Capítulo 32
La pesadez que sentía en el cuerpo le impedía moverse, era como si de pronto tuviera un centenar de piedras sobre ella, indicándole que no intentara hacer ningún movimiento en falso.
Le dolía el vientre, la espalda y el rostro, pero lo peor de todo era que la oscuridad que la rodeaba se sentía espesa y asfixiante.
¿Qué estaba pasando?
El olor a antiséptico y el pitido rítmico de un monitor le indicaron de inmediato que no estaba en la residencia de Epping Forest, sino en un hospital.
¿Cómo terminó en ese lugar?
«Estaré bien, mi amor, no te librarás tan fácilmente de mí», las palabras de Nicholas retumbaron en su cabeza y luchando contra todo su malestar, Fernanda separó los párpados con lentitud, enfrentándose a una cegadora luz que le hizo cerrar nuevamente los ojos.
—Mmm… —gimió adolorida, percatándose del sabor picante en su boca y la loca necesidad de beber un poco de agua—. Nico… —musitó con esfuerzo, con los labios resecos, y agradeció en silencio que un vaso de cristal se posara en su boca y un líquido refrescante se deslizara por su garganta.
—Tómalo con calma, Fer, no hay prisa.
Ewan estaba junto a ella y por el tono de su voz, dedujo que llevaba mucho tiempo conteniendo el aliento y sus emociones.
Lo más probable era que le hubiera dado un susto de muerte.
En esta ocasión, no fue tan difícil abrir los ojos, pero se encontró con una cortina borrosa que la llevó a parpadear varias veces.
Por suerte, su amigo no demoró nada en ponerle sus anteojos.
—¿Dónde está? —preguntó con voz rota y la angustia empezó a oprimirle el pecho—. ¿Qué pasó con Nicholas? Él estaba herido y…
—Tranquila... —pidió Ewan con paciencia, evaluando su estado.
—No me pidas eso, por favor... —sollozó, intentando incorporarse.
—Tranquilízate, por favor, todo terminó. —En esta ocasión empleó más firmeza en sus palabras, sujetándola suavemente por los hombros para que no hiciera movimientos bruscos.
—Llévame con Nicholas. Quiero verlo, dime que está bien, Ewan —suplicó aceleradamente, odiando que las lágrimas bajaran por sus mejillas.
Su amigo bufó y negó lentamente con la cabeza, prendiendo todas sus alarmas.
—Eres una cínica, Fer —murmuró con ironía afectuosa—. El tipo que recibió un disparo en el hombro despertó y abandonó la cama antes que tú... y eso que su hermana tuvo que donarle sangre de emergencia.
—Gracias a Dios... —Nicholas estaba bien, él logró superar su cirugía y gracias a los santos Jenny estuvo presente para ayudarlo—. Ayúdame a levantarme, quiero ir a su habitación.
Hizo el ademán de sentarse, pero ahogó un lamento al sentir un agudo dolor en el vientre.
—Con calma —susurró su amigo y la ayudó a sentarse, pero se vio obligada a aminorar la velocidad de sus movimientos porque un violento mareo la aturdió.
—Dices que Nicholas despertó antes que yo, ¿cuánto tiempo estuve en cama?
—Dos días —reveló Ewan con gravedad y ella abrió los ojos con horror—. Tu cuerpo simplemente colapsó por el cansancio, la conmoción y los golpes.
—Adrián…
—Está en buenas manos —dijo rápidamente al ver que los nervios la estaban traicionando y Fernanda intentó asimilar la noticia, pero el crujido de la puerta de la habitación interrumpió la conversación. Al girar la cabeza, las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos sin control alguno.
Bajo el umbral de la puerta se encontraba Nicholas y por la bata blanca que llevaba puesta dedujo que aún no había sido dado de alta.
—Mi amor… —susurró él y avanzó tan rápido como pudo hacia ella, arrastrando el pie del suero mientras Jenny supervisaba todos sus movimientos.
Sin importar el mareo repentino, Fernanda se incorporó y fue a su encuentro para envolverlo en sus brazos.
Él ahogó un gruñido, obligándola a ser más cuidadosa, y cuando intentó apartarse para brindarle su espacio no se lo permitió.
Nicholas la envolvió contra su pecho con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en su cuello.
—Perdóname... perdóname, Nico —rompió en un suave llanto, aferrándose a su bata—.
Nunca quise involucrarte en esto, por esa razón quise alejarme de ti desde un principio.
Siempre supe que él intentaría lastimarte y la sola idea de que lo consiguiera me aterraba —confesó con desespero—.
Entendería perfectamente si no quieres volver a saber nada de mí ni de mi familia.
Aferrarse a él sería muy egoísta de su parte.
Llegó a Londres para lastimarlo, le escondió un hijo y cuando él demostró que quería ser mejor persona para ella, su padre terminó disparándole.
—Estás completamente loca si crees que voy a alejarme de ti —siseó él con voz rasposa, apartándola lo suficiente para sostenerle el rostro con ambas manos—.
Te amo demasiado como para imaginarme una vida lejos de ti, Fernanda.
—Acarició sus mejillas, contento—. No sabes el alivio abismal que siento al ver que por fin despertaste, por un momento pensé…
—su voz se quebró, no pudo terminar la oración, y ella no quiso presionarlo.
Ambos habían pasado por mucho y tenía la leve sospecha de que esa pesadilla aún no había terminado.
—Quiero ver a mi hijo... —confesó, acunando sus manos con ternura—. Necesito ver a nuestro hijo, ¿cuándo podremos irnos?
—Yo también quiero verlo —admitió él y parpadeó varias veces para no soltar un par de lágrimas.
—Adrián está perfectamente bien —intervino Jenny con suavidad, transmitiéndole todo el apoyo que necesitaba—. Susan, Adam y el señor McKenzie lo estuvieron cuidando todo este tiempo.
Fernanda la miró con fijeza, eso quería decir que Jenny estuvo cuidando de Nicholas.
—No ha parado de preguntar por ti —acotó Ewan, sonriente—. Y por ti —bufó cuando miró a Nicholas, pero el rubio se rio por lo bajo—. Los echa de menos.
Fernanda respiró hondo, pero la sombra de la tragedia regresó de golpe a su mente al recordar a su hermana.
—¿Y Megan? —preguntó, sintiendo que el pánico amenazaba con regresar—. Leandro quemó la capilla con ella adentro... quise ir por ella, pero empezamos a pelear... —la visión se le cristalizó.
En ese instante, el ambiente en la habitación se congeló. Ewan y Nicholas intercambiaron una mirada densa y cargada de pesadumbre que ella no llegó a notar porque continuó con su monólogo.
—Fui hasta él para ayudar a mi hermana, pero al final no hice nada por ella y terminé complicando todo.
—Eso no es cierto —respondió Nicholas con rapidez, captando su atención—. Gracias a ti, Christian pudo llegar a ella y sacarla del incendio antes de que la capilla colapsara.
—¿Qué? —empezó a respirar con dificultad y Jenny la ayudó a sentarse en la orilla de la camilla—. ¿Christian la encontró? —Un atisbo de esperanza se instaló en su pecho—. ¿Eso quiere decir que está bien? ¿Dónde está? Quiero ir a verla, tengo que hablar con ella.
Leandro le había dicho que Megan estaba muy al tanto de muchos de sus secretos, lo que quería decir que su hermana podría ayudarla a esclarecer todas las lagunas que el pelinegro instaló en su mente.
El silencio en la habitación no fue de su agrado y un escalofrío recorrió su espina dorsal.
—¿Qué sucede?
Ewan y Nicholas intercambiaron una rápida mirada y ella negó con la cabeza, angustiada.
—Díganme la verdad, por favor —suplicó, y su pulso se ralentizó.
—Christian logró salvar a Megan —espetó Ewan con cautela—, pero…
—Pero ¿qué? ¡Porque no me dicen todo de una maldita vez!
Ewan miró hacia Nicholas, cediéndole la palabra. El rubio dejó escapar un largo suspiro y sujetó su mano con firmeza.
—Está siendo atendida por el mejor equipo de neurocirugía del hospital —le explicó con tono pausado—.
Pero lastimosamente recibió golpes muy severos en la cabeza antes del incendio.
—Cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas encontraran un rumbo por sus mejillas—.
Ahora mismo Megan se encuentra en terapia intensiva.
Por el momento sólo nos queda esperar a ver cómo responde su cerebro.
Fernanda se cubrió la cara con las manos y rompió en un llanto amargo y desgarrador.
Unos minutos después, Ewan y Jenny abandonaron la habitación para darles privacidad. Se quedó a solas con él, hundida en una profunda impotencia mientras el rubio permanecía sentado al borde de la camilla, sosteniendo su mano.
—Todo lo que hice... todo el dolor que provoqué fue completamente en vano —murmuró ella, mirando la nada—. No pude salvar a nadie.
—Eso no es cierto —le recriminó Nicholas con dulzura, pero con firmeza—.
Ya te dije que Christian pudo llegar a tiempo a la capilla únicamente porque te vio a ti en la carretera y decidió seguir esa pista.
Tu valentía y tu intervención sí ayudaron a salvarle la vida a tu hermana.
No te quites ese mérito, ni mucho menos te culpes por algo que no provocaste.
Fernanda tragó saliva con dificultad.
—Leandro y Fátima no son mis padres biológicos —confesó en un hilo de voz, y él la miró con fijeza—. Toda mi vida es una mentira.
—Desde que desperté, no he dejado de pensar en las palabras de Leandro —admitió con la mirada sombría—. Dijo que había matado a tu padre, y el detective Evanson ya está al tanto de esa confesión.
Eso quería decir… ¿qué pronto sabría el nombre de su progenitor?
«¿Importa? Lo único que quiero es que Megan vuelva en sí», admitió con amargura.
—¿Saben algo más? —preguntó ella con temor.
—Leandro está completamente callado en el módulo de máxima seguridad. La policía intentó interrogarlo, pero no piensa decir una sola palabra. Mientras tanto, la búsqueda de Fátima se ha intensificado en todo el país.
—Tengo miedo, Nico —admitió, apretando sus dedos entre los suyos—. No sé qué va a pasar de ahora en adelante con mi vida, con las mentiras del pasado y...
Nicholas le dedicó una sonrisa cálida y le besó los nudillos con devoción.
—Pase lo que pase, me voy a quedar a tu lado para cuidar de ti y de Adrián. Te lo prometo.
Fernanda esbozó una débil sonrisa entre lágrimas, buscando la confirmación que su corazón anhelaba.
—¿Aún podemos intentarlo?
—Ni siquiera deberías preguntarlo —respondió él con una chispa de picardía en los ojos—. Si me rechazas como pareja, me voy a quedar a tu lado, aunque sea en calidad de tu guardaespaldas personal. De mí no te libras.
Fernanda dejó escapar una pequeña risa por lo bajo, la primera en días, y lo miró con infinito cariño.
—Llévame a ver a Megan... por favor —le pidió en un murmullo.
Nicholas suspiró con resignación, sabiendo que nada ni nadie le haría cambiar de parecer.
—Sólo si me prometes algo. —Ella asintió—. Tómalo con calma, tu hermana está en un proceso de recuperación y tú también necesitas descansar, por lo que no puedes permitir que esto acabe contigo.
—Pero…
—Por Adrián, por ti y por mí —entrelazó sus manos con firmeza—. No estás sola, mi amor, yo siempre estaré a tu lado para cuidarte, pero esto no ha terminado y lo sabes.
Fernanda asintió.
—Te prometo que seré valiente.
—Bien —suspiró más tranquilo, pero hizo una mueca adolorida—. Adam me dijo que nadie tiene permitido entrar a la unidad de neurología... pero voy a buscar la forma de llevarte a la puerta. Yo también quiero verla.
***
La mujer de cabellera rubia terminó de ajustarse la bata esterilizada de protección sobre el traje de cuidados intensivos y sus manos temblaban ligeramente mientras daba unos pasos lentos y silenciosos hacia el gran ventanal de cristal.
Al otro lado del vidrio, rodeada de cables, monitores y respiradores automáticos, Megan dormía en un profundo coma inducido porque era la manera más segura de proteger su cerebro después de todas las lesiones que recibió.
Daniela se acercó tanto como pudo al ventanal, con la espalda rígida y la mandíbula apretada. Una frustración voraz le carcomía las entrañas. Intentó mantenerse firme, pero no pudo evitar que un par de lágrimas rebeldes se desprendieran de sus ojos y rodaran libremente por sus mejillas.
Se prometió que las cuidaría, pero no pudo hacer nada para evitar que su padre llegara a ellas.
—Por fin das la cara... —resonó una voz masculina, fría y rasposa a sus espaldas.
Daniela no se giró. Reconoció esa voz al instante, pero mantuvo la mirada fija en el rostro sereno e inmóvil de Megan.
—Déjame tranquila, Adam —respondió en un murmullo distante.
No fue al hospital para reunirse con él, ella… simplemente ya no pudo mantenerse al margen de la situación.
Adam apretó la mandíbula, odiando que ella le hablara con tanta indiferencia, y tal y como lo predijo, terminó perdiendo el control y la alcanzó en cuestión de segundos para sujetarla del brazo y obligarla a mirarlo a los ojos.
El impacto fue severo, pero no aligeró su agarre.
En el fondo, temía que ella volviera a huir.
—Exijo que me digas qué demonios tienes que ver con mis hermanas —siseó con rabia, buscando desesperadamente respuestas.
Daniela no le respondió, ni siquiera se inmutó, pero se negó a sostenerle la mirada y volvió la cara hacia el cristal para seguir observando a Megan.
—Si no vas a decirme nada, lárgate de aquí ahora mismo —escupió fuera de sí, dispuesto a sacarla del pasillo—. No puedes estar aquí, no eres su familiar.
—¡Déjala en paz!
Fernanda apareció de repente, avanzando con dificultad mientras Nicholas la sostenía por la cintura. Sin pensarlo dos veces, su hermana se interpuso entre ambos y lo empujó fuertemente por el pecho para alejarlo de la rubia.
—No te atrevas a tratar así a Daniela —le recriminó con la voz quebrada.
Adam parpadeó, completamente descolocado. Miró a su hermana con absoluta sorpresa y luego dirigió una mirada llena de escepticismo hacia Fanny.
—¿Daniela? —farfulló Adam con ironía, ¿no se suponía que ella odiaba ese nombre?— ¿Cómo demonios conociste a esta mujer, Fernanda?
—La conozco porque es una buena persona —siseó—. Cuando tú apagaste tu celular y te olvidaste de nosotras hace diez años, fue Daniela quien nos dio una oportunidad, un techo seguro y un camino para huir de Leandro.
Adam se quedó petrificado en su lugar. La revelación lo golpeó como un balde de agua fría, dejando su mente en blanco por un segundo.
Daniela dio un paso adelante y envolvió a Fernanda en un abrazo protector, acariciándole la espalda con suavidad.
—Tranquila, Fer, por favor no te alteres —le pidió en un susurro amigable—. Acabas de despertar, esto no te sentará bien.
Adam soltó una risa amarga y desprovista de humor. Miró a Fernanda con una mezcla de conmoción, dolor y profunda incredulidad antes de fijar sus ojos en la rubia.
—¿De verdad no tienes idea de quien es ella, Fernanda? —preguntó Adam en un hilo de voz tenso, señalando a la mujer que la abrazaba, y la morena se tensó—. ¿Estás al tanto de que tu querida amiguita fue la mujer que me dejó plantado en el altar?