Capítulo 18 #2
Él asintió, pensativo.
—Nunca intenté propasarme ni seducirte porque tenía miedo de que huyeras —reconoció de pronto, tomándola por sorpresa—. Te observé por tanto tiempo que fue fácil para mí percatarme de que la compañía masculina te incomodaba.
No necesitó darle una respuesta porque ahora él entendía sus razones.
—Creo que, si nunca nos hubiéramos acostado, ahora seríamos muy buenos amigos —admitió con una sonrisa en el rostro, pero él no le respondió—. ¿No piensas igual?
—No te quería como amiga —fue sincero y guiada por un diablillo, se deslizó por el colchón para juntar sus cuerpos—. Fernanda… —la voz masculina tembló y ella lo abrazó por la cintura.
—¿Y si hacemos el amor?
«Regálame una última vez antes de que me vaya», quiso decirle, pero prefirió guardar ese pensamiento para sí misma.
—Estás muy vulnerable, no creo que sea un buen momento para…
—lo calló, y lo hizo con un suave beso que poco a poco empezó a obtener más intensidad—.
No, espera —gimió cuando metió su mano dentro de su pantalón de dormir y se apartó con rapidez—.
No quiero algo casual, yo… quiero una relación, algo real y sincero.
Si tan solo le hubiera dicho todo eso hace más de tres años, las cosas serían muy diferentes.
—Está bien —mintió, puesto que nada la haría quedarse en Londres.
Eso sólo expondría a Adrián a un inminente peligro.
Nicholas no pudo contenerse más, la besó con tal intensidad que ambos lanzaron gemidos amortiguados. Con movimientos torpes y la desesperación a flor de piel, lograron quitarse sus pijamas y desnudar sus cuerpos para que sus pieles se encontraran.
—Mmm… —se mordió el labio inferior y aprovechando el hecho de que llevaba lentes de contacto, se permitió estudiar cada rincón de su piel—. Quiero ir arriba —musitó y él rodeó sus caderas y con un suave movimiento la posicionó a horcajadas, moldeando sus costados con pericia.
—Te quitaste dos tatuajes —comentó de pronto, tomándola por sorpresa, y Fernanda acarició su pecho con curiosidad—. ¿Por qué?
—Era demasiado —musitó y se inclinó sobre su rostro para besarlo con necesidad.
—¿No quieres hablar? —inquirió entre besos, acunando sus nalgas para presionarla contra su erección, y ella gimió.
Sí, no quería hablar, no quería que él siguiera afectando su delicado corazón.
—Te necesito —confesó entre jadeos y Nicholas se tensó cuando su glande rozó su entrada—. Ah… —suspiró, quedándose inmóvil sobre él. Contoneó su cadera, ansiosa, y empezó un suave vaivén de arriba abajo que la ayudó a sentirlo mejor.
—Espera, debo ir por un condón —atenazó sus caderas, inmovilizándola en su lugar, y ella lloriqueó en respuesta.
—No, así está bien —soltó sin pensarlo y ejerciendo su voluntad, se dejó caer sobre él.
—¡Ah! —gruñó Nicholas, arqueándose en su lugar, y Fernanda contuvo su gemido para sí misma, mientras se apoyaba en el pecho masculino y empezaba un agradable vaivén.
Él no hizo nada, sólo la contempló y disfrutó de su baile, hasta que Fernanda empezó a jadear por lo alto y suplicar por más. Con la piel perlada y el pulso disparado, Nicholas se incorporó, la rodeó por la cintura e invirtió los papeles para dejarla bajo su cuerpo.
—Sí —suspiró por la agradable sensación que el cambio de posiciones le generó y no protestó cuando él le subió una pierna hasta la altura de su hombro—. Hazlo más rápido —suplicó y lo escuchó tragar con fuerza—. Por favor, Nico.
Eso fue más que suficiente para que él perdiera el control y la tomara como realmente quería hacerlo.
Fernanda no hizo nada para amortiguar sus gritos, se aferró al cabezal de la cama y dejó que sus cuerpos impactaran con violencia, al tiempo que sus pechos bamboleaban con frenesí.
Sus labios se buscaron, encontrándose con torpeza, y él se tragó su gemido cuando ella logró alcanzar el clímax y tiritó sin control alguno, mientras una violenta oleada de placer se deslizaba por su vientre bajo.
—Joder —farfulló él, arremetiendo un par de veces más, y cuando lo sintió tensarse, clavó las uñas en su espalda y lo abrazó con una de sus piernas—. Fer…
—No te apartes —rogó, ansiosa—. Muévete más rápido —insistió y él la obedeció, siguió arremetiendo en su interior y su segunda culminación se mezcló con su simiente, brindándole más placer del que nunca antes pudo haber sentido con él—.
Ah… —suspiró cuando él salió de su interior y muy lentamente se dejó caer junto a ella.
Estaba hecho. Al final de todo se acostó con Nicholas y no lo hizo para sabotearlo, sino porque realmente lo deseaba y necesitaba ese encuentro.
Como en los viejos tiempos, Nicholas extendió el brazo e hizo que se acurrucara contra su cuerpo, brindándole ese calor que no se había dado cuenta que tanto necesitaba.
—¿Te sientes bien? —inquirió con cansancio, besando su coronilla, y ella asintió.
—Mejor que nunca —lo abrazó por la cintura y permitió que su mente y cuerpo se relajaran.
Los brazos de Morfeo, al igual que los de Nicholas, la acogieron sin reparo alguno.
***
Leandro no tenía la menor idea de quién diablos era Nicholas Cranston, pero sin importarle la hora le escribió a su detective para brindarle toda la información nueva que recibió esa noche.
Quería saber si existía la posibilidad de que ese hombre fuera el padre del hijo de Fernanda. Porque de ser así, nada le daría más gusto que deshacerse de padre e hijo.
Nadie tocaba lo que era suyo y salía vivo para contarlo.
—¿Quién lo diría? —musitó Fátima, con la vista fija en el fuego de la chimenea—. Fernanda trabajando para Andrés Rivers, ¿puedes creerlo?
—Siempre fue muy lista. —Su esposa lo miró con rencor.
—Si fuera lista, no se habría puesto en tu camino —soltó con desdén y Leandro gruñó—. Te perdoné hace diez años, Leandro, pero no intentes traer a esa chiquilla a mi casa porque la mataré.
«No si yo te mato primero», pensó para sí mismo, indiferente.
—Ese no fue nuestro acuerdo cuando decidí acogerla en mi casa.
—Supera a mi hermana, ella está muerta —soltó, roja de la cólera, y Leandro se encogió de hombros.
Tal vez Brenda estaba muerta, pero su hija era su vivo retrato y él no pensaba perderla dos veces.
—¿Tienes información de Megan? —preguntó de pronto y su esposa sonrió con malicia.
—Se estuvo revolcando con Christian el último año, pero él la botó.
—Bien —sonrió con malicia—. Llama a los Beckett, tengo un acuerdo interesante para ellos.
Megan fue la culpable de que él no llegara a tener a Fernanda hace diez años, por lo que se encargaría de hacerle la vida imposible para que aprendiera a no meterse donde nadie la llamaba.
Además, quizá era momento de hacer notar su existencia, no le gustaba en lo más mínimo ser ignorado por sus hijas.
***
Nicholas se encargó de preparar el desayuno con sumo cuidado, esperando no despertar a Fernanda hasta que todo estuviera listo, y empezó a imaginarse cómo sería su vida junto a esa mujer si todo salía bien entre ellos.
«No olvides a Adam y el niño que viste hace unos días», le susurró una vocecilla y él tragó con fuerza.
Se rehusaba a creer que entre Fernanda y Adam había una relación —no después de cómo hicieron el amor—.
Tal vez el niño era el hijo de Adam y no de Fernanda —dado que ella nunca se habría quedado a dormir con él si fuera madre—.
Existía todo un abanico de posibilidades que él pensaba considerar antes de hacer cualquier tipo de acusación.
Su celular empezó a vibrar, tomándolo por sorpresa porque era domingo y apenas eran las ocho de la mañana, pero todo cobró sentido cuando vio que se trataba de Jennifer.
—¿Bueno? —dejó los huevos revueltos de lado y sujetó su celular—. ¿Qué sucedió? ¿Tienes buenas noticias? —apagó la hornilla y miró el pasillo de los cuartos de reojo.
—Si con buenas noticias te refieres a que efectivamente el sistema de la agencia estaba siendo hackeado; pues sí. —Nicholas apoyó la cadera en la encimera, pensativo.
—Te oyes tensa —observó con preocupación.
—Pude detectar al hacker y expulsarlo del sistema en la madrugada, pero soy tan perfeccionista que usé ciertos conocimientos para ubicarlo en el mapa y saber de dónde viene el ataque.
—¿Eso es posible? —frunció el ceño.
—Para mí, todo es posible —respondió con diversión y él evitó reírse, pero sí sonrió a la nada.
Un suave ruido en el pasillo lo sacó de su letargo y volvió a estudiarlo, pero todo se veía normal. Fernanda seguía dormida.
—Y bien, ¿qué averiguaste?
—El hacker entró al sistema hace más de seis meses.
Nicholas hizo sus cuentas y todo tenía sentido, fue ahí cuando las cosas empezaron a complicarse en la agencia.
—Sin embargo, lo curioso es que, desde hace un poco más de un mes, las conexiones empezaron a hacerse desde Londres. —Frunció el ceño—. Antes venían desde Manhattan.
—¿Manhattan? —se sorprendió—. Pero eso no tiene sentido, ¿quién…? —su voz empezó a perder fuerza al recordar que Fernanda y Ewan vivían en Manhattan y algo en su interior se oprimió cuando sus cuentas le arrojaron que Fernanda llevaba un poco más de un mes en Londres.
«Quiero tu puesto», las palabras de Fernanda retumbaron en su cabeza. «Yo soy peor que el karma y te aseguro que mi estadía aquí no será nada agradable para ti».
—¿Puedes detectar desde qué ordenadores se hizo el ataque? —bajó la voz, odiando que el aire se retuviera en sus pulmones, y atravesó su sala con pasos cautelosos.
—En realidad, eso es lo que me preocupa. —Su corazón empezó a latir sin control alguno y se dirigió hacia la oficina que tenía en casa—. El hacker está dentro de la empresa.
Nicholas abrió la puerta con sumo cuidado y no se sorprendió al ver a Fernanda inspeccionando los cajones de su escritorio, todo parecía indicar que no había nada que él pudiera decir o hacer para que ella dejara de odiarlo y buscara su ruina total.