Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

El trayecto hacia el estacionamiento fue un martirio de silencio e incertidumbre.

Fernanda caminaba a paso apresurado estrechando a Adrián contra su pecho, sintiendo el peso atroz de un giro de acontecimientos que jamás predijo porque a sus padres no les tomó ni una semana decidir atacarlas.

A su lado, Susan cargaba el único bolso de mano, mientras Adam abría paso con el rostro sombrío y descompuesto.

Fernanda podía asimilar la magnitud de la pesadilla: su padre quería castigar a Megan por haberlo golpeado la noche que quería abusar de ella y su madre sólo estaba confirmando lo fría y calculadora que podía llegar a ser cuando se lo proponía.

Su hermano tenía razón, no había manera de que pudiera quedarse un día más en Londres. Debía llevar a Adrián a un lugar seguro, la misma Megan se lo dijo mediante el último mensaje que le envió.

Estaban a escasos metros del auto de Adam cuando el chirrido sordo de unos neumáticos rompió la calma del lugar. Una vagoneta negra de vidrios blindados irrumpió bruscamente ante ellos, bloqueándoles el paso.

Antes de que alguno pudiera reaccionar, las puertas se abrieron de golpe y tres hombres fornidos bajaron corriendo en su dirección.

—¡Fernanda, huye! —gritó Adam, reaccionando por instinto y abalanzándose sobre el primer sujeto para interceptarlo.

—¡Susan, corre! —exclamó Fernanda, dando media vuelta y echando a correr con Adrián en brazos.

El pánico se volvió ensordecedor.

Los transeúntes comenzaron a gritar y a dispersarse por la calle.

Adrián, asustado por el caos y los gritos, rompió en un llanto desgarrador que le encogió el corazón.

Fernanda corrió tan rápido como le permitían sus piernas, pero los dos hombres restantes la alcanzaron sin piedad en cuestión de segundos.

Uno de los agresores empujó brutalmente a Susan hacia el suelo, mientras el otro sujetó a Fernanda por el brazo con fuerza sobrehumana.

—¡Suéltame! ¡Déjame en paz! —chilló, retorciéndose y protegiendo a su hijo con el cuerpo.

—¡Entrega al mocoso! —le ordenó el hombre, tomándola por los hombros para levantarla a la fuerza, mientras intentaba arrancarle a Adrián de las manos.

Fernanda cayó de rodillas sobre el concreto, usando todo su peso para cubrir al niño, sabiendo que, si lograba ganarles tiempo a los atacantes, la policía o los guardias terminarían por llegar.

De pronto, un impacto seco retumbó a sus espaldas.

Uno de los atacantes que la sujetaba salió expulsado hacia un lado tras recibir un violento empujón.

Fernanda se sobresaltó y levantó la vista, encontrándose con una escena impactante: Nicholas estaba allí. Tenía la respiración agitada y los nudillos blancos por la fuerza con la que había apartado al sujeto.

—Fernanda… —Al agacharse levemente para asegurarse de que estuviera a salvo, la mirada de Nicholas descendió hacia el regazo de la joven.

Ahí, acurrucado y llorando a todo pulmón, estaba el pequeño. Un niño de piel clara, con unos rizos rubios e intensos ojos azules que eran el reflejo exacto, innegable e idéntico de los suyos.

El mundo pareció detenerse para Nicholas. Se quedó paralizado, impactado, con el aire atrapado en los pulmones mientras sus ojos se cristalizaban ante la revelación más abrumadora de su vida.

Era su hijo. Ella… nunca llegó a abortarlo.

Sin embargo, no hubo tiempo para palabras. El segundo hombre arremetió contra Nicholas por la espalda, obligándolo a girarse para enfrascarse en una feroz pelea cuerpo a cuerpo.

Fernanda sollozó aterrada al ver la violencia a su alrededor, pero la sangre se le congeló por completo cuando el primer hombre que la sujetó, recuperándose del empujón de Nicholas, sacó una pistola del saco y apuntó directamente hacia ella.

—Entrégame al niño si no quieres que los mate a tiros aquí mismo —siseó con voz asesina.

Fernanda se encogió en el suelo, rodeando a Adrián con su cuerpo, esperando lo peor. Pero antes de que el sujeto pudiera dar un paso más, la sirena de varias patrullas resonó en la esquina e inmediatamente después, un disparo al aire cortó el ambiente.

El tipo armado se inclinó bruscamente para arrebatarle al niño de un tirón, pero una figura imponente se cruzó en su camino, tacleándolo con precisión militar y reduciéndolo contra el pavimento en cuestión de segundos.

A su alrededor, un despliegue de hombres armados y vestidos de civil redujeron velozmente a los sujetos que peleaban contra Adam y Nicholas.

Fernanda, mareada y con la vista nublada por el pánico, levantó la cabeza y no pudo dar crédito a lo que veía. Ewan estaba parado frente a ella, ajustándose el saco mientras sus hombres aseguraban a los atacantes en el suelo.

Su respiración se volvió errática y entrecortada. El pecho le dolía por la hiperventilación.

—Tranquila —susurró su amigo, acuclillándose frente a ella.

—Ewan... —articuló en un hilo de voz—. ¿Cómo...?

—Todo está bien. Ya están a salvo —le dijo inclinándose hacia ella con voz firme, pero serena—.

Daniela hizo muy bien al escribirme e informarme de lo que estaba sucediendo.

Tranquila, ya habrá tiempo para que me cuentes por qué no quisiste decirme que tus padres son un peligro tan grande para ti y tu hijo.

El rostro de Ewan comenzó a distorsionarse ante sus ojos. El esfuerzo, el terror acumulado y la falta de aire terminaron por pasarle factura; los ojos se le cerraron y la oscuridad la envolvió por completo.

***

Nicholas estaba utilizando todo su ingenio para no perder el control, pero lo cierto era que no lograba entender en qué momento las cosas se complicaron tanto. Cuando llegó a la calle del edificio de Fernanda, lo menos que esperó ver fue una persecución tan peligrosa y violenta.

Por todos los cielos, ¡esos hombres quisieron llevarse a su hijo a plena luz del día!

Su hijo… —Adrián, así lo nombraron Adam y Ewan cuando la policía arrestó a sus atacantes—.

Su cuerpo tiritó sin control alguno y fijó la vista en la mujer que acurrucaba al pequeño rubio en sus brazos, tratando de controlar su desesperado llanto.

Él estaba asustado y el que su madre siguiera inconsciente, no estaba ayudando en lo más mínimo.

Nunca lo soltó. A pesar de todo el peligro y la persecución, Fernanda cubrió a su hijo con su cuerpo y él nunca olvidaría la impotencia que sintió al no poder hacer más por ellos.

—Le apliqué un calmante —musitó Adam, obligándolo a volver en sí, y una vez más observó la sala del departamento de Ewan, un lugar en el que claramente no deseaba estar, pero que consideraba adecuado porque su seguridad era máxima.

—¿Qué fue lo que sucedió? —quiso saber y no le gustó que tanto Ewan como Adam intercambiaran una rápida mirada—. ¿Por qué estás aquí? —se dirigió a Adam y él hizo una mueca.

—Soy su hermano mayor.

—¿Qué? —abrió los ojos con sorpresa, ¿su apellido era Matthew?

Maldición, ¿cómo pudo olvidar algo así?

—Y no sé qué sucedió, pero creo que nuestro padre puede estar involucrado en esto —musitó con pesadez, alborotando su cabellera—. Lamento que hayas conocido a Adrián en estas circunstancias.

Nicholas se tensó.

—¿Siempre estuviste al tanto de que es mi hijo? —quiso saber y Ewan bufó.

—¿Es que estás ciego o qué?

Masticó un par de maldiciones, pero no pudo decir ninguna en voz alta. Él los rescató. Ewan llegó a ayudarlos y de no haber sido por el castaño, muchas desgracias pudieron haberse suscitado esta mañana.

—¿Puedo ayudarla? —la voz de su hermana hizo que recordara que no estaba sola y vio de reojo como Jenny se hacía de su hijo y empezaba a acurrucarlo contra su pecho, mientras lo mecía en brazos—. Ya pasó… Ya pasó… —musitó con voz suave, y su hijo empezó a hipear.

Nicholas no pudo evitarlo y olvidó a los castaños para acercarse a su hermana.

—Es hermoso —musitó ella con una sonrisa tenue y lo miró de reojo—. ¿Te gustaría cargarlo?

—Sí —la voz le tembló y cuando los ojos color cielo de su hijo se posaron en él, Nicholas esbozó una débil sonrisa que lo llevó a soltar unas cuantas lágrimas.

Jenny se lo entregó y él pudo sentir los espasmos del pequeño, por lo que lo abrazó con fuerza y rodeó su nuca como un intento desesperado de demostrarle que todo estaría bien.

Adrián no se quejó, sino que se acurrucó contra su pecho y él se tensó cuando poco a poco el pequeño cuerpo logró respirar con mayor tranquilidad.

—Se durmió —musitó su niñera con voz rota y Nicholas asintió.

—Debemos ir a la delegación —espetó Ewan de pronto, demandando su atención—. Mis hombres fueron con los guardias, pero deben declarar. —Miró a Adam y le hizo un gesto—. Ven conmigo, Nicholas se quedará para cuidar de Fernanda y su hijo.

¿Por qué actuaba de esa manera?

¡Ewan lo odiaba!

Ellos… terminaron muy mal la última vez que se vieron.

—¿Así lo prefieres? —inquirió el hermano de Fernanda, inquieto, y Nicholas asintió—. Bien, cuida de ellos, por favor.

Eso era justamente lo que pensaba hacer: cuidar de su familia.

***

El despacho de la residencia Matthew se había convertido en un hervidero de paranoia.

Leandro caminaba de un extremo a otro de la estancia, estrellando su vaso de cristal contra el borde del escritorio con tanta fuerza que el whisky se derramó sobre la madera barnizada.

Acababa de recibir la llamada de su contacto en la policía: sus hombres no solo habían sido reducidos y arrestados en el intento de captura, sino que la intervención de un equipo de seguridad privada y la propia policía local los mantenía bajo custodia estricta.

Fátima irrumpió en el lugar cerrando la puerta de golpe. Su rostro, habitualmente una máscara de elegancia e imperturbabilidad, mostraba la primera grieta de pánico contenido.

—¡Eres un imbécil, Leandro! ¡Un completo y absoluto imbécil!

—escupió, avanzando hacia él con los ojos encendidos de furia—.

Te dije que actuáramos con prisa, no que enviaras a una pandilla de incompetentes a montar un espectáculo en plena vía pública.

¡Las cosas en esta familia se hacen con discreción!