Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 30
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Capítulo 30

—No lo entiendo, Megan —gruñó con impotencia, deseando emplear toda su fuerza para retenerla a su lado, pero ella simplemente negó con la cabeza—. ¿Por qué huir de tus padres, de Londres y todo lo que tienes?

No lo entendía, hace apenas unos días ella le había dicho que quería estudiar administración, que estaba muy interesada en el negocio familiar y que sentía que podía hacer algo útil por su familia para que por fin sus padres la quisieran un poco.

¿En qué momento ella cambió de parecer tan drásticamente?

—Ellos no son buenas personas y Fernanda y yo decidimos dejarlos atrás.

¿Y él?

¿Qué sucedía con él?

¡Eran mejores amigos!

—Megan… —la voz le tembló y ella debió notar su pesar porque rápidamente lo abrazó por el cuello.

—Nos volveremos a ver, yo sé que tú harás hasta lo imposible por reunirte nuevamente conmigo.

«Porque te amo», la abrazó con fuerza, odiando que una lágrima rebelde se deslizara por su mejilla, y se juró que tarde o temprano encontraría el camino para seguirla.

—¿A dónde irás? ¿Quién es esa mujer que les ofreció el viaje?

—Iremos a Berlín y ella se llama Daniela Stephany Evanson y al parecer es una exempleada de mis padres, nos vio salir de nuestra casa la noche que huimos y decidió seguirnos.

¿Por qué huyeron? ¿Qué fue lo que sucedió esa noche?

—¿Es de confianza?

—Es menos peligrosa que mis padres —se encogió de hombros, mirándolo con pesar—. Adam tiene el celular apagado, no pudimos contactarnos con él.

—¿Y yo no puedo ayudar?

Megan negó con la cabeza.

—Si nuestros padres se enteran que nos ayudaste a escapar, tus padres se molestarán mucho y podrían intentar comprometernos. Ambos sabemos que eso sería muy arriesgado.

Porque ella no lo amaba de la misma manera en la que él la quería, porque para Megan él sólo era su mejor amigo.

—Llámame, por favor —sujetó sus manos, nervioso, preguntándose cuánto tiempo tardaría en reunirse nuevamente con ella.

—Cuídate, Chris.

Christian golpeó el volante con la palma de su mano, soltando una maldición ahogada por nunca haber insistido más en cuanto a la relación de Megan con sus padres. Ella le había insinuado que ellos eran un peligro, pero él… jamás se imaginó que se refería a una amenaza de ese calibre.

¿Por qué los dejó irse?

La visión se le cristalizó, ¿en qué momento se convirtió en un cobarde?

¿Para eso persiguió a Megan por años? ¿Acaso no fue él quien encontró un lugar para ella en el mundo del modelaje, sólo para tenerla cerca y poder cuidarla?

No lo entendía.

Se suponía que ya no sentía lo mismo por ella, que su relación lo estaba asfixiando y ni siquiera deseaba recuperar su amistad, pero saber que ella estaba en un peligro mortal le estaba enviando espasmos por todo el cuerpo, haciéndolo respirar con irregularidad.

¿Él… realmente estaba listo para vivir una vida sin esa mujer?

«Claro que no».

Se centró en la silenciosa carretera Epping Forest —ese día los autos apenas y pasaban cada diez o quince minutos— en la cual llevaba más de una hora.

Ese era el punto exacto donde perdió a Leandro de vista, un punto en medio de la nada donde a ambos lados del camino no había más que paredes densas de árboles y matorrales espesos.

¿Hacía dónde debía ir?

¿Qué camino debía tomar?

«Yo… me prepararía para recibir cualquier tipo de noticia».

Las palabras del detective Cross retumbaron nuevamente en su cabeza y él negó rápidamente con la cabeza.

No se daría por vencido, él encontraría a Megan y por el bien de Leandro esperaba que ella se encontrara bien, porque ahora mismo no podía regular toda la rabia e impotencia que estaba sintiendo.

¿Por qué siempre se metían con ella?

¿De qué servía que Megan tuviera una fachada fría y distante si todos sabían que era la hermana más débil y vulnerable?

«Incluso yo me aproveché de eso», pensó con vergüenza y juntó los ojos con frustración.

—Te encontraré —musitó, estudiando el camino con determinación.

No sólo encontraría a Megan, sino que se encargaría de compensarle todo el daño que le causó en los últimos meses, cuando fue cobarde al no ser capaz de romper su relación correctamente.

Sin embargo, ¿qué era lo que quería conseguir exactamente?

Cuando Leandro le dijo que ella saldría de viaje, Christian no sólo sintió un escalofrío en toda la espina dorsal, sino que deseó saber a dónde iría porque sabía que tarde o temprano iría a buscarla.

Para él estar lejos de Megan nunca fue una opción, porque por mucho que odiara la situación, sabía mejor que nadie que esa mujer siempre sería su perdición.

Megan era lo único constante que siempre tuvo en la vida.

Siempre estuvo a su lado, desde que tenía uso de razón y por esa razón no quería aceptar las palabras del detective.

Sin ella, ¿qué le quedaba?

—Una pista… —susurró, mirando hacia el camino—. Sólo necesito una pista.

En ese momento, sus ojos se concentraron en el retrovisor y el destello de unos faros a lo lejos comenzó a aproximarse a gran velocidad por la carretera.

Algo que llamó su atención e hizo que se concentrara en demasía en el interior del auto.

***

El vehículo blanco —el cual tuvo que hacer varios desvíos por la ciudad para que no pudieran seguirles el rastro desde la delegación— redujo la velocidad hasta detenerse frente a la imponente casa de madera y piedra que estaba situada en lo más denso de Epping Forest. La propiedad, rodeada de arboledas altas y vegetación descuidada, habría parecido una acogedora cabaña de descanso en cualquier otro contexto, pero ahora Fernanda solo la percibía como una trampa mortal.

El chofer rodeó el auto, abrió la puerta del pasajero y, sin pronunciar palabra, desenfundó un arma apuntándole directamente al costado.

¿Qué podía esperar de la mano derecha de su padre?

—Avanza hacia la casa. Hazlo sin rodeos —ordenó Mark con voz rasposa e impaciencia.

Con las piernas temblorosas y el estómago hecho un nudo, Fernanda obedeció y estudió el terreno. Por un momento pensó que la casa no estaba custodiada, pero a lo lejos vio a dos hombres de traje negro aproximándose.

¿Estaría siendo muy optimista al creer que había escapatoria?

—Camina —ordenó Mark y el crujido de la hojarasca bajo sus pasos sonó como una cuenta regresiva, pero en ningún momento titubeó porque dentro de esa casa estaba su hermana.

Entró a la residencia y la puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido pesado, indicándole que ya no había salida y acababa de entrar a la boca del lobo.

En el centro de una amplia sala de estar con chimenea de piedra, Leandro la esperaba de pie, sosteniendo una copa con elegancia. Una sonrisa complaciente se dibujó en sus labios, mientras la estudiaba de arriba abajo con pericia.

—¿Dónde está Megan? —exigió saber de inmediato, con la voz quebrada. Él se veía tan tranquilo que no parecía consciente de que estaba siendo buscado por la justicia—. Vine como me lo pediste. Ahora dime dónde está, quiero verla.

—Primero vamos a hablar —respondió él con tranquilidad, señalando uno de los sillones de cuero.

—¡No voy a hablar de nada contigo! —se resistió, dando un paso atrás.

Leandro enarcó una ceja, despojándose del tono afable para dejar ver la frialdad que lo caracterizaba.

—No te resistas, Fernanda. Sabes perfectamente lo que está en juego.

Acorralada, Fernanda contuvo un sollozo y tomó asiento en el borde del sillón, con el cuerpo rígido, evaluando la estancia con rapidez. Debía encontrar algo con qué defenderse en caso de que las cosas se complicasen.

Leandro le dio un sorbo a su bebida y se aproximó a ella lentamente.

—Es perfectamente comprensible que en tu mente me veas como un monstruo —comenzó a decir en tono reflexivo—. En tu cabeza, la historia es que soy un padre degenerado que intentó abusar de su propia hija... pero la realidad es otra, Fernanda.

Frunció el ceño, no estaba entendiendo nada.

—Tú nunca fuiste mi hija —La confesión le generó un vuelco en el estómago—. Y es precisamente por eso que te amo de una manera que ni siquiera alcanzas a imaginar.

El horror le recorrió la espina dorsal y negó con la cabeza.

—¡Mentira! —gritó, sintiendo que la bilis trepaba por su garganta—. ¡Eso es mentira! —Él sólo quería engañarla para que tomara de mejor manera todo lo que pensaba hacerle.

Leandro dejó escapar un largo suspiro, mirándola con una mezcla de lástima y obsesión.

—Te quedaste sin madre al nacer —dijo con voz pausada—. Tu verdadera madre fue una mujer muy especial para mí... extremadamente difícil de atraer y domar —admitió—. No pude tenerla a ella, así que me conformaré contigo.

—¡Estás enfermo! —Fernanda intentó ponerse de pie de golpe para alejarse de él, pero la voz de Leandro la detuvo como un látigo.

—Si accedes a venir conmigo sin poner resistencia, me olvidaré de la existencia de tu hijo —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Dejaré que él viva tranquilo el resto de su vida, junto al infeliz de su padre.

La mención de su hijo le paralizó el corazón y el pavor la consumió por completo.

—¿Y Megan...? —alcanzó a articular en un hilo de voz. No pensaba seguirlo a ninguna parte, pero le inquietaba no ver a su hermana por ninguna parte—. ¿Qué le hiciste a Megan?

Leandro se limitó a encogerse de hombros con una frialdad repugnante. Caminó hacia los ventanales laterales de la sala y le hizo una seña con la mano hacia el exterior.

—Compruébalo tú misma.

Fernanda corrió hacia el ventanal. A lo lejos, entre los espesos árboles al fondo de la propiedad, una densa columna de humo negro se elevaba hacia el cielo desde una pequeña construcción de madera que ardía en llamas.

Miró a Leandro con los ojos abiertos de par en par por el espanto.

—¿Qué hiciste...? —susurró.

—Después de la paliza, la chica no despertaba —explicó con la misma indiferencia con la que hablaría del clima—. Pensé que lo mejor para Megan sería pasar a una mejor vida, admito que le di mucha información que no necesitaba conocer antes de golpearla.