píldora. Nos vemos mañana por la mañana en el aeropuerto.

Gracias, Jamie, por reservar todos los vuelos con tan poca antelación.

Tiene prisa por irse ahora que ha terminado con nosotros.

Mark parece estar permanentemente en modo trabajo.

Es imposible imaginarlo relajándose por la noche o haciendo algo fuera de la banda, pero se nota que la música es su vida.

La puerta del café ni siquiera se ha cerrado del todo cuando todos soltamos un suspiro de alivio.

—Juro que ese hombre es un robot.

Sandra apura las últimas gotas de su taza de café, sin querer desperdiciar ni una.

—Microgestión en estado puro —añade Natalia con un sensual acento que suena ruso.

Tiene el aire de la perfecta femme fatale, y a su lado mi acento pueblerino suena hogareño y soso.

—Imagino que te mueres por saber cómo es realmente la banda, ¿verdad, Jamie?

Jason me lee el pensamiento y no puedo evitar inclinarme hacia delante, toda oídos, ansiosa por cualquier cotilleo jugoso que puedan soltar.

—Bueno, he podido hacerme una pequeña idea de cómo son estos últimos días, pero obviamente nunca he estado de gira con ellos.

—Trent es un imbécil —se apresura a exclamar Natalia, con una expresión de asco en el rostro.

—O está intentando llevarte a la cama o va colocado. No le toques las narices, porque puede hacerte la vida imposible.

—Sí, me lo imagino —admito, sin revelar que fui tan estúpida como para hacerle recados dudosos esta misma mañana.

Jason asiente y añade: