Capítulo 6 Jamie #2
—Debes de estar emocionada, Jamie, de trabajar con la banda.
Aprieto los puños con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos y siseo entre dientes el mantra ensayado:
—Sí, estoy deseando que llegue esta emocionante oportunidad, y tengo muchas ganas de empezar la gira.
Kai se levanta y me entrega un libro nuevo, y tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no metérselo por el culo. En lugar de eso, sonrío como una boba, como si me hubiera regalado las joyas de la corona. Tanya cierra el programa con su empalagosa despedida de rigor.
Con todo el cuerpo en tensión, espero hasta asegurarme de que las cámaras están apagadas. Entonces me arranco el micrófono, salgo de la sala a toda prisa, me abro paso entre la multitud a empujones y casi echo a correr para alejarme de allí antes de hacer algo de lo que me arrepienta.
Mark me advirtió de que la gente me utilizaría en su propio beneficio, pero no esperaba que fuera uno de ellos. Fui una ingenua al pensar lo contrario.
La vergüenza y la humillación me desgarran por dentro al recordar cómo ha anunciado alegremente al mundo entero que mi prometido me dejó.
Unos pasos pesados me siguen de cerca y acelero, sin ganas de enfrentamientos.
Me apresuro hacia el ascensor; las puertas se abren justo a tiempo.
Pulso repetidamente el botón de mi piso, rogando que la puerta se cierre.
Está a punto de cerrarse cuando unas manos tatuadas se cuelan a la fuerza y la empujan para abrirla.
El imponente cuerpo de Kai ocupa casi todo el espacio mientras pulsa el botón del último piso.
—Sal. No tengo nada que decirte. —No soporto mirar su rostro perfecto. Si lo hago, podría flaquear.
—Jamie, mírame. —Me acorrala con los brazos mientras intento con todas mis fuerzas mantener la cabeza ladeada, negándome a mirarlo a los ojos. Si lo hago, sé que me desmoronaré. Como si tenerlo tan cerca no fuera ya bastante malo, su aroma embriagador tiene por sí solo el poder de desarmarme.
Haciendo acopio de fuerzas, reúno todo mi espíritu de lucha y empleo toda mi energía en intentar apartarle los brazos.
Él me agarra las muñecas y me empuja contra la pared, con su cuerpo pegado al mío.
Nuestros pechos suben y bajan en perfecto unísono; su aliento cálido me hace cosquillas en la cara mientras un infierno de calor abrasador arde dentro de mí.
El ascensor se detiene y la puerta automática se abre. Me sobresalto cuando Kai se gira y le grita a un pobre huésped desprevenido:
—Coge otro puto ascensor. Este está ocupado.
Aprovechando que está distraído, forcejeo para liberarme.
Es inútil: me agarra con más fuerza. El cuerpo se me desploma y la energía se me agota.
Derrotada, por fin lo miro, y me odio a mí misma cuando se me corta la respiración al ver sus iris de zafiro, casi eclipsados por el negro de sus pupilas.
Aún escocida por la traición, desato toda mi amargura:
—Kai Reed, vaya héroe de mierda, sacrificándome a mí, una don nadie, para quedar tú como una rosa.
—No tenía ni idea, Jamie, de que Tanya fuera a mencionar a tu prometido.
Ninguno de nosotros lo sabía. Todos nos quedamos tan atónitos como tú.
—Me acaricia la mejilla con las yemas de los dedos, con el rostro sincero y suplicante.
Me sorprende la intimidad, pero es demasiado agradable como para apartarle la mano.
Quiero dudar de él, pero es difícil cuando tiene el poder de inmovilizarme con un simple roce.
—¿Por qué debería confiar en ti? No me has dado ningún motivo. La mayor parte del tiempo actúas como si respirar el mismo aire que yo fuera indigno de ti.
—Si no me crees, habla con Shauna. Está que echa humo. Le cantó las cuarenta a Tanya después de que te fueras. No volveremos a trabajar con ella.
Nuestros labios están peligrosamente cerca, separados apenas por un par de centímetros, como si nos diera demasiado miedo dar el paso final.
Sus ojos se clavan en mis labios y me muerdo el inferior con fuerza para recuperar el control.
Cierro los ojos e intento aislarme. Sé que si me dejo caer, no habrá vuelta atrás.
No quiero darle el poder de destrozarme; ya se lo di a alguien una vez, y me hizo añicos.
Armándome de valor, me aparto hacia un lado y acepto una tregua en aras de la paz.
—Necesito este trabajo más de lo que probablemente puedas imaginar. Podemos fingir que somos amigos durante seis meses. Trato.
Le tiendo la mano para sellar el acuerdo, intentando ignorar lo bien que encaja en la suya. El ascensor se detiene en mi piso y salgo despacio, rompiendo lo que quiera que fuese ese momento. —Adiós, Kai.
—Hasta luego, G.I. Jamie.
Me dedica una sonrisa ladeada y resoplo.
—Tío, no empieces otra vez con la mierda de G.I. Jamie. Estaba a punto de perdonarte y vas y lo arruinas.
—Es lo que hago.
En un instante, su expresión se ensombrece; una niebla gris apaga la vida en sus ojos. Confundida, lo miro y murmuro:
—¿Qué es lo que haces?
Suspira con resignación.
—Arruinar las cosas.
La puerta del ascensor se cierra lentamente y lo veo alejarse poco a poco, con sus ojos atormentados fijos en los míos.
De pronto siento una extraña atracción hacia él.
La fría apatía que me advertía que mantuviera las distancias ha desaparecido, sustituida por algo que parece roto, como si me suplicara en silencio que absorbiera toda su oscuridad.
La puerta se cierra con un clic y me sacudo de encima lo que quiera que haya sido eso.
Hay cosas que es mejor dejar en paz.