Capítulo 21
Nicholas debía admitir que, en otras circunstancias, jamás habría redactado esa carta de renuncia para abandonar el puesto por el que trabajó más de quince años.
Sin embargo, para su sorpresa, lo menos que sentía ahora mismo era culpa.
Primero, porque con esa acción quería creer que la venganza de Fernanda y su imparable sed de venganza llegarían a su fin.
Por fin ella tendría lo que quería. Y segundo, porque no sentía merecer este puesto después de esconderle la identidad del hacker al señor Rivers, eso sería muy bajo de su parte.
—No planeo aceptar esa carta —espetó su jefe con brusquedad, tomándolo por sorpresa.
—Pero señor…
—En tu contrato se deja claro que, en caso de querer abandonar tu puesto, debes tener a alguien lo suficientemente capaz como para ocupar tu cargo.
—Fernanda podría…
—¿Es por Leandro Matthew? —La mención de ese hombre hizo que los pelos se le pusieran de punta y abriera los ojos con sorpresa—. Estuvo aquí hace unos quince minutos, por eso llegue antes a la agencia.
Nicholas se vio obligado a dejar la conmoción de lado y sacudió la cabeza, incrédulo.
—¿Puedo saber a qué vino ese hombre? —masticó sus palabras y el rubio lo miró con fijeza.
—Te quiere lejos de su hija y deseaba que te eche sin razón aparente, ¿es posible que quieras renunciar porque te sientes poca cosa ante ella?
—Claro que no —soltó con impotencia—. Ni siquiera sabía que ese hombre se atrevería a venir.
Lo que quería decir que él no pensaba quedarse de brazos cruzados y atosigaría a Fernanda hasta conseguir lo que quisiera.
«No puedo dejarla sola».
—¿Entonces porque quieres renunciar?
—Yo… yo…
—Lo haces porque tu hermana obvió mencionar al responsable. —Señaló la carpeta que dejó de lado y él se tensó—. Confío en ti, Nicholas, sabes que te aprecio y por esa razón no le di el gusto a Matthew.
—Señor… —la voz le tembló, y negó lentamente con la cabeza—. Lo siento, pero no puedo decirle nada.
Si él quería acusar a alguien, que lo atacara a él.
—¿Crees que no sé qué se trata de Fernanda?
—La sangre se le congeló y lo miró con preocupación, ¿en qué estuvo pensando al creer que podría esconderle algo así?
—. No habría entendido nada de esto de no ser por la visita de su padre —reconoció de pronto, lanzando un suspiro—.
¿Tanto la quieres que estás dispuesto a esconder su crimen?
—Todo es mi culpa —soltó con pesar y él le hizo un gesto con la mano para que continuara.
Sumido en la vergüenza, Nicholas se vio obligado a narrarle todo lo sucedido hace tres años. Tal vez para Andrés sería absurdo escuchar de su relación y la venganza de Fernanda, era un hombre de negocios, pero esa era la verdad y quería apelar a su buen corazón.
—Ella quiere quitarme este puesto porque la utilicé justamente para conseguirlo —musitó finalmente, y el rubio sólo lo observó con fijeza—. Si quiere culpar a alguien, yo soy el único responsable de que las cosas hayan terminado así. Por favor, no se meta con ella —la voz le tembló.
—No pienso demandarla —fue sincero y Nicholas se lo agradeció en silencio—. Sin embargo, el panorama es muy distinto al que me imaginé. ¿Dices que ustedes no están juntos?
—No soy correspondido.
—Su padre parecía muy dispuesto a separarlos.
—Eso se debe a que lo vimos en la gala benéfica y tuve que decir que era su novio para que dejara en paz a Fernanda.
Andrés asintió, aún confundido por lo enredosa que era la historia.
—No aceptaré tu carta de renuncia —aseveró y Nicholas le suplicó con la mirada—. Pero dejaré que Fernanda tome tu cargo, tú te encargarás de “guiarla” en todo y ascenderé a George a Director de Operaciones.
—Muchas gracias, señor.
Así podría seguir cuidando de ella dentro de la empresa.
—Ve empacando tus cosas, supongo que querrás despejar su nueva oficina.
—Sí… —hizo el ademán de ir por una caja, pero paró en seco cuando su jefe le dijo:
—Nunca creí que llegaría el día que amaras más a una mujer que a tu trabajo, Nicholas. —No podía verlo, pero se oía contento—. Me siento feliz por ti. Pero, por experiencia, no dejes que las cosas terminen aquí. En el amor, no hay guerras perdidas si aún tienes energía para luchar.
Nicholas asintió, con la vista fija en la oficina de Fernanda, y se juró a sí mismo que haría hasta lo imposible por ganarse el amor de esa mujer. Estaba arrepentido de todo lo que hizo en el pasado, pero más arrepentido llegaría a sentirse si llegaba a perderla de nuevo.
***
Megan y Adrián estarían bien, siempre y cuando no abandonaran su departamento, por lo que no había razón alguna para que Fernanda se sintiera tan tensa, ¿verdad?
Llegó a la agencia con paso apresurado, con un único fin en mente, pero toda su seguridad se evaporó cuando vio al señor Rivers en el despacho de Nicholas.
La garganta se le cerró, ¿qué diablos debía hacer si Nicholas la delataba?
No estaba para enfrentar ningún cargo legal, lo único que quería era abandonar Londres.
—Qué bueno que llegas, Fernanda —espetó Rivers, arrancándola de su letargo, y tragó con fuerza—. Nicholas y yo te estábamos esperando, hay algo importante que debes saber.
Fernanda se pasó una mano por sus cabellos oscuros, los cuales no estaban atados en un moño severo, y se preguntó si el señor Rivers se habría percatado de que ese día llevaba puesto unos jeans, tenis y camiseta.
—Buenos días, señor —musitó y se acercó al escritorio, decidida a ignorar la presencia de Nicholas—. Lo cierto es que yo también tengo que decirle algo importante.
¿Por qué no podía dejar de temblar?
—¿Ah sí? —inquirió su jefe, prestándole más atención—. Hay un código de vestimenta —observó en tono reprobatorio y Fernanda abrió su bolso para extraer una carpeta.
—Me temo que he sido requerida en Manhattan, por lo que vine a presentarle mi carta de renuncia.
Si hasta ese momento Nicholas se había mantenido en silencio, Fernanda se alarmó al ver cómo le arrebataba la carpeta con brusquedad.
—¿Qué significa esto? —bramó él, fuera de sus cabales—. No puedes irte, la agencia tiene un protocolo para las renuncias y…
El carraspeo del señor Rivers hizo que Nicholas controlara sus palabras.
—Yo me encargo —espetó él y Fernanda palideció.
—No puedo aceptar tu carta por el momento.
—Pero señor…
—Menos ahora que eres la Directora General de la agencia.
—¿Qué? —el pánico la invadió y miró a Nicholas de reojo—. Eso es imposible, usted me contrató como Directora de Operaciones.
—Nicholas renunció esta mañana. —Fernanda odió que las piernas le temblaran y se aferró al respaldar de la silla más cercana.
¿Él… acababa de renunciar a ese puesto que tanto amaba?
¡¿Por qué lo hizo?!
—Pero como existe un protocolo, tendrá que guiarte durante las siguientes semanas.
Negó rápidamente con la cabeza, ella no iba a quedarse en Londres ni mucho menos se quedaría con el cargo de Nicholas. Cometió un terrible error al iniciar su venganza; es más, tal vez nunca debió regresar, por lo que lo mejor que podía hacer era dejar todas las cosas en su sitio.
—No puedo aceptar. —Conectó su mirada con la de Nicholas—. Por favor, señor Cranston, no deje su cargo. Todos en la agencia sabemos que nadie será mejor que usted.
Él debía volver en sí. Trabajó por años para llegar hasta ahí.
—Si gustan, pueden llegar a un acuerdo entre ustedes —espetó Rivers con indiferencia—. Ninguno puede abandonar la agencia por el momento, así que organícense y trabajen de la manera más productiva.
—Pero debo irme a Manhattan —soltó con impotencia.
—¿Te irás incluso sabiendo que eso puede terminar en una demanda laboral? —siseó Nicholas, rojo de la cólera, y Fernanda lo reprobó con la mirada.
¿De verdad pensaba retenerla en Londres de esa manera?
El señor Rivers se despidió de ambos —informándoles que en quince minutos habría una junta directiva— dejando claro que esa pelea no le importaba en lo más mínimo, y una vez que estuvieron solos, Fernanda se volvió en su dirección.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó con enojo—. Tú amas este trabajo y…
—Lo hice porque quiero que dejes de arriesgarte —la sangre se le congeló, ¿él… sólo quería protegerla?—. Hiciste muchas cosas para quedarte con mi puesto, así que es momento de que te desenvuelvas en el mismo —le indicó su silla y ella negó con la cabeza—. ¿Acaso no es esto lo que querías?
—Yo… pensé que así era —la voz se le quebró y dio un paso hacia atrás cuando él avanzó en su dirección—. ¿Por qué no me acusaste?
Era evidente que el señor Rivers no estaba al tanto de que ella hackeó su sistema.
—¿De verdad quieres una respuesta? —lo miró con pesar, pero él no apartó el rostro—. Estoy decepcionado y molesto por todo lo que hiciste, pero lo que siento por ti es tan fuerte que lo último que quiero es alejarme de ti.
—Volveré a Manhattan, trabajo para el abuelo de Ewan y…
—No mientas —escupió, furioso—. Tú quieres irte porque tu padre regresó a tu vida.
Fernanda odió que su estómago se encogiera y cerró las manos en dos puños por la impotencia. Cometió un terrible error al abrirle su corazón, ni siquiera entendía por qué lo hizo, pero no estaba segura si le gustaba que él estuviera al tanto de todos sus temores.
—No es tu problema.
—Quiero protegerte.
—¡Él es peligroso! —soltó con voz rota y todo su cuerpo tiritó cuando la envolvió en sus brazos.
—Y por esa razón no quiero dejarte sola. —Una lágrima se deslizó por su mejilla—. Él estuvo aquí —el aire se atoró en sus pulmones—, le pidió al señor Rivers que me despidiera.
—Lo ves —cerró los ojos con frustración—, lo mejor para ti es alejarte de mí. Mi padre tiene mucho poder, si él lo deseara podría destruir todo lo que creaste con tanto esfuerzo.
No supo qué pensar al sentir como su abrazo se hacía más fuerte.
—Ahora menos que nunca voy a dejarte —susurró con esfuerzo, besando su coronilla—. Si tu padre quiere destruirme, que lo haga. Pero no permitiré que te toque un solo pelo.
—¿Por qué lo haces? —aferró su saco con desespero.
—Porque te amo.
Y esa simple confesión fue más que suficiente para que ella rompiera el abrazo y saliera huyendo hacia su oficina.
¿Cómo reaccionaría su amigo si le contaba que no podría serle de ayuda para cumplir sus objetivos? Al final de todo, estaba traicionando a Ewan, puesto que le resultaba simplemente imposible arruinarle la vida a Nicholas.
Ella… aún lo quería y no deseaba que ni su amigo ni su padre le causaran ningún mal.
Se pasó una mano por los cabellos, inquieta. Jamás se imaginó que su renuncia sería rechazada, por un momento pensó que podría regresar con Megan y Adrián fácilmente. Sacó su celular y le escribió a su hermana, pero al no recibir una respuesta, decidió llamarla.
Algo en su interior se encogió cuando ella no tomó la llamada.
¿Qué estaba pasando?
¿Por qué sentía que sólo era cuestión de tiempo para que las cosas se complicaran?
***
En el departamento, el ambiente se sentía inquietantemente tranquilo, pero para Megan la calma era solo una ilusión antes de la tormenta.
Frotándose los brazos para ahuyentar el frío irracional que le recorría el cuerpo, observaba de reojo la sala de estar.
Allí, sobre la alfombra, Adrián reía suavemente mientras jugaba con Susan.
Ver la sonrisa pura e inocente de su sobrino no hacía más que incrementar sus temores.
«Si ellos se enteran...» pensó Megan y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sabía perfectamente de lo que sus padres eran capaces. Si Leandro o Fátima descubrían la existencia de Adrián, no dudarían un solo segundo a la hora de considerarlo una amenaza para su prestigiosa reputación.
Una llamada entrante la hizo sobresaltarse y en lugar de revisar de quién se trataba, la tomó sin dudarlo creyendo que era su hermana.
—Fernanda…
Ella dijo que no demoraría, que una vez que presentara su carta de renuncia regresaría, pero eso estaba tomando demasiado tiempo.
—Espero que tengas la decencia de no colgarme, Megan —la voz fría y calculadora de su madre hizo que la sangre se le congelara y empezara a respirar con dificultad—. Lo que pienso decirte te interesa en demasía.
Debía mantenerse serena. Si Fátima percibía su vulnerabilidad, no dudaría un solo segundo a la hora de utilizarla en su contra.
—¿Qué quieres? —logró articular, alejándose unos pasos hacia el pasillo para que Susan y Adrián no la escucharan.
—Solamente recordarte que tu padre y tú cometen el mismo error: creer que pueden estar un paso por delante de mí —soltó Fátima con una tranquilidad aterradora—. Ese correo ridículo de negativa que enviaste no cambia nada. El acuerdo no ha sido rechazado, Megan, y no se va a cancelar.
—No voy a casarme con Christian —siseó, apretando el celular con fuerza mientras la ira competía con el pánico.
—Lo harás —sentenció Fátima sin alterarse—. Y te sugiero que salgas del edificio con tus propias piernas ahora mismo. Si no lo haces, enviaré a mi gente para que entre por ti... y de paso se encargue del bastardo que Fernanda tiene escondido ahí dentro.
Un golpe de pánico absoluto atravesó a Megan. Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer al suelo.
Ellos ya lo sabían. Sabían de la existencia de Adrián.
—¿Por qué me odias tanto? —la voz se le quebró, llena de una amargura y un dolor acumulados durante años—.
¡Dímelo! Yo nunca te hice nada, jamás hice algo para merecer tu desprecio...
¿Por qué te empeñas en arruinarme la vida?
Soy tu hija —emitió con desespero, incapaz de entender por qué sus padres no la amaban.
Del otro lado de la línea, Fátima dejó escapar una risita suave, vacía de cualquier rastro de humanidad.
—Hay cosas en esta vida que simplemente no tienen explicación, querida. No necesitas buscarle lógica: me urge hacerte la vida imposible, y voy a disfrutar cada segundo cuando te entregue a los Beckett.
A Megan se le saltaron las lágrimas, sintiendo cómo se le rompía el corazón ante la crueldad sin filtro de su propia madre. Con el pecho oprimido y temiendo lo peor para su hermana, logró formular una última pregunta.
—Si voy contigo, ¿dejarás a Fernanda y su hijo en paz? —susurró con angustia.
—Fernanda me importa muy poco —respondió con absoluto desdén—. Que tu padre pierda el tiempo obsesionándose con ella. A mí la que me interesa eres tú, y asegúrate de estar abajo en cinco minutos si no quieres que esta llamada se convierta en una visita violenta.
La llamada se cortó y Megan se quedó helada, mirando hacia la sala donde Adrián continuaba jugando, ajeno al infierno que acababa de tocar a su puerta.
Seguiría la orden de su madre, pero antes de abandonar ese departamento, había un mensaje que debía enviar.
“Ellos saben de la existencia de Adrián. Fátima vino por mí y decidí seguirla. Huye de Londres, Fernanda, ambas sabemos que nuestro padre no se quedará tan tranquilo. Sé que es tu secreto y por esa razón sólo te dejaré esta sugerencia: habla con Adam, él merece saber la verdad”.