Arrogante: El libro de mentalidad de Isra Bravo 2. Y yo
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2. Y yo

Yyo

El parque de Los Pericones, a la salida de Gijón, estaba lleno de luces y familias.

Había fiestas en el barrio. Nos detuvimos en un semáforo y pude ver a una niña de tres o cuatro años con un algodón de azúcar casi tan grande como ella, le tapaba medio cuerpo y apenas le sobresalía un poco la cabeza.

Le daba lametazos mientras ella y sus padres se reían y le sacaban fotos con un teléfono.

Era una escena divertida y tierna. Las luces y el sonido de la verbena estaban de fondo, haciendo de decorado perfecto para la niña, su algodón de azúcar gigante y sus padres.

Eso me hizo recordar que siempre odié el algodón de azúcar.

Desde pequeño. La primera y única vez que lo probé fue en el parque de atracciones de Madrid.

Me llevó mi madre a pasar una tarde y cuando vi aquella nube gigante le tiré de la mano para que me comprara una.

Mi madre sacó un monedero de su bolso, revolvió dentro y cogió unas monedas.

Unos minutos después, iba ella con el algodón de azúcar en la mano.

Lo odié mucho, su textura me daba repelús, no pude ni detenerme en su sabor, fue tocarlo y dárselo.

Pero a aquella niña, esa noche de domingo, en el parque de Los Pericones, parecía gustarle.

Daba lametazos a su algodón de azúcar mientras se reía y sus padres le sacaban fotos.

Me gustó esa niña y pensé que volvería a comer algodón de azúcar si ella me lo pidiera. Sólo si ella me lo pidiera.

—¿Por qué sonríes?

Alas ocho de la mañana volvimos al piso y empezamos a trabajar.

Teníamos que desmontar una librería gigante, sacar un sillón, dos mesas, seis sillas y unas veinte cajas.

Cuando subes o bajas escaleras con muebles que apenas pueden pasar entre los pasillos y tienes que volcarlos y buscar los huecos y encajar las piezas y llevarlos a una altura determinada y coordinarte con el paso del compañero, entiendes que algo no hiciste bien en tu vida.

Que no has tomado las decisiones más inteligentes.

Pero alguien tiene que hacerlo y ahí estábamos Ray y yo, bajando todos esos trastos a la furgoneta.

Alas diez habíamos terminado de cargar. Ahora tocaba irse al pueblo de Logroño.

—Tío —le dije a Ray—, estoy descargando camiones un domingo con un rumano sin dientes por 60 euros, ¿se puede ser más perdedor?

—Claro, se puede ser el rumano.

La carretera estaba casi vacía ese domingo.

Los domingos que tenía libres, llevaba a mi pequeña al parque, al de Isabel la Católica, y le enseñaba los pavos reales que andaban sueltos por ahí.

Era el mejor momento de la semana, ir con mi pequeña al parque y ver los pavos y mirarla.

Me pasaba horas mirando a mi hija, casi podía ver y sentir cómo le iba cambiando la cara de tanto como la miraba.

No quería perderme nada, guardarme todo dentro de mí, en algún sitio, que nadie me robara eso.

Mirar cómo crecía ajena a la vida desperdiciada de su padre.

Ella corriendo detrás de los pavos reales, ella subida a los columpios, ella mirando todo con curiosidad, ella acercándose a otras niñas para que la dejaran jugar.

Ella; era ella a la única persona del mundo que no soportaba la idea de decepcionar.

El resto nunca me importó demasiado, pero ella. ..

—Te quiero mucho, mi amor.

—Yyo.

—Tengo calor, voy a quitarme la chaqueta.

—Yyo.

—Quiero jugar contigo.

—Yyo.

—Hoy dormiré toda la noche, estoy cansado.

—Yyo.

—Tengo hambre.

—Yyo.

La respuesta más bonita del mundo, siempre es «y yo». No hay nada más bonito en el mundo. Yyo.

—Quiero ir a ver los pavos reales.

—Yyo.

No le puedes fallar a alguien que te responde «y yo» mientras te mira y sonríe. Hay que ser un animal para no cuidar de alguien que te mira, te sonríe y te dice «y yo».

Pero ese domingo no pude irme al parque con ella, como muchos otros domingos tenía trabajo.

Los 60 euros nos vendrían bien, todo lo que pudiera sacar era necesario.

Es verdad que los mejores momentos eran con mi pequeña y es verdad que leía mucho sobre gente al borde de la muerte que siempre dice: «De lo que más me arrepiento es de no haber pasado más tiempo con mi familia».

Todo eso está muy bien, todo eso puede ser muy cierto, pero cuando el día 17 o 18 de cada mes tienes que contar cada céntimo que se resbala entre tus dedos, no se siente uno muy responsable rechazando trabajos.

Sean los que sean. Ysi llegaba a viejo y en mi lecho de muerte me tenía que arrepentir de algo, podría soportarlo.

Uno se prepara para la muerte y sus conversaciones con ella desde que nace, aunque no lo sepas la mayor parte de tu vida.

Sobre la una del mediodía llegamos al almacén.

Descargar y montar los muebles nos llevó más tiempo.

La librería era un rompecabezas y ni el rumano ni yo éramos muy buenos con los puzles.

Para desmontarla y cargar, sí, no había que pensar mucho.

Pero montarla era otra cosa. Empezamos por los módulos de abajo.

Iba todo bien. El mueble iba tomando forma, la base estaba bien puesta, las puertas de cada pequeño módulo del armario se abrían, todo parecía correcto.

La parte central, donde había dos cristaleras que te dejan ver lo que había dentro, también estaba encajando bien.

La puta librería era horrible, ¿quién cojones querría conservar algo tan feo y tan grande?

Llevarlo a un almacén a las afueras de un pueblo de Logroño no era suficiente castigo para esa librería horrible.

Quemarla era su destino merecido. Pero, bueno, no estábamos allí para juzgar nada, ni siquiera un puto mueble feo y viejo y demasiado grande.

Pensar es cansado, por eso es más fácil juzgar.

Ahora sólo quedaba el último paso, dos módulos en la parte de arriba, una coronación al mal gusto, un homenaje a la fealdad.

Pero algo fallaba. Si poníamos un módulo en el lugar que se suponía que iba, no encajaba, sobresalía unos dedos a los laterales y hacía un efecto raro, como si hubiésemos puesto un sombrero de cowboy a un payaso.

Un payaso tiene la nariz roja y la cara pintada y da el coñazo con una bocina, pero no le pega un sombrero de cowboy.

Así que cuando miraba este mueble era como si mirara un payaso con un sombrero de vaquero.

Cambiamos el módulo «sombrero de cowboy sobre payaso» y lo pusimos en el otro lado.

Tampoco, la puta librería no tomaba forma.

Todo parecía estar bien, pero no lo estaba.

Nada estaba bien. Ni el módulo, ni la librería, ni el domingo, ni el trabajo, ni la vida. Nada estaba bien.

En la base, cuatro módulos. Cada uno de ellos con sus puertas de madera que no dejaban ver lo que guardabas dentro.

En el medio, dos módulos más grandes, con puertas de cristal, para poner tus platos «recuerdo de Torrevieja» bien a la vista. Aquí también parecía estar todo bien.

Yarriba, otros dos módulos. Éstos no estaban bien.

Eran como los de abajo, con puertas de madera que no te dejaban ver lo que había dentro.

Pero estos dos eran más anchos y alargados que los de abajo.

No había duda, lo habíamos montado bien.

¿Qué estaba fallando? Los pusiéramos como los pusiéramos, sobresalían y hacían la librería más fea.

Parecía que no podía haber mueble más feo en el mundo hasta que un rumano sin dientes y yo nos pusimos a montarlo.

Hicimos más feo lo feo, empecé a pensar que 60 euros era más dinero del que merecíamos.

Estuvimos casi una hora tratando de montar aquello, de darle un final digno hasta que llegó el momento de aceptar la derrota. De entender el fracaso. De enfrentarse a él.

—Ray, tío, esta librería es el infierno en la Tierra.

Hay gente que encuentra la cura a enfermedades que aterran a la humanidad durante siglos.

Otra gente resuelve enigmas que han quitado el sueño a generaciones.

Otros descubren nuevas especies marinas.

Pero nosotros no sabemos montar una librería.

Supongo que por eso estamos un domingo en un polígono de un pueblo perdido de Logroño, porque no sabemos ni montar una puta librería.

—Ya...

—Yme gustaría decirte que jamás en mi vida me rindo, que soy implacable, y que nada me frena, pero eso son estupideces, son frases para poner en el horóscopo.

La vida no es así, en la vida hay que saber cuándo parar.

No voy a invertir ni un puto minuto más de mi tiempo en este mueble del demonio.

Así que le ponemos una manta, como si fuera un muerto y nos volvemos a casa. ¿Te parece bien?

—Me parece bien.

Aquella librería nos había vencido. Así que pillamos una manta del camión y la pusimos por encima, justo para tapar los módulos que no fuimos capaces de encajar.

Cuando estábamos saliendo de aquel almacén miré la librería tapada por una manta gris, del mismo color que el edificio del que sacamos el mueble.

Era como despedirse de un ser querido, un ser querido feo y estúpido, pero al que le has pillado cariño.

Esa librería me daba más pena que una planta.

Dicen que las plantas hablan, pero no conmigo.

Los muebles hablan más conmigo que las plantas.

Creo que regaría antes un mueble que una planta, pero, bueno, imagino que lo regaría todo si dependiera de mí.

Eso es lo que pensaba cuando íbamos andando hacia la furgoneta, en regar muebles.

Vaya genio. No sé montar una estúpida librería, pero quería regarla porque al despedirme de ella y ponerle la manta he sentido su tacto frío.

Quizá debería regar aquel mueble, regarlo y maquillarlo.

Me imaginé una cola de más de mil personas para dar su último adiós al mueble muerto, como si fuera el papa.