Capítulo 27
Decir que Fernanda se sentía frustrada era poco para describir como se estaba sintiendo.
¿Qué permaneciera resguardada en el departamento de Ewan?
Era su hermana quien estaba en peligro, ¿cómo podían pedirle que se mantuviera al margen de todo?
¡Esto era una verdadera locura!
Una suave mano se posó en su hombro y abandonó su letargo, fijando la vista en Jennifer.
A pesar de que Nicholas no se lo pidió, ella apareció a primera hora esa mañana para hacerle compañía —junto a los cinco guardaespaldas que estaban custodiando el edificio— y darle la oportunidad a su hermano de ir a cambiarse.
—¿Te sientes bien? —Fernanda negó con la cabeza, mirando de reojo la laptop que Jenny situó en la mesa—. ¿Te incómoda? Pensé que podría trabajar desde casa y hacerte compañía.
—No, para nada —musitó—. Suficiente con que Nicholas, Adam y yo faltemos al trabajo, no quiero perjudicarte —reconoció y la rubia le sonrió.
—¿Por qué no desayunas? Te preparé panqueques y un poco de tocino con huevos.
—Jenny… —suspiró, agotada—. No quiero ser grosera, pero ahora mismo lo menos que quiero hacer es comer.
—Nicholas me dijo que tu hermano y Ewan están en la delegación —se sentó a su lado, decidida a escucharla—. ¿Te frustra no poder estar con ellos?
—Sí —reconoció con pesar—. El exnovio de mi hermana vio a mi padre junto a Megan el día de ayer. Su declaración es muy importante porque nos dará la oportunidad de iniciar un proceso de búsqueda porque ya tendríamos un sospechoso y no se trataría de una simple huida como mi madre quiso hacerlo ver.
—¿Temes que no vaya?
—Irá —susurró, inquieta—. Esta madrugada lo oí muy inquieto y preocupado. Después de todo, él fue el mejor amigo de Megan antes de que su relación estropeara todo.
—¿Y crees que tu presencia cambiará en algo el curso de las cosas?
Bajó los hombros, frustrada. Posiblemente, el que ella estuviera en la delegación no serviría de nada, pero…
—Me siento angustiada —la voz se le quebró—. Todo es mi culpa, Megan se entregó porque mi madre la amenazó con lastimar a mi hijo.
Megan siempre se sintió en la obligación de protegerla cuando la situación debía ser totalmente otra: ¡se suponía que ella era la mayor!
—El amor nos lleva a cometer locuras —espetó Jenny con paciencia, captando su atención—.
No te sientas mal por la decisión que tomó tu hermana, estoy segura que ella jamás habría considerado que las cosas se dieran de otra manera.
—Acunó su mano, y Fernanda bajó el rostro—.
Si tuvieras la oportunidad, ¿irías por ella?
—la pregunta fue hecha con cautela y ella asintió sin dudarlo—. ¿Y si es peligroso?
—Megan está sola —respondió sin dudarlo—. Siento que si voy; él podría apaciguarse.
No recibió una respuesta inmediata, pero a los pocos segundos Jenny abandonó su lugar con un deje de nerviosismo.
—Creo que por el momento lo más sensato es esperar. —Sujetó su mochila y empezó a rebuscar entre sus cosas.
—Pero…
—Aunque salgas al exterior —En esta ocasión le habló con más autoridad—.
No tienes información lo suficientemente adecuada como para llegar a tu hermana, Fernanda, si no actúas con prudencia podrías complicar las cosas.
Una cosa es que tu padre tenga a Megan, pero otra muy distinta es que las tenga a ambas.
Odiaba admitirlo, pero ella tenía razón.
—¿Tú que harías en mi lugar? —quiso saber y la rubia hizo una mueca.
—Posiblemente sería tan irresponsable como tú —sacó una extraña caja de su mochila y la evaluó—. Lo que no entiendo, es ¿por qué regresaron a Londres si sabían que sus padres eran tan peligrosos?
—Jamás imaginé que ellos podrían actuar así —se vio obligada a reconocer—. La violencia y el salvajismo de sus acciones es algo totalmente nuevo para mí.
—Hace unos años hice mi pasantía en una empresa de seguridad privada y tecnología de vigilancia. —Se sentó en su computadora para empezar a teclear sin control alguno—. Ahí descubrí que hay personas que poseen mucho poder y son seres totalmente desagradables.
—¿Por qué no te quedaste?
—Porque para formar parte de ciertas organizaciones, debes corromperte —musitó y luego la miró de reojo—. ¿La casa de tus padres tienen cámaras de seguridad?
—Sí —susurró y se acercó a la mesa—. Tú eres un hacker, ¿crees que puedes acceder a su sistema?
—Ya que no quieres desayunar como las personas normales, veamos si podemos hacer algo desde aquí —se encogió de hombros y le pidió la dirección exacta de sus padres.
—Gracias por venir —dijo de pronto, sintiéndose más tranquila ante la idea de estar haciendo algo más útil que mirar a la nada para buscar a su hermana—. Pero ¿tú trabajo?
—Te mentí, estoy desempleada —le guiñó el ojo y en lugar de cuestionarse por qué trajo tantas cosas consigo, se preguntó si realmente podría serle de ayuda—. Lo cierto es que no quería dejarte sola en esto. La maternidad y este tipo de situaciones nunca van de la mano, sabía que necesitarías ayuda.
***
—Esto no me gusta nada —espetó el hombre de gran altura y cabellera rubia, revisando una vez más el caso que ingresó el día de ayer y estaba relacionado con la familia que llevaba años investigando—.
¿Qué se sabe de la señora Matthew? ¿La citaron para su declaración?
—El solo mencionar a esa mujer hacía que la rabia lo carcomiera por dentro.
—Aún no respondió a la citación —Cross se cruzó de brazos, pensativo—. Pero ahora mismo Beckett está declarando y eso podría darnos la posibilidad de ir a su casa con una orden de allanamiento.
—Solo es un testigo, a lo mucho podremos ir por ella para traerla a declarar —farfulló con frustración y abandonó su oficina para escuchar las declaraciones del hombre.
En la estancia oscura, del otro lado del gran vidrio, el detective Evanson estudió al rubio con severidad.
Conocía a Christian Beckett, el haber estudiado a esa familia por años le permitía conocer su círculo más cercano, pero todo indicaba que el hombre no sería de gran ayuda porque se veía nervioso y ansioso, como si le urgiera encontrar a su exnovia.
—Yo vi con mis propios ojos como su padre la sacó de su casa —respondió con impaciencia, y su colega asintió del otro lado del cuarto.
—¿A qué fue a la casa de los señores Matthew, señor Beckett?
—Ellos les ofrecieron una sociedad a mis padres a cambio de un matrimonio arreglado. Yo… no estaba de acuerdo y quería hablar con ellos.
—Citen a los padres —espetó Evanson y Cross asintió.
—¿Llegó a reunirse con ellos?
—No, el señor Matthew me dijo que anularía todo si no me metía en sus problemas familiares.
—¿Y lo hizo?
—Esta madrugada Fátima llamó a mi padre para informarle que ya no habría ninguna sociedad y todo se anulaba.
Sus alarmas se prendieron y buscó a su amigo con la mirada.
—Deben ir por Fátima Matthew ahora mismo —ordenó.
Esa declaración dejaba en evidencia que la mujer siempre estuvo al tanto de la situación de su hija y el cómo su marido se la llevó. Fátima cometió un terrible error al actuar tan impulsivamente, lo mejor para ella habría sido mantener demencia y no hacer absolutamente nada.
«Los años la hicieron más estúpida», determinó con rabia, recordando que hace diez años, ella fue lo suficientemente habilidosa como para no dejar muchas pruebas de su crimen.
Cross abandonó el cuarto para reunirse con la persona que Evanson menos deseaba ver.
—Intenté seguirlos —reconoció, tomándolo por sorpresa—. Tomó la carretera hacia el noreste, pero cuando llegamos a Epping Forest les perdí el rastro. Es una zona boscosa, pensé que estaba de ida a una de sus fincas, pero… no sé por qué fui un idiota y di media vuelta.
Esa información era de suma importancia y por esa razón le escribió a su equipo de confianza. Quería que vayan de encubiertos a Epping Forest y estudiaran el lugar, sin llamar la atención. Ante cualquier alerta, su gente ya estaría ahí para actuar.
—Ya salieron —le informó Cross ni bien regresó a la habitación—. Adam Matthew fue con ellos, el hombre asegura que su madre colaborará en la investigación.
Él se rio sin humor alguno y evitó bufar por lo alto.
—Puede que Leandro y su hija estén en Epping Forest —espetó, indiferente, y su amigo lo miró con fijeza.
—No lo entiendo, ¿por qué no aceptaste este caso si desde un principio te interesaste en él? —siseó con el ceño fruncido, y Evanson negó lentamente con la cabeza.
—Por el momento, no quiero tener nada que ver con esta familia.
—Prácticamente estás llevando su caso, Benjamin —espetó con obviedad y él hizo una mueca, pensando en la persona que sufriría mucho si algo malo llegaba a sucederle a Megan.
—Haré notar mi participación cuando lo vea conveniente —zanjó con determinación, trayendo a su memoria las imágenes de Leandro y Fátima Matthew.
Las personas que arruinaron la vida de su hermana y a quienes juró destruir hace diez años, cuando sólo era un jovenzuelo de veinte años y no pudo hacer absolutamente nada por Fanny.
—Siento que serías de mucha ayuda si te involucras de lleno —Cross no pensaba darse por vencido—. Tú mejor que nadie sabe que Megan Matthew corre mucho peligro.
Porque si todo lo que averiguó en los últimos años era cierto, Benjamin estaba seguro de que, si no se apresuraban, esa mujer no viviría para contarla.
—Quiero que ubiquen sus dispositivos. —Aunque era muy probable que Leandro ya se hubiera deshecho de ambos—. Y vayan a las ubicaciones indicadas, no pierdan un segundo más.
Tal vez odiaba a Leandro y Fátima, pero era muy consciente de que sus hijas eran dos víctimas más en la historia. Y en cuanto a Adam… ese hombre era un incompetente como hermano y pareja.
Maldita la hora que Fanny se enamoró de ese idiota.
***
El silencio de la casa era pesado, sofocante e interrumpido únicamente por el crujido esporádico de las vigas de madera y el viento azotando las ventanas del segundo piso.
Megan permanecía sentada al borde de la cama, con el pecho agitado y el pulso latiéndole con violencia.
Observó la habitación con el corazón en la garganta: las paredes cubiertas de papel tapiz desgastado, el tragaluz sellado desde el exterior y la única ventana alta que daba hacia la inmensidad de un bosque espeso e interminable.
Estaban en medio de la nada, no tenía idea de en qué punto la carretera se había vuelto tan solitaria ni hacia dónde la había llevado su padre.
Ella… desconocía en absoluto cuantas propiedades tenía Leandro bajo su poder.
Intentó analizar fríamente la estructura del lugar, buscando a tientas una vía de escape, una cerradura floja o cualquier objeto pesado con el cual defenderse, pero la confusión amenazaba con paralizarla.
Sabía que sus padres eran nefastos, pero la frialdad con la que la habían arrastrado hasta ese cautiverio le dejaba claro una sola cosa: el peligro era real y latente.
El sonido del cerrojo girando al otro lado de la puerta hizo que se pusiera de pie de un salto, decidida a luchar tanto como fuera posible.
La puerta se abrió y Leandro ingresó a la estancia. Lucía impecable, sosteniendo un vaso de cristal entre los dedos, con una calma que a Megan le provocó un violento arqueo en el estómago.
—¿Dónde estamos? —exigió saber, pero su padre ni siquiera se molestó en mirarla.
—Nada de esto estaría pasando si no te hubieras metido hace diez años —sentenció él, con una voz tranquila y acusadora mientras daba un paso hacia el centro de la habitación.
—¡Lo hice porque actuó como un enfermo! —escupió, apretando los puños con rabia para ocultar el temblor de sus manos—. ¡¿Cómo pretendías que me quedara de brazos cruzados?! ¡Querías violar a tu propia hija!
Leandro dejó escapar una risotada seca y helada que hizo que a Megan se le erizara la piel, y luego negó lentamente con la cabeza, mirando a la joven con una lástima burlona.
—No te confundas, querida —dijo él, dando un sorbo a su bebida—. Tú no salvaste a tu hermana... porque Fernanda y tú en realidad son primas.
Megan se congeló en su lugar. La respiración se le atoró en la garganta y la mirada se le llenó de una absoluta incredulidad.
—¿Qué...? —alcanzó a articular en un hilo de voz.
Leandro no respondió de inmediato. Con parsimonia, arrastró una pesada silla de madera hacia el centro de la pieza, la giró y se sentó frente a ella, apoyando los antebrazos sobre el respaldo.
—Es hora de que conozcas la verdadera historia familiar, Megan —dijo con un tono casi paternal, disfrutando cada segundo del impacto en el rostro de su hija.
—No entiendo de qué demonios hablas —negó ella, dando un paso al costado mientras su mente luchaba por procesar las palabras—. Se supone que Fernanda y yo somos mellizas. Crecimos juntas.
—Nunca fueron mellizas —se mofó—. Brenda, la hermana menor de Fátima, falleció en el parto. Como era familia, tu madre y yo decidimos quedarnos con la bebé.
—¡Eso no justifica que hayas intentado violarla! —gritó.
—Por supuesto que lo justifica —repuso sin el menor atisbo de remordimiento, alzando una ceja—. Porque la única razón por la que acepté traer a esa niña a mi casa fue justamente por eso. Ese era el acuerdo que tenía con Fátima desde el primer día.
Megan se llevó las manos a la boca, abriendo los ojos con un espanto absoluto. La náusea y la repugnancia la ahogaban.
—La mujer que siempre amé fue Brenda —continuó Leandro, con la vista perdida en el fuego de su propio resentimiento—. Pero nuestros padres nos obligaron a Fátima y a mí a casarnos para unir patrimonios, haciéndonos desdichados a los dos. Tu madre sabía perfectamente lo que yo sentía por su hermana.
—¿Y el padre de Fernanda? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Quién es? ¿Dónde está?
Leandro soltó una carcajada sonora que resonó contra las paredes de piedra.
—A ese miserable lo maté hace mucho tiempo —soltó con absoluta ligereza, helándole las venas.
—Mientes... —susurró Megan, negando con la cabeza en un intento desesperado por no caer en su juego psicológico—. Estás mintiendo, sólo quieres asustarme y confundirme.
—No te asustes, Megan —Se puso de pie despacio y dio un paso hacia ella con una mirada oscura—. La historia apenas comienza... porque Adam tampoco es tu hermano.