Capítulo 29
El agua fría corría a borbotones sobre sus manos, pero Fernanda apenas podía sentirla.
Frente al espejo del baño de la delegación, se frotaba los dedos con un frenesí neurótico, intentando quitarse de encima la sensación de impotencia que la asfixiaba desde que el detective Cross le sugirió prepararse para lo peor.
Apoyó ambas manos sobre el borde del lavamanos, inclinando la cabeza mientras contenía un sollozo que amenazaba con desgarrarle la garganta.
¿Prepararse para lo peor? ¿Y qué se suponía que era lo peor?
Un zumbido sordo rompió el silencio y respingó en su lugar.
Inmediatamente fijó la vista en su teléfono, apoyado junto al grifo.
La pantalla mostraba un número privado. Trató de calmar el ritmo frenético de su corazón, secó sus manos torpemente contra su pantalón y respondió la llamada con movimientos torpes.
—¿Hola...? —por más que lo intentó, no pudo hacer que su voz sonara firme.
—Si tienes un poco de cerebro, te vas a limitar a escuchar y no dirás ni una sola palabra —la voz de Leandro resonó al otro lado de la línea, helándole la sangre en las venas—. Harás exactamente todo lo que te diré, Fernanda. Sin rodeos, sin preguntas y sin buscar ayuda.
Ella se congeló, ahogando un jadeo.
—¿Padre...?
—Tengo a mi gente en esa delegación, sé perfectamente que el idiota de Christian acaba de testificar en mi contra y que la imbécil de Fátima huyó —siseó él, impregnando cada palabra de un odio irracional—.
Así que escúchame muy bien: si abres la boca o le das una sola pista a cualquiera de los hombres que te acompañan, mataré a Megan aquí mismo.
—No. Por favor, no le hagas nada —suplicó en un hilo de voz, aferrando el celular con ambas manos como si su vida dependiera de ello.
—Te enviaré unas cuantas imágenes suyas por si la extrañas —se mofó Leandro con un cinismo repugnante—.
Esto es lo que vas a hacer: saldrás de ese baño, bajarás a la planta baja del edificio y te subirás al auto blanco que está estacionado justo en frente.
El chofer te hará una leve seña con las luces en cuanto te vea salir.
Pero antes de dar un solo paso fuera de ese baño, dejarás tu celular sobre el lavamanos.
A Fernanda se le cortó el aire. Un escalofrío helado recorrió su espina dorsal y giró la cabeza bruscamente hacia la puerta cerrada del baño, luego hacia el techo y finalmente hacia las ventanas.
¿Él sabía exactamente dónde estaba? ¿La estaba observando o su gente estaba monitoreando cada uno de sus pasos?
No era un buen momento para entrar en pánico y volvió a centrarse en la llamada.
—Papá, te lo suplico... —trató de apelar al corazón de un padre devoto, pero la línea se cortó de golpe.
Un segundo después, el teléfono vibró de forma consecutiva al recibir las notificaciones. Con las manos temblorosas, Fernanda descargó las imágenes. La primera foto le sacó el aire de los pulmones y la segunda la hizo desplomarse de rodillas.
Las imágenes mostraban a Megan tendida sobre el suelo, inconsciente, con el rostro desfigurado por los hematomas, el labio partido y la piel cubierta de sangre seca.
Un sollozo desgarrador se le escapó de los labios, y se cubrió la boca bruscamente para evitar que sus gritos atrajeran a Nicholas, quien la estaba esperando en el pasillo.
Su hermana estaba sufriendo por su culpa y todo indicaba que Leandro pensaba matarla muy lentamente si ella no seguía sus instrucciones.
Se puso de pie a duras penas, limpiándose las lágrimas de manera torpe mientras la desesperación y la adrenalina tomaban el control de su cuerpo. Era muy consciente que, si bajaba y se subía a ese auto, estaba caminando directo hacia su propia sentencia de muerte... pero no tenía alternativa.
Miró el lavamanos, recordando la orden tajante de Leandro: «deja tu celular sobre el lavamanos».
Sabía que solo tenía unos minutos antes de que el hombre del auto sospechara o que Leandro tomara represalias contra Megan.
Sin embargo, antes de soltar el aparato y dejar su única vía de comunicación atrás, desbloqueó la pantalla con dedos ágiles y le marcó a la única persona que podría consolarla ahora mismo, y a la única a quien podría confiarle a su hijo.
Al cuarto tono, la llamada fue atendida.
—¿Bueno? —la voz de Daniela sonó al otro lado de la línea en un murmullo apenas audible, apagado y apresurado—. Fer... Dame un segundo, salí de la conferencia para tomar la llamada. ¿Qué pasó? ¿Todo en orden en casa? ¿Tus padres no volvieron a molestarlas? ¿Cómo están Megan y Adrián?
Fernanda cerró los ojos con fuerza, escuchando el eco de los susurros de Daniela. Evidentemente, su amiga no sabía nada y no podía culparla por ello, con todo lo sucedido ni Ewan ni ella le informaron sobre los últimos acontecimientos.
—Daniela... —su voz se quebró y no pudo controlar el llanto.
—¿Fer? ¿Por qué estás llorando? —la voz de Daniela cambió de tono al instante, llena de alarma mientras se escuchaba el sonido de una puerta cerrándose al fondo—. ¿Qué sucedió? ¿Tus padres hicieron algo?
—Yo... —articuló en un hilo de voz—. Por favor, escúchame. Necesito que me prometas algo. Necesito que no me juzgues por lo que voy a hacer. Jamás me lo perdonaría si dejara a mi hermana sola... no después de lo que ella hizo por mí hace diez años.
—¿De qué estás hablando? —el tono de su amiga era de absoluto desconcierto y enojo—. Me estás asustando. Dime qué está pasando. ¿Por qué dices eso de Megan? ¿Qué pasó?
—Ayer... ayer mis padres secuestraron a Megan —confesó, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Y ahora debo seguir las instrucciones de mi padre. Él la tiene, Daniela. La golpeó... me mandó fotos de ella y está muy delicada. Dijo que si le informaba algo a alguien de la delegación la mataría.
—¡¿Qué?! —gritó Daniela al otro lado de la línea, perdiendo la compostura—. ¡Fernanda, no! ¡¿Estás loca?! ¡No des ni un paso ahora mismo! ¡No puedes ir a ver a ese hombre!
—No puedo quedarme de brazos cruzados —chilló desesperada, mirando fijamente la puerta del baño—. Leandro tiene gente metida dentro de la delegación. Lo sabe todo. Sabe que mi madre huyó y que Christian declaró en su contra... Si abro la boca o intento pedir ayuda, va a matar a Megan.
—¿Cuándo pasó todo esto? —se oía totalmente confundida—.
¡Escúchame bien, Fernanda! —le imploró, respirando agitadamente mientras el picoteo de sus tacones hacía ruido de fondo—.
¡Respira y piensa con frialdad por un segundo!
Leandro te está manipulando. Te quiere a ti, esto es una trampa —Negó con la cabeza, conocía a su padre y él se estaba vengando de Megan y ella por haber huido de su casa—.
¡Si vas allá, no salvarás a Megan, sólo harás que ahora las tenga a ambas!
—Tengo que intentarlo... no puedo dejarla sola—musitó, sintiendo que el tiempo se le acababa—. Daniela, si algo me pasa... si no vuelvo... por favor, cuida de Adrián. Prométeme que velarás por mi hijo. Te lo suplico.
—¡Fernanda, no cuelgues! ¡Ferna…!
Cortó la llamada y le escribió un mensaje a Nicholas para que fuera por su bolso a la oficina de Cross porque tuvo un inconveniente femenino. Tal y como esperó, él lo vio al segundo y sólo necesitó abrir un poco la puerta del baño para ver su espalda, alejándose por el pasillo.
—Perdóname, mi amor —musitó con voz débil y dejó su celular sobre el lavamanos, antes de cerrar la puerta y salir corriendo hacia las escaleras.
Como era de esperarse, llegar al auto que su padre envió no fue complicado. No obstante, sólo esperaba, de todo corazón, que tanto Megan como ella pudieran volver sanas y salvas.
Ella… no quería ser tan injusta con su hijo y Nicholas.
Ellos… la necesitaban.
***
Nicholas regresó al baño en menos de dos minutos, pero un extraño sentimiento de inquietud le invadió el pecho al tocar la puerta y no recibir una respuesta.
—¿Fernanda? —insistió con tres golpes más, pero el silencio lo llevó a respirar con pesadez—. ¿Te encuentras bien, Fer? —Al no obtener respuesta, empujó la puerta con cautela.
El recinto estaba completamente vacío. Las ventanas superiores estaban cerradas, las puertas de los cubículos abiertas y… sus ojos encontraron el celular de Fernanda sobre el lavamanos e ingresó al lugar para sujetarlo con rapidez.
—No puede ser.
El pánico se apoderó de él y corrió de regreso a la oficina de Cross.
—¡Se fue! —exclamó con desespero, señalando el pasillo—. ¡Fernanda no está en el baño, se fue de la delegación y dejó su celular!
El detective Cross se levantó de su asiento de un salto y Ewan palideció.
—Maldición —escupió Cross y Ewan decidió abandonar la oficina para ver si podía encontrarla en planta baja—. Haré que revisen las cámaras de seguridad ahora mismo. Lo más probable es que su padre o madre se hayan contactado con ella.
—No puede ser —siseó, alborotando su cabellera, y se odió a sí mismo por haberla dejado sola.
¡¿Cómo pudo engañarlo de esa manera?!
¿Por qué exponerse?
¡¿Es que acaso no pensó en su hijo?!
—Daré parte a las autoridades para un bloqueo de zona e intercepción de vehículos. Ella no debe estar muy lejos.
Asintió, esto sucedió en cuestión de segundos, aún podían alcanzarla, pero Cross sólo necesitó sujetar el radio policial para que alguien ingresara a la oficina con violencia y le ordenara:
—Ni se te ocurra pronunciar una sola palabra por esa frecuencia, Cross.
Nicholas se volvió hacia el recién llegado, furioso, y no le gustó que el hombre cerrara la puerta con rapidez y le hiciera una seña a Cross para que soltara el radio policial.
—¿Quién es usted? —farfulló— Esto es una emergencia, no podemos perder más tiempo.
El rubio de gran tamaño tenía la mandíbula apretada y una expresión de severidad absoluta.
—¿Qué demonios te pasa, Evanson? —siseó Cross, volviendo en sí—. La persona que acaba de fugarse corre un gran peligro y posiblemente tiene información de suma importancia para dar con su hermana y su padre.