Arrepentirme ¡Jamás! (Reescribir la historia nº 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Al cruzar el umbral de su departamento, Fernanda sintió cómo el pánico le oprimía el pecho al solo ver a Susan y su hijo ahí. Recorrió el lugar con la mirada desorbitada, encontrando la taza de café a medio terminar de Megan sobre la mesa y sus pertenencias intactas en la habitación.

—Por favor, dígame que tiene acceso al circuito cerrado —le suplicó al encargado del edificio, con la voz temblorosa y las manos aferradas al mostrador del vestíbulo minutos después.

Tras unos eternos minutos frente a la pantalla de seguridad, la confirmación le atravesó el alma: ahí estaba Megan, caminando con la cabeza gacha y la rigidez de una condenada, abordando el auto negro donde la figura elegante y fría de Fátima aguardaba en la parte posterior.

Sus padres estaban listos para jugar y ahora que tenían a Megan, solo quedaba una carta desesperada por jugar. Para Fernanda, era simplemente imposible abandonar a su hermana, puesto que jamás olvidaría que Megan no dudó un solo segundo a la hora de dejar todo atrás para salvarla de su padre.

Salió del vestíbulo y, con los dedos entumecidos por el terror, marcó el único número que le quedaba como último recurso para lidiar con sus padres.

—¿Bueno?

—Adam... por lo que más quieras, ven a mi departamento ahora mismo. Es una emergencia.

Veinte minutos después, la puerta se abrió de golpe. Adam entró a la estancia visiblemente inquieto, acomodándose el abrigo con expresión confundida.

—Fernanda, ¿qué está pasando? —barrió el lugar con la mirada—. Te escuchabas aterrorizada por el teléfono y...

—Se la llevaron —lo interrumpió ella con la voz rota, dando un paso hacia él—. Fátima vino por Megan y se la llevó, Adam.

Adam frunció el ceño, dejando escapar una risa incómoda y llena de incredulidad.

—¿Y eso es malo? —acarició su brazo para relajarla—. Es su madre, Fer, ella jamás la lastimaría.

Fernanda negó con la cabeza, él no entendía nada.

—Ellos son peligrosos, tienes que ayudarme e ir por ella.

—¿Por qué dices eso? —se exasperó—. ¿Por qué se rehúsan a contarme la razón que las llevó a huir de nuestros padres?

Abrió la boca, pero odiándose a sí misma volvió a cerrarla y él decidió no presionarla.

—Tal vez ellas solo fueron por un café.

—¡Claro que no! —explotó, molesta— ¡Mira esto! —le exigió, arrastrándolo hacia la laptop donde había grabado la secuencia de la cámara de seguridad con su celular.

Adam observó la pantalla en silencio. Sus ojos recorrieron la imagen de su madre dentro del auto y a Megan subiendo sin oponer resistencia. La incomodidad en su rostro se transformó rápidamente en una defensiva resistencia.

—Fernanda, esto no prueba nada grave —murmuró Adam, negando con la cabeza y buscando desesperadamente una explicación lógica—. Mamá solo vino a buscarla. Sabes lo complicadas que son las cosas entre ustedes, tal vez están intentando hablar y arreglar sus diferencias.

—¡Se la llevó en contra de su voluntad, Adam! —gritó Fernanda, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas—. Fátima amenazó a Megan para obligarla a entregarse. Van a forzarla a casarse con Christian Beckett para cerrar sus negocios.

—Mamá no haría algo así... ella no es esa clase de persona —articuló Adam con la voz vacilante, el conflicto interno destruyéndolo por dentro.

Amaba a su madre, la tenía en un altar de virtud y perfeccionismo, y aceptar las palabras de Fernanda significaba derrumbar la imagen de la mujer que lo había criado.

Fernanda se dejó caer de rodillas frente a su hermano, tomándolo de las manos con una desesperación implacable.

—Te lo suplico, Adam... mírame —le rogó con el corazón en la mano—.

Jamás te he mentido. Nunca te pediría algo así si no fuera una cuestión de vida o muerte.

Megan está en peligro. Nuestros padres no son las personas nobles que tú crees.

Se llevaron a tu hermana y la van a destruir si tú no intervienes. ¡Por favor, ayúdame a salvarla!

Adam contempló el rostro desgarrado de Fernanda, sintiendo cómo el suelo se le movía bajo los pies. La devoción ciega hacia su madre chocó de frente con la agonía genuina de la mujer que tenía enfrente. Tragó saliva con dificultad y la levantó del suelo por los codos.

—¿Por qué actúas así? —su cuerpo empezó a temblar sin control alguno—. ¿Qué es lo que me esconden?

Fernanda sollozó, incapaz de hablarle del ataque de su padre, y Adam asintió con impotencia. Estaba claro que su hermana no le diría nada por el momento.

—Está bien... iré a la casa de nuestros padres para ver si Megan está ahí —cedió, con la mirada ensombrecida por la duda y la determinación—. En caso de ser así, traeré a Megan de regreso, ¿sí?

Fernanda le entregó su celular para que leyera el mensaje que Megan le envió.

“Ellos saben de la existencia de Adrián. Fátima vino por mí y decidí seguirla. Huye de Londres, Fernanda, ambas sabemos que nuestro padre no se quedará tan tranquilo. Sé que es tu secreto y por esa razón sólo te dejaré esta sugerencia: habla con Adam, él merece saber la verdad”.

—¿Qué? ¿Por qué te pide que huyas? —se alarmó, esas eran palabras muy graves—. ¿De qué secreto habla, Fernanda? ¿Por qué no confías en mí?

—Mi hijo corre peligro —musitó con voz rota y él tragó con fuerza.

—De acuerdo, enfócate en Adrián y por su seguridad revélame la verdad. —Lo miró con pesar—. ¿Cómo voy a protegerte de un peligro que no logro entender?

—Adam… —la voz le tembló y él asintió—. Yo… hace diez años…

—Tú puedes, Fer, yo siempre estaré a tu lado, ¿sí?

—Escapé de nuestra casa porque Leandro intentó abusar de mí.

Las palabras cayeron en el departamento como un martillazo helado.

Adam se quedó absolutamente inmóvil, como si el aire de la habitación se hubiera transformado en veneno.

Sus manos, que aún sostenían los codos de Fernanda, perdieron la fuerza y cayeron a los costados.

La sangre se le escapó del rostro, dejándolo tan pálido como una hoja, mientras las pupilas se le dilataban por el shock puro.

—¿Qué...? —susurró Adam, y su voz no fue más que un hilo de aire roto—. Fer... ¿qué estás diciendo?

—Es la verdad, Adam —sollozó ella, cubriéndose el rostro con las manos mientras los temblores la sacudían por completo—.

Megan lo sabe, ella me ayudó a escapar. Leandro no es el padre abnegado que tú conoces...

es un monstruo. Y Fátima lo sabe. Ella siempre lo ha sabido y prefirió encubrirlo, culparme a mí y arrastrar a Megan a esta pesadilla con tal de mantener las apariencias.

Adam dio un paso hacia atrás, tropezando torpemente contra la mesa central. Su mente entró en una espiral caótica: la imagen perfecta de su hogar, el respeto hacia su padre, la adoración casi divina que sentía por Fátima... todo comenzó a fracturarse, agrietándose con un chasquido sordo y doloroso.

—No... no puede ser —murmuró Adam, negando con la cabeza frenéticamente, con los ojos llenos ira—. Papá no... él no haría algo así. Tiene que haber una confusión, un malentendido...

—¡No hay ningún malentendido! —le gritó Fernanda con el alma destrozada, dando un paso hacia él y tomándolo de la solapa del saco para obligarlo a mirarla—.

¡Mírame, Adam! ¡Mira el terror en mis ojos!

¿Crees que yo inventaría una atrocidad como esta?

¿Crees que dejaría toda mi vida, que escondería a mi hijo, si no supiera de lo que ese hombre es capaz?

—sollozó con impotencia—. Ahora que saben de Adrián, son una gran amenaza para él.

El nombre de Adrián resonó en el pecho de Adam como una alarma contra incendios. A pesar del colapso de su mundo perfecto, la mención de su pequeño sobrino en peligro encendió una chispa instintiva de protección en su interior.

Adam respiró entrecortadamente, pasándose las manos por la cara en un intento desesperado por no perder la cordura.

La mirada desgarrada de Fernanda era demasiado real, demasiado dolorosa para ser una mentira, y ahora entendía mejor que nunca por qué le costó tanto tiempo recuperar el amor de su hermana.

No lo merecía.

No estuvo ahí para ella.

Y estuvo a punto de pasar lo peor, mientras él se escondía del mundo en Madrid.

—Está bien... —articuló con la voz temblorosa, la mirada oscurecida por una mezcla de náusea, duda y determinación—. Voy a ir a esa casa y sacaré a Megan de ahí ahora mismo.

—Adam, por favor, sólo encárgate de Megan y no levantes nada de lo que te dije —suplicó y él tragó con fuerza—. Ellos lo negarán y podrían alterarse ante tus acusaciones, no compliquemos las cosas.

—Si lo que me dices es verdad —la cortó él, mirándola fijamente con los ojos enrojecidos—, tú y Adrián no pueden estar aquí. Si nuestro padre sabe dónde viven, enviará a su gente en cualquier momento.

—Pero el edificio es seguro, yo…

—Lo más seguro es que salgan de Londres lo antes posible. —Sacó su celular y con dedos torpes se puso a buscar pasajes para Manhattan—. Hay un vuelo que saldrá en tres horas, llévate a Adrián y Susan —comentó de pronto y Fernanda negó con la cabeza.

—No puedo irme sin Megan.

—Yo los dejaré en el aeropuerto y luego iré por Megan, te prometo que ella se reunirá contigo muy pronto.

—Hermano…

—Piensa en Adrián —farfulló, perdiendo la paciencia—. Yo… estoy tratando de cuidarlos a todos.

En contra de su voluntad, Fernanda asintió y se dirigió a su cuarto para preparar un bolso con cosas de suma importancia. Lo demás no importaba, ahora lo único que debía hacer era sacar a Adrián del radar de su padre.

***

En la oficina de la agencia, el ambiente se sentía extrañamente denso.

Jenny colocó sobre el escritorio una unidad de almacenamiento externa junto al celular estropeado.

Aunque la placa madre del teléfono estaba irremediablemente destruida por el tiempo y el impacto, sus habilidades técnicas le habían permitido extraer y desencriptar los archivos de la memoria flash.

—Logré recuperar la información de la copia de seguridad, Nico —susurró con cautela, observando a su hermano con evidente preocupación—. Hay archivos de voz... notas que nunca llegaron a escucharse.

Nicholas la miró con el pulso acelerado. Sin emitir palabra, acercó la laptop de su hermana y presionó el reproductor.

El primer archivo comenzó a emitir sonido. La voz de Fernanda inundó la estancia, pero no era la mujer fría y calculadora que amenazó la agencia en las últimas semanas; era una chica aterrorizada, quebrada y vulnerable.

«Nicholas... por favor, responde. Estoy asustada... Tienes que contestar el teléfono. Tengo un retraso de más de dos semanas y no sé qué hacer... Te necesito, por favor...»

Un nudo sofocante se le instaló en la garganta. La voz de Fernanda temblaba tanto que apenas podía articular las palabras entre sollozos amortiguados. Jenny no dijo nada, simplemente bajó la mirada mientras su hermano seleccionaba el segundo audio con dedos rígidos y entumecidos.

«No sé a quién recurrir... No tengo dinero, no tengo a nadie y mis padres me destruirán si se enteran. Nicholas, dime qué hacer... No tengo los medios para afrontar esto sola. Por favor, llámame...»

Para cuando el tercer audio comenzó a sonar, Nicholas sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. La respiración de Fernanda en la grabación era errática, ahogada por el pánico puro.

«Está bien... Entiendo que no quieras saber nada de mí, pero te lo suplico, Nicholas, solo ayúdame con esto.

Necesito que me ayudes a pagar la operación...

Lo voy a abortar, no puedo tenerlo, pero no quiero hacerlo en un lugar clandestino.

Solo te pido que me ayudes a hacerlo de manera segura...

Te prometo que no volveré a molestarte nunca más. Solo ayúdame, ¿sí?»

El silencio cayó sobre la oficina como una losa de concreto.

Nicholas se cubrió el rostro con ambas manos mientras un gemido de dolor ahogado se le escapaba del pecho.

Se rompió por completo. Las lágrimas comenzaron a brotar sin control, ardiendo sobre sus mejillas a medida que la culpa lo devoraba vivo.

Recordó cada una de sus palabras frías, cada desprecio, la manera en que la desechó hace tres años creyendo que ella solo había sido una distracción, sin saber que la estaba dejando desamparada, sola y desesperada con una vida dentro de ella.

Por fin lo entendía. Entendía cada gota de odio en los ojos de Fernanda, cada acto de venganza y cada desprecio hacia él.

La había abandonado en su momento más oscuro.

—Nico... —Jenny se acercó rodeando el escritorio y lo abrazó por los hombros, tratando de consolarlo mientras él tiritaba por la conmoción—. Lo siento tanto.

—Yo la dejé sola, Jenny —articuló Nicholas con la voz destrozada, apoyando la frente contra el escritorio—. Estaba aterrorizada y yo... yo fui un monstruo. Le di la espalda.

Ella apretó el abrazo y, tras unos segundos de silencio dudoso, formuló la pregunta que flotaba en el aire con un hilo de voz:

—Nico... ¿crees que ella llegó a abortarlo?

Nicholas se quedó inmóvil.

La pregunta resonó en su cabeza como un eco ensordecedor.

De pronto, los recuerdos de las últimas semanas se proyectaron en su mente a una velocidad vertiginosa: las llamadas esporádicas en la madrugada, su nerviosismo cuando dijo que la recogería de su departamento para ir a la gala y…

la noche en la que la vio junto a Adam con un pequeño niño en brazos.

—No lo sé... —murmuró, levantando la mirada con los ojos enrojecidos y la respiración agitada—. No lo sé, pero voy a averiguarlo ahora mismo.

Se puso de pie bruscamente, tomando las llaves de su auto. Jenny lo siguió a paso apresurado mientras él abandonaba la oficina con una determinación ciega y desesperada.

—¡Nico, espera! ¿A dónde vas? —le gritó su hermana por el pasillo.

Nicholas no se detuvo. Entró al ascensor seguido de la rubia y, mientras las puertas se cerraban, se juró a sí mismo que descubriría hasta el último de los secretos que Fernanda le había guardado durante estos tres años.

Se juró enfrentar las consecuencias de su pasado, pero en lo más profundo de su corazón roto, albergaba una súplica desesperada: esperaba, con toda el alma, que ella no haya interrumpido su embarazo.