Capítulo 22
La reunión directiva se extendió mucho más de lo previsto.
Fernanda permanecía sentada a la mesa, moviendo la pierna con impaciencia contenida mientras los ejecutivos discutían presupuestos e informes trimestrales.
Frente a ella, Nicholas mantenía una postura impecable, pero sus ojos no dejaban de buscar los suyos cada vez que tenía la oportunidad.
En cuanto Andrés Rivers dio por terminada la sesión, Fernanda fue la primera en abandonar la sala. Una vez en su oficina sujetó su celular, el cual había mantenido en silencio, y sintió cómo se le helaba la sangre al ver la pantalla: Megan le envió un mensaje.
Abrió el chat y sus ojos recorrieron las líneas a toda velocidad:
“Ellos saben de la existencia de Adrián. Fátima vino por mí y decidí seguirla. Huye de Londres, Fernanda, ambos sabemos que nuestro padre no se quedará tan tranquilo. Sé que es tu secreto y por esa razón sólo te dejaré esta sugerencia: habla con Adam, él merece saber la verdad”.
El aire se le escapó de los pulmones. El mundo a su alrededor pareció perder el sonido.
La carpeta que sostenía en las manos cayó al suelo con un golpe seco, pero ni siquiera se molestó en recogerla.
Dio media vuelta y echó a correr hacia el estacionamiento de la agencia con el corazón martilleándole el pecho.
—¡Fernanda! —gritó Nicholas al ver la escena, pero ella no se detuvo.
Él no lo pensó dos veces; dejó sus papeles sobre la mesa y salió tras ella, alarmado al ver la palidez de su rostro y la forma desesperada en la que huía.
—¡Fernanda, detente! ¿Qué ocurrió? —la llamó con voz potente, acelerando el paso para alcanzarla antes de que llegara a los ascensores.
Estaba a solo unos metros de sostenerla por el brazo cuando el celular en el bolsillo de su saco comenzó a sonar con insistencia.
Nicholas intentó ignorarlo, pero al sacar el aparato para apagarlo, vio el nombre de su hermana en la pantalla.
Contó hasta tres y presionó contestar sin dejar de perseguir a Fernanda con la mirada.
—Jenny, no puedo hablar ahora, Fernanda...
—Nicholas, tienes que escucharme —lo interrumpió la rubia, con la voz agitada y sin aliento desde el otro lado de la línea—. Estoy dentro del taxi, voy camino a tu agencia ahora mismo. Es urgente. Tienes que ver esto ya.
Nicholas frenó en seco en medio del pasillo y vio cómo las puertas del ascensor se cerraban frente a una Fernanda desencajada que ni siquiera lo miró antes de desaparecer de su campo de visión.
Ella no quería que lo siguiera y tenía la leve sospecha de que Jenny tenía información de suma importancia para él, por lo que en esta ocasión decidió no presionar a la morena y esperar a su hermana.
***
El ambiente dentro del despacho de la residencia Matthew se sentía denso, asfixiante y cargado de un rencor añejado durante más de tres décadas. Leandro caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado, sirviéndose un vaso de whisky con manos firmes, pero torpes.
Jamás pensó que Rivers rechazaría su petición, ¡se suponía que la gente de su clase debía ayudarse entre sí!
Y, por si fuera poco, llegó a su casa para recibir una pésima noticia. Al escuchar los pasos elegantes de Fátima a su espalda, se giró bruscamente, mirándola con un desprecio absoluto.
—¿A qué estás jugando, Fátima? —escupió con rencor, dejando el vaso sobre su escritorio con un golpe seco—. ¿Por qué trajiste solo a Megan? ¡Debiste traerlas a ambas! —vociferó, fuera de sus cabales—. Esta es mi casa, debiste informarme lo que tenías en mente.
Fátima ni siquiera pestañeó, las amenazas de su esposo nunca le generaron ningún tipo de temor.
Se acomodó el abrigo de diseñador sobre los hombros, manteniendo una postura erguida y una expresión de fría indiferencia que solo lograba enfurecer más al moreno, puesto que su mujer nunca dejaría de ser su más grande rival.
—Agradece que tienes a una de ellas bajo este techo, Leandro —respondió ella con tono pausado, casi aburrido—.
En lugar de perder el tiempo gritando como un histérico, deberías estar llamando a los Beckett ahora mismo.
Organiza esa boda por lo civil lo antes posible, para este fin de semana si es necesario —exigió—.
Necesitamos cerrar ese contrato antes de que Adam se entere de lo que estamos haciendo.
Leandro dejó escapar una risotada seca, desprovista de cualquier rastro de humor, y negó lentamente con la cabeza mientras la observaba con ojo crítico.
—Adam... para ti siempre será Adam —se burló con sorna, dando un paso hacia ella—. No toda la vida tu adorado hijo te va a seguir creyendo una santa, Fátima. Tarde o temprano se va a dar cuenta de la bruja manipuladora y despiadada que tiene por madre.
—Eso está por verse, querido —contestó Fátima con una sonrisa helada que no llegó a sus ojos—. Adam me adora porque soy la única en esta familia que piensa en su futuro. Él jamás dudará de mí porque gracias a mí conoce el más puro amor de una madre.
Leandro enarcó una ceja.
—Una madre que odia a sus hijas y quiere hacerlas infelices.
Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Ahora, si ya terminaste con tu patético espectáculo de indignación, concéntrate en lo importante: Megan está aquí y no se va a ir porque le hice un par de amenazas para que siga nuestras órdenes, pero me gustaría que actuemos con prisa.
Leandro enarcó una ceja, levemente intrigado. Conocía la rebeldía de Megan y sabía que no habría cedido tan fácilmente.
—¿Cómo lo hiciste? —inquirió él, cruzándose de brazos—. Megan no es estúpida. ¿Cómo lograste que te siguiera sin armar un escándalo?
Fátima caminó hasta el ventanal, contemplando el jardín con autosuficiencia antes de soltar la bomba.
—Descubrí el pequeño y sucio secreto de tu adorada Fernanda —dijo con desdén y Leandro se tensó—. Tiene un hijo. Un bastardo escondido en ese departamento de Londres.
¿Cómo diablos hizo para enterarse de eso?
Por un momento pensó que era el único que conocía esa información. Hizo lo que le pareció más sensato y fingió demencia, lo menos que necesitaba era que en un momento así Fátima se convirtiera en su enemiga.
—Bastó con mencionarle que enviaría a mi gente a deshacerse del niño si no salía en cinco minutos, y Megan cayó en la trampa. Se entregó solita para proteger al mocoso.
—Un hijo... —se hizo el sorprendido, y una mueca de profundo asco cruzó su rostro—. ¿Dices que mi niña jugó a la familia feliz?
Fátima sólo lo observó con fijeza.
—Tendré que deshacerme de ese bastardo de inmediato —soltó de pronto y Fátima le otorgó la dirección de su hija, una que por supuesto ya conocía—. No voy a permitir que un estorbo arruine mis planes.
Fátima arqueó una ceja con ironía.
—Es tu nieto, Leandro. Por si lo habías olvidado.
Leandro soltó una carcajada fría, llena de un veneno que congeló el aire entre ambos. Avanzó hasta quedar a escasos centímetros del rostro de su esposa, clavando su mirada llena de crueldad en ella.
—Harías muy bien en recordar la historia de esta casa, Fátima —siseó en un susurro siniestro—. Fernanda es un bebé robado. No lleva una sola gota de mi sangre. No comparto absolutamente ningún vínculo sanguíneo con ella ni con el bastardo que dio a luz. Así que no me vengas con ridiculeces morales.
La castaña apretó la mandíbula. La mención del origen de Fernanda rozó una fibra amarga que llevaba años pudriéndose en su interior.
—¿Algún día vas a superar a mi hermana? —preguntó Fátima, y por primera vez su voz dejó entrever una pizca de rancia amargura—. ¿Algún día vas a dejar de estar obsesionado con el fantasma de Brenda?
—No —respondió Leandro sin dudar un solo segundo, sin la menor sombra de culpa—.
Nunca. Y esa es la razón exacta por la que quiero a Fernanda a mi lado.
Es idéntica a ella. Mismos ojos, misma terquedad, misma belleza...
Tener a Fernanda será como quedarme finalmente con mi primer amor.
Lo que Brenda me negó, ella me lo va a dar por las buenas o por las malas.
Fátima lo contempló con un desprecio infinito, sintiendo la náusea de compartir su vida con un hombre tan retorcido, aunque ella no fuera mejor.
—¿Y se supone que habrá un divorcio cuando la traigas? —inquirió ella en tono desafiante—. ¿O pretendes que vivamos los tres bajo el mismo techo?
Leandro no dijo nada. Guardó un silencio pesado, sepulcral, limitándose a sostenerle la mirada con una frialdad que confirmaba que el papel de Fátima en su vida era absolutamente irrelevante.
Ella dejó escapar un resoplido molesto, desviando la mirada hacia el escritorio.
—Si de verdad quieres retener a Fernanda y asegurarte de que no vuelva a huir, no seas imbécil —le sugirió ella con malicia pragmática—. Ese niño es la carnada perfecta. Úsalo. El mocoso es la única manera de mantenerla encadenada a ti sin que intente nada estúpido.
Leandro sonrió, una sonrisa lenta, enferma y perturbadora que dejó al descubierto toda la putrefacción de su mente.
—No necesito al bastardo de otro hombre para retenerla —soltó con voz pausada y escalofriante—. Yo mismo me encargaré de engendrar al hijo que la mantendrá atada a mi lado para siempre.
—Eres repugnante, Leandro —musitó ella sin alterarse demasiado porque le importaba muy poco lo que sucediera con Fernanda—. En fin, ¿cuál es tu plan ahora?
—Megan ya está en casa —espetó, acomodándose el saco con absoluta frialdad—. Haré que mi gente vaya por Fernanda y el bastardo que tiene las horas contadas.
Ese niño encontraría su lugar bajo tierra esa misma noche.