Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 31
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Capítulo 31

Fernanda era muy consciente de que tenía todas las de perder, que su padre era más grande y fuerte que ella, pero incluso así, decidió pelear porque ella debía ir por su hermana, debía regresar con su hijo y decirle a Nicholas que también lo amaba y estaba dispuesta a intentarlo de nuevo.

Tenía mucho que perder y no dejaría que ese hombre le arrebatara todo lo que amaba.

—No te pongas difícil, Fernanda —le susurró al oído, presionando aún más el agarre sobre su brazo—. Acepta tu destino y cede de una maldita vez.

«Primero muerta».

Ignorando el dolor en su brazo, encogió el brazo libre, clavó sus uñas en el rostro masculino y rasgó hacia abajo con todas sus fuerzas.

Él soltó un rugido de dolor y sorpresa al sentir las marcas sangrientas en su mejilla —no había esperado que la mujer que recordaba dócil y gentil reaccionara así—, lo que le hizo aflojar el agarre por un segundo.

Fernanda no lo pensó: lanzó una patada ciega que impactó de lleno en la pantorrilla de Leandro y le asestó un codazo furioso en la mandíbula.

Leandro retrocedió un par de pasos, gruñendo, con una mezcla de furia e incredulidad en la mirada.

—¡Eres una maldita zorra! —escupió, limpiándose el hilo de sangre que se deslizaba por su mentón—. Pensaba ser bueno contigo —farfulló y sus ojos se inyectaron de un odio visceral.

Fernanda corrió hacia la mesa de centro y sus dedos temblorosos alcanzaron la botella del trago que Leandro estuvo bebiendo antes de su llegada.

Se giró justo a tiempo cuando él se abalanzó sobre ella.

Con un grito desgarrador, le estrelló la botella directamente en el hombro y el costado de la cara.

El cristal se hizo añicos con un estruendo seco y él se tambaleó hacia atrás, llevado por el impacto, pero la diferencia de tamaños jugó en su contra: él la sujetó del cabello con rabia y la estampó brutalmente contra el suelo, provocando que sus lentes salieran disparados hacia algún rincón del salón.

La visión se le nubló y lamentó con creces no haber seguido el consejo de Ewan. Si salía intacta de esto, empezaría a utilizar sus lentes de contacto.

No obstante, ¡¿cómo podía Leandro seguir de pie después del golpe que le brindó?

¡Él era un monstruo!

Ahora no podía verlo con claridad, pero estaba segura de que él tenía todo el cuello ensangrentado.

El primer golpe se atestó en su vientre, quitándole parte del aliento, y se encogió en su lugar cuando él empezó a patearla.

—¿Por qué lo haces tan difícil? —gruñó con impotencia, al tiempo que se situaba sobre ella e inmovilizaba sus manos junto a su cabeza—. Voy a tratarte bien, con el tiempo aprenderás a amarme y olvidaremos este pequeño altercado.

—Mejor mátame, padre —escupió con desprecio, sintiendo el sabor a hierro dentro de su boca.

—¡Irás conmigo así tenga que llevarte inconsciente! —su afirmación lo sacó de quicio y pudo ver la silueta de cómo levantaba el brazo para golpearla.

Sin embargo, sin previo aviso, un fuerte disparo resonó en el exterior, seguido de otro y otro, indicándoles que ya no estaban solos y los planes de su padre se habían alterado por completo.

La policía estaba allí y a pesar de no contar con una excelente vista, Fernanda hizo lo único que podía hacer y levantó la rodilla sin dudarlo para golpearlo en la ingle, quitándoselo de encima.

Mientras él se revolcaba en el piso por el dolor, Fernanda se arrastró en dirección opuesta, ignorando como los vidrios se clavaban en la palma de su mano, e intentó visualizar y recordar todo lo que tenía a su alrededor.

—Voy a matarte.

Leandro se incorporó y desfundó el arma que tenía dentro de su abrigo, justo en el momento que la puerta principal cedía y alguien ingresaba a toda velocidad para arremeter contra él.

¿Qué estaba pasando?

¡Odiaba no poder distinguir nada!

Los disparos en el exterior, los gruñidos de la pelea cuerpo a cuerpo que se estaba suscitando a pocos metros de distancia de ella y el pánico al reconocer la silueta del rubio la obligaron a moverse con más agilidad.

¿Por qué Nicholas estaba ahí?

¡Ella nunca quiso que él se arriesgara de esa manera!

Tal vez no podía ver con claridad, pero tuvo la impresión de que su padre estaba armado y por ende ahora ambos se encontraban luchando por la pistola.

«Tengo que hacer algo, debo ayudarlo», pensó con desespero y tanteó el piso, quedando como piedra al sentir el candelabro que vio sobre la repisa al llegar.

Lo tomó con ambas manos, se puso de pie con las piernas temblorosas y se acercó a los hombres que forcejaban con violencia, más inquieta que nunca. Esperó el momento exacto en que Leandro quedara arriba y le asestó un golpe seco en la espalda.

En ese momento, su puntería era muy mala.

—¡Arg! —rugió él, apartándose del cuerpo del rubio, y Fernanda no pudo evitar que su brazo impactara contra su rostro.

Cayó al piso, sintiendo que en esta ocasión el mareo era más fuerte, y en ese momento escuchó como alguien recibía un golpe y caía de bruces.

No necesitó mucho tiempo para confirmar que se trataba de su padre porque pronto Nicholas la cubrió con su cuerpo, transmitiéndole un alivio que por un momento pensó que no volvería a sentir.

—Estás a salvo, mi amor, esto terminará pronto —le susurró, pero no pudo responderle.

Se sentía débil, agotada y frustrada.

¿De qué le sirvió hacer todo lo que hizo si no pudo salvar a su hermana?

Las sirenas empezaron a sonar en el exterior, indicándoles que todo estaba a punto de terminar, pero Leandro, cegado por el dolor, la locura y la derrota inminente, se incorporó con lentitud advirtiéndoles que no iba a rendirse.

Con el rostro ensangrentado y los ojos desorbitados, les apuntó fijamente con su pistola.

—Ya lo viví con Brenda y no soportaré hacerlo de nuevo —susurró con una sonrisa grotesca y desquiciada, prendiendo sus alarmas—. Prefiero verte muerta antes que dejarte libre, pero antes mataré a este malnacido como lo hice con tu padre.

El terror le heló la sangre al comprender que estaba hablando de sus padres biológicos y que estaba a punto de jalar el gatillo contra ellos.

—¡No! —empujó a Nicholas por el pecho, decidida a romper el abrazo y apartarlo, pero el pánico la invadió cuando él la abrazó con fuerza, dejando claro que no permitiría algo así.

El estruendo del disparo retumbó en la estancia y el gruñido adolorido de Nicholas le caló los huesos, llevándola a tiritar sin control alguno mientras él se tensaba contra su cuerpo.

—Nico…

En ese momento Evanson ingresó al lugar con el arma en alto y antes de que Leandro pudiera reaccionar, se abalanzó contra él y se encargó de desarmarlo y esposarle las muñecas tras la espalda.

—Por fin lo tengo, Leandro Matthew —farfulló con rencor, mientras ella sollozaba con horror al sentir como Nicholas se desplomaba.

—No, Nicholas… —suplicó entre llanto y la amplía mano masculina acarició su mejilla.

—Estaré bien, mi amor, no te librarás tan fácilmente de mí —musitó antes de perder el conocimiento y ella sollozó con impotencia.

¿Por qué lo hizo?

¡Ella nunca quiso que las cosas terminaran así!

Ni siquiera pudo recuperar sus anteojos para ver su estado, puesto que sólo necesitó escuchar que el peligro había finalizado para que su cuerpo también cediera ante el dolor y el cansancio.