Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 28
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Capítulo 28

Nicholas regresó al departamento de Ewan en menos de una hora y lo menos que esperó encontrarse al llegar fue a una Fernanda decidida a ir a la delegación policial.

—Pero Adrián…

—Adrián está muy seguro aquí —zanjó con determinación, tomando su bolso—, pero yo no puedo fingir que todo está bien. Quiero saber cómo va la búsqueda de Megan y si hay avances.

Buscó ayuda en Jenny, pero su hermana negó con la cabeza, dejando claro que había intentado hacerla entrar en razón y no funcionó.

—Yo me quedaré con él y Susan —musitó, pero esa afirmación no lo alivió.

¡Él preferiría que tanto Fernanda como Adrián estuvieran resguardados en ese departamento!

—Si no vienes conmigo, iré sola —zanjó, obligándolo a rendirse a su petición, y antes de que pudieran salir del departamento su hermana abrazó a la morena.

—Te prometo que cuidaré de él.

—Gracias —susurró Fernanda, respondiendo al abrazo, y Nicholas arrugó levemente el entrecejo.

Su hermana no era amante del contacto físico, pero en ese momento no parecía estar dispuesta a soltar a Fernanda.

Decidió pasar el hecho por alto y ambos se encaminaron hacia la delegación, donde encontraron a Ewan y Christian nada más ingresar a la oficina del detective Cross.

—Te dije que te quedaras en mi departamento —siseó su amigo, y ella decidió ignorarlo.

—¿Qué saben de mi hermana?

—Fueron por tu madre hace poco, Adam está con ellos —espetó Ewan, incómodo—. El testimonio de Christian los condenó como principales sospechosos de la desaparición de Megan.

—¿Y pueden revisar los videos de vigilancia de la casa de mis padres?

Según Jenny: existía la posibilidad de que sus padres hubieran eliminado las últimas grabaciones porque por más que ella lo intentó, no pudo acceder al sistema.

—¿Los crees idiotas? —siseó Chris, molesto—. Ellos debieron encargarse de borrar toda la evidencia.

—Lo sé… —susurró con pesar.

—Hay maneras de decir las cosas —escupió Nicholas, atacando a Christian, pero él ni siquiera se inmutó—. ¿Por qué siguen aquí? ¿Qué están esperando?

—Están rastreando sus celulares —Ewan alborotó su cabellera—. Christian perdió su rastro en Epping Forest.

—¿Qué? —miró al rubio con sorpresa—. ¿Los seguiste? —Él torció los labios, pero no fue capaz de darle una respuesta—. ¿Por qué dejaste que se la llevara? ¿Acaso Megan nunca te habló de lo peligrosos que son nuestros padres?

—Yo no lo sabía —soltó con pesar—. No me culpes por lo sucedido, yo… no pensé las cosas con claridad.

Fernanda agradeció que Nicholas la sujetara del brazo, dado que culpar a Christian no sería de mucha ayuda, e inhaló profundamente para controlar las pulsaciones de su corazón.

Dudaba mucho que su padre tuviera su celular y el de Megan a la mano, probablemente se deshizo de ellos en el camino, pero…

no podían confiarse y debían agotar todos sus recursos.

A los pocos minutos vieron un ajetreo en los pasillos por las ventanas de vidrio y todos abandonaron su lugar al ver al detective Cross ingresar a su oficina, se veía inquieto y acelerado.

—¿Qué sucedió? —quiso saber, nerviosa, y el hombre la miró con disgusto.

—Pedí que estuviera resguardada. —Eso explicaba por qué no la dejaban salir del departamento—. Como sea, acabo de recibir una llamada y la señora Matthew desapareció.

—¿Qué? —la voz le tembló.

—Pediré dos órdenes de aprensión y una de allanamiento, entraremos a su casa para buscar cualquier pista que pueda guiarnos hacia su hermana. El accionar de su madre deja en evidencia que ambos obraron de mala manera. La demanda puede proseguir.

¿Y eso de qué le servía?

¡Ella sólo quería saber dónde diablos estaba su hermana!

—Pero… ¿y mi hermana?

El detective Cross la observó con fijeza y negó lentamente con la cabeza.

—Me temo que esto tomará tiempo, señorita Matthew. —El mundo tembló a sus pies—. Yo… me prepararía para recibir cualquier tipo de noticia.

Nicholas la sujetó de los brazos a tiempo y Fernanda observó con incertidumbre como Christian abandonaba la oficina como alma que lleva el diablo.

¿Por qué se iba?

¡¿Por qué no se preocupaba por la única mujer que lo amó de verdad?!

***

Leandro no quería admitirlo, pero la última actualización que recibió de su gente en la delegación lo había inquietado más de lo debido. Primero porque nunca esperó que Fátima huyera y segundo porque el idiota de Christian terminó condenándolos a ambos con su declaración.

Debió suponer que el encuentro que tuvo con el rubio le traería un par de problemas. Aunque, para ser sincero, por un momento pensó que él guardaría silencio y se sentiría satisfecho con la desaparición de Megan.

—Señor Matthew —la voz de Christian lo instó a parar en seco, justo bajo le umbral de la puerta principal de su casa, y antes de girarse hacia el rubio miró a Megan con atención.

—Abre la boca y lo mato —farfulló, escondiendo su arma dentro de su saco, y escuchó como su hija tragaba con fuerza—. ¿Qué haces aquí, Christian? Le dije a tu padre que yo me comunicaría con ellos.

Se volvió hacia el rubio y ni siquiera se molestó en sonreírle. Los Beckett sabían que él no era precisamente amable. De las sonrisas falsas y los halagos vacíos se encargaba su esposa.

—¿Y no cree que debería comunicarse conmigo, si es a mí a quien quiere someter a este matrimonio? —farfulló y Leandro no pudo evitarlo, simplemente enarcó una ceja con cinismo y miró a su hija con diversión.

¿Qué tanto hizo Megan en este último año de relación que Christian ni siquiera se molestaba en mirarla a los ojos?

Era como si ella no existiera.

—Sólo vete, el acuerdo se cancela. Megan se irá de viaje por una larga temporada —soltó con malicia y pudo sentir como su hija se estremecía bajo su agarre.

—¿Ah sí? —El rubio respingó y, por primera vez, posó sus ojos grises en Megan—. ¿A dónde te vas?

¿Era impresión suya o esa idea lo inquietaba?

—Ese no es asunto tuyo —cubrió a Megan con su cuerpo—. Ya dejaste claro que mi hija no te interesa, ¿no?

—Pero…

—¿O quieres casarte con ella? —Esa simple pregunta bastó para que Christian sellara los labios en una fina línea—. Vete, ya eres libre, Beckett —siseó, ansioso por librarse del rubio, y eso sucedió en cuestión de segundos.

Llevó a Megan hasta su auto y antes de subirla, se deleitó con las lágrimas que bajaron por sus mejillas.

—Tu madre y tú nunca pudieron ser amadas por los hombres que adoraban. —Ella lo miró con sorpresa y Leandro le sonrió con cinismo—. Sin embargo, tú eres una vergüenza, dado que lejos de llorar, Fátima se encargó de robarle algo muy valioso a su primer amor.

—¿Qué? —inquirió con un hilo de voz y él se limitó a meterla en su auto.

Tal vez, sólo tal vez, cometió un terrible error al ordenar que fueran por Fernanda sin armar un plan previamente. Debía reconocer que lo menos que esperó fue que su hija estuviera tan bien relacionada con un McKenzie, ni siquiera su gente de la delegación podían contra él.

Leandro se encontraba en The Lodge, una finca aislada cerca de Epping Forest, al noreste de la ciudad, que adquirió años atrás a través de un fideicomiso ciego registrado bajo una sociedad holding en las Islas Caimán.

Legalmente, la propiedad no figuraba a su nombre ni en sus declaraciones patrimoniales públicas, lo que hacía imposible que la policía la rastreara mediante una búsqueda convencional de activos.

Para el registro británico, la cabaña pertenecía a un grupo inversor extranjero sin rostro, convirtiéndola en el escondite perfecto para retener a Megan.

Ni siquiera Fátima conocía de su existencia; no obstante, ¿qué tanto tiempo estaría resguardado dentro de ese lugar?

Ahora era un objetivo de la policía, nada de lo que dijera lo liberaría de sus cargos, por lo que sólo podía hacer una cosa: debía hacerse de Fernanda y salir del país lo antes posible en uno de sus barcos comerciales.

Con todo el poder y dinero que poseía, podría iniciar una vida nueva junto a su mujer en cualquier otro país.

Sólo debía llamar a las personas adecuadas para conseguir su objetivo.

«¿Y qué harás con tu hija?» Inquirió una fastidiosa vocecilla y Leandro abandonó el cómodo sillón de su despacho para dirigirse al segundo piso, donde Megan se encontraba profundamente dormida gracias a la fuerte paliza que le brindó hace apenas unos minutos.

¿Por qué lo hizo?

Fácil. Nada de esto estaría pasando si ella no se hubiera metido en sus asuntos. Después de todo, el hacerse de Fernanda cuando ella cumpliera la mayoría de edad era un acuerdo que siempre tuvo con su esposa, a quien poco le importaba la hija de su difunta hermana.

Leandro le tomó un par de fotos, las suficientes para atraer a su objetivo hasta su cueva.

Sonrió con cinismo.

Tal vez no era su hija, pero conocía a Fernanda: ella jamás abandonaría a su “hermana”, la mujer que la salvó y se dejó atrapar para proteger a su hijo.

Estaban a media hora de la ciudad —máximo cuarenta minutos si el camino se conflictuaba un poco— metidos en medio del bosque, lejos de vecinos chismosos y una seguridad impecable.

Una vez que Fernanda viniera a él, ya nada la salvaría.

Y en cuanto a Megan… lo mejor sería que Fernanda nunca la encontrara.

Sonrió con malicia, observando la capilla de la finca, la cual se encontraba a poco menos de un kilómetro de la casa principal, y luego posó la vista en la única hija que poseía.

Nada le daría más gusto que deshacerse de todo aquello que lo vinculaba a Fátima.