Capítulo 24 #2
—¡Cierra la boca, Fátima! —vociferó, encarándola con las venas del cuello marcadas por la ira—. ¡No me vengas a dar lecciones de cómo manejar a mi gente!
—¿Tu gente? ¡Esos imbéciles están en una celda en este preciso momento!
—le reclamó ella, alzando la voz con desprecio—.
¿Tienes idea de lo que va a pasar si uno solo de esos matones abre la boca?
Existe el riesgo real de que confiesen que fuiste tú quien los envió.
¡Nos van a arrastrar a ambos a la cárcel por intento de secuestro!
Leandro soltó una carcajada seca, llena de veneno, y dio un paso amenazante hacia su esposa.
—Si era tan fácil y requería tanta discreción, ¿por qué demonios no trajiste a Fernanda contigo desde el principio?
—se burló con sorna—. Te llenas la boca diciendo que lo controlas todo, pero me entregaste a la hermana equivocada.
Si te hubieras asegurado de traer a Fernanda, no habría tenido que enviar a nadie a buscar al bastardo.
Así que no me vengas a echar la culpa de tus propios desaciertos.
Fátima apretó los puños, respirando agitadamente. No iba a ceder ante sus provocaciones; la prioridad ahora era contener los daños antes de que el agua les llegara al cuello.
—No voy a discutir contigo sobre tus obsesiones enfermas —sentenció con voz cortante—. Tenemos que sacar a Megan de esta casa inmediatamente. Si Adam o la policía vienen a buscarla y la encuentran encerrada aquí, será nuestra ruina definitiva.
Leandro se acomodó la solapa del saco, recobrando una frialdad siniestra que congeló el aire del despacho. Una sonrisa lenta y calculadora se dibujó en sus labios.
—De Megan me encargo yo —musitó en tono pausado, cargado de una oscura determinación—. Voy a moverla a un lugar seguro donde nadie pueda encontrarla ni hacer preguntas.
Fátima lo observó con desconfianza, pero la urgencia del momento no le dejaba margen para objetar.
—¿Y qué hago si alguien viene a preguntar por ti?
—Te limitas a decir que no sabes nada —le ordenó con frialdad implacable, mirándola a los ojos—.
Diles que estuve en la empresa todo el día atendiendo reuniones de la directiva.
Tienes suficientes empleados para respaldar tu coartada si sabes cómo manejarte.
Mantén la compostura y no te desmorones como una aficionada.
Fátima sostuvo su mirada durante varios segundos, masticando el asco que le producía su esposo, pero consciente de que el encubrimiento mutuo era la única forma de salvar su pellejo.
—Haz lo que tengas que hacer con ella —musitó Fátima, dándole la espalda para dirigirse a la salida—. Después de todo, es la hija que menos me importa.
***
Cuando Fernanda volvió en sí, lo primero que sintió fue una textura suave debajo de ella y la calidez de un ambiente en absoluto silencio.
No tenía la menor idea de cómo llegó hasta ahí, pero cuando trató de hacer memoria, las imágenes de los últimos sucesos llegaron a su cabeza y abrió los ojos bruscamente.
—Adrián —se incorporó sobre su lugar, ignorando sus mareos, y al girar la cabeza hacia el lado derecho de la cama, un suspiro de alivio se le escapó de los labios.
Su hijo estaba recostado junto a ella, profundamente dormido, respirando con tranquilidad y acurrucado entre las mantas.
Fernanda rompió en un suave llanto, dominada por una mezcla de confusión, alivio y agotamiento. Estiró los brazos temblorosos para tomarlo y estrecharlo contra su pecho, pero una voz profunda la detuvo desde el rincón de la estancia antes de que pudiera tocarlo.
—Nos costó mucho hacerlo dormir... Yo no haría eso si fuera tú.
Fernanda se sobresaltó y giró el rostro. Nicholas estaba sentado en un sillón individual cerca de la ventana, observándola fijamente. Sus ojos estaban enrojecidos, cargados de una mezcla volátil de rabia, impotencia, preocupación y un dolor profundo que no podía disimular.
Ella lo miró con pesar, sintiendo cómo el nudo en su garganta se volvía más denso.
—¿Por qué, Fernanda? —preguntó en un susurro áspero, poniéndose de pie despacio—. ¿Por qué me ocultaste esto?
—Tú... tú no querías saber nada de mí —respondió ella con voz rota, bajando la mirada mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas—. Cuando intenté buscarte, estaba bloqueada de todas partes.
—Debiste haberme buscado por otros medios —reclamó él con un deje de furia e impotencia contenidos, dando un paso hacia la cama—. ¡Tuviste a mi hijo, Fernanda! ¡Un hijo! ¡Debiste insistir, haberme buscado hasta encontrarme!
Fernanda negó lentamente con la cabeza, manteniendo la dignidad en medio de sus sollozos.
—Mi orgullo no me lo permitió, Nicholas —admitió con absoluta sinceridad—. Estaba asustada, sola y tu rechazo me destrozó. No iba a rogarte por algo que debió nacer de ti.
Nicholas apretó los puños, avanzando hacia ella con la intención de discutir, de descargar todo el torbellino de ira y reclamos que llevaba dentro. Sin embargo, al ver cómo los hombros de Fernanda tiritaban sin control por el miedo y el shock que acababa de sufrir, la furia se le evaporó del pecho.
Se acercó al borde de la cama y se sentó a su lado. Sin decir una sola palabra más, la rodeó con sus brazos con fuerza, pegándola a su pecho.
Fernanda se tensó un segundo, pero al sentir el calor y la firmeza del abrazo de Nicholas, se colapsó sobre él, ocultando el rostro en su cuello y aferrándose a su saco mientras lloraba desconsoladamente.
—Estoy furioso... —musitó contra su cabello, apretándola más hacia él—. Siento que podría echar fuego por la boca por todo lo que me ocultaste... pero Dios mío, me alegra tanto que no lo hayas abortado —se sinceró—. Me alegra tanto haber llegado a tiempo para ayudarlos.
Ella continuó llorando, abrazándolo con todas sus fuerzas, intentando procesar el choque de emociones que amenazaba con sobrepasarla.
—¿Dónde... dónde está Adam? —preguntó entre sollozos, separándose apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos.
—Tu hermano fue a la delegación junto con Ewan —le explicó, limpiándole una lágrima con la yema del pulgar—.
Lograron atrapar a todos los hombres que los atacaron.
Ahora mismo están rindiendo declaración.
Solo queda confirmar de manera oficial que fue tu padre quien los envió para iniciar con el proceso de demanda.
—Tienen a mi hermana, Nicholas —sollozó con impotencia y él la abrazó con fuerza—. Estuve a punto de irme y dejar a Megan, ¿en qué estuve pensando? —la vergüenza la golpeó con fuerza.
—En nuestro hijo, no debes sentir culpa por eso.
Pero lo sentía, porque algo le decía que la razón por la que su intento de huida fracasó era porque debía quedarse a enfrentar a sus demonios. Ella… no podía seguir huyendo de Leandro Matthew.