Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 26 #2
80%

Capítulo 26 #2

—Nunca. Cuando la conocí, Fernanda estaba demasiado rota y herida por tu abandono como para pensar en el amor —explicó con tranquilidad—.

Durante años su único universo fue Adrián.

Pero si me pides mi opinión honesta... siento que entre ustedes dos no todo está perdido.

Jamás la vi mirar a nadie como te mira a ti, ni siquiera cuando intentaba odiarte.

Un nudo se formó en su garganta al escuchar aquellas palabras. Bajó la vista hacia su vaso, procesando el impacto del gesto de quien creyó su enemigo.

—Gracias —murmuró con la voz ligeramente rasgada—. Gracias por cuidar de mi familia cuando yo no estuve para hacerlo.

Ewan asintió solemnemente, aceptando el agradecimiento.

—Quizá nunca recuperes la amistad de Carlos —agregó con una tenue sonrisa en los labios, rompiendo la densidad del momento—, pero sospecho que no me será nada difícil aceptarte dentro de mi familia.

Ewan soltó una carcajada sincera, negando con la cabeza.

—Bueno, no es como si tuvieras otra opción —bromeó, guiñándole un ojo—. Fernanda me adora, así que te toca aguantarme.

Ambos soltaron una risa contenida para no despertar a Adrián, chocando sus vasos en un brindis silencioso que selló una paz definitiva entre ellos.

—Puedes quedarte con Fernanda si eso te hace sentir mejor —espetó el castaño de pronto, haciéndolo respingar—. Me instalaré en la casa de mi abuelo.

—¿Estás seguro? —titubeó—. Es tu departamento y…

—Y te aseguro que ellos estarán muy bien bajo tu cuidado.

Nicholas asintió.

Lo cierto era que no tenía pensado dejar a Fernanda y su hijo, la idea de que los Matthew intenten hacer algo nuevo lo carcomía por dentro. Jamás se imaginó que Leandro sería capaz de cometer tantas locuras en tan poco tiempo.

Cuando Adam y Fernanda llegaron, Nicholas agradeció que los dos castaños entendieran que ella necesitaba descansar, por lo que los despachó sin hacer un gran revuelo.

Como Adam debía ir al hospital el día de mañana, Ewan se encargaría de apersonarse a la delegación para ver si la investigación había avanzado.

Por el momento, todos preferían que Adrián y Fernanda no abandonaran el edificio.

—Duerme un poco, mañana será un nuevo día —musitó con ternura, cubriendo a Fernanda con las sábanas, y ella negó con la cabeza.

—Ella no está bien, puedo sentirlo —confesó con voz suave y Nicholas lamentó no poder decirle lo contrario.

Lo cierto era que estaba tan preocupado como ella.

—No descansaremos hasta encontrarla —entrelazó sus manos y Fernanda se volvió en su dirección.

—¿Por qué te quedaste?

—No quiero dejarlos solos.

—No estoy segura de querer tener una relación contigo. —Su sinceridad hizo que el corazón se le encogiera—. Pasaron tantas cosas que no me siento lista para tomar una decisión.

—Tampoco creo que sea un buen momento —reconoció, cabizbajo, y ella asintió—. Sólo déjame cuidar de ustedes, ¿sí?

—¿No tienes miedo? —decidió preguntar aquello que la tenía tan inquieta y él asintió.

—Me aterra que intenten hacerte algo —reconoció y ella negó con la cabeza.

—Me refiero a si no temes por tu propio bienestar.

—No, en lo absoluto. —Él ni siquiera dudó—. A decir verdad, no me molestaría convertirme en el único objetivo de tu padre si con eso logro alejarlos del peligro que él representa.

Fernanda lo miró con fijeza, no muy segura de qué sentir al respecto, y decidió que era momento de cambiar de tema.

—¿Qué pasó con Jennifer? —quiso saber y él se ruborizó—. Tú me dijiste…

—Ayer… cuando te dejé en tu departamento, me sentí muy mal y quise desahogarme con alguien.

—¿La llamaste?

—Y ella llegó al instante —su voz se quebró—. Se quedó a mi lado, me consoló, limpió mi casa y me dijo que pase lo que pase, siempre me apoyará.

—Para eso están los hermanos —le dio un apretón en la mano y él sonrió con emoción contenida.

—No pudo arreglar mi celular, pero recuperó los datos. Escuché tus audios… —la voz masculina tembló—. De verdad lo siento, Fer, ahora entiendo tu odio mejor que nadie.

Juntó los ojos con fuerza, odiando que los recuerdos la invadieran, y finalmente negó con la cabeza.

—¿Por qué no lo olvidamos? —Él la miró con sorpresa—. Ya pasó, Nicholas, y nada de lo que hagamos podrá borrar nuestras acciones.

—Pero…

—Pero ambos podemos encargarnos de que eso se quede donde pertenece: en el pasado.

—¿Estás segura? —se veía inquieto.

—Sí, por favor, no quiero seguir hablando de eso.

Nicholas asintió y muy lentamente se apartó de la cama para brindarle su espacio.

—Descansen, dormiré en la alcoba de al lado.

—Está bien —se volvió hacia su hijo, quien ya estaba plácidamente dormido, y acarició su mejilla.

Al final, después de todo, fue algo necia al creer que Adrián no necesitaría de su padre y que Nicholas jamás querría ocupar ese cargo. Le parecía un milagro que el rubio no hubiera actuado desde el enojo y el resentimiento, culpándola por todos los años que le arrebató de su hijo.

«Él quiere un nuevo inicio», le dijo una vocecilla y ella tragó con fuerza.

¿Sería prudente creer que entre Nicholas y ella aún existía la posibilidad de formar una familia?

—Necesito descansar —susurró para sí misma, rezando en silencio para que el día de mañana pudieran recibir nuevas noticias de su hermana.

A la mañana siguiente, el sol apenas comenzaba a despuntar sobre el horizonte cuando el sonido insistente de su celular rompió el tenso silencio del departamento. Fernanda, que apenas había podido pegar un ojo en toda la noche, se sobresaltó y tomó su móvil rápidamente.

Era un número desconocido.

Con las manos temblorosas y el corazón desbocado, tocó la pantalla para contestar.

—¿Bueno? —musitó con voz ronca.

—¿Fernanda? —la voz profunda y confundida al otro lado de la línea la tomó completamente por sorpresa—. Soy Christian... Christian Beckett.

Fernanda se quedó helada un segundo.

—¿Christian? ¿De dónde sacaste mi número?

—Eso es lo de menos —gruñó con disgusto—. ¿Qué pasó con tu hermana? Desde ayer en la noche estoy tratando de contactarme con ella y tiene el celular apagado —explicó, notándose visiblemente desconcertado.

—¿Y el que ella te evite no es favorable para ti? —inquirió con frialdad, recordando como ignoró a su hermana por semanas.

—No estoy para juegos psicológicos —reconoció, tajante—. Quiero saber qué demonios está pasando porque tu madre llamó a mi padre hace apenas unos minutos, diciendo que cancelaban todas las reuniones y anulaban la posible sociedad entre nuestras familias sin darnos una sola explicación lógica.

Fernanda sintió que se le oprimía el pecho. La presión de las últimas horas, la angustia por su hermana y la impotencia acumulada terminaron por romper su temple.

Un sollozo entrecortado se le escapó del pecho.

—Se la llevaron, Christian... —confesó con la voz quebrada por el llanto—. Mis padres se llevaron a Megan. Tuvimos que ir a la delegación a demandarlos por su desaparición.

—¿Qué? —exclamó Christian, genuinamente sorprendido—. ¿De qué hablas?

—Mi madre se la llevó ayer en la mañana, pero le dijo a Adam que solo almorzaron juntas y que después Megan se fue por su cuenta...

Insinuó que huyó para no casarse contigo —le explicó en un hilo de voz, pasándose la mano por el rostro—.

Fátima sostiene que no sabe dónde está y no la vio durante el resto del día.

—Una demanda de desaparición toma tiempo en ser aceptada, ¿por qué…?

—Ayer intentaron secuestrarme junto a Adrián.

—¿Qué? —su voz apenas y fue un susurro.

—Estoy segura de que mi padre dio la orden, pero mi madre no lo vio en todo el día y no pudo decir mucho al respecto.

—¡Eso es una absoluta mentira! —la voz de Christian se escuchó genuinamente preocupada y cargada de indignación al otro lado de la línea, y eso hizo que sus alarmas se prendieran—.

Tu madre está mintiendo, Fernanda. Yo vi como tu padre sacaba a Megan de su casa ayer por la tarde, incluso hablé con él.

Fernanda se incorporó de golpe, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda.

—¿La viste?

—Sí. Me encontré con Leandro y Megan afuera de su casa antes del atardecer —reveló Christian sin vacilar—.

Iban en su auto. Intenté acercarme para hablar con ella, pero tu padre me detuvo en seco.

Me dijo muy claramente que, si no me metía en sus asuntos familiares y me alejaba de ella, se desligaría por completo del acuerdo y cancelaría la sociedad.

—¿Esto que dices es cierto, Christian? —preguntó con el pulso desbocado—. Dime la verdad, por lo que más quieras... ¡Eso significa que mi hermana está en peligro real con ese hombre!

—Pero ¿qué dices? —lo escuchó titubear—. Es su padre, ¿por qué lastimaría a Megan?

—Te aseguro que Leandro Matthew es un monstruo y hay una razón de suma importancia por la cual él podría lastimar a mi hermana.

Porque hace diez años, ella impidió que él cometiera su objetivo.

El silencio se prolongó y por un momento pensó que Christian cortó la llamada, pero lo siguiente que escuchó hizo que abandonara la cama de un salto.

—¿Dónde debo ir a declarar? Debemos encontrar a Megan lo antes posible.

Todo indicaba que, a pesar de todo, Christian sí recordaba el gran amor que sentía por su mejor amiga, una mujer con la cual nunca debió acostarse ni mucho menos empezar una relación.